1960•Se termina la construcción de la Quinta Loma Baja, ubicada en la Av. Kemal Ataturk de la Urbanización Valle Arriba, Caracas, diseñada por el arquitecto de origen alemán Klaus Heufer.
Este proyecto, una de sus primeras casas «patio», con techos recubiertos con teja española, le permitieron demostrar su dominio en la resolución de la planta utilizando corredores y aleros, enfatizando la integración visual con los jardines exteriores y el hábil control climático.
Este hermoso proyecto de Heufer, un magnífico ejemplo de la comprensión y dominio de la tipología vernácula del patio, interpretada a la luz del racionalismo ha sido muy intervenida en su diseño. Hoy en día, con el nombre de Qta. Ommat es la sede de la Embajada de Iran es difícil reconocerla.
1996• Como parte del Plan “Un cariño para mi ciudad” puesto en práctica por el Presidente Rafael Caldera, se coloca en un área del Distribuidor Santa Cecilia de la Autopista Francisco Fajardo de la capital «La Esfera de Caracas», obra del artista plástico venezolano Jesús Rafael Soto (1923-2005). La instalación de la obra fue modificada en 2005 por el rediseño del citado distribuidor y restaurada en el 2014 por PDVSA Centro de Arte La Estancia.
Está compuesta por un conjunto de 1.800 varillas de aluminio hueco de ¾ de pulgada, sujetas por guayas de acero inoxidable de 2,5 milímetros de espesor que se encuentran suspendidas en una estructura metálica tipo pórtico de 12 metros de altura sobre una base de concreto armado.
2006•Se inaugura el nuevo Salón de Actos del edificio sede de PDVSA y el Ministerio del Poder Popular para la Energía y el Petróleo, ubicado en la avenida Libertador con avenida Empalme, urbanización La Campiña, Caracas. El edificio de 1.300 m2 diseñado por la firma Miccuci + Arquitectos Asociados (Franco Micucci arquitecto USB 1989), constituyó una primera fase de una ambiciosa ampliación de las instalaciones de la institución.
El arquitecto Micucci, ganador de un concurso privado organizado por la empresa petrolera nacional, desarrolló entre los años 2005 y 2015 una serie de espacios de carácter socio-cultural, asistencial y deportivo que incluían desde una biblioteca hasta un nuevo comedor y laboratorio de salud.
Todos las propuestas proyectadas y construidas que complementaron el conjunto fueron realizadas utilizando estructuras metálicas ligeras, membranas de aluminio y cristal. Las soluciones buscan dar respuesta a la exposición solar y al problema acústico producido por la cercanía de la transitada avenida caraqueña.
Una vista del edificio sede de PDVSA y el Ministerio del Poder Popular para la Energía y el Petróleo, desde la avenida Libertador, a la altura de la urbanización La Campiña.
Radic, la ciudad de la sospecha y la arquitectura frágil
Iván González Viso
El reciente Premio Pritzker de Arquitectura 2026, otorgado al chileno Smiljan Radic, ratificó mi interés por este arquitecto al que tuve la fortuna de conocer personalmente en 2017. Su reconocimiento con el Nobel de la Arquitectura me llevó a volver a escuchar su entrevista en Youtube* con el notable escritor y comunicador Christian Warnken, con motivo de la presentación del libro Obra Gruesa: arquitectura ilustrada por Smiljan Radic, editado por Ediciones Puro Chile y bellamente diseñado con maestría en Caracas por Álvaro Sotillo y Gabriela Fontanillas.
Radic, que desde 2017 dirige la Fundación Arquitectura Frágil junto a su esposa, la escultora Marcela Correa para impulsar la arquitectura experimental e improbable, habla de los retos de proyectar en contextos angustiantes, limitados y restringidos donde la incertidumbre y la sospecha llevan a blindar la obra en exceso para “prevenir”, cargándola y protegiéndola más de la cuenta. Contextos como el nuestro, donde el miedo instalado en la ciudad ha definido por décadas el carácter, la materialidad y la dureza de nuestra arquitectura.
Restaurante Mestizo, Santiago, 2007.
Radic cuenta que le tocó trabajar en un barrio chileno al que “solo se podía entrar siendo familiar o ladrón, nunca como ciudadano”. Esa frase me resonó con fuerza al pensar en Caracas y las grandes ciudades venezolanas, donde nuestra libertad para recorrer el espacio público —más allá de los barrios cerrados— se ha reducido drásticamente por esa urgencia de prevenir, ocultarse y protegerse, de “estar pendiente”, llegando al extremo en algunos casos de tener que argumentar la razón para poder tomar fotos libremente.
Pero nuestro miedo ha ido más allá: nos ha obligado a preverlo todo, sin dejar nada al azar, convirtiendo la vulnerabilidad en un factor excluyente de nuevas posibilidades. El temor ha sepultado la posibilidad de construir desde lo frágil, lo sencillo y, muchas veces lo sensato, sin renunciar a la permanencia de la obra. En un entorno sin códigos claros como el nuestro, nadie en su sano juicio optaría por alternativas constructivas distintas al bloque, el cemento y el acero tradicionales, obsesionados con qué reja poner o hasta dónde levantar los muros del perímetro de la propiedad. Si sumáramos los metros cuadrados de todos los muros de frente que limitan las propiedades de Caracas quizás podríamos construir una ciudad equivalente a la que tenemos o más. A su vez, un cálculo simple con lápiz y números bien podría revelar que nuestros edificios, en términos de peso, costo y eficiencia, están entre los peores del mundo. Este enfoque en el caso venezolano se suele justificar con la escasez y disponibilidad de materiales locales, la llegada irregular de los importados —siempre a merced de lo que “hay”— el costo por metro cuadrado, la inflación desbordada o el argumento sísmico.
Teatro Regional del Bio Bio Concepción, 2018.
Sin embargo, en la realidad chilena, bastante menos complicada y más avanzada, Radic narra que el argumento sísmico ya no es un problema. En Chile, los edificios contemporáneos resisten, como probó el terremoto de 8,8 grados que azotó Santiago en 2010, demostrando que el cálculo estructural y la construcción flexible y ligera ha avanzado lo suficiente para garantizar estabilidad ante las grandes catástrofes. Así la visión de Radic busca desafiar la gravedad con edificios detonantes de la realidad. Pienso en el Restaurant Mestizo de 2007, donde grandes rocas parecen sostener la estructura y desafiar el equilibrio, o en el Teatro Regional del Bío-Bío, inaugurado en 2018, que con una estructura ligera desmonta las convenciones de permanencia y resistencia, abriendo grados de experimentación que no suelen ser comunes en la arquitectura pública. En nuestro medio, esa “arquitectura frágil” —que busca ligereza estructural, la desmaterialización e integración con el entorno mediante estructuras mínimas y delgadas, como en la escuela japonesa— ha estado sepultada por años como una opción viable por el exceso. Pareciera que el oxímoron de Mies van der Rohe, “menos es más”, no cabe en nuestro medio ante la necesidad y el miedo. Nos tomará años recuperar la ciudadanía y atrevernos a experimentar con lo frágil. Pero antes hay que transparentar los límites entre lo público y lo privado, y abandonar poco a poco la ciudad de la sospecha.
Un manifiesto de catorce puntos para llevar la arquitectura al siglo XXI.
La arquitectura, tal como la conocemos, está en crisis. La autoridad de los arquitectos se desmorona y sus métodos ya no son sostenibles. En una introspección sumamente crítica, el arquitecto y escritor Reinier de Graaf explora las difíciles decisiones que se avecinan y el curso de acción que debe seguirse. Arquitectura contra la arquitectura exige que reconsideremos tanto cómo como por qué construimos. Con ingenio y perspicacia, De Graaf expone el futuro de la profesión, desafiando a los lectores a cuestionar los supuestos fundamentales de la disciplina. ¿Cómo acabar con la veneración feudal de los arquitectos estrella? ¿Cuándo reconocerán finalmente los arquitectos que lo que más les conviene es sindicalizarse? ¿Por qué no hay más estudios de arquitectura de propiedad colectiva? ¿Por qué tantos arquitectos mayores de sesenta y siete años se niegan a jubilarse? ¿Cómo evitar que los edificios sean objeto de derechos de autor? ¿Qué quedará de la arquitectura tras la IA? ¿Qué puede impedir que las estructuras emblemáticas se vean envueltas en el blanqueo de dinero? Y la pregunta crucial: ¿Qué proyectos deberían rechazar los arquitectos por motivos éticos?
Reseña
Divertido, inquietante, provocador: el libro de Reinier de Graaf sobre el tema tabú de la arquitectura
En su nuevo libro, «Arquitectura contra la arquitectura», el arquitecto y socio de OMA hace balance del sector y analiza su presente y futuro.
El arquitecto y socio de OMA, Reinier de Graaf, quiso abordar el reto de analizar el presente y el futuro del mundo de la arquitectura de forma «agresiva», según afirma, y en su último libro, «Arquitectura contra la arquitectura: Un manifiesto», publicado recientemente por Verso, sin duda cumple con creces. La obra es un análisis fascinante del sector, donde de Graaf examina el estado actual de la arquitectura.
Aborda con elocuencia algunos de los temas clave del sector, desde la cultura de los «arquitectos estrella» hasta la IA, la propiedad intelectual, la sostenibilidad y el poder (y quién lo ostenta). El resultado es una lectura vibrante y refrescantemente directa, que aborda ejemplos de la vida real y las experiencias personales del arquitecto, lo que sin duda invitará a la reflexión, sea o no arquitecto.
Descubre «Arquitectura contra la arquitectura» de Reinier de Graaf
«Arquitectura contra la arquitectura» se divide en dos secciones (cada una con siete puntos principales y sus respectivos capítulos). La primera se centra en los arquitectos y la segunda, en la arquitectura en su conjunto. Es una lectura provocadora, ya que, en cierto modo, aborda aspectos del sector que, sobre todo si trabajas en él, quizás ya hayas presenciado o ante los que hayas tenido que responder, como las largas jornadas laborales de los arquitectos y su remuneración a menudo desproporcionada; o la ética y los desafíos que plantea con quién debería colaborar un estudio de arquitectura. Sin embargo, como afirma de Graaf, lo que hace especial a este libro es su edición y el hecho de que todos los elementos que conforman los desafíos actuales del mundo de la arquitectura se aborden de frente, juntos y en un mismo lugar.
El resultado es introspectivo y sumamente crítico, provocando inquietud en ocasiones y carcajadas en otras. De Graaf escribe en su conclusión y llamado a la acción: «Acabemos con la obsesión por las figuras representativas; demos la bienvenida a los sindicatos; colectivicemos la práctica; jubilémonos a los 67; abolamos la autoría; confiemos en la IA para cuestiones de gusto; eliminemos la distinción entre teoría y práctica; liberemos la arquitectura del concepto de arte; conectemos con los usuarios, eliminemos a los intermediarios; dejemos de construir hasta que se agote el parque arquitectónico existente; perdonemos todo lo construido; planifiquemos para la obsolescencia; adaptémonos al cambio climático, dejemos de afirmar que lo mitigamos; ¡trabajemos no para tener clientes, sino para trabajar!».
¿Son estos puntos evidentes o radicales? ¿Y quién es responsable de cambiar las cosas? Hablamos con De Graaf sobre el libro, su pasión por la escritura y el futuro de la arquitectura.
Wallpaper*: Cuéntanos sobre el libro. ¿De qué trata?
Reinier de Graaf: El libro es un conjunto de recomendaciones. Lo llamo manifiesto, pero es una introspección sobre la naturaleza de nuestra propia profesión. Cómo se organizan los estudios de arquitectura, cómo se organizan los arquitectos, esa es la primera parte, y la segunda trata sobre una serie de preocupaciones que creo que los arquitectos deberían abordar con mayor determinación. Escribí el libro porque, en mi opinión, nuestra profesión, a la que amo profundamente, está en serios problemas, y si no los afrontamos de verdad, creo que es muy probable que dentro de diez años la profesión de arquitecto ya no exista. Quizás haya quienes se autodenominen arquitectos, pero la profesión con una base sólida y cierta capacidad de acción en un mundo complejo no existirá, y eso me preocupa profundamente. El libro no es una crítica cínica de mi propia profesión. Todo lo contrario.
Reinier de Graaf
W*: Disfruté de su franqueza y me gustó que esté tan arraigado en la experiencia. Sé que no es tu primer libro. ¿Tus libros anteriores tienen un estilo similar?
RdG: En cierto modo, este libro es una reacción a las reacciones que suscitaron mis libros anteriores. Mis libros nunca tratan sobre obras de arquitectura, sino sobre el trabajo de un arquitecto. En ellos, escribo observaciones desde el terreno. Analizo la realidad tal como es. Lo que la gente decía de mis libros anteriores era: «Son buenos análisis, pero nos dices cómo son las cosas, sin proponer soluciones». Decidí aceptar ese reto por puro gusto, y lo plasmé en forma de manifiesto. Mi primer libro fue una colección de ensayos, el segundo una novela y el tercero un diccionario.
W*: ¿Siempre te atrajo la escritura?
RdG: Sí, incluso antes de estudiar arquitectura. Y luego, claro, escribí muchos textos para concursos cuando empecé a trabajar en OMA, pero esos textos no se publican con tu nombre. Comencé a escribir columnas para diversos medios de comunicación cuando algo me irritaba enormemente o cuando algo me entusiasmaba mucho, y eso me llevó a mi primera propuesta de libro.
W*: ¿Y cómo surgió Arquitectura contra la Arquitectura?
RdG: El título inicial de este libro era «Elefantes en la habitación». Pensé que sería interesante empezar a escribir capítulos y ensayos sobre todo aquello que, como arquitectos, sabemos que es cierto, pero de lo que preferimos no hablar; aquello que preferimos mantener a distancia porque resulta profundamente inquietante. ¿Y si todos esos «elefantes» marcharan en la misma dirección? Luego el título cambió a «La escritura en la pared», que [se refería a] todo aquello que debería preocuparnos pero de lo que nunca hablamos, y entonces surgió la idea de un manifiesto. Me dije: ¿y si abrazo todo lo que se está gestando? El Manifiesto Comunista del siglo XIX proporcionó un marco teórico para diversas formas de anarquía y descontento, que ya existían; en cierto modo, sirvió de contenedor para todo. Esto es lo que esperaba lograr con el libro. A veces me incomoda porque, en cuanto a algunas de las recomendaciones del libro, en mi puesto actual, poco ganaría si se llevaran a cabo. Sin embargo, eso no significa que piense que no son válidas. Sabes, siempre me sorprende que los arquitectos hablen tanto de modernización. Siempre se ven a sí mismos como arquitectos modernos. Celebran los movimientos modernos. Pero nuestra propia profesión es notablemente poco moderna. Pensé que sería interesante escribir un libro sobre ello, como una especie de terapia de exposición, confrontando todo aquello que uno quiere reprimir.
Office condition 1950s
W*: Tu manifiesto, con todos sus capítulos, es casi como una lista de verificación de cosas que necesitan arreglarse, o al menos considerarse. ¿Se entiende?
RdG: Exactamente. Es una lista de verificación, con la excepción de la crítica arquitectónica, porque ese fue un capítulo que omití. Pero en mi opinión, es relativamente completo.
W*: También eres arquitecto en ejercicio y formas parte de un estudio más grande. ¿Fue difícil abordar algunos de los aspectos del libro sobre el trabajo de los arquitectos?
RdG: Lo maravilloso de escribir es que, cuando estás en medio de la acción, no piensas en nada de esto. Escribo bajo mi nombre real. Sí, soy socio de un estudio muy grande, y ese estudio es una parte importante del mundo de la arquitectura. Así que, si critico el mundo de la arquitectura, inevitablemente eso incluye a mi estudio; sería muy hipócrita si no fuera así. Pero me niego a que el estudio me defina por completo, del mismo modo que el estudio se niega a ser definido por mí. Existe una dinámica independiente en la escritura.
W*: ¿Tenías en mente a un lector ideal? ¿Sería un arquitecto? ¿Crees que este libro lo leerán personas que no sean arquitectos?
RdG: El libro tiene una dedicatoria al principio. Dice «para mis colegas», y supongo que ese es el grupo más inmediato al que me dirijo. Utilizo la arquitectura como lente porque está a la vanguardia de la globalización. Trata temas muy turbios, y siempre he pensado que la arquitectura es una lente perfecta para hablar del mundo. Así que siempre espero que mis lectores sean de todo el mundo, ¡solo para descubrir que cada vez que presento un libro, son todos arquitectos los que lo encuentran! Sería genial que estos libros pudieran contribuir a que la arquitectura vuelva a estar un poco más presente en el panorama general. W*: ¿Qué capítulo fue el más divertido de escribir? RdG: Fue el capítulo sobre IA.
W*: ¿Hubo algún capítulo que te resultara un reto?
RdG: Empecé el libro escribiendo el último capítulo [que trata sobre el poder y la moralidad], y al final lo revisé [y lo escribí al final]. Me pareció particularmente difícil, porque tardé casi un año en escribirlo, y por muy rápido que escribas, es casi imposible seguir el ritmo de la realidad. Hablo de que ya no existen países buenos ni malos. Así que, si no hay moralidad en dónde trabajamos ni para quién trabajamos, solo la hay en lo que hacemos cuando nos encontramos trabajando donde trabajamos y para quién terminamos trabajando. Pero no es fácil escribir sobre eso, porque hay muchos matices. El otro capítulo que me resultó difícil es el anterior, titulado «Olvidemos la sostenibilidad». Trata sobre el hecho de que el cambio climático es inevitable. En cada conferencia sobre el clima, se reconoce que no se han alcanzado los objetivos de las conferencias anteriores y que nos dirigimos hacia el cambio climático. Así pues, la verdadera vanguardia arquitectónica quizás no se base en la vana esperanza de poder mitigar o prevenir el cambio climático, sino en los prototipos que podamos desarrollar para coexistir con él de una forma bastante extrema. ¿Qué es la arquitectura en la era del Antropoceno, cuando todo lo que encontramos, incluso la naturaleza, es resultado de las acciones humanas? No son temas fáciles; es una tarea ardua. No descarto que mi próximo libro sea simplemente una profundización en esos dos últimos capítulos.
W*: ¿Considera radical la tesis del libro?
RdG: La gente me pregunta: ¿Cuál es la propuesta radical que plantea aquí? No planteo una propuesta radical, pero el sentido común y la obviedad se perciben como radicales. Creo que eso es significativo, y probablemente sea la esencia del libro. Es una súplica por condiciones normales en un entorno que, de alguna manera, se niega mágicamente a ellas en contra de su propio juicio y de su propio interés. Ese es el mensaje del libro. Ojalá nos esforzáramos por alcanzar el nivel básico de solidaridad que tienen otros profesionales, lo cual, de hecho, los fortalece enormemente. Por eso, creo que el primer llamado es para que los arquitectos se unan —aunque suene a cliché— para comprender que la solidaridad es, en realidad, un medio para alcanzar el poder, que la voluntad de poder y la solidaridad son dos caras de la misma moneda. Y entonces, una vez que lo hagan, creo que el mundo nos escuchará. Ese podría ser el primer paso para integrarnos en la corriente principal, y entonces los principios del libro podrían servir de inspiración para otros y otros ámbitos también.
ACA
Nos interesan temas relacionados con el desarrollo urbano y arquitectónico en Venezuela así como todo lo que acontece en su mundo editorial.