Radic, la ciudad de la sospecha y la arquitectura frágil
Iván González Viso
El reciente Premio Pritzker de Arquitectura 2026, otorgado al chileno Smiljan Radic, ratificó mi interés por este arquitecto al que tuve la fortuna de conocer personalmente en 2017. Su reconocimiento con el Nobel de la Arquitectura me llevó a volver a escuchar su entrevista en Youtube* con el notable escritor y comunicador Christian Warnken, con motivo de la presentación del libro Obra Gruesa: arquitectura ilustrada por Smiljan Radic, editado por Ediciones Puro Chile y bellamente diseñado con maestría en Caracas por Álvaro Sotillo y Gabriela Fontanillas.
Radic, que desde 2017 dirige la Fundación Arquitectura Frágil junto a su esposa, la escultora Marcela Correa para impulsar la arquitectura experimental e improbable, habla de los retos de proyectar en contextos angustiantes, limitados y restringidos donde la incertidumbre y la sospecha llevan a blindar la obra en exceso para “prevenir”, cargándola y protegiéndola más de la cuenta. Contextos como el nuestro, donde el miedo instalado en la ciudad ha definido por décadas el carácter, la materialidad y la dureza de nuestra arquitectura.
Restaurante Mestizo, Santiago, 2007.
Radic cuenta que le tocó trabajar en un barrio chileno al que “solo se podía entrar siendo familiar o ladrón, nunca como ciudadano”. Esa frase me resonó con fuerza al pensar en Caracas y las grandes ciudades venezolanas, donde nuestra libertad para recorrer el espacio público —más allá de los barrios cerrados— se ha reducido drásticamente por esa urgencia de prevenir, ocultarse y protegerse, de “estar pendiente”, llegando al extremo en algunos casos de tener que argumentar la razón para poder tomar fotos libremente.
Pero nuestro miedo ha ido más allá: nos ha obligado a preverlo todo, sin dejar nada al azar, convirtiendo la vulnerabilidad en un factor excluyente de nuevas posibilidades. El temor ha sepultado la posibilidad de construir desde lo frágil, lo sencillo y, muchas veces lo sensato, sin renunciar a la permanencia de la obra. En un entorno sin códigos claros como el nuestro, nadie en su sano juicio optaría por alternativas constructivas distintas al bloque, el cemento y el acero tradicionales, obsesionados con qué reja poner o hasta dónde levantar los muros del perímetro de la propiedad. Si sumáramos los metros cuadrados de todos los muros de frente que limitan las propiedades de Caracas quizás podríamos construir una ciudad equivalente a la que tenemos o más. A su vez, un cálculo simple con lápiz y números bien podría revelar que nuestros edificios, en términos de peso, costo y eficiencia, están entre los peores del mundo. Este enfoque en el caso venezolano se suele justificar con la escasez y disponibilidad de materiales locales, la llegada irregular de los importados —siempre a merced de lo que “hay”— el costo por metro cuadrado, la inflación desbordada o el argumento sísmico.
Teatro Regional del Bio Bio Concepción, 2018.
Sin embargo, en la realidad chilena, bastante menos complicada y más avanzada, Radic narra que el argumento sísmico ya no es un problema. En Chile, los edificios contemporáneos resisten, como probó el terremoto de 8,8 grados que azotó Santiago en 2010, demostrando que el cálculo estructural y la construcción flexible y ligera ha avanzado lo suficiente para garantizar estabilidad ante las grandes catástrofes. Así la visión de Radic busca desafiar la gravedad con edificios detonantes de la realidad. Pienso en el Restaurant Mestizo de 2007, donde grandes rocas parecen sostener la estructura y desafiar el equilibrio, o en el Teatro Regional del Bío-Bío, inaugurado en 2018, que con una estructura ligera desmonta las convenciones de permanencia y resistencia, abriendo grados de experimentación que no suelen ser comunes en la arquitectura pública. En nuestro medio, esa “arquitectura frágil” —que busca ligereza estructural, la desmaterialización e integración con el entorno mediante estructuras mínimas y delgadas, como en la escuela japonesa— ha estado sepultada por años como una opción viable por el exceso. Pareciera que el oxímoron de Mies van der Rohe, “menos es más”, no cabe en nuestro medio ante la necesidad y el miedo. Nos tomará años recuperar la ciudadanía y atrevernos a experimentar con lo frágil. Pero antes hay que transparentar los límites entre lo público y lo privado, y abandonar poco a poco la ciudad de la sospecha.
Eudomar Santos, personaje de telenovela del siglo XX, devenido en filósofo popular e ideólogo de la gestión pública
Desde los eventos del pasado mes de enero, no hay día en que en las noticias no se hable de cambios en el modelo económico, así como de la necesidad de grandes inversiones para recuperar la infraestructura del país, tanto en lo institucional como en la operación propiamente dicha de las mismas. Se utilizan palabras que van desde la simple mejora para paliar problemas puntuales o para posibilitar el esperado crecimiento económico en algunos sectores, hasta la necesidad de reconstruir como un todo, dando por hecho el profundo deterioro de aquellos elementos y sistemas que hacen posible la producción, el comercio o simplemente la vida cotidiana.
En el contexto mencionado, no pocos economistas se han apurado a plantear escenarios sobre diversas materias, comenzando por la producción y los ingresos petroleros, y aunque no han llegado a ponerse de acuerdo en una cifra, casi todos han dicho que ese aumento de producción solo será posible si se hacen inversiones en el sistema eléctrico, así como en la formación de personal técnico. Algunos de esos economistas han añadido la necesidad de contar con vías de comunicación en buen estado y algunos, más atrevidos, han asomado la necesidad de mejorar los servicios públicos en las ciudades cercanas a los centros de producción petrolera, que podrían recibir impactos derivados de dicho incremento de la actividad e incluso de la migración interna de población.
Sabemos que Venezuela es desde hace más de medio siglo un país fundamentalmente urbano, como concepto, y tenemos una noción, por experiencia, de cómo se configuran los servicios públicos y de infraestructura que hacen posible el funcionamiento de esas ciudades; sin embargo, tanto para esa visión general, como para el conocimiento específico que permita orientar inversiones, adolecemos de información básica y oficial, comenzando por no conocer, ni siquiera, el tamaño real de la población del país y su distribución en el territorio.
El último censo nacional de población publicado se elaboró en 2011, antes de los mayores movimientos migratorios observados en nuestro país en toda su historia republicana. La página web del Instituto Nacional de Estadística INE anuncia en marzo de 2026 que la población total del país es de poco más de 34 millones de habitantes, pero aclara que eso es una proyección al año 2024 de los datos del censo del año 2011; es decir, es el dato resultante de proyectar con base en tendencias y comportamientos históricos, previos a 2011, los datos resultantes de ese censo de hace 15 años y, por supuesto, sin considerar que según la Agencia Mundial de las Migraciones casi 1 de cada 3 venezolanos salió del país en los últimos 15 años. Si se solicita ante dicha institución dependiente del Ministerio del Poder Popular para la Planificación la desagregación de dicha información por estados o municipios, como lo hice hace algunos meses, se reciben los viejos CDs que fueron producidos hace más de 13 años, con las proyecciones de población elaboradas a partir del censo del 2011. La última publicación de la fuerza de trabajo del INE data de hace más de 3 años y sus cifras resultan poco creíbles, ya que parece que fueron hechas para calzar con la proyección de población ya comentada, hecha antes de la migración masiva de venezolanos.
Lo mismo ocurre en casi todos los ámbitos. Hace ya 10 años que dejaron de publicarse los boletines epidemiológicos y no hay información detallada sobre la capacidad real de nuestros hospitales. No sabemos con certeza cuántos estudiantes hay efectivamente en el país, o cuántos empleados públicos o cuántos pensionados o cuál es el estado real de nuestras carreteras o de los sistemas de abastecimiento de agua potable. Apenas hace una semana el BCV publicó una tasa de inflación luego de dos años de silencio institucional. Cuando queremos describir la situación casi todos coincidimos al decir que “está mal” e incluso es bastante frecuente escuchar que “seguramente estará peor de lo que uno se imagina cuando se pueda entrar a esas instituciones y conocer realmente cual es la situación”, pero más allá de la desesperanza cualitativa, en muchas materias vitales no existe un dato oficial que describa la situación real.
Al igual que muchas familias venezolanas se acostumbraron a cruzar la crisis en modo sobrevivencia, viviendo un día a la vez, sin poder tener una visión del futuro y sin poder planificar, más allá del cómo resolver la comida del día o del plan de irse a otro país, el Estado de la república de Eudomar Santos también se acostumbró en estas últimas décadas a trabajar sobre la marcha, sin presupuestos reales, sin información pública y oficial y, peor, en muchos casos, confundiendo la información estadística con la propaganda de gestión, lo que da lugar a cifras sin sustento que retan al sentido común. Así, por ejemplo, a finales del 2025 se anunciaba con bombos y platillos la entrega de la vivienda 5,3 millones construida por el Estado en los últimos 20 años, cifra que de ser cierta significaría que casi 4 de cada 5 venezolanos viven hoy en casas construidas por la Misión Vivienda, lo cual no hay que elaborar mucho para saber que no se corresponde con la realidad.
Diversas instituciones y grupos de trabajo han tratado de cubrir el déficit de información oficial en estos años, trabajos como la encuesta ENCOVI son prueba de ello. No pocos investigadores se las ingenian haciendo supuestos, elucubraciones y reglas de tres, a veces con connotaciones esotéricas, para intentar describir una realidad respecto de la cual todos tenemos una percepción, pero pocas certezas medibles, ante la ausencia de datos oficiales.
El recordado profesor Víctor Fossi nos decía a sus alumnos hace ya casi 4 décadas que en momentos de crisis extremas (y qué duda cabe que llevamos años en una de ellas) era difícil equivocarse estableciendo las prioridades, porque todo hace falta; pero también nos decía que se planificaba para dar el mejor uso posible a recursos que eran escasos y qué duda cabe, también, que los recursos de los que dispondrá el país pueden ser muy importantes, pero siempre insuficientes para el tamaño y la diversidad de los problemas a enfrentar.
Mucho se habla en estos días de la reinstitucionalización del país. Parte importante de esa tarea consiste en contar con información pública, oficial y creíble, que sirva de sustento a la toma de decisiones de corto plazo y permita planificar con criterio técnico para dar el mejor uso posible a los recursos disponibles y por llegar.
Mucho se habla en estos días que un cambio de modelo económico y de ambiente político puede motivar el regreso de una parte de los venezolanos que hoy viven en otros países y también puede atraer importantes inversiones y generar nuevas oportunidades para el mejoramiento de la calidad de los venezolanos. Pero esa mejora solo será posible si se cuenta con la información necesaria para planificar, tomar decisiones y evaluar los resultados que se obtengan.
Quienes hablan hoy de la reconstrucción de la infraestructura de nuestras ciudades como requisito para los nuevos proyectos que impulsarán la economía y como sustento de una mejora en la calidad de vida tienen razón al señalar esa necesidad. Pero la necesidad es aún mayor, porque, luego de años de secretismo institucional, abandono de la generación de data histórica y campañas de propaganda orientada a maquillar la realidad, nos toca comenzar por el principio, generar información pública, creíble y coherente que permita planificar y actuar de manera ordenada. Por el contrario, hacerlo apagando incendios en base a intuiciones, sin conocimiento real de dónde estamos, sin poder tener algunas certezas hacia el futuro y sin coherencia entre distintos actores por no haber un diagnóstico socialmente aceptado, solo prolongará la crisis, mantendrá las vulnerabilidades y hará de esta otra oportunidad perdida. Nos toca comenzar por el principio.
Gonzalo Tovar Ordaz. Urbanista (USB) con postgrados en planificación y gestión urbana y en sistemas de información, ha sido consultor, investigador, profesor universitario y gerente en diversas empresas e instituciones desde 1990. Ha participado como consultor o coordinador en más de 200 proyectos y estudios relacionados con urbanismo en más de 25 países de América, Asia, África y Europa. Actualmente es el vicepresidente de la Sociedad Venezolana de Urbanistas y presidente de la firma TDR Urbanistas y asociados.
Ante el anuncio hecho por el gobierno interino de convertir El Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) y sitio de reclusión de presos políticos sometidos a diferentes abusos durante 25 años, en un centro social, cultural y deportivo, un grupo de profesores y exautoridades de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la Universidad Central de Venezuela (UCV), ha tomado la iniciativa de elaborar un documento donde se solicita preservar el edificio como testimonio ignominioso de los atropellos que en él se perpetraron y que no deberían volverse a repetir.
Por su relevancia, a continuación, transcribimos íntegramente el texto que, además, ha sido respaldado por el Consejo de la FAU y por el Consejo Universitario de la UCV.
PRESERVAR EL HELICOIDE
Robben Island, el siniestro recinto carcelario donde Nelson Mandela y muchos otros luchadores sudafricanos contra el apartheid pagaron largas penas y sufrieron toda clase de torturas y maltratos, fue declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1999, ordenando en consecuencia su preservación integral. Tal decisión se fundamentó en el hecho de que sus edificios, además de dar testimonio elocuente de su sombría historia, simbolizan el triunfo del espíritu humano, de la libertad y de la democracia sobre la opresión.
Entre nosotros el Helicoide de la Roca Tarpeya, celebrado mundialmente en la década de 1950 como obra arquitectónica de vanguardia, terminó, con el sedicente Socialismo del siglo XXI, convertido en tétrica prisión para disidentes políticos, testigo de los abusos más horrendos e incluso de muertes bajo custodia. Pero ahora, sorpresivamente, las autoridades de turno, que en más de un cuarto de siglo de dominio apenas han construido algún hospital y quizá ninguna escuela, ordenan su acelerada remodelación para transformarlo en “centro cultural y recreativo”.
Por supuesto, no hay que ser muy sagaz para entender que lo que está por detrás de tanto entusiasmo es, en realidad, la necesidad perentoria de borrar las huellas del delito: quienes controlan hoy las palancas del poder son exactamente los mismos que decidieron convertir en lugar de todos los horrores, de la aplicación de los métodos más viles para acallar las voces de la disidencia, al esqueleto del edificio que no llegó a ser.
En Argentina, la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), otro teatro del horror, quiso ser demolida en 1999 por orden del presidente Carlos Menem para crear “un monumento para la reconciliación y la unión nacional”, pero madres y familiares de las víctimas lo impidieron recurriendo a amparos judiciales; en 2004 fue declarada monumento nacional y en 2023, por las mismas razones que Robben Island, la UNESCO la incorporó al Patrimonio Mundial como Museo y Sitio de la Memoria.
Al igual que en Sudáfrica y Argentina, el Helicoide no es el único lugar donde el venezolano de estos oscuros años ha sido torturado y humillado hasta los extremos más inverosímiles, pero es, sin duda, el más emblemático. Preservarlo servirá no sólo para custodiar las pruebas de los graves delitos cometidos; como museo de la memoria servirá también de advertencia a las futuras generaciones sobre las consecuencias que comporta el abandono de los principios más básicos de la democracia. Por ello quienes suscribimos, exdecanos y profesores de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela, exhortamos a las universidades y a las instituciones de la sociedad civil a movilizarse para impedir la manipulación de un testimonio histórico de alto valor, alertando a la vez a los colegas para que no se dejen involucrar en una operación que conspira contra las aspiraciones de reconciliación entre los venezolanos: ella debe basarse en la reconstrucción rigurosa de los hechos y la identificación de los responsables, jamás en un olvido que nunca será capaz de aplacar el comprensible resentimiento de las víctimas y sus allegados.
Arq. Guillermo Barrios, Decano 2008-2014
Arq. Azier Calvo, Decano 2002-2008
Arq. Alfredo Cilento, Decano 1984-1987
Arq. Américo Faillace, Decano 1975-1978
Arq. Gustavo Izaguirre, Decano 2014-2023
Arq. Marco Negrón, Decano 1990-1996
Arq. María Isabel Peña, Directora IU 2006-2014
Arq. Leopoldo Provenzali, profesor EACRV, Presidente IPC 1999
Arq. Álvaro Rodríguez Muir, Director EACRV 1987-1990
Arq. Henrique Vera, Director EACRV 1984-1987
En Caracas, a los 28 días del mes de febrero de 2026
Esta declaración fue sometida por el Decano a la consideración del Consejo de Facultad de la FAU UCV en su sesión del 3 de marzo de 2026, el cual, por unanimidad, acordó respaldarla. Posteriormente, el Rector la sometió a la consideración del Consejo Universitario en su sesión del 4 de marzo de 2026, el cual también acordó respaldarla con el voto negativo del Lic. Ciro León, representante del MPPES.
En los días previos al arribo el pasado 15 de febrero del número 450 de este boletín semanal, solicitamos a un diverso grupo de colaboradores, amigos y asiduos lectores que nos manifestaran, libremente y sin compromiso, sus pareceres acerca de este significativo logro. Varios de los testimonios enviados fueron publicados justamente en el Contacto FAC de aquella fecha, pero quisimos reservarnos uno de ellos para que ocupara un espacio diferente en virtud de sus características y extensión.
Se trata del ensayo, revisado y actualizado, que nos hiciera llegar el apreciado Henry Rueda (Director del Departamento de Arquitectura. Associate Teaching Professor. Florida International University), elaborado con motivo del montaje de la exposición “A Fascination with Forms: The Architecture of Jesús & Ana Tenreiro” (“Una Fascinación por las Formas: La Arquitectura de Jesús & Ana Tenreiro”), importante reflexión crítica sobre dicho evento llevado a cabo entre diciembre de 2024 y febrero de 2025 .
Con nuestro agradecimiento a Henry, les transcribimos a continuación el texto que esperamos sepan apreciar como lo hemos hecho nosotros.
“A Fascination with Forms: The Architecture of Jesús & Ana Tenreiro”
Reescribir una autoría compartida: archivo, edición y exposición en la obra de Jesús y Ana Tenreiro.
Henry Rueda*
Durante décadas, la historiografía de la arquitectura venezolana, como tantas otras en América Latina, ha tendido a simplificar prácticas compartidas bajo la figura de un solo autor.
Este mecanismo, sostenido por inercias disciplinares y convenciones sociales de los tiempos, ha producido un canon tan estable como incompleto.
La exposición A Fascination with Forms: The Architecture of Jesús & Ana Tenreiro, presentada en la Washington Gallery de los Miami Beach Urban Studios de la Florida International University, entre diciembre de 2024 y febrero de 2025, se inscribe en el esfuerzo por interrogar esa simplificación y por proponer una lectura más compleja, rigurosa y productiva de una de las obras fundamentales de la arquitectura venezolana del siglo XX.¹
Concebida por el Departamento de Arquitectura de FIU en colaboración con la Fundación Espacio, la muestra revisita más de tres décadas de práctica, entre 1963 y 1994, a través de seis proyectos construidos y tres no construidos, presentados mediante dibujos, fotografías y materiales de archivo. Lejos de una retrospectiva celebratoria, el proyecto curatorial se formuló como un dispositivo crítico de lectura, desplazando el foco desde el objeto terminado hacia los procesos intelectuales, culturales y proyectuales que sostienen la obra.²
Esta operación no aparece aislada. Forma parte de un momento particularmente fértil en la reorganización documental y crítica del legado de los Tenreiro. Dos hechos recientes lo confirman. Por un lado, la publicación del libro de Rafael Urbina, Jesús Tenreiro Degwitz.Arquitectura 1954–2007, que ordena proyectos, textos y referencias en un cuerpo editorial coherente y verificable.³
Por otro, la incorporación del archivo de Jesús Tenreiro al Getty Research Institute (Jesus Tenreiro-Degwitz papers), un gesto de alto impacto historiográfico que sitúa esta obra dentro de uno de los repositorios internacionales más relevantes para la investigación en arquitectura moderna y contemporánea.⁴
Estas dos operaciones, la editorial y la archivística, no clausuran una lectura: abren un campo de preguntas.
La exposición en Miami Beach debe leerse en ese mismo horizonte. Libro, archivo y muestra constituyen tres modos complementarios de activar un mismo corpus: la edición sistematiza, el archivo preserva y habilita nuevas investigaciones, y la exposición traduce ese material al espacio público y al debate disciplinar contemporáneo. En este cruce, la especificidad del proyecto curatorial no reside solo en la calidad de los documentos, sino en la posición crítica que asume frente a la autoría.
La historia ha tendido a asociar esta obra casi exclusivamente al nombre de Jesús Tenreiro, mientras que la figura de Ana Tenreiro ha quedado, en el mejor de los casos, en un segundo plano. Esa asimetría no se explica únicamente por decisiones individuales, sino por un entramado más amplio de prejuicios, convenciones profesionales y estructuras sociales que durante décadas limitaron la visibilidad de muchas arquitectas dentro de prácticas compartidas. La muestra propone una relectura que no consiste en “añadir” un nombre a una narrativa ya establecida, sino en reconstruir esa narrativa desde su propia lógica de producción.
El dispositivo expositivo refuerza esta lectura. Concentrarse en documentos gráficos y de archivo no es un asunto logístico, sino una toma de posición conceptual. Al desplazar el énfasis del objeto al proceso, la muestra invita a pensar la arquitectura como una práctica intelectual sostenida en el tiempo, donde la forma no es un fin en sí mismo, sino el resultado de una búsqueda rigurosa que articula espacio, estructura, luz, cultura y sentido.
La línea de tiempo, construida a partir de dibujos escaneados, notas y bocetos, fotografías familiares, viajes de estudio y otros, revela no solo la evolución de los proyectos, sino también la superposición entre encargos y concursos, la densidad del campo de referencias (filosofía, música, poesía, academia y docencia) y la coherencia de una ética del proyecto que atraviesa toda la obra.
En ese marco, la llamada “fascinación por la forma” se entiende menos como formalismo que como ética de la precisión: una disciplina del pensamiento proyectual donde la forma es consecuencia, no pretexto. Leída así, la obra de Jesús y Ana Tenreiro no puede reducirse a la expresión de una sola voluntad. La exposición hace visible una práctica de inteligencia y complicidad compartida, donde el proyecto se construye por sedimentación, diálogo y decantación crítica.
La dimensión colectiva del proyecto curatorial es, en sí misma, parte del argumento. La investigación, el trabajo de archivo, la producción gráfica y la curaduría se articularon entre Caracas y Miami, en una fructífera colaboración que incluye a Rafael Urbina, Franco Micucci, María Isabel Peña de Urbina y Henry Rueda en la concepción curatorial, así como a miembros de la Fundación Espacio y equipos de estudiantes de arquitectura de FIU dedicados al procesamiento de dibujos, gráficos y archivos, y a la recuperación y puesta en valor del material fotográfico histórico.²
Esta infraestructura intelectual compartida no aparece aquí como un apartado de créditos, sino como condición de posibilidad del propio proyecto: sin ese trabajo distribuido, la relectura propuesta no sería viable.
Situar esta operación en Miami añade una capa adicional de complejidad. La ciudad, marcada por la presencia de múltiples diásporas latinoamericanas y por una relación ambigua con la memoria cultural del continente, se convierte en un espacio particularmente fértil para interrogar cómo se construyen y se transmiten los relatos de la arquitectura latinoamericana fuera de sus contextos de origen.
La exposición no solo presenta una obra al público local; también interpela los mecanismos de canonización que han operado en esa circulación internacional. No es casual que la obra de Tenreiro figure en instituciones y publicaciones de referencia, desde museos hasta revistas y libros fundamentales sobre la arquitectura latinoamericana: lo que está en discusión no es su relevancia, sino cómo se ha contado esa relevancia.⁵⁻⁷
En este sentido, la convergencia entre monografía, archivo institucional y exposición funciona como una estrategia de relectura historiográfica. La edición ordena, el archivo habilita, la exposición activa. Juntas, estas operaciones señalan la necesidad de revisar críticamente los modos en que se escribe la historia de la arquitectura y los esquemas de autoría que la sostienen.
La restitución de la figura de Ana Tenreiro no es un gesto de corrección simbólica tardía, sino una exigencia historiográfica: reconocer que las narrativas heredadas están atravesadas por omisiones estructurales y que esas omisiones empobrecen la comprensión de la obra.
La arquitectura no solo produce edificios; produce también relatos sobre sí misma. Y esos relatos, lejos de ser neutrales, reflejan relaciones de poder, estructuras de legitimación y convenciones culturales. Volver al archivo, editar una monografía y construir una exposición son, en este sentido, actos políticos en el campo del conocimiento: formas de intervenir en cómo se recuerda, se estudia y se enseña una obra.
A Fascination with Forms no clausura esta discusión; la abre. Al desplazar el foco desde la figura individual hacia la práctica compartida, la muestra invita a formular preguntas más amplias:
¿Cuántas otras obras seguimos leyendo bajo esquemas de autoría simplificados?
¿Cuántas colaboraciones permanecen invisibilizadas por la inercia del canon?
¿Qué otras historias esperan ser reescritas a partir de una revisión crítica de los archivos?
El valor de esta exposición no reside únicamente en la calidad del material presentado, sino en su capacidad para reintroducir la complejidad en el centro del relato disciplinar.
En un momento en que la arquitectura revisa sus propias estructuras de exclusión y sus modos de producción del conocimiento, este proyecto ofrece un caso concreto, históricamente situado, para pensar cómo se construyen —y cómo pueden transformarse— las historias que contamos sobre nuestra disciplina.
* Director del Departamento de Arquitectura. Associate Teaching Professor. Florida International University
– Referencias:
ArchDaily, “A Fascination with Forms: The Architecture of Jesús and Ana Tenreiro”, reseña de la exposición, 2025.
A Fascination with Forms: The Architecture of Jesús & Ana Tenreiro, documentación curatorial, Departamento de Arquitectura FIU / Fundación Espacio, 2024–2025.
Tribe, Michael L., Rodríguez, Pablo J. authors. Quantrill, Malcolm, Frampton Kenneth editors. Latin American Architecture Six Voices. College Station: Texas A&M University Press.
Fundación Arquitectura y Ciudad. Dossier y artículos sobre Jesús Tenreiro (etiqueta Tenreiro), Caracas.
Archivo Tenreiro / Archivo de Fotografía Urbana. Fondos documentales y fotográficos citados en la exposición.
La Caracas de Musk: crónica de una redención tecnológica
¿Puede la tecnología prevalecer sobre el urbanismo y la arquitectura como mecanismo para dar nueva forma a la ciudad?
Iván González Viso
Caracas tiene esa mística de «ciudad del futuro» grabada en su ADN desde los años 50, cuando la arquitectura de Carlos Raúl Villanueva y la explosión de la modernidad hasta sus últimas consecuencias la pusieron en el mapa mundial. Basta recorrer con la mirada el valle, para advertir los estratos de una modernidad que en los años cincuenta pretendió ser vanguardia mundial.
Tras el expectante retorno de la democracia, la ciudad asiste hoy a un nuevo palimpsesto: el desembarco de Elon Musk. No se trata de una simple inversión de capital, sino de una propuesta de urbanismo de urgencia que busca devolverle a Caracas su destino de ciudad del futuro.
Elon Musk ha aterrizado en una Caracas democrática que se repone progresivamente del delirio revolucionario, con el cheque en blanco de su ingenio y sus empresas, sin limitarse a «arreglar» cosas; buscando un reinicio total del sistema operativo de la ciudad, amparado el el modus operandi de Space X, Tesla, Hyperloop y The Boring Company, para transformar el valle de Caracas y llevarlo a la cúspide del desarrollo global.
Esta redención comenzará, según Musk, en las entrañas mismas de la ciudad. El Metro, ese antiguo orgullo que terminó siendo un laberinto de asfixia y penumbra, se transformará bajo la lógica del CCS-Loop. Ya no habrá trenes que chirrían ni esperas que se miden en décadas de desidia. A partir de ahora, unas cápsulas autónomas, casi etéreas, se deslizarán por túneles presurizados eliminando la fricción de la distancia. Será curioso ver cómo la arquitectura de lo invisible dictará ahora el ritmo de lo público: se podrá ir de Los Dos Caminos al Silencio en un suspiro, mientras un sistema de filtrado aeroespacial —el mismo que Musk diseñó para Marte— purifica el aire de los andenes hasta volverlo más límpido que el de la superficie. Es la dignidad del tránsito recuperada.
Arriba, según Musk, la piel de la ciudad también cambiará. Las autopistas, esas cicatrices de asfalto que solían estar taponadas por el humo, se volverán silenciosas. Gracias a la carga por inducción y a una red de inteligencia artificial que coordina el flujo vehicular como si fuera un ballet de silicio, los Distribuidores El Ciempiés, La Araña o El Pulpo ya no serán un nudo de angustia. Caracas dejará de rugir para empezar a zumbar. El ruido blanco del valle será sustituido por el sonido de la brisa, permitiéndonos escuchar de nuevo el carácter de nuestra propia geografía y el clamor de las guacamayas.
Pero el gesto más audaz de futurismo se respira en La Carlota. Lo que antes era una barrera militar de asfalto muerto, será un Giga-Port. Un vacío que, por fin, se ha llenado de sentido. Un parque botánico que servirá de nido para taxis aéreos que conectan la montaña con el mar en cinco minutos, rodeado de edificios modulares que no agreden el paisaje, sino que lo celebran. Es la vivienda entendida como un prototipo de eficiencia extrema, donde el sol no es un enemigo que calienta las paredes, sino el combustible que alimenta la vida interior.
Y si elevamos la mirada hacia las laderas, donde el barrio siempre fue la evidencia de nuestra modernidad fallida, la transformación es casi mística. Musk no llegará con el mazo de la demolición, sino con el ingenio de la escala. Las «Tesla Homes», impresas en 3D, estabilizaran la incertidumbre de los cerros con techos solares y baterías Powerwall, donde cada hogar en Petare es ahora una unidad soberana. El habitante de la periferia ya no tendrá que esperar a que un Estado lejano le conceda el favor de la energía; él capturará su propia luz. Con la conectividad de Starlink, ese joven que antes estaba segregado por la topografía hoy habitará el mismo presente digital que un ingeniero en Berlín.
Incluso el Guaire, ese río que fue nuestra cloaca moral durante un siglo, fluirá ahora con transparencia. Tras un saneamiento modular con filtros de grafeno, el «Cyber-Malecón» de Musk se convertirá en el eje de una ciudad que ya no divide el norte del sur.
En la visión de Musk, la ciudad no solo consume tecnología, sino que la produce. Esta redención técnica exigirá un corazón industrial, “la Gigafactory de Caracas”, una estructura de escala kilométrica situada estratégicamente en el umbral de los Valles del Tuy. No es una fábrica al uso; es un organismo de arquitectura sostenible que produce las celdas de combustible y los vehículos eléctricos para toda la región.
La implementación de esta planta reactivará el tejido social de las ciudades dormitorio, transformándolas en centros de empleo calificado. Pero la verdadera innovación caminará entre nosotros: el despliegue de Tesla Optimus. Robots humanoides que se convertirán en los nuevos guardianes del espacio público. Encargados del mantenimiento quirúrgico de las vías y de una recolección de desechos gestionada por algoritmos de eficiencia, los Optimus asegurarán que la ciudad funcione con la precisión de un reloj suizo, permitiendo que el ciudadano se dedique, por fin, a lo que es esencialmente humano: la contemplación y el encuentro en el espacio público.
La presencia del Ávila, ese muro de vegetación que define nuestra identidad, será elevada a una nueva categoría de preservación mediante la Vigilancia Sensorial. Ya no dependemos de la mirada azarosa; hoy, el parque nacional es el bosque más monitoreado del planeta de manera inteligente para controlar invasiones, incendios y ecocidios.
Una red de sensores térmicos y drones autónomos patrullará las crestas del cerro, detectando focos de incendio o intentos de deforestación antes de que el ojo humano pueda advertirlos. La tecnología será el sistema inmunológico del ecosistema.
Por otro lado, en las cercanías de los Altos Mirandinos, aprovechando el histórico ecosistema científico del IVIC, se establecerá un centro de investigación de materiales aeroespaciales junto a Space X. Caracas no lanzará cohetes, pero diseñará las aleaciones que los llevarán a Marte. Esta sinergia entre el aire puro de la montaña y la ciencia de vanguardia convertirá a la ciudad en un nodo de turismo de élite y conocimiento, donde científicos de todo el orbe vienen a estudiar cómo la tecnología puede convivir, en perfecta armonía, con un parque nacional.
¿Es esta Caracas de Musk una tecnocracia sin alma? Yo diría que es lo contrario. Es la técnica puesta al servicio de la morfología, una redención que nos perdona la geografía y nos devuelve la capacidad de diseñar nuestro destino. Caracas no ha perdido su esencia caribeña; simplemente ha aprendido a viajar a la velocidad de la luz. El Ávila sigue ahí, impasible, pero la ciudad que duerme a sus pies ya no es una promesa postergada. Es, por fin, una realidad redimida para transformar errores en gracia y crecimiento.
La Fundación Arquitectura y Ciudad ha llegado al boletín Nº 450 y tan sólo el número de publicaciones semanales mostrando historia, eventos y notas sobre la arquitectura, local y foránea, invita a preguntarse ¿cuánto tiempo ha acumulado esta importante y rara actividad desde su primera aparición? Esa respuesta es sencilla cuando se trata de contar 450 domingos que se aproximan a 10 años, lo cual es un período más que interesante en un país donde el altruismo, la filantropía manifestada de manera constante, no navegan en nuestra cotidianidad.
Sus editores, Henrique Vera y Azier Calvo, desde 2015 tuvieron, junto a otros profesores, la idea de construir una fórmula que dinamizara la difusión del conocimiento que, sobre temas de arquitectura y urbanismo, se produce desde sus cimientos académicos, aglutinando toda aquella obra con consideraciones de publicación. Así nació LA FUNDACIÓN, libre de compromisos y limitaciones administrativas propias de la normativa universitaria sin menoscabo de la ética que supone su naturaleza de adscripción, quien acompañaría el sello de Ediciones FAU UCV con la intención de mostrar de manera educativa el acervo arquitectónico de Venezuela y del exterior. Sería en noviembre de 2015, como una idea en colectivo, que se decidió poner en papel esta iniciativa bajo la denominación de Fundación Arquitectura y Ciudad, organización sin fines de lucro, y cuya utilidad social fuese, y sea, dar difusión sobre la arquitectura, el urbanismo, el desarrollo tecnológico de la construcción, el patrimonio histórico venezolano y áreas afines.
No es un secreto que dar visibilidad a la arquitectura en Venezuela, en estos tiempos convulsos y carentes de apoyo económico, se hace una labor compleja y digna de historias titánicas abrazadas por una creencia apostólica. También el de encontrar un objetivo inmaterial, más allá de correr tras un resultado económico. Es así como en sus comienzos, en el marco de la dinámica inicial que en algún momento tuvo la FUNDACIÓN, dentro de las diversas actividades realizadas destacaron: libros, concursos de escritos, rompecabezas, postales, entre otras propuestas y, particularmente, el boletín denominado Contacto FAC, que hoy arriba al Nº 450, el cual se ha convertido en el suplemento dominical que un número importante de colegas reciben con mucho agrado para enterarse de las ultimas noticias del acervo patrimonial material e inmaterial.
Y es que la siembra de Cultura Arquitectónica, consecuente y consuetudinaria, a través del escrito y la fotografía, es un arte que demanda reflexión, conocimiento, investigación y tiempo para construir, semanalmente, un trabajo que se publica en hojas digitales. Paradójicamente, en esta etapa tecnológica en que nos abrazan tiempos de disrupción de la inteligencia artificial -IA-, donde parece que pudiera facilitarnos el trabajo que amalgama el arte de la reflexión, la escritura, la fotografía, nos dispone a no creer en esta suerte mágica, ya que Contacto FAC, como un tipo de huella digital, tiene un componente preciso y particular donde dos cerebros se unen y, como en tiempos de la “Sociedad Armonía” de Coro, estado Falcón, más allá del cascarón constructivo, en su cimiente hay episodios irrepetibles como bellas postales que recoge un ojo a través de una cámara o el artilugio “(…) Con la construcción del teatro Armonía, la Sociedad Armonía para 1891 mantendría las más hermosas veladas de piezas y obras musicales, teatrales y declamatorias en el Coro de 1891 (…) y esto ocurría en medio de un imaginario demarcado por una vida social y urbana donde era común los lutos eternos llevados en la ropa y en el corazón: hondos suspiros y memoria perenne de algún difunto o alguna cruz caminera, testimonio de querellas sociales o políticas que tenían por sustento a los caudillos locales” (Hernández S., 2008)[i]. Es por ello que, lejos de desanimarnos con el aparente cambiante y quebradizo valor patrimonial construido, el boletín FAC crea aquella atmosfera de “Armonía” que reunía las tertulias culturales y que hoy se patentan en el acervo histórico heredado.
Colofón: Ver y conocer a los arquitectos y sus obras en estas páginas digitales requiere una cultura y esfuerzo. La IA nos ayuda, pero la materialidad debe acompañarse con método, fuentes, referencias y lectura. Si figuras icónicas de la cambiante y leve arquitectura moderna, como Antoni Gaudí, Le Corbusier, Frank Lloyd Wright, Mies Van Der Rohe, Zaha Hadid, Norman Foster, Frank Gehry, y tantos otros, no hubieran sido plasmadas en páginas editoriales, sería complejo el intercambio vaso-comunicante que nutre, construye y educa a distintas generaciones.
A manera de pinceladas recordamos que el 6 de noviembre del 2016, a un año de constituirse la Fundación Arquitectura y Ciudad, aparecía el Contacto FAC Nº2 con el recordatorio de la reurbanización del Silencio y la obra de Carlos Raúl Villanueva, así como novedades editoriales entre sus columnas. El Contacto FAC Nº 100 del 28-10-2018 arrancaba con la excelente noticia del IV concurso urbano e inclusión social de la CAF ganado por los países Perú, Ecuador y Venezuela. Allí queda detallado autores y características de los proyectos. En el Contacto FAC Nº 200 del 08-11-2020 la reseña de Tramas Cruzadas. El rol de la ciudad en el cine venezolano de Guillermo Barrios, como una suerte de vitrina fresca, y vemos el escrito en el prólogo de Armando Almandoz y todo un arqueo cinéfilo venezolano importante de conocer. En el Contacto FAC Nº 300 del 27-11-2022 se recogen unas importantes líneas de felicitaciones: “Apreciados Henrique, Azier y otros colaboradores directos e indirectos. Unas líneas para felicitar la llegada del número 300 de Contacto FAC y para manifestar mi agradecimiento por la tarea que han venido realizando en estos años. Ello toma contornos de verdadera odisea en el tráfago cotidiano y en el marco de una tradición inaugural y desmemoriada. Celebremos este nuevo hito y esperemos que esa energía y persistencia de ustedes nos permitan seguir conociendo cada semana un poco más sobre el pasado y lo que está ocurriendo en arquitectura. Saludos cordiales, Lorenzo González Casas”, líneas muy merecidas e importantes de recordar.
Hoy es más que evidente que estas felicitaciones, para Henrique y Azier, se hacen trascendentes y se reiteran al arribar al Nº 450, logrando un camino sólido en el que se recogen páginas educativas de historia y cultura arquitectónica, plasmando aquello que se identifica en el arte y la técnica de nuestro hábitat humano, una huella física de la identidad, y el progreso de un tiempo y espacio. A ellos felicitaciones y agradecimiento por este trabajo tan importante y que permanezcan en un tiempo menos carente y más valorado.
[i]Hernández S., Beatriz (2008). Dos Poetas, Dos Ciudades y un Imaginario Maldito. Santa Ana de Coro. Fondo editorial Servando Garcés.
Nos interesan temas relacionados con el desarrollo urbano y arquitectónico en Venezuela así como todo lo que acontece en su mundo editorial.