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ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 101

La Revista CAV 2/22 (1967), dedicada completamente a la ciudad de Barquisimeto, recoge como sección muy destacada toda la información correspondiente al llamado, selección y fallo del Concurso Nacional de Arquitectura para la sede del Concejo Municipal del Distrito Iribarren, idea pionera dentro del territorio nacional para edificaciones públicas de este tipo, lo que auguraba un prometedor futuro para este mecanismo de selección: “En septiembre de 1966 el Concejo Municipal del Distrito Iribarren en una jornada memorable y por unánime voluntad de todos sus integrantes, tomó la decisión de iniciar las gestiones para que el diseño del edificio de su futura sede fuese elegido en el marco de un certamen nacional de ideas. Nunca estará de más resaltar la significación de aquella inteligentísima iniciativa, hoy ya una realidad”.

El concurso que “fue promovido y concretado en el excepcional período de 9 semanas”, contó con la asesoría del arq. Felipe Montemayor y como miembros del jurado con el Ingeniero Municipal del Distrito Iribarren Gerardo Pérez Lugo, el arq. Enrique Gómez Marcano (representando al Concejo Municipal), el arq. Paulo Pimentel (representado al Ministerio de Obras Públicas -M.O.P.-), el arq. Américo Faillace (representando al Colegio de Arquitectos de Venezuela -C.A.V.-) y al ing. Jorge Rovatti (representado al Colegio de Ingenieros de Venezuela -C.I.V.-).

1. Fachada del anteproyecto presentado por Jesús Tenreiro en el Concurso Nacional para la sede del Concejo Municipal del Distrito Iribarren, Barquisimero, estado Lara

La exitosa convocatoria registró un total de hasta treinta y seis profesionales inscritos, de los cuales 22 entregaron anónimamente sus propuestas, pasando siete de ellas a ser consideradas como finalistas, de entre las cuales, el 13 de diciembre de 1966, por unanimidad y “con cuatro días de anticipación a la fecha prefijada”, se seleccionó como ganador el anteproyecto distinguido con la letra “V” presentado por Jesús Tenreiro Degwitz, resultando reconocido con el segundo premio el trabajo identificado con la letra “J” entregado por Ignacio Contreras Iribarren con la colaboración de Carlos Gómez de Llarena. Ambos trabajos, también, se encuentran ampliamente desplegados en la Revista CAV 2/22 que nos ha servido de apoyo a esta nota.

La voluntad firme por parte de las autoridades de que la obra se ejecutara ya preveía desde el propio momento del fallo que los planos definitivos del proyecto fueran entregados el 1 de junio del año siguiente (1967). Orgullosos, los organizadores declaraban: “Se ha dado un ejemplo singular a la nación demostrando que es posible organizar eficazmente un concurso de jerarquía  en un tiempo brevísimo; que los profesionales responden con un esfuerzo a la altura de la invitación y que de todo esto el resultado es un magnífico edificio que sin duda será un orgullo nacional y un inmenso paso delante de la Arquitectura venezolana”.

2. Jesús Tenreiro. Concejo Municipal del Distrito Iribarren, Barquisimeto, estado Lara. Izquierda: detalle de la fachada. Derecha: espacio de la Cámara Municipal
3. Jesús Tenreiro. Concejo Municipal del Distrito Iribarren, Barquisimeto, estado Lara. Espacio central

Y en buena medida no les faltó razón: ubicado en la carrera 17 entre calles 25 y 26, el edificio de alrededor de 6.000 metros cuadrados, ceñido al programa estipulado en las bases del concurso, resuelto con un sótano y tres niveles de oficinas donde se encuentra una Sala de Artes, una galería de Retratos de los Alcaldes del municipio Iribarren y Presidentes del Concejo Municipal a lo largo de la historia, además del Salón de Sesiones y una Sala Situacional incluyendo un auditorio, se terminó de construir impecablemente en 1968 en concreto armado obra limpia, ofreciendo una poderosa imagen exterior que dignifica el histórico contexto en el que se encuentra mediante un sabio manejo de la volumetría y el control solar, una rica espacialidad interior estructurada con base en un patio central y un control consciente y sensible de la luz que dejan atrás, a modo de simple anécdota, las influencias que sin duda existieron de la arquitectura de Louis Kahn, de quien Jesús Tenreiro (1936-2007) fue siempre un atento estudioso.

4. Jesús Tenreiro. Concejo Municipal del Distrito Iribarren, Barquisimeto, estado Lara. Vista exterior

Esta modélica experiencia sirvió, además, para ofrecerle a Tenreiro (Premio Nacional de Arquitectura en 1991) una de las pocas ocasiones de concretar en hechos su talento como proyectista a lo largo de su trayectoria, tras la paradoja de haberla podido ejecutar a través de un mecanismo que ha demostrado ser, al menos en nuestro país, objeto de sucesivas frustraciones para los profesionales de la arquitectura. Como muestra valga señalar, dentro de la misma tipología edilicia, los casos fallidos (por no pasar de la realización de los respectivos proyectos), correspondientes a los concursos para el Palacio Municipal del Distrito Federal  (1970, ganado por Carlos Gómez de Llarena y Manuel Fuentes) o para el Palacio Municipal del Distrito Sucre, edo. Miranda (1985, ganado por Juan Carlos Parilli), sin mencionar otra gran cantidad de oportunidades lamentablemente perdidas. El Palacio Municipal de Barquisimeto es uno de tres monumentos (junto al edificio sede de la CVG en Puerto Ordaz y la Abadía Benedictina en Güigüe) que Tenreiro dejó como legado a la arquitectura contemporánea venezolana. También nos dejó como importante testimonio lo que le expresó en 1993 a Antonio Ochoa en una entrevista aparecida el 24 de enero en El Universal, luego de renunciar al Premio Nacional que le fuera otorgado dos años antes: “Un premio es algo muy serio, como le escribí al jurado al comunicarle mi decisión. Lo que hay es que rechazar las estructuras burocráticas, cualquiera que éstas sean, según decía Thomas Bernhard. Comparto su idea de que todos los honores que se le hacen a una persona son sospechosos.(…) Las bases fueron modificadas y se transformó en la premiación a la ‘supuesta trayectoria’, y una trayectoria no se premia con dinero sino con más obras”. Ojalá le hubieran hecho caso.

ACA

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Postal. Colección Crono Arquitectura Venezuela

1. Revista CAV 2/22 (1967)

2. https://sancheztaffurarquitecto.wordpress.com/consejo-municipal-j-tenreiro/

3. https://www.facebook.com/pg/asociarNOS/posts/

4. https://twitter.com/mfernandajaua/status/1224229896857231360

ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 100

El que se denominaba formalmente como edificio de las “Oficinas para ‘Canmacin’” más conocido como la “sede administrativa de Cauchos General”, es uno de tantos casos que denota la desaparición implacable dentro del paisaje urbano de Caracas de una pieza de arquitectura de gran valor, perteneciente en este caso a nuestra rica modernidad, a causa de los vaivenes del mercado inmobiliario y a la incapacidad de reaprovechamiento de sus instalaciones que bien podrían haber albergado el uso al que finalmente se destinó el terreno en el que se encontraba.

1. Arriba: perspectiva del conjunto de la planta de Cauchos General con el edificio administrativo en primer plano. Abajo: Perspectiva del acceso
2. Planta de conjunto. 1: Nuevo edificio de oficinas. 2: Fábrica existente renovada. 3: Estacionamiento. 4: Zona de carga. 5: Autopista del Este

Ampliamente reseñado en el nº 3 de a, hombre y expresión (enero 1957), primera publicación de arquitectura aparecida en Venezuela dirigida por Carlos Raúl Villanueva, Ramón Losada Domínguez y Juan Pedro Posani y coordinada por Clara Urdaneta, el edificio cuya imagen acompaña la postal del día de hoy fue realizado por la Oficina de Planificación y Vivienda en colaboración con la firma de arquitectura Guinand & Benacerraf integrada esta última por Carlos Guinand Baldó y Moisés F. Benacerraf, la cual responsabilizó del proyecto al arquitecto norteamericano (posteriormente residenciado en nuestro país) Emile Vestuti (1927-1998). La ejecución de la obra estuvo a cargo de Constructora Ferrán C.A. quien la terminó el año 1956 con un costo aproximado a los Bs. 600.000, de acuerdo a información procedente del permiso de construcción para un edificio de oficinas a ser ubicado en Chacao, otorgado a Carlos Guinand Baldó por la Dirección de Obras Municipales, recogida en el nº 221, agosto 1954, de la Revista del Colegio de Ingenieros de Venezuela.

3. Vista del conjunto desde el sur
4. Vista parcial del edificio administrativo con parte de las áreas externas.

Complemento de una nave industrial dedicada a la fabricación de neumáticos, este sobrio edificio de una planta, lograda sencillez, cuidadas proporciones e impecable pureza, denota por parte del joven Vestuti una clara influencia de Mies van der Rohe a través del manejo de los códigos que caracterizaron la etapa europea del maestro alemán, algo alejados si se quiere del lenguaje asumido en los proyectos del Hotel Residencias Montserrat en Altamira (1951), el edificio Gran Avenida cerca de la Plaza Venezuela (1952) y el Banco Unión de Sabana Grande (1953), realizados con anterioridad también como arquitecto asociado a la oficina de Guinand & Benacerraf.

5. Vista del corredor del cuerpo administrativo con la entrada al fondo
6. Fachada sur del edificio administrativo

Tal vez hayan sido las condiciones del programa y su rol de complemento a una fábrica de grandes proporciones lo que llevó a Vestuti a optar por la horizontalidad y el uso de la cubierta plana como tema al que sumó la presencia del alero, el corredor y el patio como elementos de confort ambiental, poniendo, además, el acento en el cuidado de los detalles constructivos y el uso de los materiales gobernados por un sistema modular, dando como resultado una pieza que explota al máximo la flexibilidad espacial, rasgo éste propio de la más absoluta modernidad. En otras palabras Vestuti optó por el silencio solemne y no por el ruido molesto como recurso para acompañar la edificación a la que se sumaba. De la nota aparecida en a, hombre y expresión (seguramente redactada por Juan Pedro Posani), rescatamos lo siguiente: “El edificio destinado a las oficinas de la General (…), constituye un caso aislado dentro del cuadro de las construcciones caraqueñas. Testimonio de una sensibilidad aguda pero controlada, en él se ha tratado de aunar los instrumentos tecnológicos más actuales con la herencia temática de la arquitectura tradicional”. Las estupendas imágenes que acompañan la reseña (que alcanzan niveles de patrimonio histórico) dan prueba de ello y también de la insensatez cometida cuando al ser demolido en sus terrenos se construyó el Centro Comercial Sambil de Chacao en 1998.

ACA

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Postal, 2, 3, 4, 5 y 6. «Oficinas para la ‘Canmacin’ en Caracas», revista A, hombre y expresión, nº 3, enero 1957

1. Catálogo de la exposición Our Architects en Caracas. Arquitectura norteamericana en Caracas. 1925-1975, Sala TAC, 2017

ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 99

De entre los clubes de ciudad, que además de brindar las condiciones de tranquilidad y esparcimiento complementarios que ya para los años 50 del siglo XX empezaba a requerir la agitada vida metropolitana, el Club Táchira se podría incluir en el lote de las iniciativas emprendidas por un grupo humano oriundo de una determinada región del país que por añadidura buscaba preservar costumbres, tradiciones y demás actividades que recrearan los vínculos rotos por la distancia del lugar de origen (ver Contacto FAC nº 42 del 27-08-2017).

1. Vista aérea de Colinas de Bello Monte. Circa 1955

Así, los alcances que desde un principio se plantean los fundadores del Club Táchira aunque coincidentes en cuanto a su condición regional con otros de la misma época (como por ejemplo la Casa Monagas, la Casa Sucre o la Casa Guárico), son de mayor envergadura. En efecto, los directivos de la antigua Casa Táchira se proponen a comienzos de los años 50 la necesidad de desarrollar un gran club integral para la ciudad de Caracas que minimice en parte el déficit existente en este tipo de instalaciones. Los argumentos que se manejan, lejos de ser los típicos de cualquier comunidad o asociación cerrada, tienden en principio a la apertura y la incorporación de «una gran variedad de elementos de la colectividad como socios propietarios simpatizantes que gozan de los mismos derechos de los nativos», a excepción del control  de la Junta Directiva y el Tribunal Disciplinario que estaría en manos de los oriundos de esa región, tal y como se recoge en «Club Táchira» (Memoria Descriptiva, dibujos, planos y fotos. Proyecto: Arq. Fruto Vivas), Integral, nº 10-11, abril 1958. En pocas palabras se buscaba crear un importante centro de esparcimiento e intercambio social.

2. Vista aérea de Colinas de Bello Monte. Circa 1955. En la esquina derecha terraceo de la construcción del Club Táchira

Bajo este criterio y con el mayor apoyo oficial (no olvidemos que Marcos Pérez Jiménez, a la sazón dictador y Presidente de la República, era nacido en el estado Táchira así como la mayoría de los gobernantes del país hasta mediados del siglo XX), se emprende la búsqueda de un terreno para el Club acorde con sus objetivos generales y ajustado a un programa que permitiese su aprovechamiento intensivo. Se presenta entonces la oportunidad de adquirir a bajo costo un lote de 50.000 metros cuadrados en la recién inaugurada urbanización Colinas de Bello Monte: muy bien ubicada, equidistante, accesible y con estupendas visuales sobre la ciudad, factores que hacen pasar a un segundo plano las dificultades que la accidentada topografía impondría al proyecto. Además, la presencia del Club sumaría un punto más a favor del interés de parte de Inocente Palacios (promotor que en 1949 asume la aventura de urbanizar, como parte de la presión del crecimiento de Caracas hacia el sur, la primera colina que sería ocupada por la clase media), por convertir esta Urbanización en un punto de referencia cultural a escala metropolitana, interés que impulsará la construcción de la Concha Acústica «José Angel Lamas» (proyecto de Julio Volante), y el encargo a Oscar Niemeyer del proyecto para el Museo de Arte Moderno de Caracas.

3. Club Táchira. Boceto del conjunto hecho por Fruto Vivas

Para realizar tanto el Plan Maestro como la arquitectura de los diferentes componentes que conformarían el Club Táchira se selecciona al aún estudiante de arquitectura Fruto Vivas (recordemos que se gradúa en la promoción nº 5 -1956-) quien no sólo ya despuntaba como un brillante profesional sino que además había nacido de ese estado. Vivas acomete la resolución del programa con base en el terraceo de la moderada pendiente del terreno: cada terraza correspondería a una actividad diferente, interconectada a las demás, con aprovechamiento máximo de las visuales, buscándose la máxima adecuación al entorno. Así mismo se piensa en dotar al Club de un elemento que lo identifique y lo diferencie a su vez de la zona residencial en la que está localizado.

Fruto Vivas atravesaba en 1955, su más prolífico momento en cuanto al desarrollo de lo que se llamó la «arquitectura populista». Además venía de colaborar con Oscar Niemeyer en el anteproyecto para el Museo de Arte Moderno de Caracas ubicado en otro terreno-mirador de la misma urbanización. De esta manera con la propuesta para el club se empiezan a encontrar dos exploraciones que ya Vivas había emprendido con anterioridad: por un lado la búsqueda de una arquitectura nacional que se nutriera de las fuentes de la cultura popular y por el otro la investigación de la lógica de los tipos estructurales. Es así como puede entenderse tanto la visión que se tiene para el primer Plano de Conjunto del Club (recogido en el dibujo que hoy ilustra nuestra postal) como la resolución del elemento que en definitiva lo identifica.

4. Fotografía del modelo de la concha reducido sometido a ensayo (Instituto Eduardo Torroja)
5. Disposición general de la solución de cubierta (archivos CEHOPU)

En el Plano de Conjunto aparecen claramente diferenciadas tres piezas que empiezan a disputarse el protagonismo: lo que en un principio se denominó «la concha» ubicada en la parte más alta del terreno y cerca del acceso, la cubierta plana con grandes voladizos de «el bowling» colocada en un nivel intermedio y lo que en un principio se designa como “el rancho” localizado en la parte más baja. La concha y el rancho son pensados como cubiertas tipo cáscara mientras que el bowling, con un planteamiento estructural igualmente interesante, refleja la influencia muy próxima del Museo de Niemeyer. En todos interviene como asesor estructural Eduardo Torroja.

6. Proyecto definitivo de «La concha». Planta
7. Proyecto definitivo de «La concha». Fachada este
8. Encofrado de la losa que se desarrolla en el interior de «La concha»
9. Encofrado de la cubierta de «La concha»

Lo que en definitiva se hace de acuerdo al Plan original, aparte del terraceo, es “el rancho” (a quien se le bautiza en definitiva como “la concha”) por ser el único elemento de este tipo que se termina construyendo. En ella funcionarían las áreas sociales formales del club, un bar-restaurant y una boite con sus respectivas zonas de servicio. El cálculo estructural definitivo lo realizará el ingeniero Nicolás Colmenares.

10. Vista interior de «La concha»
11. Vista sur de «La concha»

Esta interesante obra conjuga de forma talentosa las dos preocupaciones que a Fruto Vivas, tal como mencionamos, obsesionaban. Así, a una cubierta conformada por un paraboloide hiperbólico en concreto de 76 metros de luz entre sus dos puntos de apoyo, muestra fehaciente de la tecnología de punta de la época, abierta en su punto más alto hacia el paisaje, se le trata contrastantemente con un criterio espacial absolutamente orgánico, libre, rico y se le ambienta utilizando materiales nobles y autóctonos: madera (canalete, zapatero, cañada, entre otros) para el recubrimiento inferior de la concha, de la losa de entrepiso y parte de los pisos, y piedra para muros y pisos de las áreas de mayor tránsito.

12. Vista hacia la ciudad de Caracas desde el interior de «La concha» con el Ávila como telón de fondo

Dentro de esta pieza maestra del sincretismo, el límite entre el interior y el exterior y entre el arriba y el abajo se difuminan. La topografía juega en todo ello un importante papel ayudando a esconder o disimular aquello que atente contra la fluidez y la totalidad vistas como categorías, siendo la boite el único elemento que nace del subsuelo con voluntad formal propia para equilibrar plásticamente la visión volumétrica lejana.

13. «La concha» con todos sus elementos vista desde Colinas de Bello Monte
14. Vista lejana que evidencia la silueta de «La concha»

La mejor explicación de las variables conceptuales que originaron la concha del Club Táchira nos la proporciona el propio Fruto Vivas en Reflexiones para un mundo mejor (1983): “Recuerdo mis palabras con el Maestro Torroja en un verano de 1955 en Costillares (Madrid), cuando planteé la estructura. Torroja me dijo que no cabía en ninguna ecuación conocida y yo le dije: ‘Precisamente es lo que quiero’, que la forma pertenezca íntimamente a la función y al hombre y no esté presa a las limitaciones que impone el cálculo matemático. (…) La imagen que yo planteé para el desarrollo de la estructura fué la siguiente: imaginemos un gran espacio donde el hombre hace su reunión de fiesta y los espacios de actividad cultural o recreativa que deseamos cubrir. Imaginemos el aire necesario para respirar que los envuelve y una ventana gigante; en este caso un Jardín colgante para mirar la ciudad deslumbrante; entonces dejemos caer un pañuelo desde el espacio que cubra estas áreas y que tome la forma lógica apoyada sobre las dos variables: los espacios recreativos con su volumen de aire y el paisaje”. Este pañuelo hecho edificio (si esta última palabra le cabe), concebido como experiencia fenomenológica, prefigurado para mirar y ser visto, permite llenarse los pulmones de una Caracas que desde allí luce dentro de su desorden como una gran selva tropical y manifiesta su indisoluble unión con el Avila. Nada de folklore a no ser los espectáculos, bailes y otras actividades que en él y sus terrazas se llevan a cabo con frecuencia. Mucho de arquitectura moderna impensable en otro lugar que no sea la colina donde se encuentra aferrada. El Táchira deja así a través de un icono su huella indeleble en la capital que tantas veces ha conquistado.

ACA

Procedencia de las imágenes

Postal, 6, 7, 10, 11 y 12. «Club Táchira» (Memoria Descriptiva, dibujos, planos y fotos. Proyecto: Arq. Fruto Vivas), Integral, nº 10-11, abril 1958.

1 y 2. https://elcolinero.org/el-pasado-de-colinas-en-fotos/

3. http://guiaccs.com/obras/club-tachira/

4, 5 y 14. https://www.plataformaarquitectura.cl/cl/02-332131/ad-classics-club-tachira-fruto-vivas-eduardo-torroja?ad_medium=gallery

8 y 9. https://elcolinero.org/el-pasado-de-colinas-en-fotos/club-tachira-5/

13. https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Club_Tachira_Caracas.jpg

ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 98

“1950. El espíritu moderno” se convirtió en el evento museístico más importante del año 1997 y quizás en uno de los más relevantes dentro de una década que se caracterizó por contar con grandes exhibiciones vinculadas a la arquitectura.

En este caso correspondió al Centro Cultural Corp Group (hoy Centro Cultural BOD) dirigido por Rita Salvestrini y Guadalupe Burelli, dejar en manos de William Niño Araque y Carmen Araujo una muy cuidada curaduría y de John Lange un impecable diseño museográfico que pudo ser disfrutado por el público desde el 21 de abril hasta el 30 de julio de aquel año.

La exhibición, como se afirma en la presentación redactada por Guadalupe Burelli para su programa de mano, recoge con gran detalle » …. la década de la creación de la Facultad de Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, de la definición de la profesión de arquitecto a partir del reconocimiento de su rol protagónico en la elaboración de la estructura de la ciudad. Esta es la década de las autopistas y de los experimentos, de los visitantes notables: Oscar Niemeyer, Richard Neutra y Gio Ponti, entre otros, de las excelentes publicaciones, del reconocimiento mundial a nuestra vanguardia constructiva. Esta es la década de un nuevo romanticismo en la arquitectura moderna. Entonces se apreciaron dos fuertes corrientes: la materialización de un funcionalismo internacional y la búsqueda de una respuesta formal a la continuidad de las tradiciones nacionales».

Dividida en seis partes: La nueva escala; El dominio de la geografía; La ciudad ideal; El funcionalismo extremo; El estilismo anónimo; y Sin inhibiciones, la muestra contó con un programa de visitas guiadas y coronó su aporte con la aparición un año más tarde (1998, Editorial Arte) de una publicación de gran formato con un tiraje de 1.500 ejemplares, 230 páginas, tapa dura, cuya dirección de arte estuvo a cargo de John Lange y Guillermo Salas que ha pasado a ser referencial por la calidad de su diseño y del material reproducido procedente todo de la propia exhibición.

Al referirse a la muestra que le dio origen, en el libro 1950. El Espíritu moderno se señala: “La exposición, que nació de una idea propuesta por el Centro Cultural a los arquitectos Hannia Gómez, William Niño Araque y Federico Vegas, se planteó llamar la atención sobre este singular período de la arquitectura moderna en Venezuela, y especialmente en Caracas a través de planos originales, fotografías, maquetas, material hemerográfico, muebles, objetos y documentales de la época”. Revisitar este acontecimiento a través de las páginas de la publicación nos coloca, una vez más, ante una demostración de lo que significa emprender y organizar de manera integral proyectos de esta envergadura los cuales desde hace muchos años han dejado de formar parte de nuestra vida cultural.

ACA

ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 97

Desde su apertura oficial en 1971, la Carrera de Arquitectura de la Universidad Simón Bolívar (USB) tuvo que lidiar con varios aspectos que marcaron significativamente sus primeros años de funcionamiento, algunos de los cuales perduran hasta el día de hoy: el pertenecer, siendo una disciplina diferente, a una casa de estudios de talante tecnológico; el mostrarse como alternativa, formando profesionales dedicados eminentemente a sus estudios, a la politizada Escuela de Arquitectura de la UCV; el ubicarse en un lugar si se quiere aislado dentro del ya distante valle de Sartenejas; y el dejar en manos de un grupo inexperto (aunque muy bien asesorado) de arquitectos provenientes en su mayoría de la Universidad de Cornell la estructuración del pensum y su conducción administrativa.

Los años transcurridos hasta el egreso de su primera promoción en 1977 estuvieron compartidos entre la experimentación propia de quienes eran parte de una importante apuesta, la puesta a prueba de los planteamientos conceptuales que la soportaban y el esmero de parte del cuerpo docente por dedicar la mayor atención al bien seleccionado grupo de estudiantes, en medio de un clima donde el trabajo de taller, el alejamiento de todo ruido que no fuese el estrictamente disciplinar y el exclusivo compromiso con los estudios dentro del agobiante régimen académico que los caracterizaba, vieron el despertar paulatino de una actitud crítica ante el modelo de enseñanza allí presente el cual buscaba en lo posible el alejamiento de todo tipo de contaminación ya no sólo con la UCV sino con lo que dentro de la propia USB empezaba a ser un movimiento que en general lo cuestionaba.

Dentro de ese clima comienza a aflorar en el estudiantado perteneciente a las primeras camadas la necesidad no sólo de organizarse sino de tener la oportunidad de hacerse escuchar dentro de una estructura que no facilitaba las cosas. La revista Galpón 5 (nombre que toma de la edificación que alberga fundamentalmente los talleres de diseño de la Carrera), aparecida a comienzos de 1978 momento en que ya había salido el primer grupo de egresados y se había producido el relevo del primer coordinador y fundador de la Carrera, el profesor Alberto Tucker por Eduardo Trujillo, es la más tangible manifestación del giro que poco a poco se empezó a dar tendiente a lograr una aún tímida vocería. Coordinada por los entonces bachilleres Antonio Azpúrua, David Bassan, Marisabel E. Bueno, Elena Carbonell, Bertha Fuenmayor, Luis Emilio Pacheco y María del Carmen Sarría, esta revista, según se recoge de su Editorial, “nace de la necesidad de promover una dinámica dentro del estudiantado, actitud indispensable en la formación de un profesional». En dicho Editorial se añade: «El carácter de la revista no va a ser informativo. Su fuerza radicará en la medida en que sea voz de los estudiantes, que exprese su pensamiento y contribuya a formarlos. (…) El objetivo es buscar una actitud crítica que permita tomar posición ante nuestra formación y ante el acontecer humano. La polémica provoca una toma de posición, la toma de posición es formación”, toda una declaración que encierra el ambiente de apertura y debate que por aquel entonces existía y se requería.

Asesorados en la diagramación por Nedo M.F. con fotografías de Maritza Domínguez, portada diseñada por el profesor Guillermo Carreras y logo del estudiante Carlos Cartaya, el primer número de Galpón Cinco, que contó con 16 páginas, encerró en su contenido además del Editorial las siguientes secciones: Preguntas al coordinador Arq. Eduardo Trujillo; Opinión de algunos egresados; los artículos “Protestar” de Moisés Ramírez y “Sobre las materias paralelas” de Jesther Rojas y Jazmín Ferré; y una muestra de la actividad docente representada a través de Trabajos de Taller (acompañados de la entrevista “Diálogo con la vivienda”) y de los textos provenientes de la asignatura Crítica de la Arquitectura “¡Y apareció el barroco!” de Hernán Pisani y “Arquitectura es…” de Gladys Rincones.

Tras su lanzamiento y luego de numerosos e infructuosos intentos por reactivarla Galpón Cinco reaparece 22 años más tarde para no salir más como ha ocurrido con tantas otras experiencias de este tipo. En ese momento le correspondió al profesor Carlos Pollak presentarla indicando que cuando él era Jefe de Departamento tomó la iniciativa la cual fue asumida por el profesor Alejandro Borges y culminó el profesor Luis Emilio Pacheco. Para su impresión no se requirió de recursos institucionales debido a los aportes que se lograron obtener de algunas empresas. Posteriormente, en 2014, siendo Henry Vicente el Coordinador de la Carrera y con el apoyo de un equipo de profesores y estudiantes, aparece en formato digital tomando el relevo y el espíritu original de Galpón Cinco, la revista 5 de la cual también se publicó el número 2 en 2015, sin que hasta ahora se haya tenido noticias de su continuidad.

ACA

ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 96

La Expo de Montreal 1967 cuyo lema era «El hombre y su mundo», de la cual acaban de cumplirse 50 años de su apertura, podría decirse que conserva intacto el espíritu de New York 64: la parodia estilística y el abigarramiento formal vuelven a ser las notas sobresalientes. En Montreal, además, se sentirá como en ninguna otra Exposición el rol protagónico de quienes durante el siglo XIX ocupaban el papel secundario: los pabellones nacionales. No es casual que la Expo-67 se recuerde por la presencia casi emblemática del enorme domo que Buckminster Fuller diseñó como Pabellón para los Estados Unidos. Junto a él también brillarán el «habitat» de Moshe Shafdie y las «estructuras tensadas» de Frei Otto representativas de la República Federal de Alemania, mientras las innovaciones tecnológicas y los alardes comunicacionales, por reiterativos, dejan ya de tener interés.

1. Carlos Raúl Villanueva. Pabellón de Venezuela en Montreal, 1967. Planta y elevación del anteproyecto final. Disposición final de los cubos junto con la descripción funcional al interior de cada espacio, incluidos los “milagros” asociados con el proyecto de Obra de Arte Total

También la Expo de Montreal le ofrece a Carlos Raúl Villanueva la oportunidad de reaparecer con una importante obra luego del ostracismo oficial al que se le sometió una vez caída la Dictadura. En efecto, gracias a los buenos oficios de Eduardo Trujillo, uno de sus tantos discípulos, el Colegio de Arquitectos de Venezuela selecciona a Villanueva como proyectista del Pabellón venezolano para Montreal y el Gobierno nacional procede a su contratación. En otras coordenadas se repite el relato Gasparini-Scarpa de Venecia.

2. Carlos Raúl Villanueva. Pabellón de Venezuela en Montreal, 1967. Bocetos

Villanueva intuyendo las características del entorno que la Feria generaría (recargado y exhibicionista hasta el cansancio), opta por hacer una propuesta contrastante con el mismo. Es así como vislumbra una respuesta formal que, independientemente del programa que el edificio fuese a albergar e intentando responderse la pregunta de ¿cómo representar a Venezuela en la Expo?, deje en el visitante una marca indeleble. Se recurre entonces, recordando un viejo croquis de Le Corbusier que éste usaba para definir la escala y su valor, a la utilización del sólido platónico por excelencia: el cubo. De esta manera se daría respuesta al problema de la representatividad arquitectónica del país no por lo que lo diferencia sino por lo que esencialmente lo asemeja al resto, revirtiéndose luego ello mismo hacia lo primero.

Juan Pedro Posani, siempre próximo a Villanueva, relata en «Expo 67. Villanueva, Soto. Un cubo, dos cubos tres cubos» texto aparecido en el Boletín del CIHE, nº 8 (1967), algunos de los dilemas que tuvo que sortear el Maestro en la gestación de la idea: “Representar un país: problema dificilísimo, particularmente cuando en ese país se superponen diferentes estructuras profundamente contradictorias. Dificilísimo porque también está en juego el conocido dilema de la expresividad de la arquitectura: ¿arquitectura como escenografía o arquitectura como solución? Y si una exposición es una escenografía ¿cuáles serán los mejores medios de representación?. Villanueva llegado a este punto decide dejar a los medios audiovisuales la tarea representativa. Separa el contenido del continente como en dos regiones independientes: asume para sí el problema del segundo, deja para otros (¿el Ministerio, una comisión, etc.?) el problema del primero.”

3. Carlos Raúl Villanueva. Pabellón de Venezuela en Montreal, 1967. Arriba: planta nivel acceso. Abajo: fachada
4. Carlos Raúl Villanueva. Pabellón de Venezuela en Montreal, 1967. Sección

La aparición a posteriori del programa diferenciando tres tipos de actividades en otras tantas zonas dará la clave en la formalización y resolución definitivas: “Tres cubos de 13 metros de lado en acero y aluminio, unidos entre sí por una zona de circulación y acceso más baja, policromados de fuertes colores y pulidos como una maquinaria, rojo, azul, amarillo, naranja, negro y verde levantados sobre una ligera plataforma de concreto acabado en obra limpia que permite destacar con mayor fuerza las líneas puras de los cubos”, tal y como expresara el propio Maestro en «Pabellón de Venezuela para la Expo 67 en Montreal”, Revista CAV, nº 23, quien tuvo siempre en mente la posibilidad de que el edificio fuese fácilmente desmontado y posteriormente trasladado a Venezuela.

5. Carlos Raúl Villanueva. Pabellón de Venezuela en Montreal, 1967. La escultura de Soto expuesta en el interior del Cubo Nro. 2

Villanueva logra dar una respuesta clara, contundente y sencilla que se traduce en calma y tranquilidad contrastantes con el bullicio del gran parque de diversiones en que se transformó la Expo. Su localización privilegiada en la Isla de Notre Dame frente al Río San Lorenzo, en un sitio despejado y rodeado de jardines, dentro de un parcela amplia (1.512 metros cuadrados ocupados en un porcentaje del 43 %, tal y como lo muestra la fotografía seleccionada que ilustra la postal del día de hoy), permiten contemplarlo fácilmente a distancia y desde diversos puntos. El acceso a través de rampas al espacio articulador de los tres cubos acrecienta el control del factor sorpresa que el atractivo hermetismo exterior del Pabellón propicia. Un cubo se destinó a la representación de un programa audiovisual (Venezuela hoy) que se proyectaba sobre pantallas ubicadas en cada una de sus caras; otro se convirtió en recipiente y escenario para apreciar una impactante escultura cinética y giratoria de Jesús Soto la cual se fusionó con la obra «Cromovibrafonía » que Antonio Estévez (quien en aquel entonces incursionaba en la música electrónica) compuso para la ocasión; el tercero de tres niveles albergaba las áreas administrativas y de servicios (segundo nivel), depósitos, equipos y máquinas (primer nivel) y espacio de animación y vida acompañado con un restaurant-cafetín donde se servían comidas típicas en la planta baja.

6. Carlos Raúl Villanueva. Pabellón de Venezuela en Montreal, 1967. Vista exterior

Sobre los valores plásticos de esta enorme escultura concebida por Villanueva, enigmática y difícil de precisar en cuanto a su escala que ni siquiera es adivinable a través de la grafía del letrero «Venezuela» que se superpone a cada uno de sus componentes, se ha escrito mucho. Se ha hablado de reminiscencias neoplásticas en la fusión de las letras y los planos de la fachada y la misma combinación cromática utilizada. También se le han atribuido similitudes a ciertas esculturas de Robert Morris, a las esculturas del «Cool Art» e incluso al espíritu «pop» por el uso de la policromía. Más lo cierto es que si alguna coincidencia se aprecia en esta obra es la innata sensibilidad formal de Villanueva y su sentido primordial del color (presentes ya en la Ciudad Universitaria) con el «minimal art» en lo cual se basa Posani para afirmar que “si este Pabellón, como parece suponer Philip Johnson, es un ejemplo auténtico de ‘minimal art’ entonces Carlos Raúl Villanueva, a su edad, podrá estar orgulloso de seguir siendo vanguardia”.

7. Carlos Raúl Villanueva. Pabellón de Venezuela en Montreal, 1967. Vista exterior

Desde París 1937 a Montreal 1967 han transcurrido exactamente treinta años en los que a través de una importante obra construida se puede detectar la evolución y disgresiones del principal arquitecto venezolano del siglo XX. En tal sentido podríamos decir que tal vez ningún otro edificio logra mostrarnos mejor que el Pabellón de la Expo el tránsito de Villanueva de lo figurativo a lo abstracto, así como las dificultades intrínsecas que conlleva el asunto de la representatividad nacional. Al final el rechazo de la solución folklórica, historicista, ecléctica y específica ubica el problema en las coordenadas de lo esencial, lo universal, lo compartido por cualquier ser humano, refrendando en parte las posturas ya planteadas por algunos de sus discípulos. También refrenda una concepción artístico-tradicional de la arquitectura que Villanueva nunca abandona.

La implícita visualización de la arquitectura como invención del programa y de la forma preconcebida como medio de representación sin importar el contenido, permitirían considerar este Pabellón como excepcional dentro del comportamiento de Villanueva. Sin embargo, ha sido el propio Maestro quien ha tomado la decisión de enfatizar en esta edificación efímera uno de los polos entre los que siempre ha oscilado su proceso creativo, logrando plasmar un resultado personal y a la vez memorable que la colocan en el pináculo de nuestras representaciones en feria internacional alguna.

ACA

Procedencia de las imágenes

Postal. https://twitter.com/jorgeruizboluda/status/559429322050912256

1 y 5. Archivo Fundación Villanueva

2 y 6. Boletín del CIHE, nº 8, 1967

3 y 4. Alayón J. J. «De la boîte de Le Corbusier al cubo de Villanueva.
El Pabellón de Venezuela, Montreal» en revista DPA, nº 29, 2013

7. Colección Centre Canadien d’Architecture / Canadian Centre for Architecture, Montreal.