… que en 1966, hace 54 años, se termina la construcción del edificio “El Camarón”?
1. Edificio El Camarón, Mario Breto (1964-1966). Vista desde la plaza de entrada
“El Camarón”, proyectado en 1964 por el arquitecto Mario Breto (1934-2009 -FAU UCV, promoción 9/1959-) cuando apenas contaba con 30 años y 5 de graduado, es quizás uno de los edificios de Caracas más coherentes en cuanto a su resolución formal y que mejor responde a las condiciones del contexto donde hubo de insertarse.
Ubicadoen la Av. Las Palmas con Av. Quito, Urbanización Los Caobos, Parroquia El Recreo. Municipio Libertador, “El Camarón” es sin duda un edificio que difícilmente puede pasar desapercibido. La polémica en torno a su particular forma curva y color vino tinto, a su caracterización, lejana de los imperantes preceptos racionalistas de la época en que se proyectó, junto a sus indudables aportes al espacio público, han provocado diversas reacciones dentro de la crítica arquitectónica nacional. Así, ya en 1969 Juan Pedro Posani en Caracas a través de su arquitectura dentro del capítulo titulado “El eclecticismo como sistema” emite comentarios tan elogiosos como: “Parece posible afirmar que este edificio es el de más calidad entre los edificios formalistas de Caracas”. Otro tanto ocurre con las apreciaciones que se incorporan en la nota que se le dedica en La vivienda multifamiliar/Caracas 1940-1970, libro publicado en 1983 por el Instituto de Arquitectura Urbana, donde se afirma. “Es difícil encontrar en Caracas otro edificio de apartamentos con la carga formal de El Camarón. La intención de utilizar una forma totalmente diferente de expresión en un momento, en que el racionalismo más estricto era la norma, lo convierte en una interesante excepción para la década de los sesenta”.
La calidad de la propuesta, producto de su coherencia formal y de la manera como enseña a comportarse responsablemente ante una esquina dentro de la ciudad, va de la mano con una clara intención por parte de su diseñador de asumir riesgos poco frecuentes. Dicha calidad incluye, además, la excelencia constructiva y el cuidado en los detalles que le otorgan a su dinámica volumetría un acabado impecable y sobrio.
Quizás sea aquí cuando valga la pena acotar que Breto aún más joven ya se había destacado (1961) a la hora de proponer, también de forma acertada, la respuesta urbana que se originó con el edificio “Los Aleros” ubicado en la Calle El Recreo entre Av. Casanova y Calle Humboldt, Bello Monte, lo cual nos habla de un arquitecto particularmente sensible a las variables de entorno a lo que se sumaba su preocupación (tal vez heredada de su padre) por aspectos constructivos ligados a un sentido práctico que buscaba establecer permanentemente relaciones entre el oficio y su realidad inmediata. Ello se verá una vez más confirmado cuando en 1981, tras proyecto realizado junto a Mariano Goldberg y Martín Padrón, se construyen las Residencias “Alarifes” (Calle Mirabal, urbanización Charavallito, Baruta), experimento orientado a diseñar en un mismo edificio 90 unidades de vivienda de interés social de diferentes áreas utilizando el sistema túnel. Por tanto, no es casual que Breto, quien también ejerció la docencia en la FAU UCV entre 1975 y 1999, lo haya hecho como profesor del Sector de Tecnología de la Escuela de Arquitectura.
2. Edificio El Camarón, Mario Breto (1964-1966). Izquierda: Vista cenital de la plaza de entrada. Derecha: un segmento de la fachada principal3. Edificio El Camarón, Mario Breto (1964-1966). Planta tipo4. Edificio El Camarón, Mario Breto (1964-1966). Vista del ritmo creado por la sucesión de balcones
“El Camarón”, resuelto sobre una parcela de 1.700 m2, tiene 6.600 m2 de construcción, 28 apartamentos y dos pent house dúplex, y cuenta en su planta baja con locales comerciales. Su condición de edificación aislada, regida por un esquema simétrico en el que su masa construida denota la presencia canónica de una base, un cuerpo y un remate bien articulados, apela a la geometría curva, al uso frecuente de bandas continuas y a la repetición de elementos cilíndricos en escaleras, balcones, jardineras y muros para lograr la unidad del conjunto. La distribución de su planta de cuatro apartamentos, organizados linealmente en dos bloques autónomos de dos unidades cada uno, sigue el arco que describe la simetría del volumen sin que esta condición afecte una eficiente funcionalidad. Por su parte, la planta baja comercial goza de la protección necesaria que provee el volado de la terraza que marca la transición hacia los pisos superiores, y se integra sin dificultad a la plaza-podio en que se convierte la esquina del terreno, cuyo pavimento y demás dispositivos han sido diseñados acordes con las reglas que rigen toda la composición.
Juan Pedro Posani en un artículo aparecido en el Boletín del CIHE nº 6 (1966) colocó a “El Camarón” entre los ejemplos de lo que denominó “El eclecticismo criollo”, actitud caracterizada por una visión formalista de la arquitectura anclada en la búsqueda de lenguajes expresivos procedentes del pasado reciente. Este edificio denotaría, según dicha lectura crítica, un origen expresionista y mendelsohniano que le otorgaría, además, un cierto halo historicista. Otros se han aventurado a hacer desenfocadas comparaciones de «El Camarón» con la Casa Milá de Gaudí. En todo caso, sea como sea, el tiempo ha demostrado que, de la mano del talento, esta aparente adhesión ecléctica en principio negativa puede cobrar autonomía y que ha surtido en el caso de “El Camarón” un efecto altamente positivo tanto en lo arquitectónico como en lo urbano.
5. Izquierda: portada del nº 8, volumen XXXIX, agosto 1969 de Architectural Design. Derecha: Vista general del edificio El Camarón
“El Camarón”, también, forma parte de las obras que fueron incluidas en el artículo central de 26 páginas titulado “Venezuela”, que la revista inglesa Architectural Design (nº 8, volumen XXXIX, agosto 1969) dedicara a la arquitectura moderna en nuestro país, tras haberlo hecho de igual manera en su edición de febrero de 1956 (volumen XXVI). Allí el editor invitado, Walter Bor, arquitecto y planificador urbano, en su presentación de los diferentes textos incluidos, citando a Manuel Corao (Director de Planificación del Ministerio de Obras Públicas), destaca “los tremendos cambios que se han dado en Venezuela durante los mencionados 13 años. No tan sólo una explosión demográfica, sino profundos cambios en lo político, económico y social. Destacando que en lo político Venezuela está entre la republicas más democráticas de América del Sur”. A pesar de las cuestionables intervenciones de que ha sido objeto por sus ocupantes a lo largo del tiempo que afean hoy sus otrora limpias fachadas, y de las muestras claras de deterioro que presenta por falta de mantenimiento, “El Camarón” sigue allí como referencia recordándonos cómo se puede asumir desde una edificación aislada una ejemplarizante respuesta de lo que debe ser la ciudad.
… que en 1920, en San Juan de los Morros, abre sus puertas el “Gran Hotel Termal”, primogénito de los hoteles nacionales?
1. Gran Hotel Termal, San Juan de los Morros (circa 1920)
Ciro Caraballo Perichi cuyo libro Hotelería y turismo en la Venezuela gomecista (1993) hemos comentado y utilizado en diversas ocasiones en este boletín, se ocupa de otorgarle un importante espacio a la relación entre las “termas de salud” y la aparición en torno a ellas de lugares destinados al alojamiento que, traducidos en muchos casos en grandes hoteles, han permitido otorgarle al hidrotermalismo un lugar preponderante dentro del desarrollo del turismo a partir del siglo XIX.
En un primer momento, dentro de la “Introducción”, en el apartado titulado “De la terma de salud a la terma de placer”, Caraballo afirma: “El edificio de alojamiento en los balnearios termales, fue una de las estructuras hoteleras de mayor desarrollo durante el siglo XIX. La facilidad de transporte ferrocarrilero puso al alcance de grandes masas de la población numerosas fuentes hidrotermales y termales, cuyo uso había sido altamente ponderado por sus cualidades sanitarias y curativas desde el siglo XVIII. En términos generales, las edificaciones hoteleras en los grandes centros balnearios respondían a uno de los dos conceptos funcionales vigentes: aquellas que surgían como respuesta a la revitalización de los modelos clásicos del baño termal, casi todas de corte neoclásico; y aquellas que respondían a conceptos naturalistas, cuyas edificaciones seguían la corriente arquitectónica del romanticismo, utilizando para su construcción madera y piedra”.
Dado el importante desarrollo de los centros termales como instalaciones hoteleras durante el siglo XIX y principios del XX, Caraballo amplía sus comentarios llevando a cabo un breve pero sustancioso repaso histórico del tema a partir de la consideración de tres momentos. En el primero de ellos, titulado “Del baño como acto purificante a la terma de placer”, se introduce el valor y papel simbólico que ha tenido el agua a través el tiempo, su utilización como agente purificador asociado muchas veces a ritos religiosos, y la detección de la presencia del baño termal en los más tempranos establecimientos poblados de Egipto, Asia Menor, Japón o Mesoamérica, sin dejar de mencionar que si bien es conocido el uso ritual de termas en la Grecia clásica “cabe a los romanos el haber llevado el edificio termal a su más alto nivel conocido, sólo comparable con algunas instalaciones otomanas del siglo XVI”.
El segundo momento, que lleva por título “La Ilustración: Racionalidad, salud e hidrotermalismo”, da cuenta del impulso tanto en Inglaterra como en Francia a partir del auge de los postulados del racionalismo y la Ilustración a mediados del siglo XVII de “un movimiento de carácter científico que buscaba el mejoramiento de la salud de los pobladores de las grandes ciudades a través del desarrollo de la higiene”, dándole así cabida al surgimiento de nuevas clases de edificios entre los que encontraban grandes hospitales, cementerios extraurbanos y casas de baños públicos. De estos últimos, aquellos que se ubicaran en el campo y de ser posible próximos a una fuente de agua mineral o termal, mejor. De esta tendencia queda el registro de la aparición de criterios formales y funcionales cuyo punto culminante lo establecería la incorporación de las edificaciones balnearias como tema en los concursos de la Academia de Beaux Arts de París.
Finalmente, llega Caraballo a “La Estación balnearia termal del XIX” como tercer momento en el desarrollo del tema en lo atinente a la aparición establecimientos termales con instalaciones permanentes a partir de la finalización en Europa de las guerras napoleónicas. Durante el siglo XIX tanto en el Viejo Continente como en Norteamérica se pone de moda y a la vez se masifican las visitas periódicas a estos lugares, los cuales cambian su carácter sanitario por el de ambientes de esparcimiento y placer. Caraballo no dudará en afirmar que “los sitios termales abrían … uno de los caminos del turismo contemporáneo”.
En nuestro país, de forma más modesta, se puede apreciar cómo el tema también guarda una particular relevancia hasta el punto de ocupar el segundo capítulo del libro que nos sirve de guía, titulado “Salud y alojamiento: Venezuela siglo XIX”. Sin entrar a profundizar en los diferentes apartados que lo constituyen donde se da cuenta de los “Sitios de temperar: el ferrocarril como medio”, de los “Balnearios de mar y río” y de los “Baños hidroterapéuticos y sitios termales”, si nos detendremos en este último a modo de vínculo con el edificio centenario que ha dado origen a esta nota.
Es interesante apreciar como “desde los inicios mismos del siglo XIX, se suceden estudios sobre los recursos termales en nuestro país”, y cómo más allá de las propiedades curativas que se levantan a modo de inventario en casi todo el territorio “en la Capital de la República aparecieron hacia finales del siglo XIX, los baños públicos de carácter hidroterapéutico, de clara inspiración europea” siendo ejemplos destacados los “Baños del Valle” y las instalaciones de Caño Amarillo. Sin embargo “los centros de esta categoría que captaron la mayor atención desde finales del siglo XIX, y que en el transcurso del siglo XX lograron desarrollarse, al punto que con sus altas y bajas, aún permanecen funcionando en nuestros días son: ‘Las Trincheras’ y ‘San Juan de los Morros’ ”, los cuales contarían con el apoyo para el desarrollo de su infraestructura primero de Guzmán Blanco y luego de Juan Vicente Gómez.
Al comienzo del subcapítulo “Los vapores sulfurosos de Guarume y San Juan”, Caraballo señala: “El territorio actual del Estado Guárico, en las inmediaciones de San Juan de los Morros y del poblado de Parapara, existen dos centros de aguas termales que cobrarán mucha importancia al tener como usuario al General Guzmán Blanco; las aguas termales de Guarume y la fuente de Aguas Hediondas en San Juan de los Morros iniciaban, en 1875, su proceso de equipamiento”. Aunque son las poco conocidas aguas termales de Guarume las que Guzmán llegó a visitar, actuando prácticamente como “conejillo de indias” en cuanto a tratar sus dolencias y, por ende, beneficiarse de los efectos curativos que ellas proporcionaban, su paralelismo en cuanto a apertura al publico y construcción de las primeras instalaciones con las Aguas Hediondas de San Juan es total. Se supone que Guzmán seguramente tuvo oportunidad de llegar hasta el pequeño manantial del que surgen las aguas sulfurosas de la hoy capital de Guárico en su viaje a Parapara y Guarume.
2. Baños Termales. San Juan de los Morros, 1918. Fachada oeste (arriba) y planta (abajo)
Las obras que se realizarían en San Juan, registradas en plano anexo a la Memoria del Ministerio de Obras Públicas (MOP) de 1875, consistirían en “la construcción de un estanque para el almacenamiento de las aguas y tres piletas individuales. Gruesas columnas toscanas sostenían una cubierta en pabellón, siendo esto toda la infraestructura construida entonces. El autor del proyecto fue el ingeniero Antonio María Casano López, mientras que las obras estuvieron a cargo del ingeniero Serrano”.
Para 1893 las instalaciones de San Juan estaban abandonadas, situación que se prolongó hasta inicios del siglo XX cuando serían rescatadas “contando con el aval científico de las más altas autoridades termales de Europa” reforzado en 1926 con la visita del Dr. Louis Blanc, médico de las instalaciones balnearias francesas de Aix-les Bains. Sin embargo, ya poco antes de 1920 “la mano paternal del Benemérito llevaría de nuevo el progreso a las aguas sulfurosas de San Juan, con la construcción del ‘Gran Hotel Termal’ ”.
3. Gran Hotel Termal. San Juan de los Morros, 1920. Planta (arriba) y fachada (abajo)
En cuanto al hotel propiamente dicho, se le considera el «primogénito» de una red de “hoteles nacionales” que durante el gobierno de Gómez se desarrollaron en virtud de la importante presencia gubernamental tanto en su construcción como en su funcionamiento. Al “Gran Hotel Termal de los Baños” de San Juan de los Morros se le sumará en 1928 el “Hotel Miramar” en Macuto y culminará con la inauguración en 1930 del “Hotel Jardín” en Maracay. Su desarrollo obedece al nexo que desarrollaría Juan Vicente Gómez con el lugar en el que se encontraban las aguas sulfurosas, donde pasaría largas temporadas en su residencia de “Las Adjuntas” (alrededor de la cual “surgirían suntuosas viviendas vacacionales de los familiares y allegados del Benemérito”), lo que lo llevó, en primer lugar, a ordenar “la refacción completa, a la moderna, del edificio del balneario, captando suficiente agua para cien baños diarios, a fin de que los vecinos y los temporadistas puedan, con todas las comodidades apetecibles, gozar de las saludables aguas…”. Las obras le fueron comisionadas al ingeniero Leonardo Jiménez.
Por su parte, la construcción del “Hotel Termal” complementaría la infraestructura del balneario y estaría asociada a la realización de una carretera pavimentada entre San Juan y Maracay, lugar de residencia permanente de Gómez. Las obras se iniciaron en 1919 y fue concebido como “una gran casa de huéspedes” dentro de la familiar urbanización ocupada por Gómez y su séquito. Su proyecto, como señala Caraballo, muy probablemente fue desarrollado en la Dirección de Edificaciones del MOP, quedando la supervisión a cargo de los ingenieros Rafael Díaz y Guillermo A. Salas, siendo este último quien lo finalizaría.
El hotel fue diseñado inicialmente como una edificación de una planta organizada “alrededor de un patio central rodeado de corredores que permitían el acceso directo a las habitaciones, todas con baño privado, las que distribuidas en dos alas alcanzaban un número cercano a la docena. En el cuerpo central del lado norte se encontraban los salones, los cuales abrían a los corredores externos que servían tanto de terraza-estar como de salón de baile y cinematógrafo en las horas nocturnas. Se enfatizaba la fachada principal mediante una doble escalinata, la cual actuaba como pieza ornamental del conjunto, que permitía a los huéspedes disfrutar de la gran terraza…”. En su lado sur como complemento se ubicaron dos pabellones a doble altura que contendrían el comedor y un salón especial con sus áreas de apoyo: cocina, locales y patio de servicio.
4. Gran Hotel Termal. San Juan de los Morros. 2ª etapa. Planta (arriba) y fachada (abajo)5. Postal del Gran Hotel Termal. San Juan de los Morros (circa 1920)6. Fotografía de la 2ª etapa del Gran Hotel Termal (circa 1925)7. Huéspedes disfrutando de las instalaciones del hotel
Rápidamente las doce habitaciones del hotel inaugurado en 1920 resultaron insuficientes debido a la atracción que ejercían las constantes presencias de Gómez, y ya que las dimensiones de los servicios así lo permitían muy pronto (antes de 1927) se procedió a ampliarlo. “La estructura base se conservó, duplicando las habitaciones en planta baja, las cuales fueron construidas en los antiguos corredores laterales. Otro grupo de habitaciones se realizó en la terraza. El esquema general se mantuvo al construirse de nuevo las galerías laterales, a tiempo que se demolía la escalera, duplicando de esta manera el ancho del corredor delantero, el cual pasó a convertirse en el gran hall del hotel. Las galería se repitieron en el segundo piso, a fin de dar acceso a las habitaciones allí ubicadas; el número total de aposentos fue entonces elevado a un total de treinta”.
Técnicas mixtas caracterizaron la construcción, usándose al comienzo una combinación de techos de madera, caña, brava y tejas (propios del hotel original) que se sustituyeron parcialmente con la ampliación por placas de cemento con malla sobre perfiles metálicos.
En parte, gracias al empuje que trajo para la región la construcción del hotel, San Juan de los Morros es decretada en 1933 capital de estado Guárico (desplazando a la señorial población de Calabozo), decretándose desde el Gobierno la construcción de una serie de obras públicas acordes a tal condición, viviendo la instalación una época dorada en la que se promocionaban muy bien sus bondades como lugar terapéutico y de recreación que si por algo se vieron afectadas fue por la notable diferencia de su ocupación entre las temporadas cuando Gómez lo convertía en su “casa de huéspedes” y el resto el año, y por su lejanía de las redes ferrocarrileras a pesar de los esfuerzos que se realizaban por ofrecer transporte terrestre hasta la estación Cagua del Gran Ferrocarril Alemán. En 1929, en las inmediaciones del hotel se niveló un terreno para que sirviera de pista de aterrizaje acercándolo aún más a distancias antes impensables.
8. Diversas imágenes del estado actual en que se encuentran las instalaciones del hotel
Tras la muerte del Benemérito el 1935 todas las villas y edificaciones que se habían construido a sus alrededores fueron expropiadas y el Hotel Termal comenzó a languidecer pasando por etapas de deterioro y abandono como la que lo caracteriza actualmente. Siendo propiedad el Gobierno Regional se ha convertido, tras sucesivas promesas de rescate sobre su muy golpeada infraestructura, en todo un símbolo de la desidia y la incapacidad como si no se tratase de una obra de interés publico y valor patrimonial.
ACA
Procedencia de las imágenes
1, 2, 3 y 4. Ciro Caraballo Perichi, Hotelería y turismo en la Venezuela gomecista, 1993
… que en 1972, el arquitecto Jorge Castillo diseña y desarrolla un sistema prefabricado cuyo producto llamó “Casa Mara”?
Casa Mara utilizada como vivienda elevada del suelo
Hablar de la “Casa Mara” y de Jorge Castillo Blanco (1933, arquitecto FAU/UCV, Promoción 9 -1959-) significa aproximarse al rico universo innovador de uno de los creadores más audaces dentro del diseño y la arquitectura contemporánea venezolana.
Ignacio Urbina Polo en el texto “El diseño industrial en Venezuela: una mirada de su historia”, aparecido en el blog Di-Conexiones el 14-06-2010 no duda en incluir a Castillo entre los pioneros que “marcaron momentos importantes en el desarrollo de una tridimensionalidad y una objetualidad construida en el país en plena modernidad, con las magistrales intervenciones” concentradas en gran medida en el diseño de mobiliario y otros elementos del paisaje del hogar donde destacan los casos, entre otros, de Miguel Arroyo, Cornelis Zitman, Emile Vestuti y Rudolf Steikal, y que tiene en Castillo otro punto de referencia ya que formó parte de “los invitados del Centro Industrial del Mueble Avelca, junto a reconocidos arquitectos internacionales como Gio Ponti, Tobia Scarpa, Tito Agnoli, Carlo Bartoli, Cini Boeri y Pierluigi Spadolini”, por lo cual Urbina no pierde la oportunidad de hacer también mención en su ensayo a la “Casa Mara”.
La innovadora propuesta de Castillo consistió en el diseño de un módulo habitacional prefabricado, de forma circular inspirada en estructuras de la naturaleza, y que integra arquetipos de vivienda indígena, como la churuata.
Gr´ficos y fotos que explican las partes que conforman la casa, su ensamblaje y acabado finalPlanta y modelo de la casa Mara en su disposición convencional como vivienda colocada en los espacios abiertos de Parque Central
Planteada para ser reproducida en serie, la “Casa Mara” se trata de un sistema constructivo compuesto de elementos geométricos en forma de gajos de poliéster y poliuretano desarmables y reforzados con fibra de vidrio (diez en total), que ofrecen la oportunidad de contar con un acabado final de corte industrial y uniforme los cuales, una vez ensamblados, recuerdan la forma de una mandarina o una calabaza. Pintadas como fueron muchas de ellas de color naranja la asociación con la fruta no se hizo esperar.
El proceso constructivo contempla, en primer lugar, la preparación del sitio donde va el módulo: una losa de cimentación de forma circular de 7,70 m de diámetro. Posteriormente se procede a la unión de los 10 gajos por medio de ensamblaje y tornillos hasta completar el módulo. Luego de unir los gajos se coloca la cúpula. Más allá de haber sido concebida como unidad de vivienda unifamiliar (tal es el caso del conjunto realizado en la Fundación CIEPE, San Felipe, Edo. Yaracuy), el uso más extendido que se le dio a la “Casa Mara” fue el institucional, pasando a convertirse en recintos donde funcionaron pequeñas oficinas de correos bajo la administración del Instituto Postal Telegráfico (IPOSTEL), las cuales estuvieron diseminadas en diversas zonas de la capital y el resto del país. También ha sido utilizada como módulos policiales y en algún caso se les ha colocado en disposición “palafítica” cuando las condiciones del lugar así lo ameritan.
La búsqueda y hallazgo por todo el país en las más insólitas condiciones de ejemplares de la “Casa Mara”, ha dado pie a una larga lista de lugares que van desde el archipiélago de Los Monjes al Unicentro El Marqués, pasando por el Hipódromo La Rinconada, el Aeropuerto Internacional de Maiquetía y las playas de Morón.
Detalle de la unión entre dos módulos para uso educacionalForma elíptica y sus combinaciones utilizadas para guarderías infantilesAlternativas de utilización para vivienda adoptando la forma elípticaProyecto para un centro empresarial que incluía un hotel de 15 plantas (derecha) donde cada una estaba formada por seis módulos (izquierda)
La versatilidad que ofrecía la “Casa Mara” permitió arreglos que iban desde guarderías (como la proyectada para Margarita conformada por cinco células que tomaron forma elíptica a los que anexaba una cápsula prefabricada de baño), a unidades de servicio odontológico, siempre apelando a la modificación del módulo original mediante el crecimiento lineal por separación de los dos casquetes que lo conforman, condición que también permitió generar unidades de vivienda de mayores dimensiones con el baño en su interior.
La experimentación con la “Casa Mara” se vio plasmada también en la realización de un proyecto para un centro empresarial que incluía un hotel de 15 plantas donde cada una estaba formada por seis módulos básicos con habitaciones individuales y suites, el cual nunca llegó a concluirse.
Jorge Castillo, quien realizó estudios en la Escuela de Artes Plásticas de Caracas, ha desarrollado una significativa obra artística, que se inicia con el grupo de los pintores informalistas de la década de los 50, en paralelo a su obra arquitectónica. Una vez graduado, fue profesor asistente del maestro Carlos Raúl Villanueva y se desempeñó como docente de la Cátedra de Diseño Arquitectónico de la Universidad Central de Venezuela entre 1959 y 1975. Su inclinación por la vertiente experimental dentro de la arquitectura se ve reflejada desde temprano cuando colabora en el diseño del Sistema D utilizado en una de las primeras experiencias de industrialización de la arquitectura venezolana: el Proyecto Experimental de Viviendas Multifamiliares en San Blas. Edo. Carabobo (1963), a cargo de la Unidad de Diseño en Avance del Banco Obrero coordinada por Henrique Hernández. También cuando en 1968 realiza la propuesta y construcción del Parque Recreacional El Conde en la avenida Bolívar, importante calistenia de la que sin duda derivará posteriormente la “Casa Mara”.
La búsqueda por lograr una efectiva integración entre arte y arquitectura le permite obtener el Premio Vivienda Unifamiliar de la VI Bienal Nacional de Arquitectura (1976) con la Casa Gamero en la que trabaja con Carlos Cruz-Diez.
Por otra parte, Castillo es uno de los 6 arquitectos invitados para integrar la recordada exposición “Los Signos Habitables. Tendencias de la Arquitectura Venezolana Contemporánea”, realizada en la Galería de Arte Nacional de Venezuela en 1984.
Tanto en los años previos como en los que siguieron a la creación de la “Casa Mara”, Jorge Castillo desarrolló una fructífera carrera profesional que le hizo acreedor del Premio Nacional de Arquitectura otorgado por el CONAC en 1999. El prototipo, por su parte, obtuvo el Premio Vivienda Unifamiliar en la V Bienal Nacional de Arquitectura (1973) y fue incluido dentro del grupo de obras que representaron a Venezuela en la exposición Latin America in Construction: Architecture 1955-1980 que se realizó en el MoMA entre el 29 de marzo y el 19 de julio de 2015.
… que en 1987, en los espacios del Museo de Bellas Artes (MBA) de Caracas, se llevó a cabo la VIII Bienal Nacional de Arquitectura?
Cuando aquel año el Colegio de Arquitectos de Venezuela (CAV) -presidido por Italo Balbi- junto al Ministerio de Estado para la Cultura a través del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC) -con Paulina Gamus a la cabeza de ambas entidades- y el Concejo Municipal y la Gobernación del Distrito Federal a través de la Fundación para el Desarrollo de las Artes (FUNDARTE) -siendo Miguel Ángel Contreras Laguado gobernador y a la vez presidente encargado de la Fundación-, convocan a participar en la VIII Bienal Nacional de Arquitectura, se estaban conmemorando el XXV aniversario de la creación de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Los Andes (ULA), el centenario del nacimiento de Le Corbusier y se entraba en el año en que se celebraría el cincuentenario del Museo de Bellas Artes de Caracas que tenía en ese momento a Oswaldo Trejo como director.
Se trataba del octavo llamado en 24 años de un evento que se supone debía ser cada dos, lo cual habla a las claras de una intermitencia que luego incluso se agudizará. También marca esta Bienal un punto de inflexión en cuanto a la manera y significado que tendrá el ser distinguido con el Premio Nacional de Arquitectura, es decir, desde 1963 hasta 1987 la selección del mejor edificio u obra le daba automáticamente a su autor o autores el Premio, pasando a partir de este momento a ser otorgado el mismo, anualmente, a través del CONAC a fin de equiparar el reconocimiento a la Arquitectura como expresión artística y cultural (junto a las Artes Plásticas, la Fotografía, el Cine, la Danza, la Literatura, el Teatro, la Música, las Humanidades, los Saberes Tradicionales y la Artesanía), premiándose de esta manera una trayectoria y no un elemento o hecho puntual. Las Bienales a partir de la IX se empezaron a caracterizar por el otorgamiento de un Gran Premio a la mejor obra del conjunto seleccionado para la ocasión por un calificado jurado.
Así pues, este último eslabón del que podríamos llamar como primer ciclo a cargo del CAV, retomó la sana costumbre de realizarse después de una suspensión de siete años (desde 1980) y tuvo como tema “La arquitectura del Lugar”. Se montó en tres meses y superó los 160 trabajos aceptados, lo cual indica que el tiempo transcurrido operó como una represa que al fin abrió un aliviadero. Se modificaron las bases de confrontación y a las categorías habituales (Arquitectura Urbana, Vivienda Multifamiliar, Vivienda Unifamiliar, Vivienda y Obra de Interés Social y Arquitectura Paisajista amén de los premios Metropolitano y los Regionales), se sumaron distinciones que abarcaron todos los campos donde la arquitectura se desarrolla, reconociéndose la Restauración y Conservación, el Reciclaje y Acondicionamiento de Edificios, la Docencia, la Investigación y la Crítica e Historia.
Como bien señala Shully Rosenthal, presidente de la VIII Bienal, “más que un evento de promoción a los mejores trabajos en cada renglón, (lo mostrado) en esta oportunidad trasciende del ámbito de los Arquitectos y se muestra al público en general, como el esfuerzo que a diario realizamos en esta actividad creadora de los espacios donde el hombre se desenvuelve, visualizando en esta muestra de la Arquitectura de los años 80 la recuperación del espacio urbano, la importancia adquirida por el peatón, el nuevo sistema de transporte dentro de la ciudad, la búsqueda de nuevas soluciones tecnológicas de fuerte contenido formal, un adecuado conocimiento del contexto, la mejor interpretación a los problemas ambientales, las condiciones plásticas, todo esto conjugando y configurando nuestro paisaje cultural.”
Al revisarse todos los factores que incidieron en el llamado y montaje del acontecimiento, podría perfectamente decirse que se convirtió en el escenario que permitió ver, analizar y presentar la arquitectura venezolana de toda una década, momento en que el rescate del tema del lugar ocupaba un sitial predominante en el debate arquitectónico latinoamericano y donde asuntos como la identidad se convertían junto a él en punta de lanza desde los Seminarios de Arquitectura Latinoamericana (SAL). También le permitió a William Niño Araque, a la sazón curador de la exposición, continuar desarrollando tópicos que poco a poco le permitieron configurar una especie de plataforma desde la cual efectuar una posible lectura de lo más significativo. O, en otras palabras, seguir ejercitándose en una especie de gimnasia crítica que le permitía hablar con mayor insistencia de “La ciudad recobrada” (título del ensayo central del extenso y muy bien documentado catálogo del evento, cuya impecable publicación fue coordinada por Martín Padrón), y con ello de la Bienal como escenario de encuentros, la arquitectura como arte, el valor recobrado para el juicio estético y la consideración de la forma y sus amarres simbólicos para finalmente declarar que si durante la década de los años 70 se podía hablar de una “posible” Escuela de Caracas, en la de los 80 ya se vislumbra una alternativa que “al ‘Potenciar’ los instrumentos propios del conocimiento arquitectónico (permite) identificar durante los últimos años, una línea crítica y reflexiva que no pretende agotarse en los límites de un trabajo concreto, sino que aspira a introducir los factores espaciales en el marco más general de un reflexión sobre la identidad artística y los propios instrumentos que la arquitectura puede desarrollar.”
Así, para Niño Araque serían de destacar un grupo heterogéneo y dispar de obras “que enmarcan la producción estéticamente más interesante de cuanta se ha producido en el ámbito profesional de la última década. Con una proximidad a lo que en el resto de la experiencia plástica han sido las corrientes del minimalismo, el conceptualismo o la post-figuración, el proyecto para la nueva sede de la Galería de Arte Nacional, las estaciones del Metro de Caracas, el Edificio de la Electricidad de Caracas, la proposición para el ‘Foro Libertador’, el ejercicio ideado para la ‘Catedral del Agua’ en Ciudad Guayana, la Plaza Bicentenario o el Monasterio de Güigüe, Estado Carabobo, son algunas de las realizaciones o proyectos que van más allá del trabajo bien hecho a partir de la contradicción entendida entre la arquitectura y la creación estética en general producida en nuestra sociedad consumista y poco informada.”
Premio Nacional de Arquitectura otorgado en la Bienal de 1987 al Metro de Caracas y al arquitecto Max Pedemonte por la obra realizada por la División de Arquitectura de ese organismo que Pedemonte denominó como «Rutas Paralelas»
En virtud de la vasta amplitud de la muestra, la decisión del jurado seleccionado para otorgar el Premio Nacional en esta ocasión, integrado por los arquitectos José Miguel Galia, Leszek Zawisza, Fruto Vivas, Gustavo Legóburu y Celina Bentata, no fue sencilla de tomar. Sin embargo, con plena justicia, la máxima distinción se le dio al Metro de Caracas y al arquitecto Max Pedemonte por la obra realizada por la División de Arquitectura de ese organismo premiando lo que Pedemonte denominó como las “Rutas Paralelas”, el conjunto de operaciones realizadas para construir y complementar la infraestructura peatonal a lo largo de las rutas del sistema de transporte subterráneo. Como ya adelantamos, correspondiendo a una segunda etapa desde que el Premio Nacional lo empieza a otorgar el CONAC, la IX Bienal se realizó en 1998, la X en 2001, la XI en 2014, la XII en 2016 y la XIII en 2019, es decir, 5 eventos en 32 años superándose con creces la falta de periodicidad mostrada durante los primeros 8 llamados. Las causas para que ello haya ocurrido y las consecuencias que ha traído pueden muy bien ser motivo de otra nota que las analice.
… que entre 1957 y 1959 se proyecta y construye la Iglesia de La Asunción dentro la comunidad 2 de diciembre (hoy 23 de enero)?
1. Iglesia de La Asunción (1957-1959). 23 de enero, Caracas. Carlos Raúl Villanueva. Colaborador: Juan Pedro Posani. Vista exterior
Considerada por algunos como iglesia y por otros como capilla debido a sus controladas dimensiones, esta pequeña edificación se insertó como parte del centro cívico (junto al teatro y los comercios), que complementó la tercera etapa del conjunto de vivienda multifamiliar obrera de alta densidad y gran altura situado al oeste de Caracas, conocido inicialmente como Comunidad 2 de diciembre y hoy como el 23 de enero.
Proyectada por Carlos Raúl Villanueva con la estrecha colaboración de Juan Pedro Posani su singularidad dentro de la trayectoria del Maestro y la manera como es abordado y resuelto el problema arquitectónico ha hecho que esta pieza, pese a su escala, no haya pasado desapercibida por quienes se han dedicado a comentar el legado del más importante arquitecto venezolano del siglo XX.
Así, de las descripciones que se han hecho del proyecto en diversas publicaciones, llama la atención, por un lado, los señalamientos a “las cambiantes percepciones espaciales y luminosas derivadas de las diferencias entre desnudos muros rugosos y las plegaduras del techo, las múltiples entradas de luz natural y el desprejuiciado uso del concreto armado”, los cuales “traen reminiscencias del templo de Notre Dame du Haut en Ronchamp, de Le Corbusier (Beatriz Meza Suinaga en la ficha elaborada para Caracas del valle al mar. Guía de arquitectura y paisaje -2015-), y, por el otro, la economía de recursos, la sencillez extrema y el máximo provecho que se le sacó al partido arquitectónico asumido, cuyos antecedentes se pueden encontrar en “las pequeñas iglesias coloniales de Paraguaná y Margarita…” (Paulina Villanueva y Maciá Pintó en Carlos Raúl Villanueva -2000-).
2. Izquierda: Plano de conjunto de la Comunidad 2 de diciembre (23 de enero). Derecha: Croquis de la iglesia La Asunción (Carlos Raúl Villanueva)
Está claro que Villanueva trae a este rincón del 23 de enero todo el bagaje acumulado de su experiencia en la Ciudad Universitaria patente en su capacidad para experimentar con la forma, la envolvente y sobre todo el carácter de la cubierta, entendida esta última como oportunidad para resolver problemas funcionales, lumínicos y estructurales, sin dejar de lado aspectos simbólicos, que permiten a Paulina Villanueva y Maciá Pintó recordarnos el anteproyecto para la capilla universitaria “que tiene la misma plegadura dirigida en otro sentido” y el vasto laboratorio constructivo en que se convirtieron las pasillos cubiertos.
3. Iglesia de La Asunción (1957-1959). 23 de enero, Caracas. Carlos Raúl Villanueva. Colaborador: Juan Pedro Posani. Arriba y abajo izquierda: El espacio interior. Abajo derecha: Vista exterior del camapanario
Pero es quizás el espacio y su tratamiento el tema que con mayor maestría está trabajado en esta obra en virtud del dramatismo que inspira, muy asociado al uso al que está destinada. De esta manera, si Sibyl Moholy-Nagy en Carlos Raúl Villanueva y la arquitectura de Venezuela (1964) encuentra en la circunstancia de que está dedicada a la Asunción de la Virgen el detonante que hace que en el interior se perciba, con la complicidad de la cubierta en zig-zag, una escala ascendente desde la entrada hacia el altar (que alcanza los 24 metros de altura), no es menos cierto que la forma adoptada para trazar la planta de una sola nave, ideada para generar tensión entre las paredes laterales convergentes hacia el altar, es el otro componente que acude en auxilio del ambiente pleno de teatralidad barroca que se percibe, donde la luz natural trabajada de diversas maneras se apodera del protagonismo. La historiadora y crítica de origen alemán lo expresará así: “El diseño dio enfática importancia a las variaciones de la luz natural, comenzando con un angosto vestíbulo casi a oscuras abierto hacia el baptisterio que debe recibir a numerosos grupos familiares asistentes a los actos religiosos. Desde este amplio espacio, la nave se angosta gradualmente más y más a cada paso. En el lado este y por encima del altar principal todas las fuentes visibles de luz desaparecen y una luz indirecta desciende por los muros de concreto tal y como las ocultas fuentes de luz articulaban el interior de las capillas barrocas”. En pocas palabras, como aseverarán Paulina Villanueva y Maciá Pintó se establece “un doble juego: se entra por un espacio ancho y bajo para finalizar en un espacio estrecho y alto”.
4. Iglesia de La Asunción (1957-1959). 23 de enero, Caracas. Carlos Raúl Villanueva. Colaborador: Juan Pedro Posani. Planta y corte5. Iglesia de La Asunción (1957-1959). 23 de enero, Caracas. Carlos Raúl Villanueva. Colaborador: Juan Pedro Posani. Vista exterior
Implantada de forma tal que no se vea afectada por la volumetría de los superbloques que la acompañan, la Iglesia de La Asunción contiene todos los elementos característicos del uso al que está destinada: un baptisterio a la entrada y un coro sobre ella ocupando una mezzanina, confesionarios, nichos en los que se resuelven pequeñas capillas y sacristía, elementos estos últimos que se adosan con aleatoriedad a la planta cuasi triangular cuyo eje central de simetría demarca el trayecto desde el acceso al altar.
Descripciones aparte, también resulta cuando menos curioso que Carlos Raúl Villanueva se haya hecho acompañar para el desarrollo del proyecto de esta edificación, si se quiere excepcional en su trayectoria, de su colaborador y mano derecha en la realización de la Ciudad Universitaria de Caracas (CUC), Juan Pedro Posani, y no de quienes aparecen junto a él como realizadores del complejo habitacional: José Hoffman y José Manuel Mijares. También de que, a diferencia de lo ocurrido en la CUC, Villanueva haya reconocido la importante participación de Posani en esta obra ubicada en la etapa final de la realización del campus universitario, preámbulo de un período donde decrecerá significativamente su actividad con el advenimiento de la democracia.
6. Carlos Raúl Villanueva y Juan Pedro Posani a finales de los años cincuenta, trabajando en la Ciudad Universitaria de Caracas
Posani, quien desde agosto de 2018 tiene un blog que ha titulado “El viejito inquieto” y que subtitula “Un blog por el ostracismo de las ideas negativas, pero también muy realista” (https://juanpedroposani.wordpress.com/), donde se identifica a sus 88 años como “arquitecto moderno y testarudo”, ha ido sacando poco a poco a la luz pública su hasta ahora velada y particular relación con Villanueva en lo relativo a su mutua dependencia intelectual y profesional, vital, hasta el punto de dejar varias anécdotas y algunos testimonios.
En su ultima entrega del 9 de agosto, en la que insiste en su papel de “ghost-writer de CRV”, al referirse a la autoría de la frase “El arquitecto es un intelectual, por formación y función. Debe ser un técnico, para poder realizar sus sueños de intelectual. Si tales sueños resultan particularmente ricos, vivos y poético, quiere decir que a veces puede ser también un artista”, lanza al aire lo siguiente: “… por muchos años mi trabajo al lado del maestro, fue ser su traductor, de sus dibujos, croquis y que el 90% de sus escritos han sido redactados por mí, en mi papel de ‘ghost-writer’ ¿Por qué el maestro nunca habló de esa o de otras colaboraciones…? Es un pequeño misterio que tal vez habría que estudiar. Por qué, por ejemplo, tampoco nunca mencionó al papel de un arquitecto tan bueno y con hasta dos interesantes edificios en la Ciudad Universitaria, como fue Gorka Dorronsoro. En mi caso, lo hizo únicamente con la iglesia del 23 de Enero”. El repaso de la relación Villanueva-Posani a través del blog autobiográfico que éste ultimo ha venido realizando puede ser objeto de otra nota en otro momento. Sin embargo, queda abierta la duda acerca de hasta dónde llegó su participación en la Iglesia de La Asunción (“puro espacio, verdadero y sin afectaciones; un ráfaga de aire desplegando la cubierta al cielo” como dirán Paulina Villanueva y Maciá Pintó) en medio de la creciente simbiosis que con el tiempo se fue creando entre maestro y discípulo. Si la frase mencionada que define al arquitecto “fue pensada, escrita y redactada por ese muchacho, Juan Pedro Posani, así eran las cosas, y así fue, tal vez ayude a entender mejor lo complejo de la vida y a precisar el recorrido de cada quien. Eso no le quita nada a Villanueva. Tan solo ayuda a entender lo que cada quien ha hecho en la vida”.
… que el 19 de marzo de 1954, hace ya 65 años, fue inaugurado el Anfiteatro «José Ángel Lamas» comúnmente conocido como la Concha Acústica de Colinas de Bello Monte, Caracas?
1. Anfiteatro «José Ángel Lamas» (Concha Acústica de Colinas de Bello Monte) un día de concierto de la Orquesta Sinfónica Venezuela
Cuando se acomete desde 1949 la urbanización de los terrenos ubicados hacia el sureste del casco central de Caracas, antiguamente ocupados por la Hacienda Bello Monte (donde se alojó Humboldt durante su estancia en 1799), que se extendían a ambos lados del rio Guaire, se hace en dos etapas: la primera consistente en la lotificación de las áreas planas de los sembradíos agrícolas donde se desarrolló la urbanización Bello Monte en la Parroquia El Recreo, a cargo de la familia Casanova-Hernández, dueños de las tierras; y la segunda, poco tiempo después, cuando Juan Vicente Casanova-Ibarra y Antonio J. Casanova le proponen a Inocente Palacios y Luis Albero Pocaterra el desarrollo de los terrenos más inclinados cuya extensión alcanzaba aproximadamente 1.700.000 m2. Esta escarpada zona, localizada al sur, daría origen a lo que se conoce como Colinas de Bello Monte, donde Palacios (quien conseguiría apoyo del Banco Obrero ya como presidente de C.A. Urbanización Colinas de Bello Monte) terminó gestando un suburbio con alto sentido especulativo que se convirtió en la primera conquista por parte del crecimiento formal de la ciudad de lo que en otro contexto sería calificado como un “cerro”.
Palacios, quien sumaba a su actividad empresarial y urbanizadora la de ser promotor cultural y musicólogo (sin olvidar que tuvo que ver con la creación de la Escuela de Arte de la UCV), buscaba, entre otras cosas convertir Colinas de Bello Monte (promocionada, dada su espectacular condición escénica, con el lema “Una terraza sobre el Ávila”) en un nuevo “corazón de Caracas” y en el epicentro de un movimiento cultural que tenía dos importantes pilares: la posibilidad de proyectar al borde de una pequeña colina el futuro Museo de Arte Moderno de Caracas (que se le encarga, luego de la declinación de Mies van der Rohe, a Oscar Niemeyer), y el diseño en un pequeño valle de un espacio al aire libre cuyas condiciones eran inmejorables para disfrutar de la música y celebrar festivales (el cual se pone en manos del arquitecto argentino residenciado en el país Julio César Volante) y se conocerá como «la Concha Acústica». Si interesa, también podríamos sumar a ello la casa-pinacoteca del propio Palacios llamada “Caurimare”, proyectada por el profesional italiano Antonio Lombardini (llamado «el arquitecto de Colinas») tan “absurdamente grande” que en ella se podía, dada su escala, hacer “conciertos de hasta cuarenta músicos”, como revelara Palacios en una entrevista que le hicieran Hannia Gómez y William Niño en 1989.
2. Anfiteatro «José Ángel Lamas» (Concha Acústica de Colinas de Bello Monte). Arquitecto Julio Volante. 1954
Así, la empresa C.A. Urbanización Colinas de Bello Monte, a instancias de su presidente, dona el terreno de 18.000 m2 ubicado en la Calle Caurimare con Calle Chaure de la citada urbanización, para la construcción de la Concha Acústica, llamada a ser sede artística de la Orquesta Sinfónica Venezuela (OSV). El proyecto desarrollado por Volante (graduado en la Universidad de Buenos Aires donde fue profesor de Acústica y Master of Science de la Universidad de Columbia, EE.UU. Reválida FAU UCV promoción 16F/1967, profesor de Composición Arquitectónica y luego Jefe de Taller en la FAU UCV), que rememora los anfiteatros de la antigüedad clásica y aprovecha las cualidades acústicas y estéticas que ofrece la topografía del lugar, será construido por un consorcio integrado por las firmas Técnica Constructora, S.A., TEC, S.A. y Gil Rangel Baquero, S.A. y se convertirá en la primera instalación de este tipo en la ciudad.
3. Anfiteatro «José Ángel Lamas» (Concha Acústica de Colinas de Bello Monte). Arquitecto Julio Volante. 19544. Anfiteatro «José Ángel Lamas» (Concha Acústica de Colinas de Bello Monte). Colorritmos de Alejandro Otero
Luego de tan sólo 45 días de construcción (entre el 15 de enero y el 1º de marzo), este espacio cultural, que tiene un aforo de 8.000 puestos, conocido también como Anfiteatro “José Ángel Lamas”, se concluyó siendo inaugurado el 19 de marzo de 1954 (en el marco de la X Conferencia Interamericana rindiendo honores a los delegados a la mencionada conferencia y, pese a la negativa manifestada por Vicente Emilio Sojo, también al entonces Presidente de la República, Marcos Pérez Jiménez y su señora Doña Flor Chalbaud), con la celebración de un concierto cuya primera parte, dedicada a música sacra venezolana (compuesta por José Ángel Lamas y José Antonio Caro de Boesi ), estuvo a cargo del Orfeón Lamas bajo la dirección del maestro Sojo, director a su vez de la OSV. La segunda parte, con la orqueta conducida por maestro alemán Wilhelm Furtwängler, estuvo conformada por obras de Georg Friedrich Händel, Richard Strauss y Richard Wagner.
El arquitecto Volante le dio una moderna forma geométrica a la “concha” que, a modo de altavoz, contiene el escenario de la “José Ángel Lamas”, logrando que los sonidos de los instrumentos tuvieran reflexiones nítidas y uniformes audibles hasta a los 87 metros, distancia a la cual se encuentra la última grada de asientos, dispuestos en forma de caparazón marino siguiendo las curvas de nivel del terreno. Las gradas convergen en el escenario teniendo al foso de la orquesta como espacio de transición. Para colaborar en el acondicionamiento acústico del conjunto, la “concha” fue construida, luego de la realización de los cálculos necesarios, buscando hacer entrar en vibración los planos de reflexión y dispersión, recubriendo el interior con un delgado friso aplicado sobre metal desplegado, capaz de producir la vibración deseada a la vez de reflejar en toda su pureza cualquier nota musical. Las paredes laterales encajonan en 20 metros los sonidos evitando el eco. A ambos lados de su parte externa, mirando hacia la gradería, fueron ubicadas dos obras o “colorritmos” del pintor y escultor venezolano Alejandro Otero.
El piso del escenario es una losa de concreto que asemeja una caja sonora y que cubre los camerinos ubicados debajo. Las gradas están apoyadas sobre columnas y vigas, ya que, por ser el terreno un relleno, no se pudieron asentar directamente. La Concha Acústica “José Ángel Lamas” contaba con sanitarios, una cabina de control, iluminación, juego de luces para el escenario, dispositivos para radio y televisión y posibilidad de grabación de sonido.
5. Programa del Concierto Inaugural del Anfiteatro «José Ángel Lamas» (Concha Acústica de Colinas de Bello Monte). 19 de marzo de 1954
En su momento se decía que Wilhelm Furtwängler, luego de dirigir en la “José Ángel Lamas” había dicho “Acústica Perfecta”. También se sabe que el maestro Furtwängler luego de la inauguración del 19 de marzo se quedó en Caracas unos días más celebrándose un segundo concierto el 21 bajo su sola dirección cuando se grabó un disco en vivo con la OSV desde el espacio que hoy nos ocupa incluyéndose en el repertorio las obras Don Juan de Strauss, Concerto Gross Op. 6 N°10 de Händel y la Sinfonía N° 1 Op. 68 de Brahms.
Pocos meses después de inaugurada, entre los días 22 de noviembre y el 7 de diciembre, se celebró allí el 1º Festival Latinoamericano de Música de Caracas, organizado por Inocente Palacios, los Maestros Enrique de Los Rios y Pedro Antonio Rios Reyna y el escritor cubano Alejo Carpentier, estando todo el programa a cargo de la OSV. Se tocaron piezas de los latinoamericanos Alberto Ginastera, Héctor Tosar y Carlos Chávez, y de los venezolanos Inocente Carreño, Juan Bautista Plaza y Evencio Castellanos. En 1957 se realizó el segundo festival y el tercero en 1966.
Alejo Carpentier, también musicólogo, quien por aquellos años residía en Venezuela y colaboraba semanalmente escribiendo la columna “Letra y Solfa” que aparecía en el diario El Nacional, comenta en el artículo “El micrófono y la música”, aparecido el 21 de noviembre de 1953, una vez que expone el nefasto uso del micrófono en conciertos sinfónicos o presentaciones de música lírica, comenta sobre las diferencias existentes entre la conocida Sala Pleyel (ubicada en París) y sus dificultades para poder ser adaptada acústicamente y “el magnífico éxito logrado por el doctor Julio César Volante, arquitecto del Anfiteatro de Bello Monte, cuya Concha Acústica ha sido sometida a las primeras pruebas el sábado pasado, en horas del mediodía, con el concurso de varios profesores de la Orquesta Sinfónica Venezuela. (…) La audición resultaba extraordinariamente pura y nítida para observadores situados en todos los extremos del espacio que ocupará el graderío. (…) La prueba fue conclusiva, por lo totalmente satisfactoria: el Anfiteatro de Bello Monte es un logro. Llenará su finalidad de modo espléndido. Debemos felicitar, pues, al doctor Julio César Volante por la aportación de su pericia técnica al éxito de la obra…”.
Concebida como escenario para que la primera orquesta sinfónica profesional del país se luciera en espectáculos de gran factura y al alcance de un público que gustaba de las bellas artes, en la Concha Acústica de Bello Monte se registran 51 presentaciones de la OSV entre 1954 y 1983. Actualmente, no sin haber sufrido en el tiempo los avatares del descuido, la falta de mantenimiento y de sucesivas intervenciones, los efectos del aumento de densidad en sus alrededores y las amenazas de su cambio de uso, la Concha Acústica de Bello Monte, sirve como un espacio para la cultura local y es la sede de la Orquesta Sinfónica Municipal de Baruta y se constituye en el sitio ideal para que aún hoy se disfrute en sus instalaciones del teatro, el cine, la música y hasta de actividades deportivas y recreativas de todo tipo.