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Toda obra de arquitectura, independientemente de su magnitud, de su localización dentro de la ciudad, del uso al que esté destinada o del nivel de difusión del que haya sido objeto, tiene una historia y cobra un significado tanto para los que la habitan como para aquellos que se aproximan a ella, más aún cuando se tienen claros sus antecedentes. Con ello no estamos diciendo nada nuevo, pero creemos que puede servir de necesaria introducción a la nota que hoy dedicaremos a la casa Vega, proyectada en 1973 por los arquitectos Alberto Tucker Mellior (1937-2021) y Mario Ramañach (1917-1984).

Ubicada al fondo de una calle ciega que marca el final (o el inicio, depende de cómo se mire) de la avenida Los Jardines en la urbanización Prados del Este, al sureste de Caracas, la casa significó para sus proyectistas la oportunidad no sólo de satisfacer con creces las aspiraciones de sus clientes a través de una obra de indudable calidad sino que sirvió, además, para sellar una amistad forjada durante años entre un maestro y su discípulo, quienes asumieron el reto de tomar la batuta en la aventura que se encuentra detrás de la creación y puesta en marcha de la Carrera de Arquitectura de la Universidad Simón Bolívar.
Alberto Tucker, mientras cursó estudios de arquitectura en la Universidad de Cornell a comienzos de los años 60 (regresó a Venezuela en 1964), tuvo la oportunidad de conocer a Mario Romañach, destacado arquitecto cubano con una amplia y fructífera producción de obras en su país entre 1945 y 1959 (la cual puede consultarse en https://www.urbipedia.org/hoja/Mario_Roma%C3%B1ach), lo cual permiten catalogarlo como uno de los más importantes arquitectos modernos de la isla caribeña. Cabe añadir que Romañach, quien tuvo que emprender el camino del exilio a los Estados Unidos a finales de 1959, durante su estadía en Norteamérica fue profesor de las universidades de Harvard (había conocido a Walter Gropius en La Habana), Cornell y Pennsylvania, siendo en la Escuela de Diseño de esta última (que como se sabe tenía gran peso la figura de Louis Kahn, a quien admiraba) donde desarrolló con mayor intensidad su carrera académica y en ese estado donde logró acumular cierta obra construida.

Pues bien, en el marco de la creación de la Universidad de Caracas, luego Simón Bolívar, alternativa a la penetración política de que había sido objeto la Universidad Central de Venezuela desde mediados de los años 60 del siglo XX, quienes la concibieron en 1967 vieron en el modelo organizativo aplicado por algunas casas de estudio de Estados Unidos y Canadá una oportunidad de romper con el rígido esquema que regía a las universidades nacionales. Dándole un carácter “experimental”, una estructura departamental que derivaba en la oferta de ”carreras” y contando con un apacible lugar para desarrollarse lejano al bullicio capitalino, Ernesto Mayz Vallenilla, rector desde 1969, encontró la oportunidad propicia para dar cuerpo a su tesis de un “humanismo planetario” el cual “encontrará su satisfacción en la huida y el retorno a un mundo virtuoso, idealizado, en un campo que se yergue sobre una colina en la que se cultivarán los hombres que subyugarán el caos urbano por el conocimiento; constructores de la nueva ciudad reformada mediante el dominio consciente de la técnica”, afirmará Carlos Olaizola en “Mario Ramañach. El arquitecto cubano que sirvió de puente entre Pensilvania y Caracas”, ponencia presentada en la Trienal de Investigación FAU 2017.
Pues bien, quiso el destino que Justo Pastor Farías (encargado entre otros de organizar los estudios de ingeniería en la USB), quien a su vez había encomendado a Gustavo Legórburu la tarea de organizar los correspondientes a arquitectura como alternativa a una “politizada” UCV que atravesaba, además, el proceso de Renovación Universitaria, se aproximarán, una vez creada la carrera en enero de 1971, a un desconocido Alberto Tucker Mellior para proponerle que fuese el primer Coordinador y terminase de armar el Plan de Estudios.


Tucker, sin experiencia alguna en la docencia y egresado de una universidad norteamericana como Cornell, según testimonio ofrecido a Olaizola, por aquellos años se había asociado a su maestro Mario Romañach quien venía con frecuencia al país y lo animaría a que aceptara el importante desafío ofreciéndole todo su apoyo y experiencia.
Será Romañach, por tanto, quien, luego de revisar el voluminoso trabajo adelantado por Legórburu, le proponga a Tucker a través de un diagrama, de una manera sencilla, clara y directa todo lo que debería ser y contener la carrera:“… el número de años de diseño con el número de diseños que debía contemplar el plan, la cadena de estructura, en fin, todo el esquema organizativo estaba allí, en una simple hoja blanca, y me dijo, esto es todo lo que debe tener la carrera”, le confesará Tucker a Olaizola. Luego Tucker le presentará esa propuesta a Legórburu obteniendo su aprobación.
Olaizola añadirá: “Gracias a este hecho afortunado, termina Mario Romañach involucrado en la concepción del Plan de Estudios, aplicando algunas de las destrezas que lo llevaron a ser considerado el mejor arquitecto de Cuba y un ‘notable profesor en Estados Unidos’ (Dagit, 2013, p. 45); el dibujo del cual se servía para expresar sus ideas, y la capacidad de síntesis y claridad conceptual, fueron aptitudes que se harían patentes en los años sucesivos, cuando su labor tras bastidores terminará resultando clave para la consolidación de la carrera de Arquitectura de la Universidad Simón Bolívar y para la renovación de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela”.
De tal manera, el diseño de la casa Vega proyectada justo en aquellos años y el plan de estudios de la carrera de arquitectura de la USB tienen como denominador común esa feliz coincidencia.

La casa, visita de culto para estudiantes y egresados de la USB y lección de arquitectura, responde al lugar donde se encuentra (el final de una calle y una amplia parcela) y resuelve el programa convencional asignado mediante la creación de dos volúmenes: uno conformado por dos paralelepípedos desplazados los cuales, orientados en sentido noreste-suroeste, favorecen su cabal apreciación y resuelven el acceso de personas y vehículos; y otro, ubicado en el borde sureste del terreno completando un interesante juego compositivo, conformado por un cubo aislado concebido originalmente como oficina o consultorio y que funciona actualmente como casa de huéspedes.



Hacia el frente, dejando una amplia área de estacionamiento en la planta baja, se desarrolla una imponente escalera que, finalizando en un pequeño zaguán, señala al primer piso y al lugar donde los dos volúmenes se solapan como el sitio donde se entrará formalmente a la vivienda. Ello ofrece la oportunidad de tener una muy lograda distribución funcional hacia las diversas zonas que la componen: el cuerpo más angosto contendrá las habitaciones en dos niveles; el más ancho, las áreas sociales (sala-comedor) en planta alta y la cocina junto a los servicios en la planta baja (con acceso directo también desde el exterior), que contarán con un amplio desahogo abierto hacia el generoso jardín posterior, techado por el vacío dejado bajo el propio volumen que hacia la calle, bajo una operación similar, había permitido techar parte del estacionamiento.
Construida de manera impecable en concreto obra limpia (presente tanto en el interior como en el exterior) y cerramientos en ladrillo a la vista tratado con escrupuloso cuidado que le ofrecen una atractiva textura, la casa se muestra enigmática hacia la calle y expresiva hacia el fondo desde donde se puede apreciar el Ávila a la distancia. Las habitaciones se iluminarán desde el retiro lateral noroeste dándole a ese frente un ritmo que logra diferenciar la condición presente en los dos niveles. También está llena de detalles en madera que confirman el cuidado que tuvieron sus diseñadores de no dejar nada sin contemplar.
Pasada por alto como muchas otras por la importante recopilación y curaduría que dio origen a la exposición “La casa como tema” realizada en el Museo de Bellas Artes en 1989, la casa Vega merece un lugar en un nuevo esfuerzo que se emprenda en ese sentido en algún momento, que esperamos no sea muy lejano.
Muy bien mantenida por sus propietarios sometida a pocas modificaciones de acuerdo a su programación original, la casa Vega, reiteramos, ofrece a quien la visita la oportunidad de apreciar arquitectura al más alto nivel y a los vinculados a la carrera de arquitectura de la USB un lugar que permite beber de las fuentes, mantener vivo el recuerdo de quienes fueron sus proyectistas y descubrir, aunque sea de forma lejana, el rol jugado por ellos en su formación profesional.
ACA
Procedencia de las imágenes
Postal. https://www.instagram.com/francomicucci/
2. https://www.urbipedia.org/hoja/Mario_Roma%C3%B1ach
3. https://www.urbipedia.org/hoja/Mario_Roma%C3%B1ach y https://twitter.com/ealv21/status/1381771202386141187
4. Carlos Olaizola, “Mario Ramañach. El arquitecto cubano que sirvió de puente entre Pensilvania y Caracas”, Trienal de Investigación FAU 2017 (Cortesía Enrique Larrañaga)
5. Captura de Google Earth
6. https://twitter.com/ealv21/status/1381774175476518914 y https://www.instagram.com/francomicucci/
7. https://twitter.com/ealv21/status/1381774175476518914 y Cortesía Luis Emilio Pacheco

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A poco que uno examina las casas que han sido galardonadas con el Premio Nacional de Arquitectura en el renglón “vivienda unifamiliar” otorgado en las diferentes Bienales organizadas, las dos primeras (años 1963 y 1965) por la Sociedad Venezolana de Arquitectos (SVA), y desde la tercera celebrada en 1967 hasta la más reciente (la XIII) de 2018 por el Colegio de Arquitectos de Venezuela (CAV), se va encontrando con la oportunidad de elaborar una especie de guion que, con el objetivo de presentarlas, documentarlas y analizarlas, colabore en el reforzamiento de nuestra memoria construida.
Es en tal sentido que habíamos previsto reseñar para el día de hoy la casa proyectada en 1974 por los arquitectos Ralph Erminy y Jorge Castillo, graduados en la UCV en las promociones 8 y 9 de 1958 y 1959, respectivamente, para el destacado hombre de ciencia, educador, escritor y poeta Alonso Gamero Reyes (1923-1980) y su familia, ubicada en la calle Laguna de Tacarigua de la urbanización Cumbres de Curumo, Caracas, por la cual fueron distinguidos, justamente, con el Premio Vivienda Unifamiliar en la VI Bienal celebrada en 1976.
Animados en hacer la tarea, nos hemos encontrado con que los registros que se encuentran acerca del diseño de la quinta se han centrado en presentarla como un excelente ejemplo de “síntesis de las artes”, dado que el sistema de cerramientos del inmueble hacia la calle (portón y reja), estuvo conformado nada más y nada menos que por una fisicromía (o cromatismo físico) del maestro Carlos Cruz-Diez, realizada en momentos en que ya venía desarrollando con paso firme esa variante expresiva dentro de su rica y dilatada carrera como artista plástico.



Recordemos que para Cruz-Diez las fisicromías, cuyo primer ejemplo data de 1959, son “trampas de luz”, y están constituidas por una serie de elementos que forman el “fondo” de la obra y, otras verticales, de color translúcido, que al recibir la luz bañan ese fondo y transforman sus colores de forma que podemos ver incluso colores que no están en la pintura física. Sin embargo, lo interesante del caso correspondiente a la casa Gamero es la exploración tridimensional que ese particular trabajo lleva implícito, asociado a una variable estrictamente funcional como lo es el estar compuesta por un elemento fijo (reja) y otro móvil (portón) en metal, concebidos como una “pérgola vertical”, por lo que se puede decir que ello le sirvió al maestro para abrir un camino que posteriormente desarrolló con gran éxito dentro del arte urbano.
Con base en lo anterior, quienes han comentado el edificio (como es el caso de la página https://www.morasso-arquitectos.com/la-villa-moderna-en-caracas/), valoran el hecho de que la pieza de Cruz-Diez no se limitó a decorar el frente de la casa, sino que funcionaba como un filtro climático y lumínico que separaba la fachada de los espacios sociales que se abrían hacia un patio-jardín delantero, a los que las separaciones entre las láminas de la obra de arte les ofrecían una piel que mitigaba la sensación de confinamiento, conformándose un agradable espacio intermedio.

También nos hemos topado con descripciones como la publicada en el catálogo de la exposición “La casa como tema. Primera aproximación antológica de la casa en Venezuela”, montada en los espacios del Museo de Bellas Artes en 1989 donde, dentro de la línea que ya hemos asomado y acompañada de una foto en blanco y negro de la fachada, similar a la que, a color, engalana nuestra postal del día de hoy, se expresa lo siguiente: “La Casa Gamero puntualiza un hito de la Arquitectura Venezolana en el que el tema de la espacialidad habitable en lo íntimo se adapta plenamente a una intervención de Arte. En efecto, la horizontal fisiocromía (sic.) de Cruz-Diez demarca el territorio a partir del cual se desarrolla el espacio íntimo del hogar; la pintura, el cerramiento, lo escultórico, permiten también reflexionar el tema de la membrana. La pérgola vertical que protege el jardín interior es un aporte tipológico que da salida al tema de la casa, esta vez no definida a partir de la fachada sino de la atmósfera que recrea la barrera de luz, sombra y vegetación a partir de la cual se define la intimidad de lo externo”.
Con tales premisas por delante, quisimos conocer un poco más sobre el programa de la casa, su exacta ubicación, las variables de su entorno y su organización funcional, su espacialidad y su sistema constructivo, esperando encontrarnos con abundante información que facilitara nuestro afán de reseñarla de la manera más completa posible.
El hecho es que por más que hemos buscado, tocado puertas y enviado mensajes a personas que pudieron habernos orientado al respecto no ha sido posible, quedándonos con la extraña sensación de tener entre las manos una obra de la que, por el simple hecho de contar con el ya mencionado Cruz-Diez como acompañante, se debe asumir que todo estaba dicho.

Si acaso, hemos podido dar con el nombre que se le colocó a la residencia: “El Conoto”, ave típicamente suramericana de unos 46 cm y 300 grs de peso cuyos “… machos adultos son principalmente negros con el obispillo castaño y la cola de un color amarillo brillante con dos plumas centrales oscuras. Tiene una cresta estrecha que es un tanto difícil de apreciar. El iris de los ojos es azul; el pico es largo y blanquecino”, denominación que remite a los amplios conocimientos de zoología que poseía el propietario, conocedor sin duda de la belleza del pájaro que tal vez quiso equiparar al diseño de la casa.
Sin bajar la guardia, también hemos intentado reconstruir un posible programa de espacios que para 1973-74, imaginamos, debió contemplarse para la numerosa familia que el profesor Gamero tenía en aquel entonces: casado en segundas nupcias en 1958 con Blanca Heredia Osío (Miss Venezuela 1956, semifinalista en el Miss Universo, graduada posteriormente de bioanalista en 1966), de quien ya tenía cuatro hijos (Gabriel, Alejandro, Aura y Valentina), a los cuales, quizás, habría que sumar como habitantes y parte del hogar los dos mayores (Alonso, arquitecto, nacido en 1951 e Hilario de 1952), provenientes de su primer matrimonio con Ana Teresa Salazar llevado a cabo a finales de los años 40 o comienzos de los 50.


En todo caso, parece que estaríamos hablando de una casa que rondaba los 300 metros de área de construcción de al menos 4 habitaciones con sus correspondientes áreas sociales y de servicios, ubicada en un terreno cercano a los 900 m2, uno de los de menor tamaño dentro de la cuadra. Las imágenes traducen que la quinta era de una planta (no sabemos si tuvo desniveles internos) y que fue construida con estructura de concreto armado con la incorporación de algunos elementos en concreto obra limpia.
Sobre la inclusión de Cruz-Diez como partícipe de la experiencia constructiva tampoco hemos podido encontrar gran cosa. Especulamos que quizás conocía a Gamero, o en su defecto a Erminy y Castillo, los arquitectos.
Acerca de la parcela que ocupó dentro de la calle Laguna de Tacarigua en Cumbres de Curumo, gracias a una de las fotos exteriores que asoma al fondo la silueta del Ávila, hemos llegado a la conclusión de que ocupaba la acera noreste, por lo que la conocida fachada tenía una crítica orientación suroeste que justificaba su carácter protector. De resto no hemos sabido nada más.


Ha sido el testimonio publicado por Denise Armitano Cárdenas en contexturas.org, a raíz del fallecimiento del maestro Cruz-Diez el 27 de julio de 2019, titulado «Quinta El Conoto. Vivir en el arte», donde expresa su experiencia como visitante de la casa de los Gamero durante su infancia, otro frente colateral que nos ha permitido elaborar esta nota.
Luego de hacer un repaso sobre su obra y los homenajes de los que Cruz-Diez fue objeto, Armitano relata cómo: “En una muy breve crónica, narré que entre 1975 y 1979 solía visitar a mis primos Hernández d’Escrivan quienes vivían en la calle Laguna de Tacarigua ubicada en la caraqueña urbanización Cumbres de Curumo. En los jardines de aquella serena cuadra residencial, jugábamos con otros niños. Un día Valentina, la menor de los Gamero, nos invitó a pasar dentro de su moderna casa: la Quinta El Conoto”. Y continúa: “Aún recuerdo el agrado que significó entrar, literalmente, en una obra de arte, y el contraste entre el calor externo acompañado de la luz estridente de un día sin nubes y la frescura apacible del interior tras pasar el portón hecho de una Fisicromía (1974) de Carlos Cruz-Diez cuyo trabajo, ya a los ocho años me atrevía a reconocer y apreciar. Ese día sentí que había traspasado el umbral hacia la sofisticación de vivir, no solo rodeado de arte, sino ‘dentro’ del arte”.
El profesor Gamero, aquejado de dolencias cardíacas, sólo pudo disfrutar por seis años de la casa (falleció en Mérida en 1980), permaneciendo allí su familia durante largos años.


Entrado el siglo XXI los Gamero vendieron la casa sin que sepamos si fueron ellos o los compradores quienes antes de 2010 contrataron a un taller de herrería para desmontar el Cruz-Diez para vendérselo a un coleccionista privado.
Ello acontecía pese a que en la página fundamemoria.blogspot.com leemos que : “la Quinta El Conoto fue registrada por la Fundación de la Memoria Urbana para el Instituto del Patrimonio Cultural y el CONAC en el Preinventario Arquitectónico, Urbano y Ambiental Moderno de Caracas 2005/2006 de acuerdo al Convenio de Financiamiento Cultural 2003, No. 293 de fecha 30 de septiembre de 2003, suscrito entre la Fundación de la Memoria Urbana y el CONAC, Contrato No. CONV.CJ-003/2005, como Bien Preinventariado, y consignada ante la Alcaldía de Baruta el día 22 de noviembre de 2007. Merece ser protegida y conservada”.
A raíz del desmantelamiento de su fachada el testimonio de Denise Armitano también aporta lo siguiente: “No hay imágenes de cómo quedó la Quinta El Conoto sin su Cruz-Diez, ni creo que las habrá. Tras ser vendida hacia el año 2015, la casa parece haber sido severamente reformada. La calle fue cerrada con un portón elevado y vigilancia. Dicen que un clan familiar adquirió toda la cuadra, aconsejado por expertos acerca de su situación estratégica en caso de necesaria estampida”.
Sobre lo ocurrido con la calle Laguna de Tacarigua nada mejor que consultar “La calle de los Flores”, trabajo de investigación realizado por armando.info publicado en https://uploads.knightlab.com/storymapjs/14cd5c1474cb692e50bf66ef549e8119/aqui/index.html sobre el cual, una vez leído, sobran las palabras.
Ahora el lector entenderá por qué hemos tomado la decisión de hablar en pasado sobre la quinta El Conoto, premio en el renglón de vivienda unifamiliar en la Bienal Nacional de Arquitectura de 1976, de la que aún tenemos la esperanza de poder consultar algún día su planimetría y alguna que otra imagen de su interior para, al menos, rendirle un homenaje póstumo registrándola como es debido.
ACA
Procedencia de las imágenes
Postal. Colección Crono Arquitectura Venezuela
3. https://beatrice-91993.medium.com/la-fisicrom%C3%ADa-de-carlos-cruz-diez-a-doble-faz-en-homenaje-a-don-andr%C3%A9s-bello-soporte-para-un-ef86cb72a202, http://sobrepaisajes.blogspot.com/2018/01/carlos-cruz-diez-cambiando-paradigmas.html y https://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Cruz-Diez
4. https://twitter.com/areasvellas/status/1004634486108278784
5. https://es.wikipedia.org/wiki/Psarocolius_decumanus y detalle de foto tomada de https://contexturas.org/quinta-el-conoto-vivir-en-el-arte/
6. https://www.facebook.com/groups/lavenezueladeayer/posts/1361261843953855/ y https://www.facebook.com/reymidasdelabellezavenezuela/photos/a.116818253140/10153264504003141/?type=3&locale=es_LA
7. https://www.morasso-arquitectos.com/la-villa-moderna-en-caracas/
8 y 9. https://contexturas.org/quinta-el-conoto-vivir-en-el-arte/
10. Captura de Google Earth
11. https://uploads.knightlab.com/storymapjs/14cd5c1474cb692e50bf66ef549e8119/aqui/index.html

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Cuando desde mediados de la década de los años 80 del siglo pasado el crítico venezolano William Niño Araque comenzó a elaborar sus argumentos en torno a la existencia de una “posible” Escuela de Caracas, esgrimía que el término “no está propuesto como una manera conciliada de hacer arquitectura, ni como una tendencia, ni como un manifiesto. Se propone como una intención que abarca las múltiples visiones enraizadas con el lugar”. Con ello complementaba sus primeras aproximaciones optimistas, seductoras y llenas de redundancias poéticas hacia una serie de edificaciones que ya a partir de los años 1970 traslucían su «caribeñidad» y «tropicalidad», dos categorías que va puliendo poco a poco con la finalidad de demostrar la existencia de dicha “escuela”.
La sugerente propuesta de Niño Araque surge de la asimilación y combinación de varias ideas y premisas: el planteamiento desarrollado por Helio Piñón a comienzos de los 80 en La arquitectura de la neovanguardias (1984); la presencia de dos polos claros en la evolución de la arquitectura moderna venezolana: el abstracto (representado por la arquitectura internacional o desarrollista que se da en los 50) y el figurativo (representado por la arquitectura «populista» del mismo período); el rechazo a toda clase de planteamiento ideológico; la conformación de una teoría procedente del examen de soluciones concretas a problemas concretos, consecuencia del convencimiento de la autonomía disciplinar; el importante peso que lo expresivo y lo formal tienen definitivamente en la arquitectura; el rol jugado por las condiciones ambientales y paisajísticas de la ciudad de Caracas como detonante en la concreción de una determinada actitud hacia el lugar; y la convivencia bajo un mismo techo de respuestas muchas veces disímiles, es decir, la no necesaria coherencia que conlleva normalmente la conformación de una «escuela».


De esta manera, la «posible» Escuela de Caracas establecería su compromiso, ya no tanto con la tradición abstracta de la arquitectura moderna, sino con una simbología más figurativa, ya no con la simple eficiencia, funcionamiento y racionalidad constructiva sino «con el novedoso sentido que hoy adquiere la lógica de la historia, interpretada esta vez desde la perspectiva de la geografía tropical y caribeña». Niño Araque logra detectar que «el enfrentamiento esencial de la experiencia arquitectónica venezolana contemporánea no parece centrarse en la antigua relación forma-función de los cincuenta, ni en la forma-eficiencia tecnológica de los años sesenta, sino en la renovada visión forma-figura-lugar».
Niño Araque así parece alinearse a una poética de la figuración y de la historicidad que tiene sus antecedentes en la tradición fenomenológica que ya desde los 50 propiciaba una arquitectura del lugar y había sido retomada por algunos teóricos latinoamericanos. Poética que «sorprende a través del descubrimiento tardío de la morfología geográfica y de su topografía, de su luz, de la materia, de la vegetación, del viento y de la lluvia». Poética que apunta a una «atmósfera del lugar» que se presenta «cuando la luz dominada desde la naturaleza se introduce en un edificio concebido a partir de materiales auténticos y en geometrías instaladas sobre la geografía», haciendo que la arquitectura adquiera «su sentido de temperatura y riqueza». Poética que, contrariamente a su base empírica, aspira a convertirse en cuerpo doctrinario y a dictar las pautas sobre cómo deben ser entendidos, desde lo espacial, sus postulados.
Todo este largo preámbulo no ha tenido otra finalidad que la de contextualizar la aproximación a una casa emblemática como lo es “La Ribereña”, diseñada por Walter James (Jimmy) Alcock a solicitud inicialmente de la familia Bernárdez-Lecuna (posteriormente adquirida por la familia Cisneros), cuya construcción en un terreno de 4.000 m2 a las faldas del Ávila en la urbanización Caracas Country Club se concluye en 1976, ejemplo representativo como pocos de los argumentos con que Niño Araque buscaba justificar la existencia de aquella “posible” Escuela de Caracas.


Baste con citarlo de nuevo y con ello observar esta amplia y generosa estancia unifamiliar que, como mencionaba escuetamente su proyectista al presentarla en la VIII Bienal Nacional de Arquitectura de 1987, no sólo se ajustó al programa que “el propietario fijó para su residencia con los requisitos normales para este tipo de vivienda”, sino que definitivamente los trascendió. Niño Araque en su momento expresará, como quien está recorriendo “La Ribereña”, lo siguiente: “… entre múltiples elementos necesarios para la concepción de la arquitectura habría que señalar… desde el trópico y la geografía caribeña tres condiciones de carácter indispensable. La primera de ellas estaría dada en el juego a partir de una geometría libre, el fundamento de una estructura que mantenga consonancia con la libertad del territorio; la segunda, estaría en la materia, la presencia de una condición sólida y auténtica, poseedora de sustancialidad: la madera, la arcilla, el hormigón bruto, la piedra; la última y seguramente la condición de mayor importancia estaría en la naturaleza, pero no una naturaleza en estado virgen sometida a una visión ecologista y orgánica, sino a una naturaleza artificial, en la que el hombre señala el dominio de un orden abstraído de la propia naturaleza”.



Alcock, escueto y objetivo a la hora de explicar soluciones como las suyas llenas de sensibilidad y talento, apuntará con relación a “La Ribereña”: “Las metas arquitectónicas propuestas corresponden a la filosofía arquitectónica que particularmente aplico a los proyectos de unas viviendas unifamiliares. a) Implantación de la vivienda en el terreno, como determinante más importante, tomando en consideración todos los factores naturales del sitio (topografía, vistas, brisas, etc.) y las construcciones existentes a su alrededor; b) La calidad espacial de la casa en cada uno de sus ambientes particulares”.
El resultado estuvo, por tanto, signado por respetar las vistas hacia la falda del Ávila lo que justificó la creación de una terraza que, ubicándose en el centro del terreno, se convertirá en el espacio de mayor relevancia del proyecto. “La ubicación de la terraza en este punto, hace que sea el Este el sitio más especial de toda la casa y tendería a opacar así a los otros ambientes. Por tal razón había que recurrir a planteamientos arquitectónicos espaciales en todos los otros ambientes al mismo tiempo que pudieran competir con la calidad que ofrece la terraza”, acotará Alcock.
Trabajada bajo la condición de asemejar una fortaleza que muestra sus encantos ocultos luego de traspasar el muro ciego, lineal, paralelo a la calle que la separa del exterior, es el deslumbrante paisaje natural diseñado por Roberto Burle-Marx lo primero que asombra al hacerlo a través del cubo girado utilizado para definir el acceso. Fuentes de agua, pequeños patios junto a obras de Alexander Calder y Nedo Mion Ferraio configurarán una secuencia espacial que, lograda por el juego entre los volúmenes edificados y el muro perimetral, es todo un deleite para los sentidos.
Iván González Viso en la nota sobre “La Ribereña” redactada para Caracas del valle al mar. Guía de arquitectura y paisaje (2015) expresará: “La casa trastoca los valores de las tipologías tradicionales, se apropia del lugar y lo interpreta sensiblemente, acusando la presencia del Ávila, en un conjunto armónico compuesto por formas construidas con muros de ladrillo macizo, que dialogan construyendo patios, texturas, espejos de agua, pérgolas, vegetación, suelos y paisaje. Las áreas sociales interiores son espacios intermedios definidos por la cubierta, sin puertas ni ventanas, donde se establece una continuidad entre la construcción y la naturaleza”.


Refiriéndose en concreto a la casa, Niño Araque en el catálogo de la exposición “La casa como tema. Primera aproximación antológica de la casa en Venezuela”, realizada en los espacios del Museo de Bellas Artes el año 1989, precisará: “La Ribereña sintetiza y continúa la experiencia iniciada con la Casa López en la década anterior (que será continuada con las casas Kavac y Fisher la década siguiente, añadiríamos nosotros). La dispersión de sus volúmenes valorados por medio de geometrías opuestas, la implantación de los mismos siguiendo una suave disposición sobre la topografía y el continuo manejo de materiales cálidos, porosos y nobles (ladrillo, madera y piedra), otorgan a la casa una cálida atmósfera de hábitat de montaña. Sin embargo, esta situación es enfrentada a la radical apertura y libertad de sus espacios integrados y distanciados a la vez por uno de los más conmovedores elementos de la arquitectura venezolana: el corredor. La pérgola de acceso y la escala de llegada constituyen el punto focal y articulación que actúa como referencia tipológica de la Arquitectura Colonial y también de una segura arquitectura del Caribe, pues, en este caso, el espacio no está signado por los cerramientos sino por los efectos de escala, los efectos plásticos y cinéticos de la luz, el poder de la materia y, sobre todo, la presencia de la vegetación límite y valoración de la tridimensionalidad”.
O, en palabras de Alcock: “El área de estar se colocó en un sitio totalmente separado, de tal manera que exista absoluta libertad para su tratamiento, en lo que a niveles de piso se refiere, altura y pendientes de techo, posición y forma de sus paredes: es decir, total libertad para controlar el espacio arquitectónico, de acuerdo a los planteamientos funcionales del cliente.(…) Igual filosofía se aplica al estar familiar, dormitorio principal y hasta el área de trabajo de la cocina.(…) La casa queda compuesta por una serie de ambientes estudiados especialmente en cada caso particular e integrada al sistema total de la vivienda”.

Terminada de construir, como ya hemos dicho, en 1976 “La Ribereña”, extraordinario ejemplo de la relación entre edificación y lugar, no fue presentada en la VII Bienal Nacional de Arquitectura de 1980 (como tal vez correspondía) y sí en VIII la de 1987 donde se le otorgó el primer premio como mejor vivienda unifamiliar.
ACA
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Todas. Catálogo de la exposición «Alcock . Obras y proyectos. 1959-1992», Editor A/Fundación Galería de Arte Nacional, 1992