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VALE LA PENA LEER
La transformación de oficinas en viviendas, ¿una nueva tendencia mundial?
Andreea Cutieru


Traducción: Fabian Dejtiar
23 de octubre 2021
Tomado de Plataforma Arquitectura
La escasez de viviendas ha sido durante mucho tiempo el catalizador de la especulación arquitectónica sobre escenarios de recursos adaptativos o la valorización de lugares infrautilizados en las ciudades. Al mismo tiempo, la crisis de salud y los imperativos del trabajo en el hogar han traído más que reflexiones sobre el potencial de la reutilización adaptativa de los espacios de oficinas. La probabilidad de que algunos edificios de oficinas permanezcan vacíos después de la pandemia abrió la posibilidad de devolver viviendas a los centros de las ciudades, lo que muchos buscan acompañar con la implementación de una visión de la ciudad de 15 minutos. A continuación, se analizan los desafíos y oportunidades de transformar espacios de oficinas en viviendas, destacando la viabilidad e impacto a largo plazo de este fenómeno limitado.
Los expertos indican que la ocupación total en los distritos comerciales no regresará en el futuro previsible, una razón más para considerar usos alternativos para los espacios de oficinas existentes. Por ejemplo, en París, el 33% del espacio de oficinas disponible ha estado vacío durante más de 4 años. Dado que las empresas están recortando los arrendamientos a largo plazo y están evaluando los beneficios financieros de reducir la cantidad de bienes raíces, el esquema podría volverse más atractivo económicamente para los desarrolladores. Además, como explica David Bourla, economista en jefe de la consultora inmobiliaria Knight Frank, «los inversores ahora buscan reequilibrar sus carteras a favor de la propiedad residencial, que está menos correlacionada con las crisis económicas y menos expuesta a los trastornos estructurales asociados con la pandemia del Covid-19».

La reutilización adaptativa, en general, es el enfoque más sostenible para el desarrollo debido a la energía incorporada y la huella de carbono de los edificios existentes. Sin embargo, convertir edificios de oficinas en residenciales conlleva una serie de desafíos. El marco normativo de la edificación y la morfología de los edificios de oficinas son los obstáculos más importantes para la reutilización adaptativa generalizada de esta tipología. Además, los edificios de oficinas más nuevos tienen placas de piso más grandes, lo que deja una parte significativa del edificio con poca luz natural y, por lo tanto, no es apto para la conversión. Las restricciones del código de construcción agregan otro obstáculo para la reutilización adaptativa de la oficina a la vivienda.
El tipo adecuado de edificio de oficinas
No todos los edificios de oficinas son aptos para un cambio de programa debido a la altura del piso o la distancia del núcleo a la fachada; sin embargo, los edificios de oficinas más antiguos son más adecuados para este tipo de transformación que los más nuevos. El parque de oficinas de los años 60 y 70, en su mayor parte, ha llegado al final de su vida útil, los edificios ya no cumplen con los estándares contemporáneos del programa. Las mejoras de eficiencia energética, las actualizaciones de la filtración de aire y las actualizaciones de los ascensores son costosas y no garantizan la competitividad del edificio envejecido frente a los nuevos desarrollos de clase A. Con edificios de oficinas vacíos y baja ocupación de las áreas del centro, la reutilización adaptativa se convierte en una opción sensata y, en muchos casos, es más rentable que la demolición.


Algunas características hacen que los edificios de oficinas más antiguos sean mejores candidatos para la reutilización adaptativa. Para fines residenciales, la distancia entre la fachada y los ascensores, conocida como «el espacio de arrendamiento», debe estar entre 10 y 15 metros; cuanto más pequeño, mejor. Los edificios de oficinas más antiguos también tienen una altura de piso más baja, lo que los hace más adecuados para uso residencial que las operaciones de oficina actuales. Como lo describe Gensler en su evaluación del potencial de conversión de la oficina de Calgary a residencial, cuanto «peor» es el edificio de oficinas (típicamente edificios de Clase C), mejor candidato es para la conversión a residencial.

En Estados Unidos, la conversión de oficinas a viviendas de edificios -de antes y después de la guerra- ya se ha producido en los años ’80 y ’90 en ciudades como Nueva York, Chicago o Los Ángeles, y las oficinas vacías actuales están lejos, siendo más difícil de reutilizar. Como resultado, las solicitudes de planificación para conversiones comerciales a residenciales en los EE. UU. son todavía pocas y distantes entre sí, a pesar de que las tasas de desocupación están en su punto más alto. Además, muchos de estos proyectos de reutilización adaptativa se convierten en unidades residenciales de lujo, de ninguna manera ayudando con la falta de viviendas asequibles. Sin embargo, el financiamiento de subsidios para convertir edificios de oficinas en viviendas podría cambiar el resultado, contribuyendo a aliviar la crisis de la vivienda.
Una tendencia creciente
En Europa, varias ciudades y entidades profesionales apoyan los esquemas de reutilización adaptativa de oficinas a viviendas, con la intención de acelerar la producción de viviendas. Paris Ile-de-France Capitale Economique y Maison de l’Architecture Ile-de-France han establecido un premio internacional que destaca la conversión de oficinas en viviendas. Actualmente, en su segunda edición, el premio Bureaux-Logements tiene como objetivo fomentar la valorización de los edificios de oficinas vacíos y, al mismo tiempo, abordar la crisis de la vivienda mostrando proyectos de transformación ejemplares. En abril de este año, la Ciudad de Londres anunció planes para crear al menos 1500 unidades residenciales para 2030 mediante la conversión de edificios de oficinas. La estrategia está destinada a ayudar a crear un entorno urbano más resiliente para las pequeñas empresas y preparar el distrito para el futuro frente a las grandes empresas que renuncien a su centro de operaciones en el centro.

La reutilización adaptativa de oficinas en viviendas tiene valor en múltiples niveles, extendiendo la vida de una estructura obsoleta o infrautilizada, ayudando a que el entorno urbano evolucione y ayude a abordar la crisis de la vivienda. En el contexto adecuado y con el candidato adecuado, puede convertirse en una solución viable para implementar enfoques de vida más centrados en el ser humano.
ACA
CONTACTO FAC 267
VALE LA PENA LEER
Mapa del mundo subterráneo
Varios libros, entre los que destaca el extraordinario ‘Bajotierra’, de Robert Macfarlane, exploran los misterios, terrores y maravillas del mundo subterráneo
Jacinto Antón

Tomado de El País/Babelia
25 de julio 2020.
En lo alto, en el cielo y las montañas, residen los dioses. Debajo de nuestros pies, reino de simas, pozos, madrigueras y tumbas, viven los demonios y las criaturas infernales. Las alturas, donde brilla la luz, son el reino de los bienaventurados, el oscuro y tenebroso mundo subterráneo es el de los que sufren eterna condena. El eje arriba-abajo domina nuestras creencias tradicionales, nuestra psicología profunda, nuestra moral y hasta nuestro lenguaje. Lo que hay por encima de nosotros es positivo; por debajo, negativo. Tenemos sentimientos elevados y bajas pasiones; cuando van mal las cosas nos hundimos mientras que la felicidad posee una calidad aérea; ascendemos profesional y socialmente, caemos en la tentación. En el propio reino animal consideramos que lo que vive bajo tierra es repulsivo, siniestro, amenazador o cuando menos feo y sucio.
Una serie de libros recientes nos invitan a reconsiderar nuestras ideas y opiniones —esencialmente prejuicios— sobre el mundo subterráneo. Allá abajo, nos dicen los autores de esas obras, hay tinieblas y misterio, sí, cosas extrañas y peligrosas, y personajes temidos (incluyendo a Hades, Pedro Botero y el indio Joe), y amenazas que conjurar, y cantidad de terrores y tragedias, y mucha claustrofobia. Pero también cosas fascinantes y maravillas que conocer, espacios que descubrir y explorar, historias que contar y una inesperada belleza. La belleza de ríos sin estrellas, de profundos remolinos azules en el corazón de los glaciares, agujeros por los que desciende cientos de metros el agua del deshielo; la belleza asimismo de las pinturas de nuestros ancestros en lo hondo de las cuevas. De las cuevas, precisamente, nos explica en Subterráneo (Crítica, 2020) Will Hunt, un autor obsesionado con los túneles, las viejas estaciones de metro, las cloacas, los búnkeres y las sepulturas, que descubrió su fascinación a los 16 años al hallar un pasadizo abandonado de aire lovecraftiano bajo su casa de Providence, ha brotado buena parte de nuestro mundo espiritual. No solo se contacta con los dioses mirando al cielo y el descensus no siempre es ad inferos.

En este viaje descendente encontraremos imágenes de una oscuridad deslumbrante (y valga el oxímoron), criaturas inesperadamente apasionantes como los topos, a los que ha dedicado todo un sorprendente libro, Cómo cazar un topo, Marc Hamer, cazador arrepentido de esos animales (Ariel, 2019); las lombrices, que hechizaron al mismísimo Darwin —su vida sexual, la de las lombrices, es muy intensa: ¡sigan leyendo!—, o los perritos de las praderas, capaces de perforar túneles de 160 kilómetros de largo en el subsuelo de Wyoming, y que interesaban tanto al general Custer, nada menos, que escribió de ellos en su diario, como si no tuviera nada mejor en qué pensar, mientras se dirigía a un lugar llamado Little Bighorne. Sin olvidar a las arqueas, organismos extremófilos que viven tan abajo que se calientan con el calor del magma de la Tierra, sobreviven y hasta prosperan a 120 grados y mueren de frío por debajo de los 90.
Lo de las lombrices, perritos y frioleras arqueas lo cuenta, entre otras muchas cosas sensacionales, el científico David W. Wolfe en El subsuelo, una historia natural de la vida subterránea (Seix Barral, 2019), un libro emocionante (habla de la espeluznante mina de oro sudafricana de East Driefontein que se extiende hasta tres kilómetros bajo la superficie y en cuyo fondo las rocas están a 50º) y lleno de datos sorprendentes. Veneradas por jardineros y agricultores como iconos de un suelo saludable y productivo (y por los pescadores por razones distintas), las lombrices tienen una vida sexual formidable a lo que coadyuvan sin duda las grandes posibilidades de ser hermafrodita. Un “abrazo sexual típico de lombriz”, un polvo, vamos, que se realiza en posición de 69, con los bichos yaciendo en paralelo con las cabezas orientadas en sentidos opuestos, nos dice Wolfe, profesor asociado de Ecología Vegetal en la Universidad de Cornell y colaborador del departamento de Agricultura de Estados Unidos, puede durar una hora. “Teniendo en cuenta que las lombrices disfrutan plena y simultáneamente de la experiencia sexual tanto masculina como femenina durante el encuentro (¡imaginen!), no es de extrañar que no tengan prisa por terminar”, recalca con tan simpático como insólito entusiasmo el estudioso, que lidera la iniciativa Salud del Suelo patrocinada por el Estado de Nueva York. “En un puñado de tierra”, sorprende Wolfe, “hay más criaturas que humanos en el planeta entero”, y ningún otro hábitat de la tierra sobrepasa el potencial de descubrimientos del subsuelo”. Lo que pasa es que somos unos ignorantes de lo que hay bajo nuestros pies, y unos “chauvinistas de la superficie”.
Por su parte, el excazador de topos Hamer, aborda con ánimo sombríamente existencial, comparándolas con la suya, las vidas de esos animales, campeones de la perforación, a los que ha dedicado toda su vida, persiguiéndolos por jardines y campos de golf. Viven cuatro años —eso si no se encontraban con Hamer— y son solitarios. Habitan una atmósfera oscura y húmeda con muy poco oxígeno. Dado su fatigoso trabajo de cavar y cavar, los topos requieren precisamente mucho oxígeno y lo logran siendo capaces de respirar su propio aliento. En cambio, a su sangre le cuesta mucho coagular y es fácil que un topo muera desangrado. Ahí queda el dato. Explica el autor, que cultiva una melancolía digna de mejor oficio, que hay ocasionalmente topos blancos y dorados pero que si matas uno de esos morirás en el plazo de un mes. Hay un topo al que se atribuye haber matado a un rey: el que cavó el agujero que hizo tropezar al caballo de Guillermo III de Orange, con fatales consecuencias para su real jinete. A los topos se los mata con trampas o introduciendo veneno (generalmente pastillas que desprenden fosfina) en sus toperas. “El sufrimiento es inevitable”, anota Hamer. “La exterminación se resuelve discretamente”. El golfista no sabe de la agonía que se produce bajo sus pies mientras enfila feliz el green.
También brotan de allá abajo historias humanas dramáticas terribles como la de la vida de la niña Alicia Quispe, que trabaja gratis en las minas bolivianas de Cerro Rico de Potosí, en el turno de noche (!), para saldar una deuda de su madre y que cuenta Ander Izagirre en Potosí (Libros del K. O., 2017). Izagirre es autor de otro libro relacionado con el tema, Los sótanos del mundo, reeditado ahora por Libros del K.O., una crónica de viajes a los puntos más bajos del planeta, las depresiones más profundas de cada continente, como el Valle de la Muerte, 86 metros bajo el nivel del mar, el Mar Muerto (-411 metros) o el lago Assal de Djibuti (-157). El empeño recuerda al de Alain Nadaud y su búsqueda geográfica y literaria de las legendarias entradas al infierno (Aux ports des enfers, Actes Sud, 2004). Entre los episodios más espeluznantes ocurridos bajo tierra figura sin duda la muerte del joven Neil Moss, el caso más escalofriante de la espeleología británica, atrapado en un pozo en el sistema de cuevas de Peak Cavern en 1959, y que ahí sigue: no lo pudieron sacar ni muerto y decidieron tirar cemento en la sima. Falleció ahogado por el dióxido de carbono que produjo en su última hora de respirar. Probablemente si hubiera sido un topo habría sobrevivido.

El impulso de bajar es más viejo y primario que el de ascender, afirma Robert Macfarlane, autor de la hermosísima, conmovedora y emocionante Bajotierra (originalmente Underland, que tiene un conveniente eco como a Alicia en el país de las maravillas), que ha publicado este año Literatura Random House, y del que procede la historia del desgraciado Moss. Bajotierra es un estudio del papel del mundo subterráneo en la cultura y la imaginación, a lo largo del tiempo hasta la actualidad misma. “El impulso, la urgencia de descender a las tinieblas es más antiguo y más misterioso que el de ascender a la luz y la altura de las cimas”, dice el reputado autor de Las montañas de la mente, uno de los libros más reveladores y evocadores que se han escrito sobre la pasión de las cumbres, cuando se le pregunta por qué ha cambiado tan radicalmente de sujeto. “Las montañas siempre estarán en mi corazón. Aunque vivo en una las partes más planas del mundo, en Cambridgeshire, tengo que ir a menudo a las montañas. Son lo que más he echado a faltar durante el confinamiento, junto con mis padres. Así que el primer libro que escribí, hace casi 20 años, buscaba explicar por qué yo, como muchas otras personas, era capaz de arriesgarme a morir como montañero, cuando solo trescientos años atrás en Europa se consideraba algo cercano a la locura el deseo de escalar una montaña”.
“Pero en Bajotierra”, continúa Macfarlane, “quería explorar una práctica mucho más antigua. Porque hemos ido a la oscuridad del mundo subterráneo en busca de visiones, refugio y poder desde incluso antes de ser anatómicamente humanos modernos”. El escritor recuerda que la evidencia más antigua indisputada de enterramientos intencionados se remonta a los neandertales, hace 130.000 años. “Todavía hoy, como especie, vamos al mundo bajo tierra por tres grandes razones: para guardar lo que es precioso, para obtener lo que es valioso, y para deshacernos de lo que es nocivo o peligroso”. La idea de Bajotierra se le ocurrió a Macfarlane en 2010, un año de catástrofes emergentes: el terremoto de Haití, el derrame de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon, la explosión del volcán Ejafjallajökull y el drama de los 33 mineros chilenos atrapados bajo el desierto de Atacama. “Me era imposible no pensar en lo que yace bajo la superficie, y en los traumas, disrupciones y revelaciones que ocurren cuando las fronteras entre arriba y abajo sufren una brecha”. La casualidad quiso que empezara a escribir su libro en junio de 2018 con millones de personas pendientes de la suerte de los 13 jóvenes jugadores tailandeses de fútbol atrapados con su entrenador en el complejo de cuevas de Tham Luang Nang Non …
En Bajotierra, Macfarlane, que escribe habitualmente sobre las relaciones entre el paisaje y el corazón humano, viaja físicamente a puntos del planeta en los que se puede penetrar en el mundo subterráneo. Su selección es muy especial. Un intrincado y laberíntico sistema cavernario en los montes británicos Mendips en el que se adentra con un espeleólogo, y en donde se encuentra Aveline’s Hole, que no es un bar de mala fama, sino una necrópolis; una mina de potasa en Yorkshire en la que un joven físico rastrea la materia oscura del universo; los túneles bajo la ciudad de París, donde medra toda una asombrosa subcultura de las profundidades y se despliega la catacumbafilia (estuvo en lugares que no puede revelar); un río en Italia que discurre en algunos tramos a más de trescientos metros bajo tierra; unas simas en los hayedos eslovenos y los Alpes Julianos que guardan secretos y horrores de varias guerras; una cueva con pinturas prehistóricas en las islas Lofoten denominada “agujero del infierno”; el almacén subterráneo finés de residuos nucleares llamado el Escondite… En el trayecto, el autor echa mano de compañeros como Poe, Julio Verne, Lewis Carroll, Fitzroy Maclean o el Kalevala, el poema épico finés.

“El itinerario lo concebí como un descenso, seguido por un período bajo la superficie y por un retorno a la luz”, explica Macfarlane. “Quiero que el lector me siga en esa katábasis; que sienta claustrofobia, que entienda qué y cómo es posible ver en la oscuridad, y eventualmente celebre conmigo el retorno al mundo de arriba llevando el conocimiento de las profundidades”. Habla de claustrofobia, esa es una palabra esencial cuando bajamos a ese mundo subterráneo. Obviamente él no la sufre. “Jajaja, bueno, antes de escribirlo le pedí a un amigo que me llevara a una expedición espeleológica para hacerme un test de claustrofobia. Y aunque pasamos por algún punto muy complicado, emergí exultante con la experiencia, y confiado en que, en general, podía tolerar el encierro. Claro que aún no sabía lo que me iba a encontrar bajo los Mendips o en el laberinto de catacumbas bajo el sur de París…”. Precisamente ahí, los lectores lo pasamos pero que muy mal a su lado. ¿No tenía miedo de perderse? “Es un halago que se sufra con mi libro. Me parece fantástico que haya que dejar Bajotierra y no se pueda seguir leyendo. Eso es que la escritura funciona. El capítulo de París parece ser el pasaje que provoca claustrofobia más intensa en muchos lectores. La claustrofobia me interesa mucho como escritor, por su poder para afectar intensamente a los lectores de manera vicaria, por cuenta ajena. Más que del vértigo, leer sobre claustrofobia es impactante. Se relaciona con lo que William Golding denominó kinestesia solidaria o simpática: las extremidades empiezan a temblar, el ritmo cardiaco aumenta, la respiración es más rápida. Todos los escritores quieren conmover al lector, de una manera u otra; escribir sobre claustrofobia permite eso de una manera que puede aproximarse a lo siniestro”.
¿Son los fans de las profundidades gente más extraña que los de las cimas? “Buena pregunta. Creo que los verdaderos obsesos de la profundidad, los buceadores de las cuevas en particular, son incluso más extremos que los verdaderos obsesos de las alturas, alpinistas de las cumbres más altas y amantes de la escalada libre, pero justito. Me encanta hablar de todos ellos. Siempre me ha gustado escribir sobre gente, tanto como de lugares”.
Es inevitable preguntarle por cuál le ha parecido el peor lugar allá abajo. “Las regiones de Italia y Eslovenia de las que hablo en el libro, donde los agujeros, los abismos de piedra caliza, se usaron como lugares de ejecución y masacre en la II Guerra Mundial, y donde las propias montañas fueron convertidas, llenándolas de túneles militares subterráneos como un gruyere alpino, en máquinas de guerra durante la Primera”. Curiosamente la historia del subsuelo que más ha impactado a Macfarlane es también la que más emociona a David Wolfe: la red de conexiones de micorrizas, asociación de hongos y raíces, que une a los árboles bajo tierra y los convierte en una entidad mayor colectiva, el bosque interconectado. “Esa idea cambió para siempre mi sentido de la tierra sobre la que camino”, señala Macfarlane. El pueblo saami, recuerda, cree que los muertos viven cabeza abajo en el subsuelo, de manera que caminamos sobre sus pies, como sobre un espejo. La ciencia y la exploración nos demuestran que la realidad de lo que hay allá abajo es aún más asombrosa…

BAJOTIERRA
Robert Macfarlane.
Literatura Random House
2020.
512 páginas

EL SUBSUELO
David W. Wolfe
Seix Barral
2019.
352 páginas

CÓMO CAZAR UN TOPO
Marc Hamer.
Ariel
2020.
208 páginas

POTOSÍ
Ander Izagirre.
Libros del K. O.
2017.
204 páginas

LOS SÓTANOS DEL MUNDO
Ander Izagirre.
Libros del K. O.
2020.
404 páginas

SUBTERRÁNEO
Will Hunt.
Crítica
2020.
288 páginas

AUX PORTES DES ENFERS
Alain Nadaud.
Actes Sud
2004
304 páginas (en francés)
ACA
El Pritzker de Kéré

Espero cambiar el paradigma, empujar a la gente a soñar y arriesgarse. No es porque seas rico que debas desperdiciar material. No es porque seas pobre que no debes intentar crear calidad, […] Todos merecen calidad, todos merecen lujo y todos merecen comodidad. Estamos interrelacionados y las preocupaciones sobre el clima, la democracia y la escasez son preocupaciones para todos nosotros.
Francis Kéré
Desde el mismo momento en que el pasado 15 de marzo se conoció de boca de Tom Pritzker, presidente de la Fundación Hyatt, el nombre del arquitecto ganador del Premio Pritzker 2022, las agencias noticiosas se dieron a la tarea de divulgar a lo largo y ancho del planeta titulares de lo que, a su juicio, valía la pena destacar o más llamaba la atención: “Francis Keré, primer premio Pritzker africano”, “Arquitecto burkinés gana el premio Pritzker” o “Diébédo Francis Kéré, voz de la arquitectura social africana, gana el Premio Pritzker 2022”, fueron algunos de ellos. Otros como “El nuevo Premio Pritzker atiende los retos de África” o “Francis Kéré, un premio Pritzker entre la utopía y el pragmatismo” intentarán subrayar aspectos más precisos.
Pero lo que es un hecho irrefutable es que la escogencia de Francis Kéré, apunta en dirección contraria a la arquitectura por la que el jurado de estos galardones tradicionalmente se ha decantado. Hay quienes señalan, con gran tino, que cuando su primera obra, la Escuela Primara de Gando, comenzaba a construirse en 1999 ese año ganaba el premio Pritzker Norman Foster, autor del HSBC de Hong Kong, que fue el edificio más costoso de la historia cuando se concluyó en 1986. También señalan que entonces se transitaban tiempos de esplendor para la arquitectura espectáculo y los arquitectos estrella que perduraron mientras se construía la modesta escuela de Kéré en su pueblo natal, hecha con tierra y ladrillos bajo una estructura separada de la cubierta que sirve como sombrilla, sin sistemas mecánicos de ningún tipo y levantada por los vecinos que se terminará en 2001, correspondiéndole el Pritzker de entonces a Rem Koolhaas en 2000 y Herzog & de Meuron en 2001.
Ese sintomático viraje que ha venido experimentando el premio durante las últimas entregas marca un verdadero cambio de paradigma según el cual, al menos, ya no se distinguen aparatosos despilfarros arquitectónicos. Con Francis Kéré se da una nueva vuelta de tuerca en este caso hacia el reconocimiento de un nuevo tipo de profesional que trabaja con tierra y palos, en lugares de extrema pobreza, y hace obras con presupuestos microscópicos, pero mantiene puentes con Europa y Norteamérica, y da visibilidad a un trabajo riguroso y exigente, volando a menudo entre el Primer Mundo en el que tiene su estudio, y el Tercer mundo en el que realiza las obras.
Hoy hemos querido, de entre la cantidad enorme de notas de prensa que abordan la biografía del Kéré o artículos que se adentran algo más a desmenuzar las características fundamentales de su obra, transcribir dos textos que pensamos ilustran debidamente la dimensión del arquitecto. El primero es la «Declaración» emitida por el jurado del Premio Pritzker sustentando su decisión y el segundo es el artículo de Anatxu Zabalbeascoa publicado en El País, convencidos de que dan una visión panorámica y precisa de los aspectos que vale la pena conocer de la vida, obra y pensamiento de quien hoy ocupa los titulares de las páginas culturales de la prensa.

VALE LA PENA LEER
Kéré gana el Pritzker y se convierte en el primer africano en recibir el premio más importante de la arquitectura mundial
La elección del proyectista burkinés marca un cambio de paradigma en la historia del galardón al reconocer el papel del arquitecto como un guía capaz de cambiar la suerte de una comunidad y la ambición de su disciplina
Anatxu Zabalbeascoa
15 de marzo de 2022
Tomado de elpais.com
“No se trata de hacer, sino de enseñar a hacer”. El primer arquitecto africano en ganar el premio Pritzker marca un cambio de paradigma en la historia de este galardón al celebrar a un profesional que consigue actualizar la tradición y reunir dinero para construir por encima de reconocer al que mejor construye con medios menos limitados. Diébédo Francis Kéré (Gando, Burkina Faso, 56 años) representa al arquitecto como guía para el cambio hacia una construcción más sostenible ―con medios locales y más lógica que tecnología― colaborativa y compartida. También la esperanza de que la arquitectura ayude más a mejorar la suerte de mucha gente que la fortuna de unos pocos.
No es la primera vez que un proyectista se convierte en promotor ―muchos españoles lo hicieron durante décadas en el siglo XX―. Tampoco la autoconstrucción es extraña, sino más bien la norma en buena parte del mundo. En Europa, era habitual que las catedrales las levantaran entre ciudadanos. Y hasta mediados del siglo pasado fueron los propios habitantes quienes construyeron las viviendas españolas más pobres. Lo que sí se cuenta con los dedos de una mano son los promotores que no han sido inversores, es decir: que han querido cambiar la suerte de una población antes que la de su cuenta bancaria. Es el caso del Pritzker 2022. La historia de Kéré parece una mezcla entre un cuento de hadas y un lavado de conciencia del mundo occidental. Que resulte increíble da una idea de la dureza del mundo en el que ha conseguido construir, primero, y cambiar esquemas, después. Que el jurado no haya querido que quede como una anécdota pintoresca y excepcional denota que el Pritzker quiere volver a ser un referente.

Hijo primogénito del jefe de un poblado en Gando (Burkina Faso), a Kéré le tocó estudiar y odió hacerlo. Tenía siete años. Pasó de ocuparse de llevar agua y jugar con sus 12 hermanos a caminar solo 20 kilómetros al día para aprender a leer y escribir en una escuela de Tenkodogo. Aquel colegio estaba construido con bloques de hormigón y muy mal ventilado. Kéré no olvidó el calor que pasó en ese edificio. Por eso, cuando, becado para convertirse en carpintero en Berlín, prolongó sus estudios hasta graduarse como arquitecto en 2004, tuvo una idea fija en la cabeza: que los hijos de sus amigos tuvieran sus oportunidades y que pasaran menos calor.
Fue entonces, estudiando arquitectura, cuando se convirtió en promotor. Reunió dinero para levantar la Escuela Primaria de Gando. Sabía cómo construirla: ventilada. Los hombres harían el barro y los ladrillos, mientras que las mujeres alisarían el suelo. La cubierta quedaría elevada sobre el muro para dejar pasar el aire y evitar parte del calor. Para 2001, Gando seguía sin electricidad y sin agua corriente, pero tenía escuela. “Con la gente implicada, los diseños prosperan. El mejor mantenimiento es el entusiasmo”, explicó a El País en 2015.
Hoy en Gando esa escuela ha crecido. Los 120 niños iniciales son ahora 700 alumnos. Hay una residencia para los profesores y, no lejos, una clínica equipada para poder operar. Todas las cubiertas dejan pasar el aire, el marco de las ventanas se extiende hasta la calle para frenar el soleamiento. Todo lo han construido Kéré y su equipo. A medio camino entre Berlín y Gando, ahora el burkinés tiene doble nacionalidad, el reconocimiento del planeta ―da clases en Harvard y en Yale y la AIA o el RIBA lo hicieron arquitecto honorífico― y, habiendo cambiado la escala de valores de la arquitectura, le queda por demostrar hasta dónde puede llegar como proyectista.

El año pasado, Keré culminó en Kenia el Campus del Lions Club, una residencia para estudiantes de tecnología de la información. El proyecto es clave en su trayectoria. Aunque ya había salido a construir una comunidad en Mozambique y aunque ya había mejorado el aislamiento de los edificios empleando una pantalla de lamas de madera (Escuela Secundaria Schorge en Koudougou), aquí la escala es otra. La protección de la calima es mejor. El entendimiento de la topografía es orgánico.

La historia de Kéré es tan valiosa como pintoresca. Tal vez por eso, el arquitecto corrió el riesgo de ahogarse en su propio éxito. Sucedió cuando comenzaron a pedirle intervenciones temporales en museos como la Royal Academy (2013) o el pabellón temporal de la Serpentine en Londres (2017). Kéré explicó entonces a El País que esas intervenciones aumentaban su fama, informaban de otra manera de construir y le permitían reunir fondos para seguir construyendo en África. La doble lista ―oculta en tantos arquitectos conocidos― o pública en Francis Ford Coppola ―que hacía Padrinos para producir películas más arriesgadas― había llegado a la arquitectura. Solo que, en el caso de Kéré, dejar de construir es un riesgo para mucha más gente que él. ¿Lo tiene todo hecho, entonces? ¿Qué premia el Pritzker?
Aunque acumule reconocimientos, que este galardón corona, y aunque ya haya hecho historia como arquitecto ―transformando la figura del proyectista en guía para la construcción de comunidades y edificios―, la escala metropolitana será el nuevo reto de Kéré. En Porto-Novo, la capital de Benín, construye un parlamento que se ha adelantado al que también ha proyectado para la capital de su país: Uagadugú. El tamaño y la ambición de estos edificios decidirán el futuro de este arquitecto que ya es histórico.

No será la primera vez que el Pritzker tiene la oportunidad de redoblar la reputación del premio con quien ya ha recibido el galardón. Sucedió con los suizos Herzog & de Meuron. Tras hacerse con él en 2001, los autores del Caixaforum de Madrid reinventaron su propia arquitectura con el Estadio Olímpico de Pekín, el Rascacielos en Leonard Street de Nueva York, el Museo De Young en San Francisco o la Elbphilarmonie de Hamburgo. Los de Basilea se renovaron ampliando su registro y el de la arquitectura. Se hicieron, además, previsibles en calidad e imprevisibles en las formas, las soluciones y los materiales. Ese es ahora el paso que le queda por dar a Kéré, un proyectista de nueva generación que ha conseguido que su arquitectura “involucre a la gente y abandone el egocentrismo”. “Para mí la arquitectura es un reto. Una vía para solucionar problemas y aportar algo a la sociedad”, explicó en su conversación con El País en 2015. Eso lo tiene hecho. El siguiente paso lo anunció también en aquella entrevista: “Si empiezas bien, solo puedes continuar cambiando”.

«Dibujo sobre papel, pero prefiero diseñar sobre el suelo».
«No es porque tengas recursos limitados por lo que debes
aceptar la mediocridad».
«La arquitectura es ensuciarse y empujar todos juntos”.
Francis Kéré
ACA

