¿De qué hablamos cuando hablamos de belleza? Peter Sloterdijk y Byung-Chul Han son probablemente los dos filósofos más conocidos del actual panorama germano, y la publicación en castellano de El imperativo estético del primero —una recopilación de escritos sobre arte aparecida originalmente en 2014— anima a reseñarlo junto a La salvación de lo bello, un ensayo del segundo que se editó en España en 2015, de forma simultánea a la versión original alemana. De Sloterdijk nos hemos ocupado en varias ocasiones —hace ya tiempo en Arquitectura Viva 88, donde se comentaba su obra sobre el origen del ‘atmoterrorismo’ en los gases venenosos usados en la Primera Guerra Mundial, y más recientemente en Arquitectura Viva 194 y 224,glosando dos libros unidos por el rechazo de la modernidad— y de Han han aparecido tanto reseñas de su obras —en Arquitectura Viva 165, 174 y 213— como artículos, estos en los números 181 y 224, y con temas tan diversos como ‘Lo pulido’ (introducción de su ensayo sobre la estética contemporánea) y ‘La era del virus’, el primero de los textos que ha dedicado a la crisis pandémica.
Los escritos del filósofo de Karls-ruhe, reunidos por Peter Weibel, que incluyen numerosos discursos y conferencias, algunos textos de catálogo y varios manuscritos inéditos, muestran la variedad de sus intereses: de la música al cine, pasando por el sistema del arte o los museos, y con sendas secciones dedicadas a ‘Diseño’ y a ‘Ciudad y arquitectura’. En el terreno del diseño, subraya que a todo funcionalismo «le es inherente cierta tendencia a trastornar las cosas», y recupera el discurso de Heidegger sobre ‘la cosa’, una actitud premoderna y ‘antidiseño’ como corresponde a «una filosofía católica de artesanos y campesinos»; y en el ámbito de la arquitectura y el urbanismo, la extensa conferencia sobre ‘La ciudad y su contrario’ —quizá el mejor texto del volumen, donde llama en su ayuda a diez autores, desde Píndaro y Platón hasta Baudelaire— se añade a una conversación con los editores de archplus sobre su trilogía Esferas y a un encendido elogio de Daniel Libeskind con ocasión de la terminación del Museo Judío de Berlín. En conjunto, el libro refleja, como argumenta Weibel en su epílogo, el agnosticismo estético del filósofo, que considera inhumana la estética de la modernidad y defiende una ley del deseo que se sitúa entre Kant, Freud y Lacan.
El ensayo del pensador germano-coreano —nacido en Seúl, formado en Alemania y hoy profesor en Berlín— explora en cien páginas exquisitas la tersa y hedonista estética de nuestro tiempo, que juzga incompatible con el arte genuino, enraizado en una negatividad que no complace, sino que conmociona. Frente a la modernidad pulida y digital, Han defiende una estética del encubrimiento y de la vulneración, desde el delirio de asombro y horror que Platón atribuye a la contemplación de la belleza extrema hasta la belleza terrible de Rilke o la quebrantada de Adorno. Censurando la sexualización del cuerpo por la industria de la belleza, deplora el rechazo por Edmund Burke de los cuerpos ásperos y angulosos como incompatibles con el deleite que asocia a lo bello, y propone una estética de la verdad y de la libertad, una ética de lo bello que fundamenta en Aristóteles o en Hegel; y frente al consumo contemporáneo de lo nuevo, reclama la experiencia de lo bello como reminiscencia, como fidelidad y como vinculación.
Críticos de la modernidad y alimentados por el pensamiento clásico, los fragmentos escultóricos elegidos por sus editores quizá expresan bien su sensibilidad elegíaca. De eso también hablamos cuando hablamos de belleza.
He leído muchos estudios que afirman que la pandemia conducirá hacia un cambio radical en nuestras vidas, que supondrá un antes y un después con independencia de si las vacunas puedan llegar a protegernos, como ya impidieron en el pasado la propagación de otras enfermedades igualmente contagiosas.
No estoy del todo de acuerdo. Considerados desde la perspectiva amplia de la historia, los principales efectos de la pandemia no han hecho sino acelerar tendencias que ya estaban en marcha, aunque es cierto que algunas de ellas pasaban tan desapercibidas al público general, que parecían el resultado revolucionario del coronavirus. Por otra parte, algunas de esas tendencias pueden intensificar sus efectos.
La historia de las ciudades y los edificios que las componen está indisolublemente ligada al patrón recurrente de la enfermedad y los problemas de salud pública. Hay innumerables ejemplos de ello.
El brote de cólera de la década de 1850 que diezmó la población de Londres condujo a la limpieza del Támesis, a la construcción del magnífico Victoria Enbankment y a la instalación de buena parte de la red actual de saneamiento que sigue disfrutando la ciudad. Los problemas de salud propiciaron también la construcción de zonas verdes como el Central Park en Nueva York y el Emerald Necklace de Boston. Las obsesiones del Movimiento Moderno con la luz, las terrazas exteriores, el color blanco y la naturaleza fueron, en parte, una respuesta al flagelo de la tuberculosis. El Great Smog —la Gran Niebla— de Londres en 1952 se cobró doce mil vidas en cinco días y llevó a la ‘Ley de Aire Limpio’ de 1956 y, con ella, a la sustitución de los sistemas de combustión de carbón por otros de gas. He enumerado estos ejemplos como una serie de ‘causas y efectos’, pero las ‘causas’ se olvidaron hace ya mucho tiempo porque todas las transformaciones que he señalado habrían sucedido de todos modos sin la emergencia sanitaria, aunque habrían tardado más tiempo en hacerlo. Si nos atrevemos a intentar leer el futuro en una bola de cristal, la pregunta sería: ¿qué cabe esperar tras la pandemia?
Algunos sugieren que la ciudad densa perderá su poder de atracción social. No creo que eso ocurra por varias razones, pero sobre todo porque el futuro de la humanidad no depende exclusivamente del distanciamiento a dos metros entre las personas, y porque, como evidencian las estadísticas, algunas de las urbes más densas como Tokio, Singapur y Seúl han sabido contener la enfermedad mientras que otras áreas más suburbanas, en especial el suroeste de los Estados Unidos, han sufrido mucho más.
Los impulsos para embellecer y hacer más saludable la ciudad densa ya se habían manifestado antes de la pandemia. La actitud cambiante hacia la propiedad inmobiliaria por parte de los jóvenes, la proliferación de medios de transporte compartidos a través de dispositivos digitales, la electrificación y la robotización de vehículos, la transformación de la movilidad aérea y la demanda de un transporte público más espacioso y cómodo, son todos factores que contribuyen a volver innecesaria buena parte de nuestra infraestructura de transporte actual, sobre todo las carreteras y los aparcamientos.
A esto debe añadirse el cambio potencial desde la agricultura tradicional a la agricultura urbana, que supondría la mejora del rendimiento de unos cultivos que usarían mucha menos agua, eliminarían el transporte y producirían alimentos más frescos y sabrosos a menor coste. En este sentido, los aparcamientos de varias plantas podría hacer las veces de granjas urbanas ideales: sólo necesitarían mercados anejos.
Merced a todos estos factores convergentes y a la creciente popularidad de las bicicletas eléctricas y otras formas más saludables de movilidad personal aún por inventar, así como a la capacidad de controlar el microclima de los espacios al aire libre —enfriándolos en verano y calentándolos en invierno—, las ciudades podrían volverse más verdes, tranquilas, limpias y cada vez más deseables como lugares para vivir, trabajar y jugar.
El coronavirus nos ha enseñado a sacar el máximo partido a la infraestructura digital del mundo laboral mediante reuniones por Zoom que son capaces de acercarnos a personas de todos los continentes. Esto puede cambiar nuestro modo de viajar y, tal vez, podría dar pie a la evolución hacia ‘terceros espacios’ de trabajo y ocio dispuestos en el campo o en Starbucks digitales situados en el corazón de las ciudades. Pese a estos cambios, el contacto cara a cara será más valorado y buscado. Las sedes centrales de las empresas se plantearán, sobre todo, teniendo en cuenta los estilos de vida y la creatividad a través de horarios de trabajo más flexibles y escalonados; una tendencia que ya habían impulsado antes de la pandemia las empresas más avanzadas y sensibles, en las que los límites entre el trabajo, la socialización y el ocio ya se estaban desdibujando.
Como ya se ha señalado, la concienciación creciente sobre la salud exigirá sistemas de ventilación más naturales, aire fresco, luz y contacto con la naturaleza. Lo que hemos venido defendiendo unos pocos podría dejar de ser vanguardia para pasar a ser un rasgo de la nueva normalidad. Los viejos sistemas centralizados que dependían de filtros dudosos y de la recirculación del aire viciado ya no serán aceptables.
Si los sistemas centralizados de los edificios tienden a ser reemplazados por un control más autónomo del entorno de los individuos, lo mismo podría pasar en el contexto de la infraestructura urbana. El año pasado, en California, el envejecimiento de las líneas eléctricas y el hecho de que el proveedor estuviera en quiebra dejaron sin suministro a dos millones y medio de personas, muchas de las cuales intentaron hacerse con generadores domésticos. Fuentes de energía más pequeñas y compactas o mejoras en el almacenamiento de las baterías podrían eliminar la dependencia de las megacentrales y sus redes asociadas. El mismo patrón de búsqueda de la autonomía tendría sentido en el uso de los residuos para generar energía.
La tendencia a la autonomía también podría poner en tela de juicio la centralización de las redes globales y las cadenas de suministro. Sólo por referirnos a dos extremos opuestos, el de la necesidad y el del lujo, ¿tiene sentido que un país continúe dominando la producción de medicamentos en tanto que otro hace lo propio con el cultivo y la distribución de flores? La globalización ha aumentado el nivel de vida en todo el mundo, pero al mismo tiempo ha diezmado a las comunidades locales y ha creado ‘cinturones de óxido’ (rust belts) en lo que antaño fueron prósperas sociedades industrializadas. Del mismo modo en que ha puesto en cuestión la pertinencia de las grandes redes eléctricas, ¿propiciará la covid-19 que los países o incluso las regiones sean más autosuficientes? ¿Será capaz de frenar el impulso de reducir cada vez más el número de proveedores y hacerlos cada más grandes, como pasa con la fabricación de automóviles y aviones, con las aerolíneas o incluso con las empresas de contabilidad? ¿O, por el contrario, la covid-19 reforzará este modelo, en la medida en que las empresas muy grandes son las únicas con el capital suficiente para sobrevivir? Desde el punto de vista político, ¿llevará esta crisis a abordar colectivamente los grandes problemas del cambio climático y el desafío de las vacunas, o dará pie a una fragmentación mayor y a que ‘cada palo aguante su vela’? La esperanza es que el ‘yo, yo, yo’ deje paso al ‘nosotros, nosotros, nosotros’. En definitiva, lo ideal sería la acción global en relación con los grandes problemas ambientales y de salud, y la acción local en lo que toca a la producción, el cultivo y la generación energética de nuestras sociedades conectadas. En otras palabras: el mejor equilibrio entre ambos mundos.
Frank Lloyd Wright y Marina Abramović son ambos protagonistas de vidas extremas, pero los últimos libros que las documentan no pueden ser más diferentes. La más reciente biografía del arquitecto americano es un texto torrencial, sumamente barroco en el lenguaje y pirotécnicamente disperso en la narrativa, que se ramifica con anécdotas triviales o referencias a la propia peripecia personal del autor, Paul Hendrickson, un periodista que ha escrito también volúmenes sobre Hemingway o Robert McNamara; y la autobiografía de la artista serbia —publicada en 2016 con el título Walk Through Walls: A Memoir, y traducida ahora al castellano por Santiago González— es en contraste un relato transparente, íntimo y confesional, que presenta la trayectoria vital y creativa de quien se ha descrito a sí misma como la ‘abuela de la performance’, y sirve como una eficaz introducción al significado de su trabajo en el panorama de las artes contemporáneas.
Lo mismo no puede decirse de Plagued by Fire, cuya lectura exige conocer previamente la vida de Wright, que aquí se relata en forma de flashes discontinuos y no necesariamente cronológicos, eligiendo siempre los episodios más melodramáticos, que se describen con manierismo febril y minuciosidad sensacionalista. Esa prosa se ha descrito críticamente como «detail masquerading as depth», y el formidable esfuerzo de Hendrickson por documentarse —que le lleva a polemizar repetidamente con los anteriores biógrafos de Wright— aporta más hojarasca de detalles que substancia narrativa. Los crímenes y el incendio de Spring Green, con los que se abre el libro, o la relación juvenil de Wright con el arquitecto Cecil Corwin, que se sugiere homoerótica, se relatan entreverando lo comprobado con lo especulativo, ofreciendo la información en migajas como en una novela de misterio, y usando la primera persona para establecer una relación de intimidad con el lector. ‘Los sueños y las furias’ de este Wright en llamas, más centrados en el personaje épico que en la obra arquitectónica, beben sin embargo en buenas fuentes, y el autor explicita su deuda con Meryle Secrest, Robert Twombly, Brendan Gill, Ada Louise Huxtable, Neil Levine, Kathryn Smith o Anthony Alofsin —los trabajos más recientes de los tres últimos reseñados por cierto en Arquitectura Viva 181, 200 y 216—, además de la autobiografía publicada por Wright en 1932, un documento esencial pese a las numerosas inexactitudes que contiene, y cuya grandilocuencia lírica inspira el tono dramático y confidencial de Hendrickson.
Si esa proximidad susurrante resulta incómoda en una biografía —que hasta el auge de la autoficción postmoderna solía tener como propósito la desaparición de su autor—, es tan adecuada como inevitable en unas memorias, y las de Abramović se presentan como un esfuerzo por desnudar su vida, desde los traumas de la infancia a los éxitos de la madurez, al igual que la artista desnuda y expone su cuerpo en tantas de sus performances. Más mitológico que reflexivo, y deslizándose a veces hacia misticismos new age, el texto es sin embargo un relato ameno, emocionante y divertido de los amores y desamores de la que hoy es una gran diva, y de sus empeños en el mundo del arte, donde la intensidad peligrosa de sus exorcismos chamánicos la convirtieron en una figura reverenciada. Con su valentía insensata frente al riesgo de la violencia y la muerte, la artista nos recordó la vulnerabilidad frágil de nuestros cuerpos, y ahora nos invita a continuar derribando muros emocionales a través de un recorrido franco por su vida extrema.
Paul Hendrickson Plagued by Fire The Dreams and Furies of Frank Lloyd Wright Editorial Bodley Head 2019 624 páginas Idioma: inglés
Los últimos iconos construidos en Corea y Dubái coinciden en el tiempo con proyectos marcados por la preocupación social en México. La crisis obligará a elegir
Anatxu Zabalbeascoa
Exterior de los almacenes The Galleria diseñados por OMA en Gwanggyo (Corea del Sur).
12 de septiembre 2020
Tomado de El País/Babelia
La arquitectura construye el mundo, no puede proyectar de espaldas a él. Para anticipar el futuro y dar respuesta a nuevas urgencias debe arriesgar. El resultado puede acertar o fallar, y entonces convertirse en un testigo incómodo. Ese equilibrio inestable entre tratar de anticipar las necesidades del mañana y erigirse en recordatorio de fallos del pasado convierte esta disciplina en un arte lento. La industria que también es trabaja despacio por otros motivos. Contrariamente a lo que podría sospecharse —por la constante invención de materiales y la imparable mejora del desarrollo tecnológico—, los tiempos de la arquitectura están cada vez más dilatados. En parte porque la tecnología superavanzada o los materiales ultrainteligentes no son siempre los más apropiados, económicos o disponibles; en parte por la burocracia de controles normativos y, en una parte no desdeñable, porque ya hemos aprendido que lo que encarece muchos proyectos arquitectónicos no son solo las ocurrencias, o los malos cálculos, de algunos arquitectos, sino también las contabilidades paralelas: las enormes, y con frecuencia oscuras, cifras que mueve la construcción. Así pues, hace ya mucho tiempo que el juego no está solo en manos de quienes proyectan edificios y ciudades, si es que alguna vez lo estuvo, cuando cliente y arquitecto buscaban un mismo fin: la legendaria inmortalidad.
¿Qué ocurre ahora? ¿Se está dando una arquitectura de reacción ante los grandes problemas que sacuden el planeta? Entre construir en balde un oxímoron como un hospital de campaña permanente —también tiene un coste mantener lo innecesario— o dotar de infraestructuras, por rudimentarias que sean, a quienes las necesitan hay un mundo. Lo primero es incomprensible desde la lógica del uso, pero la lógica de la corrupción es más perversa que la de la función. Lo segundo requiere que el arquitecto sea, además de proyectista, agente social. Entre esos dos extremos hay necesarias ideas de reciclaje urbano, acondicionamiento energético, convivencia cicatrizante con lo existente y, por supuesto, el esfuerzo sisífico de reinventar la pólvora para que no cese el espectáculo. Una pregunta siempre pertinente consiste en descubrir qué es hoy la verdadera pólvora arquitectónica. La respuesta debería extender la sostenibilidad de lo energético y lo material a lo social.
Más allá de un creciente peligro global que pone a prueba nuestra capacidad de acuerdos y evidencia nuestros desacuerdos, la plaga de la covid-19 es un aviso muy serio sobre las formas de vida, la explotación del planeta y las prioridades de las últimas décadas. Esa advertencia se refleja en la arquitectura que se está proyectando ya en intervenciones efímeras que —como sucede durante los grandes eventos— han tenido una escala urbana. Se trata de un urbanismo, en principio temporal, que ha devuelto las calles a los ciudadanos —limitando el tráfico de coches— y que algunas alcaldesas, como las de París o Barcelona, han comenzado a adoptar para transformar permanentemente sus ciudades.
Nueva sede de Swatch en Biel (Suiza), de Shigeru Ban.
Ese espíritu de lógica social no es nuevo. Lleva años presente en trabajos poco publicitados por humildes o porque su construcción no tiene una repercusión económica más que en quien apenas tiene. Informar sobre la convivencia de arquitecturas es una obligación y una riqueza. En la cosecha arquitectónica del coronavirus conviven, como sucede tras las crisis, una mezcla de autocrítica, buenas intenciones y sálvese quien pueda. Junto a las propuestas de reconquista ciudadana —que cuestionan también la prioridad conferida al turismo que ha vaciado los centros urbanos— afloran iniciativas para expandir el ámbito de la arquitectura, propuestas para hacerla seriamente sostenible y también una voluntad de aumentar la espectacularidad de la disciplina.
Empecemos por el final. En la versión más llamativa de la nueva arquitectura, el ganador es Rem Koolhaas, al mando del estudio OMA, con los grandes almacenes levantados en Gwanggyo (Corea del Sur), para el grupo empresarial Galleria. Morfológicamente, el edificio trata de acercarse a una roca. Esa ambición deja al espectador con la duda de si se trata de un inmueble realmente feo —y por siniestro justamente sorprendente— o si es de nuevo Koolhaas el que se adelanta a lo que todavía no alcanzamos a comprender. No se trata —no sobra decirlo— de juzgar maniqueamente un inmueble como bonito o feo. Se trata de reaccionar a una primera impresión justificada por los arquitectos a partir de “la falta de peso visual del barrio”, una ciudad dormitorio sin historia a 25 kilómetros de Seúl. Es cierto que el panelado pétreo triangular que lo envuelve logra más expresión que los rascacielos que lo rodean, pero la banda externa —que construye una lúcida circulación perimetral— termina envolviendo la roca como la cinta del lazo en un regalo. Vistas las circulaciones perimetrales de la Biblioteca de Seattle o la de Doha, cabe plantearse si Koolhaas no será fundamentalmente bueno en organizar el desfile de los usuarios y el resto se lo juega al alto riesgo: para arraigar el barrio, ha hecho aterrizar un meteorito.
Otro de los nuevos proyectos es un agujero enmarcado, firmado póstumamente por Zaha Hadid, que inevitablemente también sorprende desde su espectacular forma. Está en Dubái, a pocos metros del rascacielos más alto del mundo, el Burj Khalifa. Se llama Opus, pertenece al grupo hostelero español Meliá y está formado por dos torres unidas en la base y la corona. El agujero que las separa actúa como un patio de luces y permite el control de seguridad en los accesos. Su audacia formal contrasta, sin embargo, con la decisión poco razonable de construir en el desierto con una fachada de vidrio, el llamado muro cortina. Es cierto que ese acabado hace que el propio edificio desaparezca entre los reflejos de sus vecinos, pero más allá de ignorar el genius loci, la lógica energética hace agua y eso termina hablando de pasado. Y pesando sobre el futuro.
Proyecto para ampliar viviendas con estructuras de bambú reciclado de la mexicana Rozana Montiel.
La voluntad de construir rápido y el valor de los espacios intermedios —con ventajas del exterior como la luz natural y la protección de un interior— están presentes en el último de los proyectos inaugurados por el japonés Shigeru Ban: el Campus Swatch en Biel, Suiza. Aquí, la sede de la empresa relojera se abraza a la fábrica de Omega como una lombriz gigante. Se trata de un proyecto muy visual que, sin embargo, es un sobresaliente ejercicio de innovación. Más o menos caprichosa, la forma es consecuencia de una voluntad transformadora: uno de los mayores edificios construidos con madera en el mundo. El Campus es también el mayor proyecto de Ban hasta la fecha y lleva a la arquitectura empresarial lo que su estudio ha aprendido trabajando con la de emergencia. La cubierta —formada por 7.700 plafones de abeto— contrasta con el volumen cartesiano de la fábrica levantada también con una estructura de madera.
Con todo, es la versión más voluntariosa de la arquitectura actual la que resulta más revolucionaria porque busca impulsar cambios mucho más necesarios que arbitrarios. Arquitectas como las mexicanas Mariana Ordóñez y Jesica Amescua defienden la disciplina como proceso colaborativo, es decir, diseñan con los usuarios. Trabajan con comunidades de mujeres identificando necesidades urgentes y proponiendo soluciones constructivas y culturales. Escuchan, dialogan, proyectan y hasta recaudan dinero desde la propia web de su estudio, Comunal. No están solas en esa nueva versión del arquitecto-agente social. Como el estudio Shau en Indonesia o Anna Heringer en Bangladés, también el Pritzker Shigeru Ban recauda donativos para sus llamados proyectos de emergencia: las viviendas temporales que enseña a construir tras terremotos, tifones o —en su propio país— desastres nucleares.
Compartiendo esa urgencia de lo que no admite demora, de nuevo en México, las arquitectos Rozana Montiel y Alin V. Wallach idearon hace unos meses el proyecto Un cuarto más: una sencilla estructura de bambú y aluminio reciclado que —con muy bajo coste y menos de dos semanas de obras— amplía las casas en sus azoteas. En la línea de las viviendas incrementales de Alejandro Aravena, se trata de colocar una casa sobre otra aprovechando la vivienda existente como cimientos y utilizando la distancia del suelo como protección. Los arquitectos buscaban hacer crecer las casas sin esfuerzo y evitando un gran desembolso económico. Montiel habla de combatir el hacinamiento. También de reducir la violencia intrafamiliar.
De la misma manera que la verdadera escritura debe enseñar a escapar, hay una arquitectura que enseña a pensar. Por eso es inesperada. Vivimos una época en la que lo poco está empezando a sorprender más que lo mucho. Y si a la arquitectura espectacular se le resta la sorpresa, ¿qué le quedará? El coronavirus está evidenciando que la necesaria sostenibilidad no es solo una cuestión energética. TheNew York Times lo ha convertido en titular: “Hay que ayudar a los que no tienen nada”. No es únicamente un tema de justicia social, es una cuestión de supervivencia económica: sin clientes, el mercado, como la arquitectura, deja de existir.
Los arquitectos proyectan el espacio, pero también el tiempo. Al imaginar la ciudad posterior a la pandemia, se esfuerzan en reconciliar la necesidad de distancia social con la conveniencia de proximidad: por un lado, se fragmenta el espacio para evitar el contacto; por otro, se agrupan los usos para llegar a ellos sin precisar transporte. El primer rasgo invita a repartir las actividades en el tiempo; el segundo, a fijar un límite temporal a los desplazamientos, que ha cristalizado en el lema ‘la ciudad de los 15 minutos’. Si la arquitectura se ha considerado históricamente una disciplina espacial, que ‘ordena la materia en el espacio como la música ordena el sonido en el tiempo’, hoy necesita situar el tiempo en el centro de su atención; y no el tiempo del proyecto o de la obra, sino el tiempo de los que han de habitar edificios y ciudades. Se dirá que esto se ha hecho siempre, y es cierto; pero la experiencia del coma vírico inducido ha comprimido el espacio y detenido el tiempo, trastocando valores y estableciendo prioridades nuevas. El filósofo Blaise Pascal aseguraba que «todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación», y su contemporáneo el místico Miguel de Molinos predicaba el quietismo como un proceso de depuración espiritual no lejano del budismo; pues bien, los meses de confinamiento han reproducido las condiciones para poner a prueba estas recetas del siglo XVII. ¿Somos ahora más sabios, más conscientes de nuestra fragilidad, más despojados de ocupaciones innecesarias y agitación estéril? No es nada seguro, pero la interrupción de las rutinas sin duda ha obligado a organizar el tiempo de otra manera, y quizá a percibir su fugacidad bajo una luz más fría. Emilio Lledó dice que «vivimos en el espacio, pero morimos en el tiempo», y es posible que la renovada conciencia de nuestra obligada desaparición haya trasladado el foco de la ordenación del espacio en la casa y la ciudad a la ordenación del tiempo individual y colectivo. Solíamos oponer el genius loci y el Zeitgeist —el espíritu del lugar y el espíritu del tiempo—, para diferenciar las arquitecturas enraizadas en la continuidad del contexto, y aquellas que se insertan en el torbellino mudable del talante de la época: las obras intemporales y las obras de su tiempo. Pero la detención del mundo nos ha ofrecido la píldora roja de la lucidez, y advertimos que el nuevo protagonismo del tiempo demanda paradójicamente el retorno a ese espacio con cualidades que llamamos lugar, y que el espíritu del tiempo postpandémico se encarna de forma irónica en la arquitectura intemporal, en el acotamiento del espacio y en la limitación del movimiento. Jorge Luis Borges quiso refutar el tiempo, pero terminó admitiendo que «es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.» Proyectar el tiempo es proyectarnos; pensar en nuestro futuro y el de todos.
El arquitecto y autor finlandés Juhani Pallasmaa organizó en 1995 en Helsinki una exposición sobre las construcciones realizadas por animales, desde las colmenas hasta los nidos de las aves o las presas de los castores, un asunto que ha suscitado siempre el interés o el asombro de profesionales y profanos. Su artículo del catálogo fue publicado en versión trilingüe por la Fundación César Manrique en 2001, y la traducción al castellano que realizó entonces Pilar Vázquez vuelve a editarse ahora por Gustavo Gili, añadiendo numerosas portadillas y 40 ilustraciones a página completa extraídas de una publicación británica de 1889 para alcanzar la condición de libro. El volumen está orientado al público general, pero su aparición sirve de excusa para recordar los dos libros que inspiraron a Pallasmaa entonces, y que todavía hoy siguen siendo referencias fundamentales para quien desee aproximarse a este tema.
Animal Architecture, escrito por el etólogo galardonado con el Nobel Karl von Frisch con la colaboración de su hijo Otto, es un libro maravilloso, estupendamente traducido del alemán por Lisbeth Gombrich, admirablemente ilustrado con numerosas fotografías y los eficaces dibujos de Turid Hölldobler, y editado con exquisita atención por Helen y Kurt Wolff, amigos del naturalista e impulsores de la publicación que apareció en 1974. Especialista en el comportamiento animal como su hijo, Von Frisch transita desde las estructuras generadas por amebas, foraminíferos o radiolarios —con el debido homenaje al gran biólogo Ernst Haeckel, que usó a estos últimos para ilustrarnos sobre las Kunstformen der Natur— hasta los nidos de las aves y las construcciones de los mamíferos, y deteniéndose minuciosamente en las arquitecturas de los insectos sociales, de las colmenas a los termiteros: una atención que cabía esperar de quien dedicó su vida al estudio de las abejas, pero que también corresponde a la fascinación que estas comunidades de insectos han suscitado, desde Maurice Maeterlinck hasta nuestro Juan Antonio Ramírez.
Animal Architecture & Building Behaviour, publicado diez años después por el zoólogo Michael Hansell, es un volumen muy diferente, sólido y riguroso, pero de más ardua lectura, organizado temáticamente en secciones —funciones, materiales, construcción, estructuras— que puede ayudar a quienes buscan inspiración en la naturaleza para diseñar obras contemporáneas, y con una segunda parte sobre la relación entre el comportamiento constructor y el cambio evolutivo que amplía la exploración en territorios especializados; su posterior Built by Animals es más asequible, y refrescante en su escepticismo ante el entusiasmo lego por las proezas arquitectónicas del reino animal, que reduce a meros comportamientos instintivos. Parece extravagante recomendar títulos aparecidos hace décadas, pero —pese a las aportaciones de autores más recientes como el fotógrafo Ingo Arndt— no conozco mejores guías en el extraordinario mundo de la arquitectura animal que los que iluminaron la exposición finlandesa de hace un cuarto de siglo.
Karl von Frisch
Animal Architecture
Harcourt, NY & Londres, 1974
Michael H. Hansell
Animal Architecture and Building Behaviour
Longman, Londres, 1984
Museum of Finnish Architecture
Animal Architecture
Helsinki, 1995
Juhani Pallasmaa
Animales arquitectos
Gustavo Gili, Barcelona, 2020
144 páginas
ACA
Nos interesan temas relacionados con el desarrollo urbano y arquitectónico en Venezuela así como todo lo que acontece en su mundo editorial.