«Metafísico estáis. Es que no como». El diálogo entre Babieca y Rocinante que recoge El Quijote refleja bien el escepticismo ante las elucubraciones filosóficas. Pero dos libros recientes pueden hacer cambiar de opinión a los que descreen en las abstracciones del pensamiento. Tiempo de magos trenza las vidas y las obras de cuatro figuras míticas —Ernst Cassirer, Ludwig Wittgenstein, Martin Heidegger y Walter Benjamin— durante la década posterior a la I Guerra Mundial; y La herencia del Dios perdido reúne los textos de Peter Sloterdijk sobre el terreno donde filosofía y teología se encuentran, y explora la relación de las creencias religiosas con la ciencia, la cultura y la política. Productos ambos vigorosos de la tradición filosófica germana, su lectura ilumina a la vez la historia y el presente.
Erudito y ameno, el libro de Wolfram Eilenberger recupera la figura hoy menos estudiada de Cassirer, el deslumbrante autor de Filosofía de las formas simbólicas, uno de los grandes referentes del idealismo kantiano en la universidad alemana hasta que sus orígenes judíos le obligaron a dejar el país; sigue atentamente las trayectorias de los dos colosos del pensamiento del siglo XX, Wittgenstein y Heidegger, exactamente coetáneos y sin embargo divergentes en casi todo, pese a lo cual compartían raíces teológicas e inclinaciones místicas; e incorpora al caótico e inconstante Benjamin, tan precario en lo intelectual como en lo personal, y siempre indeciso entre Moscú y Jerusalén. Alrededor de los cuatro, un cúmulo de personajes retratados con apenas unos pocos trazos exactos: Theodor Adorno, Hannah Arendt, Rudolf Carnap, Edmund Husserl, Karl Jaspers, Bertrand Russell o Gershom Scholem.
Los arquitectos disfrutarán con el relato de la construcción por Wittgenstein y Paul Engelman —que había sido alumno de Adolf Loos— de la casa en Viena que evidenció el carácter obsesivo del filósofo, quizá la traducción tridimensional del Tractatus en su lógica desornamentada, pero al cabo desproporcionada, rígida y hermética; con el Heidegger ‘constructor de casas’ que sin embargo delegó en su mujer Elfriede el proyecto, dirección de obra y arquitectura interior de la mítica cabaña de la Selva Negra, como después de la casa en las afueras de Friburgo —para más detalles sobre las construcciones de ambos pensadores, véase ‘Filosofía y arquitectura’ en Arquitectura Viva111—; con la forma elíptica de la Biblioteca Warburg, por ser la determinación de las órbitas planetarias por Kepler símbolo del tránsito del pensamiento mítico-medieval al científico; y con la descripción por Benjamin del pasaje parisino, ‘mitad cueva y mitad casa, mitad pasillo y mitad habitación’, sin embargo menos interesante que su interpretación escenográfica de la ciudad de
Nápoles, tan deudora de su amante, la fascinante directora teatral Asia Lacis.
Más ardua es la obra de Sloterdijk, que reúne capítulos de libros anteriores —Esferas I y Los hijos terribles de la Edad Moderna, este último reseñado en Arquitectura Viva 194—, prólogos de publicaciones especializadas y manuscritos de conferencias. Antes de seguir, una recomendación: lean en primer lugar los textos de las conferencias, asequibles todos, y dejen para el final los pedregosos prólogos, que seguramente pueden incluso evitarse. En la media docena de intervenciones públicas, el filósofo se muestra como public intellectual, y deslumbra con su presentación cáustica de Lutero; con su defensa antropológica de la eugenesia; con su recorrido por la historia de la neurosis; con su interpretación de la vida como «la fase exitosa de un sistema inmunitario» y la propuesta —siguiendo a Hans Jonas— de un nuevo imperativo categórico de naturaleza ecológica; y en el recuerdo de la defensa por William James del derecho fundamental a creer.
El filósofo estadounidense es por cierto también protagonista del último capítulo, nacido como prólogo a la versión alemana de su obra The Varieties of Religious Experience, y en él Sloterdijk asocia la Modernidad a una nueva teología, que al privarnos de un dios trascendente hace el mundo monstruoso, y engendrador de monstruos como «el Tyrannosaurus rex, el Homo sapiens y el virus del ébola». Pero cuando la humanidad se enfrenta a un virus nuevo, quizá nuestro sistema inmunitario se beneficie más de la medicina moderna que del dios trascendente del filósofo germano.
Hace exactamente un siglo Edith Wharton publicó The Age of Innocence, una novela sobre la Nueva York suntuosa de la ‘Gilded Age’ que muchos conocen por la película de Martin Scorsese, estrenada en 1993. Si ya entonces la escritora describía una sociedad desvanecida, desde un país que tras la Gran Guerra había perdido la inocencia, nuestra época podría bien abreviarse, tomando prestado el título de W.H. Auden, como ‘la edad de la ansiedad’. El New York Times del 9 de febrero publicó un texto de longitud excepcional firmado por su columnista de opinión Ross Douthat, ‘The Age of Decadence’, donde se nos describe «cut off from the past and no longer optimistic about the future»: una sociedad envejecida aprisionada por la ansiedad ante el coronavirus o los estallidos de violencia nihilista, y que contempla con nostalgia el impulso incandescente e inocente que hace 50 años puso al hombre en la Luna. E idéntico desaliento transmiten dos ensayos recientes, firmados por un novelista indio y un artista británico, que abundan en el diagnóstico sombrío de la sociedad contemporánea, desarraigada, desmoralizada y ayuna de convicciones compartidas.
Pankaj Mishra asegura hacer una ‘historia del presente’ en Age of Anger, pero su análisis de nuestra ‘edad de la ira’ busca las raíces del resentimiento actual en el siglo XVIII, motivado como está por una observación de Nietzsche sobre el conflicto entre la serenidad elitista de Voltaire y la envidia plebeya de Rousseau. El filósofo de Ginebra es en efecto el origen de un ensayo erudito y elegante «apoyado más en novelistas y poetas que en historiadores y sociólogos», pese a lo cual constituye un genuino estudio de historia de las ideas, donde Tocqueville y Herzen comparten espacio con Dostoyevski o T.S. Eliot para describir la imposición violenta de la modernidad occidental en el conjunto del planeta, dejando atrás naciones y comunidades para crear un paisaje fracturado, en el que la globalización no es sinónimo de esperanza sino de ansiedad, y en el que internet ha perdido el aura igualitaria que lo adornó en la ‘edad de la inocencia’ posterior a la caída del muro de Berlín.
La red de redes es la protagonista de La nueva edad oscura, donde James Bridle explora con lucidez y elocuencia la aceleración tecnológica que ha transformado el mundo, haciéndolo más complejo y también más hermético, convirtiéndose en agente de las grandes convulsiones actuales —un sistema económico descontrolado, el colapso del consenso político o el cambio climático—, y dificultando la percepción del futuro con la extensión unánime del ‘pensamiento computacional’. Desde el vínculo entre la predicción del tiempo y el nacimiento del ordenador hasta los debates contemporáneos sobre los datos, el criptoanálisis o los residuos radiactivos, el libro explora una ‘edad oscura’ donde «el futuro es radicalmente incierto y el pasado está irrevocablemente en disputa». Recordando que la nube no es ‘un mágico lugar remoto’, sino una infrastructura física que consume ingentes cantidades de agua y electricidad, Bridle desmonta nuestras fantasías sobre lo sublime digital, y alerta sobre la inquietante capacidad de la técnica para hacer el mundo más opaco, más incontrolable y más desigual.
Si Mishra escribe desde el formidable acervo documental que describe en el ensayo bibliográfico que ocupa las 26 páginas finales, y Bridle desde su formación primera en Ciencias de la Computación, ambos son columnistas de influyentes medios anglosajones —Bloomberg y The New York Times en el primer caso, The Guardian en el segundo—, lo que otorga a su prosa una agilidad y una transparencia que invitan a la lectura; y ambos enfocan sus obras desde la óptica de los marginados de la globalización y de los segregados por la tecnología, lo que da a sus volúmenes una dimensión ética que se suma al estímulo intelectual. Nuestra edad no es inocente, pero tampoco puede resignarse a ser ignorante.
Hace 600 años que empezó el milagro. Filippo Brunelleschi inició el 7 de agosto de 1420 los trabajos para alzar el domo de la catedral de Florencia, cuya construcción marcó el inicio de la modernidad
Silvia Colomé
Brunelleschi inició los trabajos de construcción de la cúpula el 7 de agosto de 1420, hace 600 años
Cuando llovía, las gotas caían como lágrimas en el interior de la catedral de Florencia.Un enorme agujero de 45 metros de diámetro se abría al cielo, conexión directa con un Dios que todavía no había iluminado al mortal que debía alzar la mayor cúpula de la cristiandad y de la historia.
La cuna del Renacimiento se mantuvo años a la intemperie, esperando. Arnolfo di Cambio diseñó a finales del siglo XIII una nueva catedral, gótica, que debía superar en grandeza a las de Pisa y Siena, las grandes rivales de Florencia. Y así acabó siendo, a pesar de su muerte, de la llegada de la peste negra, de los cambios de arquitectos que todavía ampliaron más el proyecto original y del problema que acabó generando: ¿Quién sería capaz de construir una cúpula a 55 metros del suelo, que alcanzaría en el exterior 54 de diámetro y de un peso de 29.000 toneladas sin contar la linterna?
El gran reto: elevar una cúpula a 55 metros del suelo
En 1380 se concluyó la nave central. Ningún proyecto parecía lo suficientemente sólido para unas obras que no podían concebir el fracaso. El poder y el prestigio de Florencia estaban en juego. En 1418 la Opera del Duomo, la institución que velaba por la construcción de la catedral y que todavía hoy se mantiene activa gestionando su patrimonio, impulsó un concurso para poner fin a este despropósito e iniciar lo antes posible los trabajos.
Un plano de la estructura interior de la cúpula elaborado por Bernardo Sansone Sgrilli en 1733 (Opera de Santa Maria del Fiore)
Se presentaron doce maquetas. Dos de ellas quedaron finalistas, la de Filippo Brunelleschi y la de Lorenzo Ghiberti, los mismos artistas que también compitieron unos años atrás para esculpir la famosa puerta del Paraíso del Baptisterio. En aquella ocasión, Ghiberti ganó la partida.
Brunelleschi, un hombre temperamental, se sintió ofendido y abandonó la ciudad junto a su amigo Donatello. Ambos se instalaron en Roma, donde estudiaron las ruinas del mundo clásico. Y allí permaneció Filippo unos diez años, un tiempo que le resultó muy útil. Poco después del retorno a su ciudad, le devolvió a Ghiberti la jugada. Esta vez fue él quien ganó el concurso.
El Panteón de Agripa en Roma
La observación del Panteón de Agripa seguramente le inspiró, e ideó una propuesta original e ingeniosa que bebía de las fuentes clásicas y aportaba nuevas soluciones. Demasiado arriesgado para la Opera del Duomo, que decidió que Ghiberti compartiera con él la construcción. Las chispas entre ellos, dos conceptos artísticos casi opuestos, no tardaron en llegar y Brunelleschi acabó liderando en solitario unas obras que empezaron el 7 de agosto de 1420. En dieciséis años logró lo que parecía imposible, todo un hito, la gran obra maestra arquitectónica del Renacimiento que marcó el inicio de la era moderna.
“Fue un verdadero desafío, nadie había hecho hasta entonces una cúpula de ese tamaño”, explica Francesco Gurrieri, arquitecto, miembro de la Opera del Duomo y uno de los grandes expertos en la cúpula de Brunelleschi. Una de las cifras más espectaculares de la obra es su altura. Su base se levanta a 55 metros del suelo, se alza hasta los 91 y con la linterna llega a los 116, según los cálculos del matemático Giuseppe Conti de la Universidad de Florencia. “Fue épico, representa la capacidad del hombre de superarse a si mismo ante los retos”, añade la arquitecta Carolina Garcia, experta en historia de la arquitectura de la UPC.
Los intentos anteriores para levantar la cúpula se habían derrumbado a las primeras de cambio. Los nervios típicos de las catedrales góticas se hacían añicos contra el suelo. Hasta que llegó Brunelleschi y cambió el sistema constructivo recurriendo al mundo clásico. “Encontró en el pasado las respuestas del futuro”, apunta Garcia. De los muchos logros de la cúpula, quizás el primero fue este cambio de chip.
Una cúpula de doble piel
Y fue así como concibió una cúpula de doble piel. La primera, la interior, funciona por gravedad, como el Panteón de Agripa de Roma, y es la que le da estabilidad; mientras que la segunda, la exterior, recupera la estética gótica con unos nervios que parten de los ocho puntos de la base octogonal del tambor. “Respetó la construcción en líneas del gótico pero, para que fuera posible, recurrió al ingenio de los romanos”, resume la arquitecta. Y todas estas líneas confluyen en un mismo centro, el ombligo de la cúpula situado en el actual mirador donde se eleva la aguja. “Sería como el centro del mundo”, explica.
Pero Brunelleschi introdujo muchas más innovaciones que “fueron fundamentales”, según Gurrieri, como el uso de la técnica de la espina de pez para hilvanar la cúpula interior. El método consiste en colocar unos ladrillos planos en horizontal y otros en vertical trazando una diagonal. Con este sistema, que da una gran estabilidad a la construcción, “se genera un mecanismo en forma de cuña que evita el deslizamiento de los ladrillos”.
Vista de la cúpula de Brunelleschi
Para el experto de la Opera del Duomo, otra proeza del florentino fue construir toda la estructura sin armadura de madera, sin andamios que se apoyaran en el suelo, solo a partir del tambor dejado por los anteriores arquitectos medievales, desde donde ideó un andamio aéreo que se iba elevando al mismo tiempo que avanzaba la obra. Además, proyectó sus propias máquinas y herramientas de construcción.
La lista de las aportaciones tecnológicas de Brunelleschi para construir la cúpula es larga e incompleta. “Todavía hoy no sabemos del todo cómo lo logró”, revela Garcia. “Por eso se siguen haciendo catas e investigando”. El Getty Research Institute de Los Angeles descubrió en 2012 escondida en el subsuelo del actual museo de la Opera del Duomo, que albergó los trabajos de construcción de la catedral, una pequeña maqueta que utilizó el también escultor para idear su creación más colosal. “Proyectaba como nosotros ahora”, se emociona Garcia.
De hecho, Brunelleschi temió siempre por su proyecto y evitó explicar detalles o dibujar planos. Los dieciséis años de trabajos no fueron fáciles, con críticas constantes de colegas y ciudadanos que consideraban inviables sus ideas. “Fue, con razón, muy celoso de su proyecto y, por ejemplo, hasta cinco años después del inicio de la obra no reveló públicamente el secreto de la espina de pez”, explica Gurrieri.
La proporción áurea
En cambio, sí tuvo un confidente de excepción, el astrónomo, geógrafo y matemático Paolo dal Pozzo Toscanelli, de quien fue alumno y le ayudó en los cálculos de la cúpula. Eso sí, buscando siempre la llamada proporción áurea. “El número de oro formaba parte del trabajo de arquitectura de la época, sería como para nosotros ahora encender el ordenador”, compara divertida Garcia. El resultado se nota en las proporciones que otorgan a la estructura su belleza característica.
Pero la cúpula es mucha cúpula y su vida siguió evolucionando cuando Brunelleschi falleció. Llegó a iniciar la linterna (que pesa 750 toneladas), pero no vivió lo suficiente para acabarla. De hecho, uno de los secretos bien visibles de la cúpula es que no está finalizada. Permanece a obra vista casi todo el tambor. Baccio d’Agnolo, unos setenta años después, ganó el concurso para decorarlo pero solo terminó uno de los ocho lados. La tradición explica que dejó el trabajo tras recibir unas duras críticas de Miguel Ángel, aunque seguramente fuese por temor al sobrepeso que añadía a la estructura. Desde entonces “nadie pensó en terminarlo”, comenta Gurrieri.
Las pinturas interiores de la cúpula de Brunelleschi
Otra polémica llegó con la decoración interior, encargada a Giorgio Vasari más de 130 años después. 3.600 metros cuadrados de pintura. Ya mayor, murió al cabo de poco y le sucedió Federico Zuccari que cambió el fresco por la témpera y acabó las 700 figuras en tan solo tres años. El resultado no convenció a los florentinos y muchos pidieron irónicamente que se volviera a pintar.
La cúpula de Brunelleschi no solo es el gran símbolo de Florencia, el orgullo todavía hoy de sus ciudadanos, sino que aún ostenta el récord de ser la mayor del mundo construida en mampostería. Y se convirtió en un modelo a seguir en otras iglesias, como la del Vaticano. Cuando Miguel Ángel partió de Florencia para iniciar sus trabajos dijo, observándola, según relata Vasari en sus Vidas: “Me voy a Roma para construir a tu hermana, más grande que tú pero no tan bella”. La de la catedral de Saint Paul de Londres también está inspirada en ella. “Inició una cadena en el tiempo que llega hasta la actualidad”, considera la experta de la UPC.
La cúpula de Brunelleschi, Florencia
El coronavirus ha impedido que se realizaran los actos de homenaje organizados por la Opera del Duomo. Algunos de ellos seguramente se recuperarán el año que viene, como un espectacular videomapping en 3D sobre el domo. Pasados 600 años ya no viene de uno más. Y la cúpula resiste. “Goza de buena salud”, diagnostica el arquitecto Gurrieri antes de señalar que cuenta con un sistema de monitoreo constante. Y lo más importante, sigue siendo una joya de la arquitectura y un ejemplo de superación humana. La mejor representante de los tres principios de Vitruvio: utilitas, venustas et firmitas (utilidad, belleza y firmeza).
Filippo Brunelleschi retratado por Masaccio
Brunelleschi, un hombre clave del Renacimiento Filippo Brunelleschi, que empezó como orfebre y relojero, siguió como escultor y acabó convirtiéndose en el gran arquitecto del quattrocento florentino, no solo encarna a la perfección el espíritu polifacético y humanista que sitúa al hombre en el centro del mundo. Con sus logros revolucionó toda una época.
La cúpula de la catedral de Florencia es el ejemplo más visible, pero su mente privilegiada para encontrar soluciones aparentemente fáciles a problemas difíciles le llevó también a idearla perspectiva lineal, que permitía representar figuras tridimensionales sobre un plano y que caracteriza la pintura del Renacimiento. Su amigo Masaccio la utilizó por primera vez en el fresco La Trinidad. Aunque murió joven, tuvo tiempo de retratar a su colega en el famoso fresco de la capilla Brancacci.
Hay libros que se resumen en portada, y ese es el caso de estos dos volúmenes. El astrobiólogo Lewis Dartnell amplía el viejo vínculo entre la geografía y la historia para explicar ‘cómo la historia de la Tierra determina la historia de la Humanidad’, en un relato de nuestros orígenes que se extiende hasta el Antropoceno; por su parte, el economista Daron Acemoglu y el politólogo James A. Robinson exploran ‘el pasillo estrecho’ que desde la época clásica ha permitido a algunos estados y sociedades alcanzar la libertad mientras otros han fracasado en el empeño, creando regímenes autoritarios. Cartografiando la influencia del medio físico en el devenir humano, y jalonando con episodios ejemplares nuestro trayecto hacia la libertad, los libros se complementan para trazar un itinerario determinado tanto por las constricciones geográficas como por la voluntad de emancipación, y llevarnos desde el origen necesario hasta un destino voluntario y huidizo.
Orígenes se inscribe en el marco de las ‘grandes historias’ que se reseñaron en Arquitectura Viva 219, y si la mayor parte del relato pertenece a la deep history que toma como inicio la aparición del Homo sapiens, en su atención a la tectónica de placas y a la periodicidad cósmica de los cambios climáticos se sumerge en la aún más remota big history que ha popularizado David Christian, a quien por cierto no cita pese a haber publicado un libro de título y temática similar, Origin Story. Tampoco se cita el Sapiens de Harari, con el que ha sido comparado, pero la revista Nature asegura que su síntesis de geografía, oceanografía, meteorología, paleontología, arqueología e historia política «recuerda al clásico libro de Jared Diamond Armas, gérmenes y acero», y en este caso el autor sí merece incluirse en la bibliografía. Más allá de estas minucias, y del reproche que cabe hacer a la deficiente calidad de los mapas, el texto elegante, riguroso y bien traducido de Dartnell analiza ‘cómo la Tierra nos hizo’ a través de un zoom que lleva desde las modificaciones del planeta y el desarrollo de la vida a lo largo de miles de millones de años, la evolución humana durante los últimos cinco, la dispersión de la especie en los últimos cien mil años, el avance de la civilización desde hace diez mil años o el de la globalización en el último milenio. Es imposible resumir un libro que explica la geografía electoral contemporánea desde la geología, o la historia del mundo mediterráneo desde el cierre del océano de Tetis, pero los arquitectos encontrarán informaciones útiles en los capítulos ‘Con qué construimos’, ‘Nuestro mundo metálico’ o ‘Energía’, y estímulos abundantes en todos los demás.
El pasillo estrecho es la tercera gran obra de sus autores, que en 2006 publicaron Economic Origins of Dictatorship and Democracy y en 2012 Why Nations Fail (con versión española del mismo año, Por qué fracasan los países), un gran éxito de ventas que popularizó el término ‘élites extractivas’, y que con ese título reseñé en El País y en Arquitectura Viva 149. Avalado por dos premios Nobel de Economía y por el ya mencionado Jared Diamond, el nuevo libro de Acemoglu y Robinson persevera en la búsqueda del equilibrio entre Estado y sociedad que permite disfrutar de una libertad a la que se llega por una senda estrecha: «una libertad que sólo puede existir cuando la sociedad cuestiona el poder del Estado y de las élites, pero también cuando, al mismo tiempo, existe un Estado robusto capaz de defender nuestros derechos». En un recorrido histórico que lleva de la Atenas de Solón o el mundo árabe en tiempos de Mahoma a la República de Weimar o la Suecia socialdemócrata, los autores utilizan a Locke para definir la libertad que ambicionan, y a Hobbes para presentar a sus tres leviatanes: el ausente, el despótico y el encadenado, bien entendido que sólo este último hace posible que las naciones circulen hacia la libertad por el pasillo «entre el miedo y la represión que infligen los Estados despóticos y la violencia y la anarquía que surgen en su ausencia». Citando a Harari para advertir del peligro de que la tecnología facilite la tiranía, y a Pinker para subrayar la extrema violencia de las sociedades carentes de Estado, Acemoglu y Robinson transitan de los trabajos de Teseo a la Reina Roja de Alicia para trazar un camino emancipador. Nuestro origen está en la tectónica de placas y en las oscilaciones climáticas, pero nuestro destino no está escrito en el libro de la Tierra.
A la ostentosa representación de las estatuas de signo colonial y racista se opone ahora una iconoclastia más elocuente que acabará transformando el rostro del arte público en las ciudades
Ángela Molina
Cabeza de un monumento a Lenin desmontado en 1991, expuesta en la Zitadelle de Spandau, en Berlín.
20 de junio 2020
Tomado de elpais.com
Parecían el matrimonio más sólido del planeta. No se tenían noticias de escándalos ni infidelidades, tampoco de sus opiniones políticas o de su poderoso círculo de amigos. Eran dos pesos pesados con decenas de retoños por todo el mundo cumpliendo impecablemente su papel de observadores sociales, siempre muy bien situados —verticalmente, eso sí— en los parques del edén social, uniendo el Viejo y el Nuevo Mundo, aunque él siempre andaba despistado señalando con su dedo a Mallorca (puede que aposta) y no al lugar de la conquista, allá donde la esposa eleva su ardor al cielo indiferente del siglo XX.
Habían nacido el mismo año, 1886. Ms. Liberty en la bahía de Nueva York (la cigüeña la trajo de París) y Cristóbal Colón en el puerto de Barcelona, el mismo paralelo, cada uno en una cara del Atlántico. Un artista celestina los presentó, hubo flechazo y tras seis años de galanteos anunciaron las nupcias para 1992, coincidiendo con la celebración de los 500 años de la conquista de América y de paso unos Juegos Olímpicos. La boda se celebró en el desierto de Nevada tras un espectacular desfile en la Quinta Avenida que dejaba a las de Versalles en una broma. Así, en resumen, transcurrió la obra in progress de Antoni Miralda, Honeymoon (1986-1992), “símbolo del intercambio de ideas y tradiciones que unieron dos continentes”. En 2017, un periodista preguntó a Miralda si tenía noticias del matrimonio. “No estoy al corriente de su día a día. Los monumentos tienen su propia lógica y su manera de calcular el tiempo”, declaró simpática y perspicazmente.
Pero, como dice la canción, no hay mal, ni amor, que cien años dure.
El arte es un mal relator de los hechos de la historia, aunque puede ayudar a repararla aceleradamente. Sólo hace falta una chispa que incendie una liaison apacible. El pasado noviembre se instaló en Brooklyn, justo frente a los juzgados donde se tramita el juramento de ciudadanía estadounidense, el contramonumento titulado Unity, de Hank Willis Thomas (Nueva Jersey, 1976), un enorme brazo de bronce negro que emerge del suelo apuntando al cielo y que inmediatamente recuerda el gesto de la Estatua de la Libertad. Su diseño partió de un modelo natural de 2 metros y 13 centímetros, el pívot camerunés de la NBA Joel Embiid, y se ha convertido en el símbolo que reivindica las calles de Nueva York como espacio de diversidad racial, sexual y de género. También es el punto de encuentro donde se concentran diariamente los manifestantes al grito de Black Lives Matter (BLM), el movimiento internacional que surgió en 2013 del hashtag creado por tres mujeres líderes de la comunidad afroamericana tras el asesinato del adolescente
Trayvon Martin en Florida a manos de un vigilante de barrio. Ms. Liberty ama a Mr. Unity. La escultura del brazo ha resultado más eficaz en su ternura que la que se instaló casi contemporáneamente en Times Square —con carácter provisional—, una estatua ecuestre de Kehinde Wiley que representa a un joven afroamericano a caballo vestido con ropa urbana en una composición que subvierte directamente el modelo de los monumentos a los generales confederados de la guerra de Secesión. La pieza, titulada Rumours of War, ha hallado su lugar definitivo precisamente en Richmond, junto al Museo de Bellas Artes de Virginia. Allí permanece intocada, muy cerca de la fila de estatuas dedicadas a los héroes de guerra que en los últimos días han sido dañadas por los manifestantes antirracistas, como ha ocurrido con otros emblemas en la mayoría de ciudades estadounidenses y en las principales capitales europeas.
Unity’ (2019), de Hank Willis Thomas, estatua erigida en Brooklyn (Nueva York) a iniciativa del programa Percent for Art.
Persisten los “rumores de guerra” mientras otras voces más conciliadoras advierten de que no se puede borrar la historia y piden en cambio promover acciones “sanitarias” sobre la estatuaria “supremacista”, que debería o bien estar confinada en almacenes o exhibidas en museos dedicados a la colonización, de la misma manera que hay espacios que nos recuerdan la infamia del Holocausto. Existe un precedente en Spandau (Berlín), un museo inaugurado en 2016 dedicado a las estatuas que fueron desmanteladas durante el siglo XX y que ahora se exhiben sin esplendores y convenientemente contextualizadas. En España, el retraso produce sonrojo. Pocas exposiciones denuncian la presencia en las calles, aún hoy, de monumentos dedicados a esclavistas y simbología franquista. La más reciente, Fantasma ‘77, es una muestra de pequeño formato que arrancó el pasado mes de febrero en el Tecla Sala de L’Hospitalet y viajará por cuatro ciudades españolas; la próxima, Valencia.
En el futuro, las guerras socioculturales persistirán para beneficio, incluso, de la simbología más estimada. Hace unos pocos días, el artista Krzysztof Wodiczko presentó Monument, una de sus habituales proyecciones, sobre la estatua de bronce del héroe unionista David G. Farragut en Madison Square Park, en Manhattan. Sobre el cuerpo del héroe de guerra, modelado por el virtuoso escultor de origen irlandés Augustus Saint-Gaudens, el artista iba volcando las imágenes y los testimonios grabados de 12 refugiados (se calcula que hay 70 millones de desplazados en todo el mundo). Como “reanimador” de monumentos, Wodiczko transforma su experiencia personal (nació en 1943 en el gueto de Varsovia) en síntoma social. Y es verdad que la urbanidad de este tipo de intervenciones artísticas solo se puede saborear con plenitud si se contrastan con actitudes más radicales, como la acción —casi poética— de tirar al Sena la inexpresiva estatua de un esclavista. Pero la era pop nos ha convertido en unos realistas sociales, no en románticos.
Fantasma ‘77. Iconoclastia española. Centro del Carmen. Valencia. Del 1 de julio al 30 de agosto.
Unveiled. Berlin and its Monuments. Zitadelle de Spandau. Berlin. Exposición permanente.
Lo que ha fallado en la arquitectura durante el confinamiento
Dos meses de encierro doméstico permiten aclarar lo que funciona y lo que no en nuestras casas. ¿Cómo será la arquitectura que demandaremos en adelante?
Luis Alemany
Un patio de vecinos de Madrid, el pasado mes de abril
¿Cómo cambiará nuestra relación con la arquitectura después del coronavirus? ¿Seremos más conscientes de los lugares en los que vivimos? ¿Más críticos? ¿Más conservadores? Tras dos meses de encierro, todos intuimos qué funciona y qué está mal en nuestras casas y calles. ¿Por qué media España acristaló sus balcones? Porque sus casas son pequeñas y el exterior es hostil. ¿Por qué los pisos tienen distribuciones poco flexibles? Porque ése es un valor de mercado. ¿Y cómo serán las casas que demandemos en adelante? Para eso hay respuestas contradictorias: serán más abiertas al mundo o más encerradas en sí mismas.
«La mayoría de nosotros no ha sufrido grandes dramas: ni guerras, ni desastres… Teníamos el cambio climático pero se adelantó el coronavirus y nos creó un sentimiento de vulnerabilidad. Ahora esperaremos de la arquitectura protección. Lo curioso es que ese deseo puede significar cosas opuestas. Entiendo a la gente que ahora anhela un adosado y un jardínpero hay otra forma de enfocar la vulnerabilidad».
El arquitecto madrileño Iñaki Alonso habla en sus vísperas eternas de estrenar piso en la cooperativa Entre Patios, un conjunto de viviendas en Las Carolinas que también ha proyectado y que se anuncia como una covivienda. La casa es más pequeña, «calculen un 10% menos de espacio por piso», pero los vecinos comparten servicios: «Una sala con cocina para que en mi cumpleaños pueda traer a 15 amigos. Otra sala para trabajar… Hay cooperativas que tienen un cuarto de invitados que los vecinos reservan», explica Alonso.
«Lo que importa es rebelarse contra la idea del edificio como almacén de vidas aisladas en el que la gente se muere sin que el vecino se entere», continúa. En resumen, Entre Patios propone vivir más en comunidad porque esa cercanía es también una manera de protección. Los niños juegan en el patio y se cuidan unos de otros. Si alguien se rompe el tobillo, es más fácil que sus vecinos estén pendientes… Ese tipo de cosas.
«No inventamos nada. Los niños también juegan en las piscinas comunitarias de las promociones convencionales. La diferencia es que nosotros buscamos crear una cultura de cuidados compartidos, de atacar al aislamiento y la soledad de las personas, que también es una pandemia reconocida por la OMS», cuenta Alonso. Un inciso: en 1968, Ricardo Bofill construyó el edificio Walden con un discurso parecido. La convivencia en el edificio fue un calvario desde el principio. «Es una cuestión de educación, de que la gente sepa a qué viene y de que haya un respeto estricto por el espacio individual. No podemos pasar del aislamiento a la invasión. Nosotros tenemos un facilitador, cuya función es crear dinámicas positivas».
Lo que Alonso plantea es un extremo en la nueva normalidad de la arquitectura: la de aquellos que buscarán protección en la comunidad. «Pero no me engaño, sé que mucha gente querrá vivir en viviendas más encerradas y más individualistas».
Hay ejemplos conocidos. Medellín. Urbanismo y sociedad es un libro de Jorge Pérez-Jaramillo (Turner, 2019) que cuenta, entre otras cosas, cómo la clase media colombiana se fue a vivir a viviendas-búnker de espaldas a la calle por culpa de la violencia narcotraficante. ¿Cómo no entenderlo? «Pero la ciudad compacta, como escenario para la vida integrada, con inclusión y equidad, con urbanismo de proximidad y barrios bien desarrollados, articulados a sistemas urbanos de accesibilidad y movilidad, con espacios públicos y equipamientos sociales de calidad… esa ciudad está más vigente que nunca. La ciudad expandida en suburbios desintegra y segrega, destruye el tejido político y social y, sobre todo, destruye estructuras ecológicas», dice Pérez-Jaramillo.
La paradoja está en todas partes: en París, la alcaldesa Hidalgo propone un plan para que todos los vecinos tengan sus necesidades cubiertas en 15 minutos de paseo: colegios, tiendas, ambulatorios… En cambio, en EEUU se interpreta que el coronavirus es algo que ocurre básicamente en la densa Nueva York. Y en España, los consultores inmobiliarios ya hablan de un inminente efecto balsa de aceite.
«Todos nos preguntamos lo mismo, si los coches volverán a ocupar el centro del espacio público», dice Fermín Vázquez, fundador del estudio b720. «Yo no soy muy optimista sobre la relación que vayamos a tener con la arquitectura en adelante pero espero que el paisaje de la ciudad vacía nos sirva para entender lo agresivo que era el espacio en el que hemos estado viviendo».
¿Qué tal han funcionado nuestros pisos en el confinamiento? Los normales, no las casas que salen en las revistas… «Nos hemos dado cuenta de que hay una presión grande en las casas de dentro hacia afuera. Echamos de menos una terraza pero entonces recordamos que la teníamos y la cerramos porque en casa cabemos mal y necesitábamos esos metros cuadrados. Como la calle es agresiva, en el fondo, esa terraza sólo servía para dejar la bombona de butano… Y, además, sabíamos que el piso se venderá mejor con la terraza cerrada. El verdadero problema es ése: que la vivienda es la gran inversión de nuestras vidas y le damos un valor de cambio más que de uso. Nos importa más poder vender bien la casa que adaptarla a nuestras vidas», contesta Vázquez. «Todos somos conservadores con la vivienda, es normal. Pero hay que dar pasos y romper el círculo vicioso».
Todo encoge
Por ejemplo: ¿por qué una familia española de clase media vive más estrechamente que en Alemania o en Austria? «En Austria, la norma dice que las habitaciones tienen un mínimo de 14 metros cuadrados. Aquí, es normal encontrar una habitación de 10 metros y dos de ocho para los hijos», explica la arquitecta Zaida Muxí. «Yo soy argentina. Cuando mevisitan amigos de América Latina, se sorprenden de lo pequeñas que son las casas en España».
Y continúa Muxí. «Los espacios están jerarquizados. La cocina está apartada de la zona de estar, es poco más que un tendedero ampliado, de modo que quien cocina, que suele ser la mujer, está marginado. No se piensa en los niños. Los espacios son rígidos y están jerarquizados. Las normas no permiten experimentar y, en los pocos resquicios que dejan, aparece el mercado».
«Si vamos al ejemplo de Austria, la diferencia es que la vivienda pública se ha hecho sin especular en el espacio. En Viena hay VPOs de 120 metros cuadrados. A partir de ahí, la presión del espacio no existe», explica su colega Daniel Mòdol, ex concejal de Urbanismo de Barcelona. «No sé qué ocurrirá con la vivienda. Supongo que habrá colivings, habrá más neorrurales que vuelvan al campo, habrá gente más conservadora… Pero ya le puedo decir que en dos proyectos de oficinas en los que trabajamos ya nos dicen los clientes que nos olvidemos de los espacios diáfanos. Que quieren salas compartimentadas como se hacían antes».
ACA
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