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VALE LA PENA LEER

Muerte y reanimación del monumento

A la ostentosa representación de las estatuas de signo colonial y racista se opone ahora una iconoclastia más elocuente que acabará transformando el rostro del arte público en las ciudades

Ángela Molina

Cabeza de un monumento a Lenin desmontado en 1991, expuesta en la Zitadelle de Spandau, en Berlín.

20 de junio 2020

Tomado de elpais.com

Parecían el matrimonio más sólido del planeta. No se tenían noticias de escándalos ni infidelidades, tampoco de sus opiniones políticas o de su poderoso círculo de amigos. Eran dos pesos pesados con decenas de retoños por todo el mundo cumpliendo impecablemente su papel de observadores sociales, siempre muy bien situados —verticalmente, eso sí— en los parques del edén social, uniendo el Viejo y el Nuevo Mundo, aunque él siempre andaba despistado señalando con su dedo a Mallorca (puede que aposta) y no al lugar de la conquista, allá donde la esposa eleva su ardor al cielo indiferente del siglo XX.

Habían nacido el mismo año, 1886. Ms. Liberty en la bahía de Nueva York (la cigüeña la trajo de París) y Cristóbal Colón en el puerto de Barcelona, el mismo paralelo, cada uno en una cara del Atlántico. Un artista celestina los presentó, hubo flechazo y tras seis años de galanteos anunciaron las nupcias para 1992, coincidiendo con la celebración de los 500 años de la conquista de América y de paso unos Juegos Olímpicos. La boda se celebró en el desierto de Nevada tras un espectacular desfile en la Quinta Avenida que dejaba a las de Versalles en una broma. Así, en resumen, transcurrió la obra in progress de Antoni Miralda, Honeymoon (1986-1992), “símbolo del intercambio de ideas y tradiciones que unieron dos continentes”. En 2017, un periodista preguntó a Miralda si tenía noticias del matrimonio. “No estoy al corriente de su día a día. Los monumentos tienen su propia lógica y su manera de calcular el tiempo”, declaró simpática y perspicazmente.

Pero, como dice la canción, no hay mal, ni amor, que cien años dure.

El arte es un mal relator de los hechos de la historia, aunque puede ayudar a repararla aceleradamente. Sólo hace falta una chispa que incendie una liaison apacible. El pasado noviembre se instaló en Brooklyn, justo frente a los juzgados donde se tramita el juramento de ciudadanía estadounidense, el contramonumento titulado Unity, de Hank Willis Thomas (Nueva Jersey, 1976), un enorme brazo de bronce negro que emerge del suelo apuntando al cielo y que inmediatamente recuerda el gesto de la Estatua de la Libertad. Su diseño partió de un modelo natural de 2 metros y 13 centímetros, el pívot camerunés de la NBA Joel Embiid, y se ha convertido en el símbolo que reivindica las calles de Nueva York como espacio de diversidad racial, sexual y de género. También es el punto de encuentro donde se concentran diariamente los manifestantes al grito de Black Lives Matter (BLM), el movimiento internacional que surgió en 2013 del hashtag creado por tres mujeres líderes de la comunidad afroamericana tras el asesinato del adolescente

Trayvon Martin en Florida a manos de un vigilante de barrio.
Ms. Liberty ama a Mr. Unity. La escultura del brazo ha resultado más eficaz en su ternura que la que se instaló casi contemporáneamente en Times Square —con carácter provisional—, una estatua ecuestre de Kehinde Wiley que representa a un joven afroamericano a caballo vestido con ropa urbana en una composición que subvierte directamente el modelo de los monumentos a los generales confederados de la guerra de Secesión. La pieza, titulada Rumours of War, ha hallado su lugar definitivo precisamente en Richmond, junto al Museo de Bellas Artes de Virginia. Allí permanece intocada, muy cerca de la fila de estatuas dedicadas a los héroes de guerra que en los últimos días han sido dañadas por los manifestantes antirracistas, como ha ocurrido con otros emblemas en la mayoría de ciudades estadounidenses y en las principales capitales europeas.

Unity’ (2019), de Hank Willis Thomas, estatua erigida en Brooklyn (Nueva York) a iniciativa del programa Percent for Art.

Persisten los “rumores de guerra” mientras otras voces más conciliadoras advierten de que no se puede borrar la historia y piden en cambio promover acciones “sanitarias” sobre la estatuaria “supremacista”, que debería o bien estar confinada en almacenes o exhibidas en museos dedicados a la colonización, de la misma manera que hay espacios que nos recuerdan la infamia del Holocausto. Existe un precedente en Spandau (Berlín), un museo inaugurado en 2016 dedicado a las estatuas que fueron desmanteladas durante el siglo XX y que ahora se exhiben sin esplendores y convenientemente contextualizadas. En España, el retraso produce sonrojo. Pocas exposiciones denuncian la presencia en las calles, aún hoy, de monumentos dedicados a esclavistas y simbología franquista. La más reciente, Fantasma ‘77, es una muestra de pequeño formato que arrancó el pasado mes de febrero en el Tecla Sala de L’Hospitalet y viajará por cuatro ciudades españolas; la próxima, Valencia.

En el futuro, las guerras socioculturales persistirán para beneficio, incluso, de la simbología más estimada. Hace unos pocos días, el artista Krzysztof Wodiczko presentó Monument, una de sus habituales proyecciones, sobre la estatua de bronce del héroe unionista David G. Farragut en Madison Square Park, en Manhattan. Sobre el cuerpo del héroe de guerra, modelado por el virtuoso escultor de origen irlandés Augustus Saint-Gaudens, el artista iba volcando las imágenes y los testimonios grabados de 12 refugiados (se calcula que hay 70 millones de desplazados en todo el mundo). Como “reanimador” de monumentos, Wodiczko transforma su experiencia personal (nació en 1943 en el gueto de Varsovia) en síntoma social. Y es verdad que la urbanidad de este tipo de intervenciones artísticas solo se puede saborear con plenitud si se contrastan con actitudes más radicales, como la acción —casi poética— de tirar al Sena la inexpresiva estatua de un esclavista. Pero la era pop nos ha convertido en unos realistas sociales, no en románticos.

Fantasma ‘77. Iconoclastia española. Centro del Carmen. Valencia. Del 1 de julio al 30 de agosto.

Unveiled. Berlin and its Monuments. Zitadelle de Spandau. Berlin. Exposición permanente.

ACA

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Lo que ha fallado en la arquitectura durante el confinamiento

Dos meses de encierro doméstico permiten aclarar lo que funciona y lo que no en nuestras casas. ¿Cómo será la arquitectura que demandaremos en adelante?

Luis Alemany

Un patio de vecinos de Madrid, el pasado mes de abril

15/05/2020

Tomado de https://www.elmundo.es

¿Cómo cambiará nuestra relación con la arquitectura después del coronavirus? ¿Seremos más conscientes de los lugares en los que vivimos? ¿Más críticos? ¿Más conservadores? Tras dos meses de encierro, todos intuimos qué funciona y qué está mal en nuestras casas y calles. ¿Por qué media España acristaló sus balcones? Porque sus casas son pequeñas y el exterior es hostil. ¿Por qué los pisos tienen distribuciones poco flexibles? Porque ése es un valor de mercado. ¿Y cómo serán las casas que demandemos en adelante? Para eso hay respuestas contradictorias: serán más abiertas al mundo o más encerradas en sí mismas.

«La mayoría de nosotros no ha sufrido grandes dramas: ni guerras, ni desastres… Teníamos el cambio climático pero se adelantó el coronavirus y nos creó un sentimiento de vulnerabilidad. Ahora esperaremos de la arquitectura protección. Lo curioso es que ese deseo puede significar cosas opuestas. Entiendo a la gente que ahora anhela un adosado y un jardín pero hay otra forma de enfocar la vulnerabilidad».

El arquitecto madrileño Iñaki Alonso habla en sus vísperas eternas de estrenar piso en la cooperativa Entre Patios, un conjunto de viviendas en Las Carolinas que también ha proyectado y que se anuncia como una covivienda. La casa es más pequeña, «calculen un 10% menos de espacio por piso», pero los vecinos comparten servicios: «Una sala con cocina para que en mi cumpleaños pueda traer a 15 amigos. Otra sala para trabajar… Hay cooperativas que tienen un cuarto de invitados que los vecinos reservan», explica Alonso.

«Lo que importa es rebelarse contra la idea del edificio como almacén de vidas aisladas en el que la gente se muere sin que el vecino se entere», continúa. En resumen, Entre Patios propone vivir más en comunidad porque esa cercanía es también una manera de protección. Los niños juegan en el patio y se cuidan unos de otros. Si alguien se rompe el tobillo, es más fácil que sus vecinos estén pendientes… Ese tipo de cosas.

«No inventamos nada. Los niños también juegan en las piscinas comunitarias de las promociones convencionales. La diferencia es que nosotros buscamos crear una cultura de cuidados compartidos, de atacar al aislamiento y la soledad de las personas, que también es una pandemia reconocida por la OMS», cuenta Alonso. Un inciso: en 1968, Ricardo Bofill construyó el edificio Walden con un discurso parecido. La convivencia en el edificio fue un calvario desde el principio. «Es una cuestión de educación, de que la gente sepa a qué viene y de que haya un respeto estricto por el espacio individual. No podemos pasar del aislamiento a la invasión. Nosotros tenemos un facilitador, cuya función es crear dinámicas positivas».

Lo que Alonso plantea es un extremo en la nueva normalidad de la arquitectura: la de aquellos que buscarán protección en la comunidad. «Pero no me engaño, sé que mucha gente querrá vivir en viviendas más encerradas y más individualistas».

Hay ejemplos conocidos. Medellín. Urbanismo y sociedad es un libro de Jorge Pérez-Jaramillo (Turner, 2019) que cuenta, entre otras cosas, cómo la clase media colombiana se fue a vivir a viviendas-búnker de espaldas a la calle por culpa de la violencia narcotraficante. ¿Cómo no entenderlo? «Pero la ciudad compacta, como escenario para la vida integrada, con inclusión y equidad, con urbanismo de proximidad y barrios bien desarrollados, articulados a sistemas urbanos de accesibilidad y movilidad, con espacios públicos y equipamientos sociales de calidad… esa ciudad está más vigente que nunca. La ciudad expandida en suburbios desintegra y segrega, destruye el tejido político y social y, sobre todo, destruye estructuras ecológicas», dice Pérez-Jaramillo.

La paradoja está en todas partes: en París, la alcaldesa Hidalgo propone un plan para que todos los vecinos tengan sus necesidades cubiertas en 15 minutos de paseo: colegios, tiendas, ambulatorios… En cambio, en EEUU se interpreta que el coronavirus es algo que ocurre básicamente en la densa Nueva York. Y en España, los consultores inmobiliarios ya hablan de un inminente efecto balsa de aceite.

«Todos nos preguntamos lo mismo, si los coches volverán a ocupar el centro del espacio público», dice Fermín Vázquez, fundador del estudio b720. «Yo no soy muy optimista sobre la relación que vayamos a tener con la arquitectura en adelante pero espero que el paisaje de la ciudad vacía nos sirva para entender lo agresivo que era el espacio en el que hemos estado viviendo».

¿Qué tal han funcionado nuestros pisos en el confinamiento? Los normales, no las casas que salen en las revistas… «Nos hemos dado cuenta de que hay una presión grande en las casas de dentro hacia afuera. Echamos de menos una terraza pero entonces recordamos que la teníamos y la cerramos porque en casa cabemos mal y necesitábamos esos metros cuadrados. Como la calle es agresiva, en el fondo, esa terraza sólo servía para dejar la bombona de butano… Y, además, sabíamos que el piso se venderá mejor con la terraza cerrada. El verdadero problema es ése: que la vivienda es la gran inversión de nuestras vidas y le damos un valor de cambio más que de uso. Nos importa más poder vender bien la casa que adaptarla a nuestras vidas», contesta Vázquez. «Todos somos conservadores con la vivienda, es normal. Pero hay que dar pasos y romper el círculo vicioso».

Todo encoge

Por ejemplo: ¿por qué una familia española de clase media vive más estrechamente que en Alemania o en Austria? «En Austria, la norma dice que las habitaciones tienen un mínimo de 14 metros cuadrados. Aquí, es normal encontrar una habitación de 10 metros y dos de ocho para los hijos», explica la arquitecta Zaida Muxí. «Yo soy argentina. Cuando me visitan amigos de América Latina, se sorprenden de lo pequeñas que son las casas en España».

Y continúa Muxí. «Los espacios están jerarquizados. La cocina está apartada de la zona de estar, es poco más que un tendedero ampliado, de modo que quien cocina, que suele ser la mujer, está marginado. No se piensa en los niños. Los espacios son rígidos y están jerarquizados. Las normas no permiten experimentar y, en los pocos resquicios que dejan, aparece el mercado».

«Si vamos al ejemplo de Austria, la diferencia es que la vivienda pública se ha hecho sin especular en el espacio. En Viena hay VPOs de 120 metros cuadrados. A partir de ahí, la presión del espacio no existe», explica su colega Daniel Mòdol, ex concejal de Urbanismo de Barcelona. «No sé qué ocurrirá con la vivienda. Supongo que habrá colivings, habrá más neorrurales que vuelvan al campo, habrá gente más conservadora… Pero ya le puedo decir que en dos proyectos de oficinas en los que trabajamos ya nos dicen los clientes que nos olvidemos de los espacios diáfanos. Que quieren salas compartimentadas como se hacían antes».

ACA

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El día después, seis disparos

Luis Fernández-Galiano

10/05/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

De un mercado feral nos llegó ‘una mala noticia envuelta en proteínas’, y Wuhan iba a ser el Chernóbil de China. Pero el confinamiento masivo dibujó una historia de éxito, y por la nueva Ruta de la Seda viajaron a Europa mascarillas y equipos. En la pugna ideológica y geopolítica, el consenso de Pekín avanza frente al consenso de Washington, y la disciplina confuciana se mide con la democracia liberal, porque en tiempos de tribulación el miedo hace preferir seguridad a libertad.

Europa se ha hecho en las crisis, pero la emergencia vírica ha abierto grietas entre las hormigas calvinistas y las cigarras católicas, sin duda menos importantes a la larga que el retorno del Estado Nación. Es posible que la mutualización de los riesgos exija la vigilancia de los hombres de negro; sin embargo, la decepcionante respuesta solidaria ha trasladado el foco al esfuerzo independiente de cada país para enfrentarse a la pandemia y caminar hacia una mayor autosuficiencia.

Las tentaciones autoritarias de muchos gobernantes elegidos han hecho temer el surgimiento del ogro filantrópico como un Leviatán que te protege so-metiéndote a su poder absoluto. La naturaleza excepcional de los estados de alarma sanitarios, sin embargo, no remite tanto a Hobbes como a Carl Schmitt, y a la peligrosa ventana de oportunidad que abre para aquellos que admiran regímenes totalitarios, cuando los gobiernos se saben soberanos para decretar el estado de excepción.

La retórica bélica ante poblaciones sumisas, consagrada equívocamente por la unanimidad sonriente de los aplausos, oculta no obstante la fragilidad de los Estados, manifiesta en la ausencia de prevención, la lentitud de respuesta y la precariedad de los medios materiales disponibles. Ante la inevitable próxima epidemia, no necesitamos más héroes sanitarios como los de ahora, sino más ciencia y mejor administración, y esa será la más eficaz expresión de nuestro duelo.

Una vez superada la actual etapa del aterriza como puedas en la pista oximorónica de la ‘nueva normalidad’, la difícil regeneración del tejido productivo deberá tender hacia la independencia agrícola, sanitaria, industrial y tecnológica, pero sin que el énfasis en lo local oculte la necesaria recuperación de las cadenas de suministro en la economía global, y sin que la atención a lo material frente a lo virtual desdibuje el imprescindible reforzamiento de las infraestructuras digitales.

Si huimos del coronapesimismo, cabe preconizar un green digital deal que use la pandemia como estímulo para llegar a un pacto social y generacional ante ese dinosaurio que, cuando despertemos, seguirá ahí: el cambio climático. El desplome de la actividad ha beneficiado al planeta, pero la España urbana deberá usar energías renovables, la España vacía hacerse digital, y la España turística transitar de Florida a California para mirar de frente a un futuro que será verde o no será.

ACA

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Philip Johnson

El mayor estratega de la arquitectura

Una nueva biografía analiza al camaleónico Philip Johnson, creador de modas que pasó de defender el nazismo a construir para Trump

Anatxu Zabalbeascoa

Philip Johnson con Jacqueline Kennedy en Nueva York, en 1983

18/04/2020

Tomado de https://elpais.com

Un klee por menos de 100 dólares. Ese fue el primer lienzo que el estadounidense Philip Johnson (1906-2005) compró en Berlín. Tenía 23 años. Su padre había invertido en aluminio y él nunca tuvo que trabajar para vivir. Esa circunstancia decidió el tipo de arquitectura —siempre nueva, siempre arriesgada— que apoyó durante toda su vida. Otra cosa fue la que el autor del edificio ATT en Nueva York o de las Torres Kio en Madrid logró construir. Pero juzgar por sus edificios a quien llevó la arquitectura y el diseño a los museos, a quien donó al MoMA más de 2.000 obras, a quien consiguió para Mies van der Rohe uno de sus encargos más aplaudidos (la Torre Seagram de Park Avenue) o a quien, en ese rascacielos, diseñó el restaurante más famoso de Manhattan (el Four Seasons) donde sedujo a Andy Warhol o Jackie Kennedy) sería minimizar lo mejor y lo peor de su legado.

Aunque él propio Johnson autorizó su primera biografía, y varios le dedicaron polémicos libros, un nuevo volumen, Philip Johnson, a Visual Biography (ya disponible en la web de Phaidon), somete su historia a escrutinio al tiempo que indaga en el archivo personal del arquitecto. Con nuevas revelaciones de cartas, notas y cientos de fotografías de uno de los pocos arquitectos declaradamente homosexuales de la historia, el periodista Ian Volner logra esclarecer los vaivenes de un personaje camaleónico. Culto y cotilla, oscuro y festivo, fue secundario como arquitecto aunque decisivo como comisario arquitectónico. Johnson queda retratado como un hombre superficial capaz de provocar profundos cambios: un creador de tendencias con un ojo infalible que vivió en renovación continua hasta que murió con 99 años.

“Era defensor de lo contemporáneo antes de que lo contemporáneo fuera respetable”, dijo de él Alfred H. Barr Jr., el primer director del MoMA, que lo llevó a dirigir su departamento de arquitectura. Barr convertiría a Johnson en su comprador de mayor confianza. Lo pondría en contacto con clientes como los Rockefeller, le encargaría el primer jardín de esculturas del MoMA, recibiría de él generosas donaciones y asistiría con estupor a la conversión de su arquitecto de cabecera en un enfervorecido filonazi.

Corría 1931 cuando Johnson declaró sin reparo que quería ser influyente. Poco después abandonó el MoMA obsesionado con acercarse al círculo de Hitler. Aunque el primer Míster Johnson fue Jimmie Daniels, un cantante afroamericano al que conoció en un bar de Harlem, la pompa de los desfiles alemanes y la belleza aria de los fascistas lo tenían todo para gustarle: novedad, grandilocuencia y poder. Tras unos años tratando de fundar el Partido Nacional en EE UU, en 1940 intentó pasar página convirtiéndose, de nuevo, en estudiante de Harvard. Fue Barr quien le pidió que desapareciera. Y en Cambridge construyó su primera casa. Regresó a Nueva York dispuesto a abrir despacho. “Soy una puta. Me pagan muy bien”, contestaría años después al ser preguntado por el hotel que diseñó para Trump en Columbus Circle.

Philip Johnson en su estudio, en 1979

“Fue un creativo de segunda con un cerebro de primera. Mitad monstruo, mitad modelo de urbanidad”, sentenció el periódico The Guardian cuando Johnson murió en su famosa Casa de Cristal, una de las más célebres de la historia de la arquitectura. Fue su obra más aplaudida. Cada movimiento que defendió desde el MoMA tuvo junto en esa vivienda su pabellón representativo. No construía el futuro, lo veía en los demás. Siempre defendió la arquitectura como un arte visual. Y su papel como generador de tendencias lo llevó hasta el pop de la mano de su pareja más longeva: David Whitney. Si en los años treinta Johnson fue importante en la carrera del exquisito Paul Klee, en los ochenta volvió a serlo en la del grafitero Keith Haring.

Demostró tanto ojo para comprar obras de arte como para acuñar -ismos arquitectónicos. En el MoMA organizó las exposiciones que formatearon cualquier manual de arquitectura. Y decidió quién entraba en el canon y quién no. Fue el caso de Louis Kahn, al que ninguneó, o de Frank Lloyd Wright, al que despachó como “el mejor arquitecto del siglo XIX”. Una fotografía recoge la fiesta de su 90º aniversario. Estaban todos: Gehry, Hadid, Koolhaas, Isozaki. A pesar de que trató de encubrir su pasado fascista, o precisamente por eso, diseñó gratis para Israel una sinagoga y una central nuclear. Quiso “encontrar a los Medici de su tiempo”, escribe Volner. Así, fue moderno trabajando para los Rockefeller y posmoderno para Trump. Rápido al anticipar transformaciones, efectista en su vida social, despectivo con los problemas sociales, camaleónico en su moralidad y astuto en todas sus versiones, logró ser el arquitecto más famoso de América estando muy lejos de ser el mejor. Fue también el primer galardonado con el Pritzker, que recibió en 1979. Todo un signo para un premio que, como el propio Johnson, conseguiría ser el más célebre del mundo.

ACA

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La democracia vírica

Luis Fernández-Galiano

06/03/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

El riesgo de los virus cancela las fronteras. La vulnerabilidad de un planeta hiperconectado se pone de manifiesto tanto con los virus informáticos como con los virus biológicos. En ambos casos, los límites físicos o políticos de territorios y sociedades se muestran incapaces de contener la infección, haciéndonos conscientes de nuestro destino compartido, y ojalá disminuyendo la morbilidad de otro virus distinto, en este caso de naturaleza social, el nacionalismo contagioso que hoy hace enfermar a un país tras otro. Coincidiendo con las etapas finales de un Brexit que debilita por igual a los británicos y al resto de los europeos —afectados también por el auge de diversos populismos identitarios—, y mientras una ciberesfera tóxica pone en peligro los fundamentos de la democracia representativa, la eclosión del coronavirus de Wuhan nos coloca frente al espejo de nuestra fragilidad como especie, la inseguridad que se hermana con el miedo, y la gobernanza global como única herramienta de defensa.

La escala de la respuesta del gobierno chino a la amenaza de epidemia, con el aislamiento de decenas de millones de personas, y la construcción vertiginosa de hospitales prefabricados para los enfermos —que ha dado lugar a imágenes como la del enjambre de máquinas trabajando insomnes en el emplazamiento, más cerca de la agitación azarosa de organismos que de un ballet mecánico—, se revela insuficiente tan pronto como el virus desborda las fronteras. La OMS ha declarado la situación de emergencia por quinta vez en su historia, y mientras los epidemiólogos buscan al paciente cero y determinan el perímetro de las cuarentenas, laboratorios de todo el mundo se afanan en desarrollar una vacuna. Tanto los desplazamientos caudalosos del turismo o los negocios como las concentraciones masivas del deporte o los congresos ofrecen el mejor entorno para la difusión de ideas o experiencias, pero también para la circulación de los agentes patógenos, y sólo la disciplina social puede suministrar cortafuegos.

Se repite estos días el lema biempensante de que el virus se detiene con transparencia, porque sólo la información exacta permite abordar su control sin caer en el pánico; pero no se destacan las ventajas que en este esfuerzo pueden ofrecer las organizaciones autoritarias, capaces de mobilizar recursos sin debate social y liturgia política, porque su maquinaria administrativa puede responder sin demora a una jerarquía piramidal. Las democracias, en contraste, están sometidas a un régimen de opinión que puede ser distorsionado por las pulsiones sentimentales de unas poblaciones hedonistas, donde la extrema autonomía de las que Houellebecq llamó ‘partículas elementales’ dificulta su subordinación a objetivos compartidos. Sloterdijk reclamó en su día la necesidad de volver a domesticar una especie humana devenida silvestre, pero acaso su provocación era sólo una manera de expresar el conflicto entre el deseo de libertad y las servidumbres que exige la supervivencia de los que formamos la ‘sociedad del riesgo’.

ACA

LIBROS

Placeres cartográficos

De un atlas con islas tan remotas que no aparecen en Google Earth al mapa escultórico de China de Ai Weiwei, joyas de la geografía bidimensional

Mercedes Cebrián

Mapa de Australia del libro ‘Atlas del mundo’ (Maeva).

22/04/2020

Tomado de elviajero.elpais.com

Una de las actividades más placenteras que existen en torno a un viaje es planearlo al milímetro, imaginar las rutas e itinerarios que se recorrerán a pie o comprobar cuántas paradas de metro o tranvía separan nuestro lugar de residencia temporal de esa pinacoteca en la que pasaremos una mañana. La otra actividad, igualmente grata, es recordar después la aventura a través de materiales como planos de ciudades y mapas de metro, que resumen la fabulosa complejidad geográfica del mundo y facilitan su comprensión.

Con frecuencia los mapas son pequeños y manejables, pues están diseñados para acompañarnos en nuestros viajes aun en tiempos de GPS, pero pueden tener también otra faceta no menos importante: ser fuente de placer visual, aunque no estén directamente relacionados con nuestra propia experiencia viajera. Por eso, tanto los libros que recopilan colecciones de mapas y planos como los que cuentan historias a través de ellos funcionan como bálsamo, especialmente en momentos en los que viajar no nos resulta posible.

Plano ilustrado de 9th Avenue, en Nueva York, en el volumen Mapas (Phaidon).

En el volumen Mapas (editorial Phaidon), reeditado recientemente en castellano en un formato nuevo, espera un festín cartográfico ilustrado: 300 mapas de todas las épocas y procedencias, seleccionados por un equipo de anticuarios y cartógrafos, nos sirven de guía en un largo paseo por 5.000 años de innovación en esta materia. En el libro no solo encontraremos clásicos planisferios como los de Abraham Ortelius, creador del primer atlas mundial Theatrum Orbis Terrarum en el siglo XVI, o Heinrich Berann, considerado el padre del mapa panorámico moderno; también otros concebidos por artistas contemporáneos, como el mapa escultórico de China que realizó Ai Weiwei en 2006, y algunos satíricos que le dan una vuelta de tuerca a la representación de nuestro mundo.

Para pensar sobre estos fascinantes documentos que combinan el arte con la técnica y sacarles todavía más partido a sus posibilidades informativas convendría leer En el mapa (Taurus, 2012), el ensayo de Simon Garfield en el que afirma que la posibilidad de dibujar el mundo “se debe a matemáticos, artistas y exploradores, y también a los gobernantes que, con ambiciones más o menos humanistas, sufragaron los gastos”. Garfield nos recuerda que cualquier mapa es un documento subjetivo y, por tanto, no exento de ideología.

El mapa ‘Serio-Comic War’, realizado en 1877 por Frederick W. Rose, es uno de los que incluye el volumen ‘Mapas’ (Phaidon).

Otro cartófilo acérrimo es el ingeniero y escritor estadounidense Ken Jennings, que obtiene un placer inmenso solamente con leer nombres delirantes de ciudades u observar con detenimiento las formas de cada país o Estado (“Admiraba los territorios toscamente rectangulares como Turquía, Portugal y Puerto Rico, los cuales me parecían robustos y respetables, pero no así lugares rectangulares más definidos como Colorado o Utah, cuya perfección geométrica hacía que pareciesen adiciones falsas y forzadas al mapa nacional”). Su libro Un mapa en la cabeza (editorial Ariel, 2012) es un catálogo de reflexiones y anécdotas de lo más ameno acerca de todo lo relacionado con la geografía y su representación bidimensional.

A esta particular lista cartográfica se añade otro notable ensayo: el del historiador británico Jerry Brotton, que tuvo la idea de contar la historia del planeta a través de lo que explican y expresan sus planisferios y lo materializó en Historia del mundo en 12 mapas (editorial Debate, 2012). La famosa proyección cartográfica de Gall-Peters de 1973, que muestra una versión menos eurocéntrica que la ofrecida por Gerardus Mercator en 1569, es una de las que comenta en su libro. Fue precisamente Mercator, cuenta Brotton, quien acuñó el término “atlas” para referirse a una colección de mapas, formato que sigue fascinando a adultos y niños, pues nos sirve para comprobar nuestras carencias en materia geográfica y para corregir errores de percepción, pero también para gozar de sus ilustraciones, especialmente si sus autores son artistas como los polacos Alek­sandra Mizielinska y Daniel Mizielinski. Su Atlas del mundo (editorial Maeva, 2015) cuenta con 55 mapas a doble página que contienen más de 4.000 miniaturas —desde el instrumento musical típico de una región hasta la fauna propia de una zona—.

‘Come All the Way! (Caminos Santiago)’, un plano que marca las diferentes rutas europeas para llegar a Santiago de Compostela es otro de los que incluye el volumen ‘Mapas’ (Phaidon)

Entre los entusiastas de los atlas y planisferios también se encuentra la escritora y diseñadora gráfica Judith Schalansky, quien invirtió años en recopilar una lista meticulosa de 50 islas solitarias que ni siquiera aparecen en Google Earth y a las que pocos humanos han accedido. Su empeño dio lugar al Atlas de islas remotas (editoriales Nórdica y Capitán Swing, 2013), ideal para viajeros de sillón que gozan pensando en condicional o en subjuntivo, sin pretender jamás acercarse a islas como las de Fangataufa o Pukapuka, ambas situadas en el Pacífico.

Y los apasionados del transporte bajo tierra se regocijarán al descubrir que existe el Atlas de metros del mundo (Capitán Swing y Nórdica, 2016), recopilado y editado por el periodista y experto en cartografía Mark Ovenden, miembro de la Royal Geographical Society del Reino Unido. En este libro, Ovenden nos lleva de paseo por todas las líneas de trenes suburbanos, contándonos historias y vicisitudes sobre su diseño. En el relato que funciona como prólogo, escrito por Juan José Millás, uno de los personajes afirma que “si entre túnel y túnel vas repitiendo el nombre de las estaciones con los ojos cerrados, la retahíla acaba transformándose en una oración”, cosa muy cierta, pues enumerar estaciones de metro puede convertirse fácilmente en un mantra, pero sobre todo en una canción. Y si no, que se lo pregunten a Joaquín Sabina.

ACA