De un mercado feral nos llegó ‘una mala noticia envuelta en proteínas’, y Wuhan iba a ser el Chernóbil de China. Pero el confinamiento masivo dibujó una historia de éxito, y por la nueva Ruta de la Seda viajaron a Europa mascarillas y equipos. En la pugna ideológica y geopolítica, el consenso de Pekín avanza frente al consenso de Washington, y la disciplina confuciana se mide con la democracia liberal, porque en tiempos de tribulación el miedo hace preferir seguridad a libertad.
Europa se ha hecho en las crisis, pero la emergencia vírica ha abierto grietas entre las hormigas calvinistas y las cigarras católicas, sin duda menos importantes a la larga que el retorno del Estado Nación. Es posible que la mutualización de los riesgos exija la vigilancia de los hombres de negro; sin embargo, la decepcionante respuesta solidaria ha trasladado el foco al esfuerzo independiente de cada país para enfrentarse a la pandemia y caminar hacia una mayor autosuficiencia.
Las tentaciones autoritarias de muchos gobernantes elegidos han hecho temer el surgimiento del ogro filantrópico como un Leviatán que te protege so-metiéndote a su poder absoluto. La naturaleza excepcional de los estados de alarma sanitarios, sin embargo, no remite tanto a Hobbes como a Carl Schmitt, y a la peligrosa ventana de oportunidad que abre para aquellos que admiran regímenes totalitarios, cuando los gobiernos se saben soberanos para decretar el estado de excepción.
La retórica bélica ante poblaciones sumisas, consagrada equívocamente por la unanimidad sonriente de los aplausos, oculta no obstante la fragilidad de los Estados, manifiesta en la ausencia de prevención, la lentitud de respuesta y la precariedad de los medios materiales disponibles. Ante la inevitable próxima epidemia, no necesitamos más héroes sanitarios como los de ahora, sino más ciencia y mejor administración, y esa será la más eficaz expresión de nuestro duelo.
Una vez superada la actual etapa del aterriza como puedas en la pista oximorónica de la ‘nueva normalidad’, la difícil regeneración del tejido productivo deberá tender hacia la independencia agrícola, sanitaria, industrial y tecnológica, pero sin que el énfasis en lo local oculte la necesaria recuperación de las cadenas de suministro en la economía global, y sin que la atención a lo material frente a lo virtual desdibuje el imprescindible reforzamiento de las infraestructuras digitales.
Si huimos del coronapesimismo, cabe preconizar un green digital deal que use la pandemia como estímulo para llegar a un pacto social y generacional ante ese dinosaurio que, cuando despertemos, seguirá ahí: el cambio climático. El desplome de la actividad ha beneficiado al planeta, pero la España urbana deberá usar energías renovables, la España vacía hacerse digital, y la España turística transitar de Florida a California para mirar de frente a un futuro que será verde o no será.
Un klee por menos de 100 dólares. Ese fue el primer lienzo que el estadounidense Philip Johnson (1906-2005) compró en Berlín. Tenía 23 años. Su padre había invertido en aluminio y él nunca tuvo que trabajar para vivir. Esa circunstancia decidió el tipo de arquitectura —siempre nueva, siempre arriesgada— que apoyó durante toda su vida. Otra cosa fue la que el autor del edificio ATT en Nueva York o de las Torres Kio en Madrid logró construir. Pero juzgar por sus edificios a quien llevó la arquitectura y el diseño a los museos, a quien donó al MoMA más de 2.000 obras, a quien consiguió para Mies van der Rohe uno de sus encargos más aplaudidos (la Torre Seagram de Park Avenue) o a quien, en ese rascacielos, diseñó el restaurante más famoso de Manhattan (el Four Seasons) donde sedujo a Andy Warhol o Jackie Kennedy) sería minimizar lo mejor y lo peor de su legado.
Aunque él propio Johnson autorizó su primera biografía, y varios le dedicaron polémicos libros, un nuevo volumen, Philip Johnson, a Visual Biography (ya disponible en la web de Phaidon), somete su historia a escrutinio al tiempo que indaga en el archivo personal del arquitecto. Con nuevas revelaciones de cartas, notas y cientos de fotografías de uno de los pocos arquitectos declaradamente homosexuales de la historia, el periodista Ian Volner logra esclarecer los vaivenes de un personaje camaleónico. Culto y cotilla, oscuro y festivo, fue secundario como arquitecto aunque decisivo como comisario arquitectónico. Johnson queda retratado como un hombre superficial capaz de provocar profundos cambios: un creador de tendencias con un ojo infalible que vivió en renovación continua hasta que murió con 99 años.
“Era defensor de lo contemporáneo antes de que lo contemporáneo fuera respetable”, dijo de él Alfred H. Barr Jr., el primer director del MoMA, que lo llevó a dirigir su departamento de arquitectura. Barr convertiría a Johnson en su comprador de mayor confianza. Lo pondría en contacto con clientes como los Rockefeller, le encargaría el primer jardín de esculturas del MoMA, recibiría de él generosas donaciones y asistiría con estupor a la conversión de su arquitecto de cabecera en un enfervorecido filonazi.
Corría 1931 cuando Johnson declaró sin reparo que quería ser influyente. Poco después abandonó el MoMA obsesionado con acercarse al círculo de Hitler. Aunque el primer Míster Johnson fue Jimmie Daniels, un cantante afroamericano al que conoció en un bar de Harlem, la pompa de los desfiles alemanes y la belleza aria de los fascistas lo tenían todo para gustarle: novedad, grandilocuencia y poder. Tras unos años tratando de fundar el Partido Nacional en EE UU, en 1940 intentó pasar página convirtiéndose, de nuevo, en estudiante de Harvard. Fue Barr quien le pidió que desapareciera. Y en Cambridge construyó su primera casa. Regresó a Nueva York dispuesto a abrir despacho. “Soy una puta. Me pagan muy bien”, contestaría años después al ser preguntado por el hotel que diseñó para Trump en Columbus Circle.
Philip Johnson en su estudio, en 1979
“Fue un creativo de segunda con un cerebro de primera. Mitad monstruo, mitad modelo de urbanidad”, sentenció el periódico The Guardian cuando Johnson murió en su famosa Casa de Cristal, una de las más célebres de la historia de la arquitectura. Fue su obra más aplaudida. Cada movimiento que defendió desde el MoMA tuvo junto en esa vivienda su pabellón representativo. No construía el futuro, lo veía en los demás. Siempre defendió la arquitectura como un arte visual. Y su papel como generador de tendencias lo llevó hasta el pop de la mano de su pareja más longeva: David Whitney. Si en los años treinta Johnson fue importante en la carrera del exquisito Paul Klee, en los ochenta volvió a serlo en la del grafitero Keith Haring.
Demostró tanto ojo para comprar obras de arte como para acuñar -ismos arquitectónicos. En el MoMA organizó las exposiciones que formatearon cualquier manual de arquitectura. Y decidió quién entraba en el canon y quién no. Fue el caso de Louis Kahn, al que ninguneó, o de Frank Lloyd Wright, al que despachó como “el mejor arquitecto del siglo XIX”. Una fotografía recoge la fiesta de su 90º aniversario. Estaban todos: Gehry, Hadid, Koolhaas, Isozaki. A pesar de que trató de encubrir su pasado fascista, o precisamente por eso, diseñó gratis para Israel una sinagoga y una central nuclear. Quiso “encontrar a los Medici de su tiempo”, escribe Volner. Así, fue moderno trabajando para los Rockefeller y posmoderno para Trump. Rápido al anticipar transformaciones, efectista en su vida social, despectivo con los problemas sociales, camaleónico en su moralidad y astuto en todas sus versiones, logró ser el arquitecto más famoso de América estando muy lejos de ser el mejor. Fue también el primer galardonado con el Pritzker, que recibió en 1979. Todo un signo para un premio que, como el propio Johnson, conseguiría ser el más célebre del mundo.
El riesgo de los virus cancela las fronteras. La vulnerabilidad de un planeta hiperconectado se pone de manifiesto tanto con los virus informáticos como con los virus biológicos. En ambos casos, los límites físicos o políticos de territorios y sociedades se muestran incapaces de contener la infección, haciéndonos conscientes de nuestro destino compartido, y ojalá disminuyendo la morbilidad de otro virus distinto, en este caso de naturaleza social, el nacionalismo contagioso que hoy hace enfermar a un país tras otro. Coincidiendo con las etapas finales de un Brexit que debilita por igual a los británicos y al resto de los europeos —afectados también por el auge de diversos populismos identitarios—, y mientras una ciberesfera tóxica pone en peligro los fundamentos de la democracia representativa, la eclosión del coronavirus de Wuhan nos coloca frente al espejo de nuestra fragilidad como especie, la inseguridad que se hermana con el miedo, y la gobernanza global como única herramienta de defensa.
La escala de la respuesta del gobierno chino a la amenaza de epidemia, con el aislamiento de decenas de millones de personas, y la construcción vertiginosa de hospitales prefabricados para los enfermos —que ha dado lugar a imágenes como la del enjambre de máquinas trabajando insomnes en el emplazamiento, más cerca de la agitación azarosa de organismos que de un ballet mecánico—, se revela insuficiente tan pronto como el virus desborda las fronteras. La OMS ha declarado la situación de emergencia por quinta vez en su historia, y mientras los epidemiólogos buscan al paciente cero y determinan el perímetro de las cuarentenas, laboratorios de todo el mundo se afanan en desarrollar una vacuna. Tanto los desplazamientos caudalosos del turismo o los negocios como las concentraciones masivas del deporte o los congresos ofrecen el mejor entorno para la difusión de ideas o experiencias, pero también para la circulación de los agentes patógenos, y sólo la disciplina social puede suministrar cortafuegos.
Se repite estos días el lema biempensante de que el virus se detiene con transparencia, porque sólo la información exacta permite abordar su control sin caer en el pánico; pero no se destacan las ventajas que en este esfuerzo pueden ofrecer las organizaciones autoritarias, capaces de mobilizar recursos sin debate social y liturgia política, porque su maquinaria administrativa puede responder sin demora a una jerarquía piramidal. Las democracias, en contraste, están sometidas a un régimen de opinión que puede ser distorsionado por las pulsiones sentimentales de unas poblaciones hedonistas, donde la extrema autonomía de las que Houellebecq llamó ‘partículas elementales’ dificulta su subordinación a objetivos compartidos. Sloterdijk reclamó en su día la necesidad de volver a domesticar una especie humana devenida silvestre, pero acaso su provocación era sólo una manera de expresar el conflicto entre el deseo de libertad y las servidumbres que exige la supervivencia de los que formamos la ‘sociedad del riesgo’.
De un atlas con islas tan remotas que no aparecen en Google Earth al mapa escultórico de China de Ai Weiwei, joyas de la geografía bidimensional
Mercedes Cebrián
Mapa de Australia del libro ‘Atlas del mundo’ (Maeva).
22/04/2020
Tomado de elviajero.elpais.com
Una de las actividades más placenteras que existen en torno a un viaje es planearlo al milímetro, imaginar las rutas e itinerarios que se recorrerán a pie o comprobar cuántas paradas de metro o tranvía separan nuestro lugar de residencia temporal de esa pinacoteca en la que pasaremos una mañana. La otra actividad, igualmente grata, es recordar después la aventura a través de materiales como planos de ciudades y mapas de metro, que resumen la fabulosa complejidad geográfica del mundo y facilitan su comprensión.
Con frecuencia los mapas son pequeños y manejables, pues están diseñados para acompañarnos en nuestros viajes aun en tiempos de GPS, pero pueden tener también otra faceta no menos importante: ser fuente de placer visual, aunque no estén directamente relacionados con nuestra propia experiencia viajera. Por eso, tanto los libros que recopilan colecciones de mapas y planos como los que cuentan historias a través de ellos funcionan como bálsamo, especialmente en momentos en los que viajar no nos resulta posible.
Plano ilustrado de 9th Avenue, en Nueva York, en el volumen Mapas (Phaidon).
En el volumen Mapas (editorial Phaidon), reeditado recientemente en castellano en un formato nuevo, espera un festín cartográfico ilustrado: 300 mapas de todas las épocas y procedencias, seleccionados por un equipo de anticuarios y cartógrafos, nos sirven de guía en un largo paseo por 5.000 años de innovación en esta materia. En el libro no solo encontraremos clásicos planisferios como los de Abraham Ortelius, creador del primer atlas mundial Theatrum Orbis Terrarum en el siglo XVI, o Heinrich Berann, considerado el padre del mapa panorámico moderno; también otros concebidos por artistas contemporáneos, como el mapa escultórico de China que realizó Ai Weiwei en 2006, y algunos satíricos que le dan una vuelta de tuerca a la representación de nuestro mundo.
Para pensar sobre estos fascinantes documentos que combinan el arte con la técnica y sacarles todavía más partido a sus posibilidades informativas convendría leer En el mapa (Taurus, 2012), el ensayo de Simon Garfield en el que afirma que la posibilidad de dibujar el mundo “se debe a matemáticos, artistas y exploradores, y también a los gobernantes que, con ambiciones más o menos humanistas, sufragaron los gastos”. Garfield nos recuerda que cualquier mapa es un documento subjetivo y, por tanto, no exento de ideología.
El mapa ‘Serio-Comic War’, realizado en 1877 por Frederick W. Rose, es uno de los que incluye el volumen ‘Mapas’ (Phaidon).
Otro cartófilo acérrimo es el ingeniero y escritor estadounidense Ken Jennings, que obtiene un placer inmenso solamente con leer nombres delirantes de ciudades u observar con detenimiento las formas de cada país o Estado (“Admiraba los territorios toscamente rectangulares como Turquía, Portugal y Puerto Rico, los cuales me parecían robustos y respetables, pero no así lugares rectangulares más definidos como Colorado o Utah, cuya perfección geométrica hacía que pareciesen adiciones falsas y forzadas al mapa nacional”). Su libro Un mapa en la cabeza (editorial Ariel, 2012) es un catálogo de reflexiones y anécdotas de lo más ameno acerca de todo lo relacionado con la geografía y su representación bidimensional.
A esta particular lista cartográfica se añade otro notable ensayo: el del historiador británico Jerry Brotton, que tuvo la idea de contar la historia del planeta a través de lo que explican y expresan sus planisferios y lo materializó en Historia del mundo en 12 mapas (editorial Debate, 2012). La famosa proyección cartográfica de Gall-Peters de 1973, que muestra una versión menos eurocéntrica que la ofrecida por Gerardus Mercator en 1569, es una de las que comenta en su libro. Fue precisamente Mercator, cuenta Brotton, quien acuñó el término “atlas” para referirse a una colección de mapas, formato que sigue fascinando a adultos y niños, pues nos sirve para comprobar nuestras carencias en materia geográfica y para corregir errores de percepción, pero también para gozar de sus ilustraciones, especialmente si sus autores son artistas como los polacos Aleksandra Mizielinska y Daniel Mizielinski. Su Atlas del mundo (editorial Maeva, 2015) cuenta con 55 mapas a doble página que contienen más de 4.000 miniaturas —desde el instrumento musical típico de una región hasta la fauna propia de una zona—.
‘Come All the Way! (Caminos Santiago)’, un plano que marca las diferentes rutas europeas para llegar a Santiago de Compostela es otro de los que incluye el volumen ‘Mapas’ (Phaidon)
Entre los entusiastas de los atlas y planisferios también se encuentra la escritora y diseñadora gráfica Judith Schalansky, quien invirtió años en recopilar una lista meticulosa de 50 islas solitarias que ni siquiera aparecen en Google Earth y a las que pocos humanos han accedido. Su empeño dio lugar al Atlas de islas remotas (editoriales Nórdica y Capitán Swing, 2013), ideal para viajeros de sillón que gozan pensando en condicional o en subjuntivo, sin pretender jamás acercarse a islas como las de Fangataufa o Pukapuka, ambas situadas en el Pacífico.
Y los apasionados del transporte bajo tierra se regocijarán al descubrir que existe el Atlas de metros del mundo (Capitán Swing y Nórdica, 2016), recopilado y editado por el periodista y experto en cartografía Mark Ovenden, miembro de la Royal Geographical Society del Reino Unido. En este libro, Ovenden nos lleva de paseo por todas las líneas de trenes suburbanos, contándonos historias y vicisitudes sobre su diseño. En el relato que funciona como prólogo, escrito por Juan José Millás, uno de los personajes afirma que “si entre túnel y túnel vas repitiendo el nombre de las estaciones con los ojos cerrados, la retahíla acaba transformándose en una oración”, cosa muy cierta, pues enumerar estaciones de metro puede convertirse fácilmente en un mantra, pero sobre todo en una canción. Y si no, que se lo pregunten a Joaquín Sabina.
La cola no aguanta el paso del tiempo. Si un libro se te deshace en las manos te lo tienes que recomprar, y está bien que además venga tomado en sándwich por un prólogo y un epílogo nuevos para bordar la excusa. Quería una copia legible de El Horror Cristalizado, y he aprovechado que Ediciones Asimétricas lo ha reeditado para volverlo a comprar. Confesión: lo que de verdad me interesa de un libro, aquello que le da vida, es el ritmo. Es aquella especie de música secreta, de pauta, que modula la velocidad y la intensidad de la lectura y que, más que cualquier otra cosa, es la responsable del mensaje. El ritmo es aquello que hace que un libro valga la pena. El ritmo es el primer responsable de la calidad literaria de una obra. El Horror Cristalizado es un libro con su propia música. El tema de esta obra parece claro: reaccionar sobre la reconstrucción en 1986 por parte de un equipo formado por Ignasi de Solà-Morales, Cristian Cirici y Fernando Ramos de aquello que ahora se llama Pabellón de Barcelona o Pabellón Mies van der Rohe. Si la crítica que llega después de la construcción de una obra se limita a glosarla se convertirá por definición en eso: en reaccionaria.
No es el caso de este libro, que, con mucha elegancia, obvia esta reconstrucción para centrarse en el pabellón de 1929. Las diferencias entre las dos obras son tan abismales que no es necesario ningún tipo de comparativa entre ellas para entender que aquello construido en 1986 no es el pabellón original. No es ni una obra de Mies van de Rohe. Es la idea que tres arquitectos comisionados por el Ayuntamiento de Barcelona tenían de esta obra. La reconstrucción viene a ser un remontaje de cualquier gran película hecho por tres artesanos del cine que hayan decidido firmar su obra como Director’s Cut (montaje del director). Excepto que el director ha muerto hace décadas y que ellos han asumido de manera unilateral y acrítica que la obra necesitaba un Director’s Cut. Y lo han hecho obviando todo aquello que caracterizaba la obra original. Es decir: se trata de una reinterpretación de la obra original que obvia la obra original haciendo buena la frase de Marx. De Groucho Marx: Todo en usted me recuerda a usted. Excepto usted. El Horror Cristalizado se centra en definir el Pabellón (permitidme que a partir de ahora sólo llame Pabellón al Pabellón de Alemania y asigne un nombre arbitrario a la reconstrucción: Iguanodonte [1]). Nuestro Iguanodonte ha pasado a formar parte de toda aquella colección de fraudes tipo la Reconquista, el descubrimiento de América o la Conquista del Oeste destinadas a una interpretación finalista de la historia, la misma que dice que ésta culmina aquí y ahora y que después de nosotros el infierno en una especie de revisita constante del milenarismo. El Iguanodonte, pues, ha ido viviendo asociado a una fundación que tiene por objeto representar una historia de la arquitectura catalana (no escrita todavía, por cierto) que lo atraviese por el centro con correspondencia a donde haga falta en cada momento por aquello de que quien escribe sobre algo lo controla sin importarle si eso que ocupa el centro tiene consistencia o no. Después, y ya me voy por las ramas, se montan interpretaciones sobre la interpretación y la bola de nieve crece y entonces viene la pregunta de qué pasa con las interpretaciones de la interpretación cuando la primera interpretación es el Iguanodonte creacionista de Sir Richard Owen, Mies missing materiality al frente por ser la más consistente y por jugar con el tiempo y por aludir a lo que pasará cuando se haya desmontado. Y lo que ha pasado es que se ha descubierto que el Iguanodonte es un Iguanodonte y que los que creen en él son unos creacionistas. Pero mejor volvemos al libro.
La obra se estructura como una pieza en tres actos de tres escenas cada uno. Para entender la naturaleza del libro podríamos llamar a los estudios realizados sobre uno de los personajes de ficción más famosos de todos los tiempos, el detective Sherlock Holmes. Investigando las obras que Arthur Conan Doyle escribió sobre él se han podido desentrañar algunos de los mecanismos de creación de la mente humana. Me explico: Holmes no deduce la solución a sus casos. Lo que hace es un acto de creación que a posteriori se bautizó como retroducción. Doyle acierta al describirlo para, después nombrarlo de manera errónea. Holmes inventa, literalmente inventa, la solución a partir de tantas premisas como pueda reunir sobre el caso. El método es sencillo: la solución será la explicación más sencilla posible capaz de satisfacer todos los hechos que el detective haya podido conocer y reunir. Si se obvia ni que sea uno solo de ellos la solución no será ni cierta ni satisfactoria. Pero lo que no hace esta solución es caer como consecuencia directa del razonamiento como si de una fruta madura se tratase. La solución es invariablemente creativa. En el caso del Horror Cristalizado la pista es la propia estructura de la obra, que nos habla de un acto de creación autónomo construido según el método holmesiano: a base de inventar una solución que ate todos y cada uno de los puntos que se hayan podido reunir por el camino. Huelga decir que la investigación efectuada sobre el material disponible ha sido exhaustiva, o tan cerca de esta exhaustividad como haya sido humanamente posible. Una vez efectuada se ha elaborado una explicación que la satisfaga, una explicación que, contrastada con cualquiera de las otras expliaciones sobre el pabellón y, por descontado, con el Iguanodonte, resulta mucho más coherente y satisfactoria, ni que sea porque contempla todos los factores conocidos. Resulta, también, tan divergente de ellas que pone las otras en entredicho. Lo que en cierto modo es uno de los objetivos del libro, pero no su problema, sino el problema de quien haya elaborado las paupérrimas explicaciones que soportan el hecho construido del Iguanodonte, tosco, mate, puro juego cerebral de proporciones precariamente reconstruidas, un proyecto finalista que tenía (que tiene) como único objetivo celebrarse a sí mismo con la mínima cantidad posible de memoria y de crítica por el camino. Esta ausencia deliberada de memoria y de crítica desemboca en la mayor traición a la obra de Mies: resucitar un elemento transitivo creado como tal. Mies no expresa ningún deseo real de reconstrucción porque este pabellón, una obra finita, ya pervive en el resto de su obra. El libro, en su forma de acto creativo cerrado, coherente, con capacidad de diálogo, apto para la discusión y la refutación, toma también la forma de elemento transitivo que sólo existe cuando es leído. Transitivo y tan consistente como el propio pabellón. Como la que quizá sea, como dice Guillermo Zuaznábar en el epílogo del libro, la única forma posible de reconstruirlo.
[1] El Iguanodonte es el primer dinosaurio conocido. Gideon Mantell, su descubridor, lo describió como un réptil enorme, ligero y terrible y así lo llamó (dinosario = lagarto terrible). El creacionista Sir Richard Owen, incapaz por razones obvias de aceptar que una especie pudiese extinguirse, lo reconstruyó como una bestia torpe, de sangre fría y movimientos lentos, una especie de bestia deficiente destinada a ser borrada del mapa por los más eficientes humanos en un mensaje tan carismático como falso que todavía pervive. Todo para que encajase con el mensaje divino.
El confinamiento se sobrelleva mejor que la incertidumbre. Ejercitándonos en el oficio de vivir, el espacio privado adquiere un sentido diferente, porque el refugio íntimo se transforma en celda penitenciaria, y la vieja pregunta retórica —¿privado de qué?— se responde de inmediato: privado de contacto con los otros. En Huis clos, una obra que se estrenó en el París de la ocupación, Jean-Paul Sartre representa el infierno como un cuarto sin ventanas donde se constata que ‘L’enfer, c’est les autres’. Evitando hoy el contacto para dificultar la propagación vírica, descubrimos que, a diferencia de lo que asegura el dramaturgo, el cielo son siempre los otros. Obligados al aislamiento social, y enfrentados al enclaustramiento doméstico, sentimos como una amputación la ausencia de vínculo físico con nuestros semejantes, pero nada es comparable a la ansiedad que suscitan las sombras que se proyectan sobre el futuro personal y colectivo. Con las ciudades en toque de queda, participamos en la liturgia solidaria de los balcones y consumimos bulímicamente la información de los medios y el chisporroteo de las redes, procurando atisbar el horizonte con los ojos entornados. Ignorantes del censo definitivo de las víctimas, fingimos confiar la supervivencia a las exigentes rutinas de protección, pero en el fondo nos sabemos arrastrados por el torbellino del azar. Es posible que el mundo que emerja de esta convulsión vírica sea más sensato en el consumo de recursos, más justo en su reparto y más seguro frente a las catástrofes: vivir con menos no tiene que significar vivir peor. Sin embargo, también es verosímil que este nuevo paisaje económico, social y geopolítico esté marcado por el desorden y el conflicto, por el auge autoritario y el agostamiento de la libertad, ya que la pandemia ha mostrado la anemia de la gobernanza nacional y europea, por no mencionar la ausencia de gobernanza global. Buscando guía y consuelo en la memoria personal, recuerdo a mi padre microbiólogo y a su héroe de ficción, el doctor Arrowsmith, protagonista de la gran novela de Sinclair Lewis y de la posterior película de John Ford, un médico e investigador que se enfrenta a una epidemia de carbunco y después a otra de peste bubónica, y que refleja bien los dilemas éticos de la ciencia en situaciones límite. Hoy los comentaristas recorren reiteradamente la historia literaria de las pestes, desde Boccaccio hasta Camus, y subrayan tanto la angustia de las poblaciones como los esfuerzos del personal sanitario, pero quizá no se pone suficiente énfasis en la investigación biomédica que al cabo nos suministra remedios y vacunas. En la soledad de sus laboratorios, y en la comunidad virtual de sus hallazgos, esos científicos ofrecen desde su confinamiento las briznas de certidumbre que permiten hacer frente a las incógnitas biopolíticas del tiempo que viene.
ACA
Nos interesan temas relacionados con el desarrollo urbano y arquitectónico en Venezuela así como todo lo que acontece en su mundo editorial.