Archivo de la categoría: Vale la pena leer

VALE LA PENA LEER

There is no director’s cut

Jaume Prat Ortells

16/04/2020

Tomado de https://diario16.com/there-is-no-directors-cut/

La cola no aguanta el paso del tiempo. Si un libro se te deshace en las manos te lo tienes que recomprar, y está bien que además venga tomado en sándwich por un prólogo y un epílogo nuevos para bordar la excusa. Quería una copia legible de El Horror Cristalizado, y he aprovechado que Ediciones Asimétricas lo ha reeditado para volverlo a comprar. Confesión: lo que de verdad me interesa de un libro, aquello que le da vida, es el ritmo. Es aquella especie de música secreta, de pauta, que modula la velocidad y la intensidad de la lectura y que, más que cualquier otra cosa, es la responsable del mensaje. El ritmo es aquello que hace que un libro valga la pena. El ritmo es el primer responsable de la calidad literaria de una obra. El Horror Cristalizado es un libro con su propia música. El tema de esta obra parece claro: reaccionar sobre la reconstrucción en 1986 por parte de un equipo formado por Ignasi de Solà-Morales, Cristian Cirici y Fernando Ramos de aquello que ahora se llama Pabellón de Barcelona o Pabellón Mies van der Rohe. Si la crítica que llega después de la construcción de una obra se limita a glosarla se convertirá por definición en eso: en reaccionaria.

No es el caso de este libro, que, con mucha elegancia, obvia esta reconstrucción para centrarse en el pabellón de 1929. Las diferencias entre las dos obras son tan abismales que no es necesario ningún tipo de comparativa entre ellas para entender que aquello construido en 1986 no es el pabellón original. No es ni una obra de Mies van de Rohe. Es la idea que tres arquitectos comisionados por el Ayuntamiento de Barcelona tenían de esta obra. La reconstrucción viene a ser un remontaje de cualquier gran película hecho por tres artesanos del cine que hayan decidido firmar su obra como Director’s Cut (montaje del director). Excepto que el director ha muerto hace décadas y que ellos han asumido de manera unilateral y acrítica que la obra necesitaba un Director’s Cut. Y lo han hecho obviando todo aquello que caracterizaba la obra original. Es decir: se trata de una reinterpretación de la obra original que obvia la obra original haciendo buena la frase de Marx. De Groucho Marx: Todo en usted me recuerda a usted. Excepto usted. El Horror Cristalizado se centra en definir el Pabellón (permitidme que a partir de ahora sólo llame Pabellón al Pabellón de Alemania y asigne un nombre arbitrario a la reconstrucción: Iguanodonte [1]). Nuestro Iguanodonte ha pasado a formar parte de toda aquella colección de fraudes tipo la Reconquista, el descubrimiento de América o la Conquista del Oeste destinadas a una interpretación finalista de la historia, la misma que dice que ésta culmina aquí y ahora y que después de nosotros el infierno en una especie de revisita constante del milenarismo. El Iguanodonte, pues, ha ido viviendo asociado a una fundación que tiene por objeto representar una historia de la arquitectura catalana (no escrita todavía, por cierto) que lo atraviese por el centro con correspondencia a donde haga falta en cada momento por aquello de que quien escribe sobre algo lo controla sin importarle si eso que ocupa el centro tiene consistencia o no. Después, y ya me voy por las ramas, se montan interpretaciones sobre la interpretación y la bola de nieve crece y entonces viene la pregunta de qué pasa con las interpretaciones de la interpretación cuando la primera interpretación es el Iguanodonte creacionista de Sir Richard Owen, Mies missing materiality al frente por ser la más consistente y por jugar con el tiempo y por aludir a lo que pasará cuando se haya desmontado. Y lo que ha pasado es que se ha descubierto que el Iguanodonte es un Iguanodonte y que los que creen en él son unos creacionistas. Pero mejor volvemos al libro.

La obra se estructura como una pieza en tres actos de tres escenas cada uno. Para entender la naturaleza del libro podríamos llamar a los estudios realizados sobre uno de los personajes de ficción más famosos de todos los tiempos, el detective Sherlock Holmes. Investigando las obras que Arthur Conan Doyle escribió sobre él se han podido desentrañar algunos de los mecanismos de creación de la mente humana. Me explico: Holmes no deduce la solución a sus casos. Lo que hace es un acto de creación que a posteriori se bautizó como retroducción. Doyle acierta al describirlo para, después nombrarlo de manera errónea. Holmes inventa, literalmente inventa, la solución a partir de tantas premisas como pueda reunir sobre el caso. El método es sencillo: la solución será la explicación más sencilla posible capaz de satisfacer todos los hechos que el detective haya podido conocer y reunir. Si se obvia ni que sea uno solo de ellos la solución no será ni cierta ni satisfactoria. Pero lo que no hace esta solución es caer como consecuencia directa del razonamiento como si de una fruta madura se tratase. La solución es invariablemente creativa. En el caso del Horror Cristalizado la pista es la propia estructura de la obra, que nos habla de un acto de creación autónomo construido según el método holmesiano: a base de inventar una solución que ate todos y cada uno de los puntos que se hayan podido reunir por el camino. Huelga decir que la investigación efectuada sobre el material disponible ha sido exhaustiva, o tan cerca de esta exhaustividad como haya sido humanamente posible. Una vez efectuada se ha elaborado una explicación que la satisfaga, una explicación que, contrastada con cualquiera de las otras expliaciones sobre el pabellón y, por descontado, con el Iguanodonte, resulta mucho más coherente y satisfactoria, ni que sea porque contempla todos los factores conocidos. Resulta, también, tan divergente de ellas que pone las otras en entredicho. Lo que en cierto modo es uno de los objetivos del libro, pero no su problema, sino el problema de quien haya elaborado las paupérrimas explicaciones que soportan el hecho construido del Iguanodonte, tosco, mate, puro juego cerebral de proporciones precariamente reconstruidas, un proyecto finalista que tenía (que tiene) como único objetivo celebrarse a sí mismo con la mínima cantidad posible de memoria y de crítica por el camino. Esta ausencia deliberada de memoria y de crítica desemboca en la mayor traición a la obra de Mies: resucitar un elemento transitivo creado como tal. Mies no expresa ningún deseo real de reconstrucción porque este pabellón, una obra finita, ya pervive en el resto de su obra. El libro, en su forma de acto creativo cerrado, coherente, con capacidad de diálogo, apto para la discusión y la refutación, toma también la forma de elemento transitivo que sólo existe cuando es leído. Transitivo y tan consistente como el propio pabellón. Como la que quizá sea, como dice Guillermo Zuaznábar en el epílogo del libro, la única forma posible de reconstruirlo.

[1] El Iguanodonte es el primer dinosaurio conocido. Gideon Mantell, su descubridor, lo describió como un réptil enorme, ligero y terrible y así lo llamó (dinosario = lagarto terrible). El creacionista Sir Richard Owen, incapaz por razones obvias de aceptar que una especie pudiese extinguirse, lo reconstruyó como una bestia torpe, de sangre fría y movimientos lentos, una especie de bestia deficiente destinada a ser borrada del mapa por los más eficientes humanos en un mensaje tan carismático como falso que todavía pervive. Todo para que encajase con el mensaje divino.

ACA

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Arresto domiciliario

Luis Fernández-Galiano

24/03/2020

Tomado de arqutecturaviva

El confinamiento se sobrelleva mejor que la incertidumbre. Ejercitándonos en el oficio de vivir, el espacio privado adquiere un sentido diferente, porque el refugio íntimo se transforma en celda penitenciaria, y la vieja pregunta retórica —¿privado de qué?— se responde de inmediato: privado de contacto con los otros. En Huis clos, una obra que se estrenó en el París de la ocupación, Jean-Paul Sartre representa el infierno como un cuarto sin ventanas donde se constata que ‘L’enfer, c’est les autres’. Evitando hoy el contacto para dificultar la propagación vírica, descubrimos que, a diferencia de lo que asegura el dramaturgo, el cielo son siempre los otros. Obligados al aislamiento social, y enfrentados al enclaustramiento doméstico, sentimos como una amputación la ausencia de vínculo físico con nuestros semejantes, pero nada es comparable a la ansiedad que suscitan las sombras que se proyectan sobre el futuro personal y colectivo. Con las ciudades en toque de queda, participamos en la liturgia solidaria de los balcones y consumimos bulímicamente la información de los medios y el chisporroteo de las redes, procurando atisbar el horizonte con los ojos entornados. Ignorantes del censo definitivo de las víctimas, fingimos confiar la supervivencia a las exigentes rutinas de protección, pero en el fondo nos sabemos arrastrados por el torbellino del azar. Es posible que el mundo que emerja de esta convulsión vírica sea más sensato en el consumo de recursos, más justo en su reparto y más seguro frente a las catástrofes: vivir con menos no tiene que significar vivir peor. Sin embargo, también es verosímil que este nuevo paisaje económico, social y geopolítico esté marcado por el desorden y el conflicto, por el auge autoritario y el agostamiento de la libertad, ya que la pandemia ha mostrado la anemia de la gobernanza nacional y europea, por no mencionar la ausencia de gobernanza global. Buscando guía y consuelo en la memoria personal, recuerdo a mi padre microbiólogo y a su héroe de ficción, el doctor Arrowsmith, protagonista de la gran novela de Sinclair Lewis y de la posterior película de John Ford, un médico e investigador que se enfrenta a una epidemia de carbunco y después a otra de peste bubónica, y que refleja bien los dilemas éticos de la ciencia en situaciones límite. Hoy los comentaristas recorren reiteradamente la historia literaria de las pestes, desde Boccaccio hasta Camus, y subrayan tanto la angustia de las poblaciones como los esfuerzos del personal sanitario, pero quizá no se pone suficiente énfasis en la investigación biomédica que al cabo nos suministra remedios y vacunas. En la soledad de sus laboratorios, y en la comunidad virtual de sus hallazgos, esos científicos ofrecen desde su confinamiento las briznas de certidumbre que permiten hacer frente a las incógnitas biopolíticas del tiempo que viene.

ACA

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¿Y si aquella arquitectura cutre de los años 80 era en realidad muy valiosa?

Luis Alemany

Edificio M2, de Kenzo Kuma, en Tokio

Lunes, 2 marzo 2020

Tomado de www.elmundo.com

Owen Hopkins reivindica en un libro el espíritu rompedor de la arquitectura de los años 70 y 80, malentendida y desdeñada durante décadas como una estética ‘kitsch’, conservadora y comercial

A las personas educadas nos gustan Le Corbusier, el Club Náutico de San Sebastián y los libros de la Bauhaus, ¿verdad? En cambio, nos entristecen los adosados que quieren parecer Londres, los centros comerciales de neón y mármol y los hoteles de playa que imitan la arquitectura tradicional canaria. Es normal: Le Corbusier es casi poesía y los hoteles playeros son…

«A mí no me parecen mal los hoteles. La arquitectura del turismo está hecha para periodos de tiempo cortos, de modo que todo está un poco exagerado y la apariencia de lujo tiene su sentido. Todo eso tiene que ver con la popularidad, porque si el hotel no es popular, si no gusta, cierra. El postmodernismo también iba de eso, de gustar a la gente. La modernidad la había alienado, le había dado un producto abstracto y elitista, le miraba de arriba abajo. En cambio, los postmodernos querían encontrarse con el público, emplear elementos que se pudieran entender: color, formas tradicionales, ornamentos…».

El entrecomillado anterior pertenece a Owen Hopkins, arquitecto inglés y autor de Less is a bore (Menos es aburrido), una historia visual de la arquitectura postmoderna que edita en España Phaidon.

¿Qué entendemos por arquitectura postmoderna? Venturi y Scott Brown, Aldo Rossi, Gehry, Bofill, y toda aquella obra que, durante los años 70, 80 y 90, se presentó con un aspecto teatral, a veces copiado de la Historia, a veces bromista, a menudo confuso y kitsch… Hoy nos puede parecer anacrónica, hasta fea, pero eso no significa que careciese de un significado valioso.

Permisividad y eclecticismo

El libro de Hopkins, además de explicar el postmodernismo desde la arquitectura (la revuelta contra el lenguaje racionalista), lo hace desde la cultura de su tiempo: la música, la literatura, el hippismo y el neoconservadurismo… «El postmodernismo es parte de la radicalidad de los 70. Era una parte genuina de la contracultura, ligada estrecha y a veces contradictoriamente a la música, por ejemplo: al post-punk, a la música disco, y electrónica, a los nuevos románticos… La arquitectura postmoderna es parte de ese momento de permisividad y eclecticismo, de encuentro entre la baja y la alta cultura».

«También hay un significado político», explica Hopkins. «El individualismo promovido por Thatcher y Reagan se suele relacionar con la arquitectura de la época, pero la realidad es más complicada. Yo creo que el lenguaje postmoderno refleja un momento en el que se rompía el consenso socialdemócrata de la posguerra y se imponían las doctrinas neoliberales que hoy están en ese mismo momento de quiebra».

¿Entonces, no es justo relacionar postmodernismo con conservadurismo? «El origen del lenguaje es cualquier cosa menos conservador. Con el tiempo, hubo una apropiación. Es obvio el caso del Príncipe Carlos de Inglaterra y su defensa de la arquitectura tradicional… Pero el espíritu postmoderno es radical y contracultural. Es un ataque contra el conformismo en favor de la expresión individual, es una celebración del eclecticismo y de la mezcla de ideas».

Brutalismo arquitectónico en Instagram

Regreso a 2020: en el mismo momento en el que Instagram se llena de evocaciones de la arquitectura brutalista, el lenguaje postmoderno, su némesis, también entra en una fase de revisión amable. «Con el brutalismo hay una dimensión política: se pretende ver en él una materialización de los ideales socialdemócratas. Bueno: como relato funciona pero es una simplificación. También hubo arquitectura brutalista comercial. Y este brutalismo de Instagram es, en realidad, muy postmoderno. Diría que esta añoranza es la expresión de un momento de enorme fluidez cultural, de una transición desde un sistema liberal hacia otro que aún nos crea mucha incertidumbre».

«El mal nombre de la arquitectura postmoderna se debe en parte a lo que vino después: urbanismo de baja densidad, estética tradicionalista y comercial… La postmodernidad no iba de eso, aunque hoy nos parece evidente que abrió la caja de pandora de mucha arquitectura mala. Pero eso mismo se podría decir de la arquitectura racionalista. Y con más gravedad».

Durante años, la estética postmoderna ha sido vista como una viruela que vino y se pasó pero que dejó algunas marcas desagradables en nuestras ciudades. Sin embargo, su herencia es más profunda y positiva: «Ideas como contexto, memoria o identidad, que hoy están asumidas en la arquitectura, son el legado de esa época», termina Hopkins.

LESS IS A BORE

Postmodern architecture

Owen Hopkins

Editorial Phaidon

2020

Tapa dura

224 páginas

Nota de los editores

Este libro toma su título de la respuesta del icono postmodernista Robert Venturi a la afirmación de Mies van der Rohe, “less is more” (menos es más) Uno de los estilos más controvertidos en la arquitectura del siglo XX, el Postmodernismo comenzó en la década de los 70, alcanzó un máximo de discontinuidad ecléctica a finales de los 80 y principios de los 90 y después de más de 40 años está disfrutando hoy en día de una reencontrada popularidad. Incluye trabajos de Ettore Sottsass, Aldo Rossi, Philip Johnson, Michael Graves, Robert Stern, Venturi-Scott Brown, James Stirling y Ricardo Bofill entre otros en Asia, Europa y América.

ACA

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Ideología e identidad: Piketty vs. Fukuyama

Luis Fernández-Galiano

06/01/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

Los últimos libros de Thomas Piketty y Francis Fukuyama abordan el desafío populista desde perspectivas complementarias. El economista francés extiende el estudio de la desigualdad de rentas y patrimonios recogido en Le capital au XXI siècle a las desigualdades educativas, y también a la justificación ideológica de la desigualdad que suministra combustible al actual auge identitario y nacionalista; por su parte, el politólogo estadounidense, que en Political Order and Political Decay había advertido sobre los riesgos para la democracia del levantamiento populista frente a los abusos de las élites, aborda ahora el ascenso de la variante nacionalista que representan Trump, Putin o Erdogan, impulsada no tanto por motivaciones económicas como por las demandas de reconocimiento de identidades diversas y enfrentadas. Y más allá del diagnóstico, ambos proponen herramientas políticas para enfrentarse a la crisis contemporánea: Piketty, defendiendo un socialismo participativo e internacionalista, con un exigente soporte fiscal, y que supere el capitalismo convencional a través de la propiedad social y temporal; y Fukuyama, mediante un refuerzo de la democracia liberal para evitar que la identidad nacional se construya sobre elementos étnicos, y utilizando la demanda de dignidad que está en la base de las políticas identitarias para incrementar la cohesión social.

Capital et idéologie se presenta como una prolongación del anterior bestseller de su autor, aunque más amplio en su cobertura geográfica, y algo distinto en su enfoque, que ahora suma los factores ideológicos a los propiamente económicos. El mayor formato y menor cuerpo de letra se añaden al gran número de páginas para componer un volumen tan intimidatorio que Piketty ruega al lector que no salte de la introducción al último capítulo, pero permite abordar una minuciosa historia de los regímenes desigualitarios, incluyendo las sociedades esclavistas y coloniales, hasta las grandes transformaciones del siglo XX y los conflictos políticos del XXI. Si el volumen anterior usaba a Balzac y a Jane Austen para ilustrar sus tesis, los novelistas ahora elegidos son el mexicano Carlos Fuentes, el indonesio Pramoedya Ananta Toer y la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, una selección que muestra la apertura de la lente geográfica, ampliada también por la atención prestada a las migraciones y a la desigualdad que separa a ciudadanos de extranjeros. Pero el rasgo más significativo del libro, como subraya su título, es el análisis de las ideologías que justifican la desigualdad con el equívoco relato meritocrático del hipercapitalismo, defendido por una alianza non sancta entre ‘la derecha mercantil’ y ‘la izquierda brahmánica’. Frente a ellas, Piketty pone en cuestión tanto la sacralización de la propiedad como la hipocresía educativa, y su propuesta de mutaciones económicas se acompaña de una transformación radical del acceso al conocimiento, y sobre estos pilares asienta el dique político que pueda contener la deriva identitaria.

Francis Fukuyama es más modesto en sus propuestas y en la extensión de su prosa, pero Identity es una disección lúcida y elegante de la crisis política e intelectual que ha engendrado el nacionalismo populista contemporáneo, el ascenso del islamismo revolucionario o las controversias identitarias de los campus universitarios, fenómenos todos ellos que reclaman formas restrictivas de reconocimiento individual o social basadas en la nación, la religión o la raza. Frente a las políticas de la identidad, Fukuyama reclama el universalismo característico de la democracia liberal, pero reconoce que la emergencia de esas mareas de resentimiento está basada en un deficiente reconocimiento de la dignidad de personas o grupos, y piensa que muchos conflictos actuales tienen un origen más ideológico que económico. Remontándose a Platón, Lutero, Rousseau, Kant o Hegel para explicar las bases intelectuales de las políticas de género, del Brexit o de la crisis siria, el politólogo ofrece un retrato detallado de un mundo que cambió dramáticamente «a mediados de la segunda década del siglo XXI».

Aunque el ímpetu radical de Piketty contrasta con el reformismo liberal de Fukuyama, ambos coinciden en la denuncia de la desigualdad, y también en subrayar la importancia crucial de las ideas, bien sea para falsificar la representación del mundo, bien para transformarlo en un mejor escenario de la vida individual o colectiva.

Thomas Piketty

Capital et idéologie

Éditions du Seuil, Paris

2019

1.222 páginas

Francis Fukuyama

Identity

Profile Books, London

2018

218 páginas

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Montajes académicos. La representación de la modernidad

Luis Fernández-Galiano

04/01/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

La arquitectura moderna se basa en el montaje y la metrópolis. Tal es el argumento esencial de la estupenda obra del historiador suizo Martino Stierli, hoy conservador-jefe de arquitectura en el MoMA neoyorquino. Con una prosa elegante y excelentes ilustraciones, Stierli reconcilia erudición y claridad para exponer la fertilización cruzada de la arquitectura, la fotografía, el cine y las artes visuales en el crisol de la modernidad, y explora la importancia del montaje a través de algunos episodios fundamentales, del Wolkenbügel de El Lissitzky o el canónico fotomontaje Metropolis de Paul Citroen que se reproduce en su cubierta hasta las imágenes de Superstudio o el Delirious New York de Rem Koolhaas, un libro que se propuso renovar la historiografía urbana a través de un montaje literario.

De forma inevitable, los grandes protagonistas del volumen, a los que se dedican sendos capítulos, son Mies van der Rohe —cuyos fotomontajes del Rascacielos en Friedrichstrasse o del Museo para una pequeña ciudad son parte de la historia de la arquitectura del siglo XX— y Sergei Eisenstein, el cineasta ruso que teorizó el montaje en su disciplina, pero escribió también sobre la arquitectura y el urbanismo como medios precinematográficos, y sobre la importancia del montaje para la representación del espacio arquitectónico. Al hilo de Eisenstein aparece en el relato Le Corbusier y la promenade architecturale, expuesta en sus libros con secuencias fotográficas ‘protocinemáticas’, y en diferentes secciones se comentan también los paneles con fotografías del Atlas Mnemosyne de Aby Warburg, el ensamblaje visual de los volúmenes crítico-históricos de Sigfried Giedion o André Malraux, los collages textuales de Walter Benjamin, la Collage City de Colin Rowe y Fred Koetter, o el uso por parte de Manfredo Tafuri —inspirado por Eisenstein— de montajes historiográficos que hacen de sus obras palimpsestos.

Al lector español le gustará ver el espacio que se dedica al interés de Eisenstein por El Greco, cuya relación con el cine exploró en diferentes escritos, y que juzgaba la Vista y plano de Toledo como un ejemplo de montaje cinematográfico; a la ‘Meditación del marco’ de José Ortega y Gasset, donde el filósofo relaciona la ventana arquitectónica con el marco de los lienzos; o a la cáustica demolición de los textos de Tafuri por Tomás Llorens, que atribuía su incoherencia y pedregosa inteligibilidad al ya mencionado montaje de fragmentos —hoy escribiríamos al corta y pega— del historiador italiano. En síntesis, y parafraseando a Erwin Panofsky, que caracterizó la perspectiva como la ‘forma simbólica’ del Renacimiento, Stierli asegura que el montaje define la cultura visual occidental del siglo XX, con un protagonismo que se extiende hasta la revolución digital.

En un libro aparecido poco después —que menciona el de Stierli lamentando que no estuviera aún disponible cuando redactó el suyo—, el profesor de Historia del Arte en la Universidad de Yale Craig Buckley documenta el papel del montaje en la arquitectura experimental de los años sesenta. Aunque más restringido en su ámbito temporal, el texto se ocupa también de figuras clave como Eisenstein, Giedion o Mies, y se inicia igualmente con el esclarecimiento de los términos ‘montage’, ‘collage’, ‘assembly’, pero enriquece el panorama con las propuestas visionarias de Archigram, Buckminster Fuller, Hans Hollein, Yona Friedman o los situacionistas, las aportaciones críticas de Reyner Banham o Martin Pawley y la influencia de artistas como Richard Hamilton o Claes Oldenburg —uno de cuyos collages se usa en la portada del volumen—, autores casi todos ausentes de Montage and the Metropolis. La obra de Buckley no posee una ambición teórica comparable, y su edición no es tan cuidada como la de Stierli, pero la complementa bien, y ambas dan testimonio del renovado interés por el montaje en la comunidad académica de los historiadores de la arquitectura contemporánea.

Martino Stierli

Montage and the Metropolis

Yale U.P., New Haven

2018

305 páginas

Craig Buckley

Graphic Assembly

U. Minnesota P., Minneapolis

2019

390 páginas

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Entra el espectro. Foster en Hampstead

Luis Fernández-Galiano

02/01/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

En algunas obras de Shakespeare los fantasmas intervienen decisivamente en el relato, y así ocurre en Hamlet, Macbeth, Julio César, Ricardo III o Cimbelino. En la obra de Norman Foster, los espectros de algunos proyectos no construidos definen puntos de inflexión en su trayectoria, y de ello son buenos ejemplos el concurso de Newport en 1967, el Climatroffice con Buckminster Fuller en 1971 o la sede de la BBC en Portland Place entre 1982 y 1985. La casa familiar de Hampstead, proyectada en 1978-79, es uno de esos fantasmas cuya existencia inmaterial se extiende sobre muchas otras obras materiales, y sin cuya intervención en el desarrollo de la trama es imposible explicar el itinerario de exploración de Norman Foster.

Localizada cronológicamente en el periodo de charnela entre la terminación del Sainsbury Centre y el comienzo del proyecto de la sede del banco de Hong Kong y Shanghái, Hamstead se ha interpretado convencionalmente como una extensión de la doble piel del Sainsbury y como una anticipación del expresionismo estructural del rascacielos de Hong Kong, del Renault Distribution Centre en Swindon o de los prototipos de mobiliario que darían lugar al sistema Nomos, pero la investigación exhaustiva de Carlos Solé Bravo multiplica por ocho las presencias fantasmagóricas de esta casa soñada, y exponencialmente su influencia en los trabajos de Foster durante los años siguientes.

La difícil relación entre la técnica y lo doméstico —que manifiesta igualmente otro proyecto no realizado, la casa autónoma y geodésica que el británico imaginó con Fuller en 1982— impregna de diferente forma las ocho versiones que Solé ha extraído de su inmersión en los archivos de Foster + Partners en Londres y de la Norman Foster Foundation en Madrid, así como de sus conversaciones con algunos de los que intervinieron en aquellos doce meses —entre el verano de 1978 y el de 1979— de exigente esfuerzo experimental: el propio Foster, los arquitectos Peter Busby y Richard Horden, y el ingeniero Tony Hunt, recogidas todas ellas en un apéndice del volumen. Actuando con la libertad del que es su propio cliente, y con el riesgo del médico que usa su propio cuerpo como campo de pruebas, Foster alumbró ocho propuestas, fantasmagóricamente materiales en sus maquetas y fragmentos, que dialogan entre sí y con la obra posterior del arquitecto.

Ninguna de ellas llegó a adquirir cuerpo en el solar de Hampstead, pero la búsqueda que las fue dando a luz les otorgaría también su propia voz, y sus acentos se oirían alto y claro en multitud de obras que entrarían más tarde en el escenario, de igual manera que en sus palabras hay ecos de las ideas y las formas de Charles y Ray Eames o de Ezra Ehrenkrantz, personajes del drama en su acto americano. Philip Roth utilizó una acotación de Macbeth —Exit Ghost, que aquí se tradujo como Sale el espectro— para cerrar su saga de Nathan Zuckerman, y Carlos Solé ha enriquecido la saga del arquitecto con ocho nuevos figurantes fantasmáticos que hacen más complejo el argumento de la historia, multiplicando las sombras soñadas del matrimonio entre tecnología y vida cotidiana en la casa non nata de Norman y Wendy Foster: entran los espectros.

Carlos Solé Bravo

Norman y Wendy Foster en Hampstead. El sueño de la casa tecnológica

Diseño, Buenos Aires

2019

335 páginas

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