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VALE LA PENA LEER

¿Y si aquella arquitectura cutre de los años 80 era en realidad muy valiosa?

Luis Alemany

Edificio M2, de Kenzo Kuma, en Tokio

Lunes, 2 marzo 2020

Tomado de www.elmundo.com

Owen Hopkins reivindica en un libro el espíritu rompedor de la arquitectura de los años 70 y 80, malentendida y desdeñada durante décadas como una estética ‘kitsch’, conservadora y comercial

A las personas educadas nos gustan Le Corbusier, el Club Náutico de San Sebastián y los libros de la Bauhaus, ¿verdad? En cambio, nos entristecen los adosados que quieren parecer Londres, los centros comerciales de neón y mármol y los hoteles de playa que imitan la arquitectura tradicional canaria. Es normal: Le Corbusier es casi poesía y los hoteles playeros son…

«A mí no me parecen mal los hoteles. La arquitectura del turismo está hecha para periodos de tiempo cortos, de modo que todo está un poco exagerado y la apariencia de lujo tiene su sentido. Todo eso tiene que ver con la popularidad, porque si el hotel no es popular, si no gusta, cierra. El postmodernismo también iba de eso, de gustar a la gente. La modernidad la había alienado, le había dado un producto abstracto y elitista, le miraba de arriba abajo. En cambio, los postmodernos querían encontrarse con el público, emplear elementos que se pudieran entender: color, formas tradicionales, ornamentos…».

El entrecomillado anterior pertenece a Owen Hopkins, arquitecto inglés y autor de Less is a bore (Menos es aburrido), una historia visual de la arquitectura postmoderna que edita en España Phaidon.

¿Qué entendemos por arquitectura postmoderna? Venturi y Scott Brown, Aldo Rossi, Gehry, Bofill, y toda aquella obra que, durante los años 70, 80 y 90, se presentó con un aspecto teatral, a veces copiado de la Historia, a veces bromista, a menudo confuso y kitsch… Hoy nos puede parecer anacrónica, hasta fea, pero eso no significa que careciese de un significado valioso.

Permisividad y eclecticismo

El libro de Hopkins, además de explicar el postmodernismo desde la arquitectura (la revuelta contra el lenguaje racionalista), lo hace desde la cultura de su tiempo: la música, la literatura, el hippismo y el neoconservadurismo… «El postmodernismo es parte de la radicalidad de los 70. Era una parte genuina de la contracultura, ligada estrecha y a veces contradictoriamente a la música, por ejemplo: al post-punk, a la música disco, y electrónica, a los nuevos románticos… La arquitectura postmoderna es parte de ese momento de permisividad y eclecticismo, de encuentro entre la baja y la alta cultura».

«También hay un significado político», explica Hopkins. «El individualismo promovido por Thatcher y Reagan se suele relacionar con la arquitectura de la época, pero la realidad es más complicada. Yo creo que el lenguaje postmoderno refleja un momento en el que se rompía el consenso socialdemócrata de la posguerra y se imponían las doctrinas neoliberales que hoy están en ese mismo momento de quiebra».

¿Entonces, no es justo relacionar postmodernismo con conservadurismo? «El origen del lenguaje es cualquier cosa menos conservador. Con el tiempo, hubo una apropiación. Es obvio el caso del Príncipe Carlos de Inglaterra y su defensa de la arquitectura tradicional… Pero el espíritu postmoderno es radical y contracultural. Es un ataque contra el conformismo en favor de la expresión individual, es una celebración del eclecticismo y de la mezcla de ideas».

Brutalismo arquitectónico en Instagram

Regreso a 2020: en el mismo momento en el que Instagram se llena de evocaciones de la arquitectura brutalista, el lenguaje postmoderno, su némesis, también entra en una fase de revisión amable. «Con el brutalismo hay una dimensión política: se pretende ver en él una materialización de los ideales socialdemócratas. Bueno: como relato funciona pero es una simplificación. También hubo arquitectura brutalista comercial. Y este brutalismo de Instagram es, en realidad, muy postmoderno. Diría que esta añoranza es la expresión de un momento de enorme fluidez cultural, de una transición desde un sistema liberal hacia otro que aún nos crea mucha incertidumbre».

«El mal nombre de la arquitectura postmoderna se debe en parte a lo que vino después: urbanismo de baja densidad, estética tradicionalista y comercial… La postmodernidad no iba de eso, aunque hoy nos parece evidente que abrió la caja de pandora de mucha arquitectura mala. Pero eso mismo se podría decir de la arquitectura racionalista. Y con más gravedad».

Durante años, la estética postmoderna ha sido vista como una viruela que vino y se pasó pero que dejó algunas marcas desagradables en nuestras ciudades. Sin embargo, su herencia es más profunda y positiva: «Ideas como contexto, memoria o identidad, que hoy están asumidas en la arquitectura, son el legado de esa época», termina Hopkins.

LESS IS A BORE

Postmodern architecture

Owen Hopkins

Editorial Phaidon

2020

Tapa dura

224 páginas

Nota de los editores

Este libro toma su título de la respuesta del icono postmodernista Robert Venturi a la afirmación de Mies van der Rohe, “less is more” (menos es más) Uno de los estilos más controvertidos en la arquitectura del siglo XX, el Postmodernismo comenzó en la década de los 70, alcanzó un máximo de discontinuidad ecléctica a finales de los 80 y principios de los 90 y después de más de 40 años está disfrutando hoy en día de una reencontrada popularidad. Incluye trabajos de Ettore Sottsass, Aldo Rossi, Philip Johnson, Michael Graves, Robert Stern, Venturi-Scott Brown, James Stirling y Ricardo Bofill entre otros en Asia, Europa y América.

ACA

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Ideología e identidad: Piketty vs. Fukuyama

Luis Fernández-Galiano

06/01/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

Los últimos libros de Thomas Piketty y Francis Fukuyama abordan el desafío populista desde perspectivas complementarias. El economista francés extiende el estudio de la desigualdad de rentas y patrimonios recogido en Le capital au XXI siècle a las desigualdades educativas, y también a la justificación ideológica de la desigualdad que suministra combustible al actual auge identitario y nacionalista; por su parte, el politólogo estadounidense, que en Political Order and Political Decay había advertido sobre los riesgos para la democracia del levantamiento populista frente a los abusos de las élites, aborda ahora el ascenso de la variante nacionalista que representan Trump, Putin o Erdogan, impulsada no tanto por motivaciones económicas como por las demandas de reconocimiento de identidades diversas y enfrentadas. Y más allá del diagnóstico, ambos proponen herramientas políticas para enfrentarse a la crisis contemporánea: Piketty, defendiendo un socialismo participativo e internacionalista, con un exigente soporte fiscal, y que supere el capitalismo convencional a través de la propiedad social y temporal; y Fukuyama, mediante un refuerzo de la democracia liberal para evitar que la identidad nacional se construya sobre elementos étnicos, y utilizando la demanda de dignidad que está en la base de las políticas identitarias para incrementar la cohesión social.

Capital et idéologie se presenta como una prolongación del anterior bestseller de su autor, aunque más amplio en su cobertura geográfica, y algo distinto en su enfoque, que ahora suma los factores ideológicos a los propiamente económicos. El mayor formato y menor cuerpo de letra se añaden al gran número de páginas para componer un volumen tan intimidatorio que Piketty ruega al lector que no salte de la introducción al último capítulo, pero permite abordar una minuciosa historia de los regímenes desigualitarios, incluyendo las sociedades esclavistas y coloniales, hasta las grandes transformaciones del siglo XX y los conflictos políticos del XXI. Si el volumen anterior usaba a Balzac y a Jane Austen para ilustrar sus tesis, los novelistas ahora elegidos son el mexicano Carlos Fuentes, el indonesio Pramoedya Ananta Toer y la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, una selección que muestra la apertura de la lente geográfica, ampliada también por la atención prestada a las migraciones y a la desigualdad que separa a ciudadanos de extranjeros. Pero el rasgo más significativo del libro, como subraya su título, es el análisis de las ideologías que justifican la desigualdad con el equívoco relato meritocrático del hipercapitalismo, defendido por una alianza non sancta entre ‘la derecha mercantil’ y ‘la izquierda brahmánica’. Frente a ellas, Piketty pone en cuestión tanto la sacralización de la propiedad como la hipocresía educativa, y su propuesta de mutaciones económicas se acompaña de una transformación radical del acceso al conocimiento, y sobre estos pilares asienta el dique político que pueda contener la deriva identitaria.

Francis Fukuyama es más modesto en sus propuestas y en la extensión de su prosa, pero Identity es una disección lúcida y elegante de la crisis política e intelectual que ha engendrado el nacionalismo populista contemporáneo, el ascenso del islamismo revolucionario o las controversias identitarias de los campus universitarios, fenómenos todos ellos que reclaman formas restrictivas de reconocimiento individual o social basadas en la nación, la religión o la raza. Frente a las políticas de la identidad, Fukuyama reclama el universalismo característico de la democracia liberal, pero reconoce que la emergencia de esas mareas de resentimiento está basada en un deficiente reconocimiento de la dignidad de personas o grupos, y piensa que muchos conflictos actuales tienen un origen más ideológico que económico. Remontándose a Platón, Lutero, Rousseau, Kant o Hegel para explicar las bases intelectuales de las políticas de género, del Brexit o de la crisis siria, el politólogo ofrece un retrato detallado de un mundo que cambió dramáticamente «a mediados de la segunda década del siglo XXI».

Aunque el ímpetu radical de Piketty contrasta con el reformismo liberal de Fukuyama, ambos coinciden en la denuncia de la desigualdad, y también en subrayar la importancia crucial de las ideas, bien sea para falsificar la representación del mundo, bien para transformarlo en un mejor escenario de la vida individual o colectiva.

Thomas Piketty

Capital et idéologie

Éditions du Seuil, Paris

2019

1.222 páginas

Francis Fukuyama

Identity

Profile Books, London

2018

218 páginas

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Montajes académicos. La representación de la modernidad

Luis Fernández-Galiano

04/01/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

La arquitectura moderna se basa en el montaje y la metrópolis. Tal es el argumento esencial de la estupenda obra del historiador suizo Martino Stierli, hoy conservador-jefe de arquitectura en el MoMA neoyorquino. Con una prosa elegante y excelentes ilustraciones, Stierli reconcilia erudición y claridad para exponer la fertilización cruzada de la arquitectura, la fotografía, el cine y las artes visuales en el crisol de la modernidad, y explora la importancia del montaje a través de algunos episodios fundamentales, del Wolkenbügel de El Lissitzky o el canónico fotomontaje Metropolis de Paul Citroen que se reproduce en su cubierta hasta las imágenes de Superstudio o el Delirious New York de Rem Koolhaas, un libro que se propuso renovar la historiografía urbana a través de un montaje literario.

De forma inevitable, los grandes protagonistas del volumen, a los que se dedican sendos capítulos, son Mies van der Rohe —cuyos fotomontajes del Rascacielos en Friedrichstrasse o del Museo para una pequeña ciudad son parte de la historia de la arquitectura del siglo XX— y Sergei Eisenstein, el cineasta ruso que teorizó el montaje en su disciplina, pero escribió también sobre la arquitectura y el urbanismo como medios precinematográficos, y sobre la importancia del montaje para la representación del espacio arquitectónico. Al hilo de Eisenstein aparece en el relato Le Corbusier y la promenade architecturale, expuesta en sus libros con secuencias fotográficas ‘protocinemáticas’, y en diferentes secciones se comentan también los paneles con fotografías del Atlas Mnemosyne de Aby Warburg, el ensamblaje visual de los volúmenes crítico-históricos de Sigfried Giedion o André Malraux, los collages textuales de Walter Benjamin, la Collage City de Colin Rowe y Fred Koetter, o el uso por parte de Manfredo Tafuri —inspirado por Eisenstein— de montajes historiográficos que hacen de sus obras palimpsestos.

Al lector español le gustará ver el espacio que se dedica al interés de Eisenstein por El Greco, cuya relación con el cine exploró en diferentes escritos, y que juzgaba la Vista y plano de Toledo como un ejemplo de montaje cinematográfico; a la ‘Meditación del marco’ de José Ortega y Gasset, donde el filósofo relaciona la ventana arquitectónica con el marco de los lienzos; o a la cáustica demolición de los textos de Tafuri por Tomás Llorens, que atribuía su incoherencia y pedregosa inteligibilidad al ya mencionado montaje de fragmentos —hoy escribiríamos al corta y pega— del historiador italiano. En síntesis, y parafraseando a Erwin Panofsky, que caracterizó la perspectiva como la ‘forma simbólica’ del Renacimiento, Stierli asegura que el montaje define la cultura visual occidental del siglo XX, con un protagonismo que se extiende hasta la revolución digital.

En un libro aparecido poco después —que menciona el de Stierli lamentando que no estuviera aún disponible cuando redactó el suyo—, el profesor de Historia del Arte en la Universidad de Yale Craig Buckley documenta el papel del montaje en la arquitectura experimental de los años sesenta. Aunque más restringido en su ámbito temporal, el texto se ocupa también de figuras clave como Eisenstein, Giedion o Mies, y se inicia igualmente con el esclarecimiento de los términos ‘montage’, ‘collage’, ‘assembly’, pero enriquece el panorama con las propuestas visionarias de Archigram, Buckminster Fuller, Hans Hollein, Yona Friedman o los situacionistas, las aportaciones críticas de Reyner Banham o Martin Pawley y la influencia de artistas como Richard Hamilton o Claes Oldenburg —uno de cuyos collages se usa en la portada del volumen—, autores casi todos ausentes de Montage and the Metropolis. La obra de Buckley no posee una ambición teórica comparable, y su edición no es tan cuidada como la de Stierli, pero la complementa bien, y ambas dan testimonio del renovado interés por el montaje en la comunidad académica de los historiadores de la arquitectura contemporánea.

Martino Stierli

Montage and the Metropolis

Yale U.P., New Haven

2018

305 páginas

Craig Buckley

Graphic Assembly

U. Minnesota P., Minneapolis

2019

390 páginas

ACA

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Entra el espectro. Foster en Hampstead

Luis Fernández-Galiano

02/01/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

En algunas obras de Shakespeare los fantasmas intervienen decisivamente en el relato, y así ocurre en Hamlet, Macbeth, Julio César, Ricardo III o Cimbelino. En la obra de Norman Foster, los espectros de algunos proyectos no construidos definen puntos de inflexión en su trayectoria, y de ello son buenos ejemplos el concurso de Newport en 1967, el Climatroffice con Buckminster Fuller en 1971 o la sede de la BBC en Portland Place entre 1982 y 1985. La casa familiar de Hampstead, proyectada en 1978-79, es uno de esos fantasmas cuya existencia inmaterial se extiende sobre muchas otras obras materiales, y sin cuya intervención en el desarrollo de la trama es imposible explicar el itinerario de exploración de Norman Foster.

Localizada cronológicamente en el periodo de charnela entre la terminación del Sainsbury Centre y el comienzo del proyecto de la sede del banco de Hong Kong y Shanghái, Hamstead se ha interpretado convencionalmente como una extensión de la doble piel del Sainsbury y como una anticipación del expresionismo estructural del rascacielos de Hong Kong, del Renault Distribution Centre en Swindon o de los prototipos de mobiliario que darían lugar al sistema Nomos, pero la investigación exhaustiva de Carlos Solé Bravo multiplica por ocho las presencias fantasmagóricas de esta casa soñada, y exponencialmente su influencia en los trabajos de Foster durante los años siguientes.

La difícil relación entre la técnica y lo doméstico —que manifiesta igualmente otro proyecto no realizado, la casa autónoma y geodésica que el británico imaginó con Fuller en 1982— impregna de diferente forma las ocho versiones que Solé ha extraído de su inmersión en los archivos de Foster + Partners en Londres y de la Norman Foster Foundation en Madrid, así como de sus conversaciones con algunos de los que intervinieron en aquellos doce meses —entre el verano de 1978 y el de 1979— de exigente esfuerzo experimental: el propio Foster, los arquitectos Peter Busby y Richard Horden, y el ingeniero Tony Hunt, recogidas todas ellas en un apéndice del volumen. Actuando con la libertad del que es su propio cliente, y con el riesgo del médico que usa su propio cuerpo como campo de pruebas, Foster alumbró ocho propuestas, fantasmagóricamente materiales en sus maquetas y fragmentos, que dialogan entre sí y con la obra posterior del arquitecto.

Ninguna de ellas llegó a adquirir cuerpo en el solar de Hampstead, pero la búsqueda que las fue dando a luz les otorgaría también su propia voz, y sus acentos se oirían alto y claro en multitud de obras que entrarían más tarde en el escenario, de igual manera que en sus palabras hay ecos de las ideas y las formas de Charles y Ray Eames o de Ezra Ehrenkrantz, personajes del drama en su acto americano. Philip Roth utilizó una acotación de Macbeth —Exit Ghost, que aquí se tradujo como Sale el espectro— para cerrar su saga de Nathan Zuckerman, y Carlos Solé ha enriquecido la saga del arquitecto con ocho nuevos figurantes fantasmáticos que hacen más complejo el argumento de la historia, multiplicando las sombras soñadas del matrimonio entre tecnología y vida cotidiana en la casa non nata de Norman y Wendy Foster: entran los espectros.

Carlos Solé Bravo

Norman y Wendy Foster en Hampstead. El sueño de la casa tecnológica

Diseño, Buenos Aires

2019

335 páginas

ACA

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De la pradera a Gotham. Wright en Nueva York

Luis Fernández-Galiano

30/12/2019

Tomado de arquitecturaviva.com

La factoría Wright produce publicaciones sin pausa, la mayoría prescindibles. No es el caso de los dos libros de Yale University Press que exploran la ambivalente relación del arquitecto con la ciudad de Nueva York. Redactados por dos excelentes historiadores, se ocupan del inicio y del final de un vínculo que se extendió a lo largo de medio siglo. Anthony Alofsin, un especialista en el arquitecto que ya trató sus ‘años perdidos’ en Frank Lloyd Wright.The Lost Years, 1910-1922: A Study of Influence (University of Chicago Press, 1993), evoca su primera visita documentada a Nueva York en 1909, pero se concentra en el periodo comprendido entre 1925 y 1932, durante el cual la ciudad «le dio la vuelta, sacándolo de la crisis personal y profesional para crear el escenario de sus décadas finales como el campeón americano de la arquitectura moderna», y todo ello a través de dos proyectos que no llegarían a construirse, una catedral colosal y un nuevo prototipo de rascacielos. Francesco Dal Co, por su parte, narra con rigor y convicción, poniendo al día la versión italiana de 2004, el prolongado proceso de proyecto y construcción del Museo Guggenheim, ‘la obra maestra iconoclasta’ de Wright (como ya hiciese en su monografía del Centro Pompidou, también publicada por Yale University Press y reseñada en Arquitectura Viva 193), desde su encargo en junio de 1943 hasta su culminación en octubre de 1959, seis meses después de la muerte del arquitecto.

Aunque asociamos Wright a la pradera y a Chicago, Nueva York desempeñó un papel esencial en su biografía, como desveló persuasivamente Herbert Muschamp (Man About Town. Frank Lloyd Wright in New York City, MIT Press, 1983), que antes de convertirse en el influyente y polémico crítico de arquitectura del New York Times —una función que desempeñó entre 1992 y 2004— produjo un relato brillante y erudito de la relación entre el genio que estableció ‘Taliesin East’en una suite doble del Hotel Plaza y la ciudad que amaba odiar, y donde dejó su obra más popular y visitada. Tanto Alofsin como Dal Co mencionan el trabajo primero de Muschamp en sus muy útiles y extensos apéndices sobre fuentes y bibliografía, en el primer caso elogiando su agudeza interpretativa, y en el segundo valorando su utilidad para entender los denodados esfuerzos de

Wright para obtener el apoyo de la opinión pública y las élites de la ciudad.
En la investigación minuciosa de Alofsin aparece un protagonista insólito, el reverendo William Norman Guthrie, un escocés excéntrico y visionario que encargó a Wright la Catedral Moderna y la torre de apartamentos en los terrenos de su iglesia, St. Mark’s Church in-the-Bowery, extendiendo su papel de cliente al de amigo, confidente y guía espiritual del arquitecto. Quizá de forma menos inesperada, en la magistral historia de Dal Co toma un relieve singular el polígrafo Lewis Mumford, sociólogo, filósofo y urbanista que el profesor veneciano equipara a Wright como los dos protagonistas intelectuales de la arquitectura americana del siglo XX, la complejidad de cuya relación se refleja a través de los libros, los artículos y la correspondencia entre ambos, y que tuvo a Nueva York como escenario privilegiado. La ciudad que Frank Lloyd Wright llegara a describir como una ‘cárcel inhabitable’ rescató al arquitecto en diferentes etapas de su biografía, alimentó en cada ocasión su energía creativa, y le permitió levantar frente a Central Park su más elocuente testamento.

Anthony Alofsin
Wright and New York. The Making of America’s Architect

Yale, New Haven y Londres

2019

343 páginas

Francesco Dal Co

The Guggenheim. Frank Lloyd Wright’s Iconoclastic Masterpiece

Yale, New Haven y Londres

2017

174 páginas

ACA

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Sesenta y cuatro facetas

Luis Fernández-Galiano

16-01-2020

Tomado de arquitecturaviva.com

Esta historia ambiental merece un nombre plural. El arquitecto Eduardo Prieto ha tallado un diamante de sesenta y cuatro facetas para explorar la dimensión ecológica y climática de la construcción del entorno, y el resultado es una obra brillante, que refleja la solidez de su formación intelectual y la madurez de su trayecto investigador. Dividido en cuatro partes que asocia a los cuatro elementos de la naturaleza acuñados por la tradición clásica (fuego, tierra, agua y aire), el libro se estructura —mostrando una voluntad de orden retóricamente geométrica— en cuatro capítulos por parte y cuatro epígrafes por capítulo, de manera que viene a reunir sesenta y cuatro ensayos que abordan poliédricamente el objeto de su estudio. Podría haberse escrito que esa serie de hilos narrativos se trenzan para componer un relato de la evolución en el tiempo del control del entorno, o bien que ese conjunto de teselas forma un mosaico que ofrece una representación pixelada del devenir ambiental de la arquitectura, pero Prieto no contempla la historia como una secuencia lineal de acontecimientos ni como un paisaje de sucesos que puedan abreviarse en las dos dimensiones de un mapa, un tapiz o un mosaico: su historia es una matriz tridimensional compuesta por los materiales, técnicas e ideas que han ido conformando el mundo artificial que habitamos.

No es posible resumir su contenido de otra forma que recitando la letanía de los términos que emergen una y otra vez en los diferentes textos: energía, clima, termodinámica, ecología, higiene, atmósferas, cuerpo, naturaleza, salud, confort… Sin embargo, esta enumeración da una idea muy pobre de la variedad de asuntos, riqueza de información y profundidad de enfoque del conjunto de ensayos, que se nutre de fuentes científicas, técnicas o literarias para cartografiar una historia alternativa de la arquitectura donde adquieren protagonismo la calefacción o el aislamiento térmico, las cuevas o los invernaderos, las cloacas o los jardines. A cada uno de los sesenta y cuatro temas aplica Prieto su mirada analítica y plural, utilizando una herramienta visual más semejante al ojo compuesto de los insectos que a la lente rutinaria del cristalino, para orquestar una genuina historia polifónica que dota de espesor material, inteligencia técnica y pertinencia ecológica al relato habitual y monódico de la arquitectura.

Prieto sitúa su trabajo en la estela de las que llama aproximaciones ‘clásicas’ a las dimensiones energéticas o ambientales de la disciplina, desde el precursor Mechanization Takes Command de Sigfried Giedion hasta El fuego y la memoria, pasando por The Architecture of the Well-Tempered Environment de Reyner Banham o Thermal Delight in Architecture de Lisa Heschong. Como autor de uno de esos libros, codirector de la tesis doctoral de Eduardo Prieto (‘Máquinas o atmósferas: la estética de la energía en la arquitectura, 1750-2000’, que leyó en 2014) y director de la revista en la que ha colaborado durante los últimos años, se puede poner en cuestión mi objetividad. Pero estoy convencido de que la opinión de muchos y el juicio del tiempo convertirá esta Historia medioambiental de la arquitectura en un clásico más, que sólo necesita ya una traducción al inglés que lo acerque a un público de lectores más amplio y un índice alfabético que permita navegar con mayor facilidad en el océano de datos, interpretaciones y destellos que nos ofrece esta sólida y brillante piedra tallada.

Eduardo Prieto

Historial medioambiental de la arquitectura

Cátedra, Madrid

2019

444 páginas

ACA