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Con la publicación en 1999 (hace ya 20 años) del catálogo que recogía los trabajos presentados en 1996 durante la primera edición del Premio AXIS a la excelencia en diseño, el Centro de Información y Documentación (CID) de la FAU UCV daba un importante paso y llenaba un notable vacío que tenía justamente en el reconocimiento y registro permanente de la actividad más importante que se realiza en su Escuela de Arquitectura su principal deuda.
De lo que se extrae en la presentación de la edición, cuya portada ilustra la postal del día de hoy, escrita por el profesor Gustavo Flores, tenemos que: “Los premios AXIS han sido creados para señalar anualmente lo más destacado de la producción de proyectos de los estudiantes cursantes de diseño en las distintas unidades docentes de nuestra escuela de arquitectura. Se retoma así la tradicional exposición anual de trabajos de diseño de las unidades docentes, pero ahora solicitándoles sólo los mejores trabajos de los diez semestres de diseño. Este conjunto de proyectos compiten por un premio al mejor trabajo de Diseño en la Escuela de Arquitectura, durante un año lectivo, en cuatro categorías: de primero a tercer semestre; de cuarto a sexto semestre; de séptimo a noveno semestre; y los trabajos especiales de décimo semestre”.
La creación del Premio AXIS surgió por iniciativa de la por entonces Directora de la Escuela de Arquitectura, la profesora Paulina Villanueva, quien contó con el apoyo incondicional de la también profesora Ana María Marín al frente del CID y de todo su equipo, con particular mención como colaboradoras en la producción de la primera exposición de Carla Henríquez, Gabriela Rodríguez y Valerie Wormald.
El catálogo en tapa dura y pequeño formato (21 x 15 cms), realizado bajo la coordinación editorial de María Antonia Rodríguez, impreso en papel glasé con una alta calidad, de cuidado, sobrio y elegante diseño gráfico a cargo de Martha Sanabria con el acompañamiento en la diagramación y montaje de Catherine Goalard, tuvo un tiraje de 1.000 ejemplares. Registra, con fotografías de Jorge Andrés Castillo, la participación de 101 estudiantes cursantes de la asignatura Diseño Arquitectónico en las ocho agrupaciones docentes existentes para aquella fecha en la Escuela de Arquitectura (seis Unidades Docentes, una Experiencia y un Taller), cuyos trabajos fueron seleccionados para participar en la exhibición. Además de la importancia de las fotografías, el catálogo se convierte en una pieza de gran valor por cuanto contiene brevemente expuestos los postulados que guiaron cada experiencia de diseño representada por los correspondientes ejercicios.

Se contó como jurado del evento, con un grupo de profesores del más alto nivel conformado por: Carlos Gómez de Llarena y Jorge Rigamonti (en representación del Sector Diseño FAU UCV), Gustavo Flores (representando al IDEC FAU UCV), Alberto Sato (por el Sector de Historia FAU UCV), y Emile Vestuti y Enrique Larrañaga (representado la Carrera de Arquitectura de la USB), quienes adjudicaron los siguientes Premios Únicos: Categoría I al Bachiller Raúl Bergamini, alumno de Diseño 3 de la profesora Virginia Solórzano (Unidad Docente 01); Categoria II a la Bachiller Andrea Parga, alumna de Diseño 6 del profesor Alfredo Mariño (Unidad Docente 01); Categoria III al Bachiller Manuel Bolívar, alumno de Diseño 8 del profesor Oscar Tenreiro (Taller Firminy); y Categoria IV al Bachiller Enrique Fernández-Shaw, alumno de Diseño 10, guiado por el profesor Azier Calvo A. (Unidad Docente 07).


El catálogo también contiene las bases que rigieron esta primera edición del Premio, en cuyos fundamentos se expone como misión la de “reconocer aquellos trabajos que por su aporte se hayan destacado dentro de la disciplina del Diseño, en el desarrollo académico del estudiante. Este estímulo a las futuras generaciones de Arquitectos ayuda a promover la búsqueda de la disertación en todos lo ámbitos de acción del hecho proyectual, orientándola así hacia la consecución de la excelencia académica”.
Testimonio de un momento en el que los medios de representación aún no habían sido avasallados por la presencia de los medios digitales, tanto la exposición como su catálogo ofrecen también la oportunidad de encontrar lo que ya comenzaba a ocurrir en los albores del uso de programas de dibujo para la computadora.
Desde entonces hasta hoy, la Escuela de Arquitectura no sólo adoptó el nombre de Carlos Raúl Villanueva, vio la desaparición de algunas y le abrió paso a otras unidades y experiencias docentes, incorporó a la Unidad Docente Extramuros de Barquisimeto y ha buscado cambiar el sentido de la asignatura que se premia intentando superar el campo del Diseño para apuntar al del Proyecto, sino que ha hecho todo lo posible, con todas las dificultades del caso, por darle continuidad a esta iniciativa, contándose, a pesar de presentar algunos altibajos, ya con XVI Ediciones, siendo la última la correspondiente al año 2016, momento desde el que se ha vuelto peligrosamente a entrar en mora.
Asímismo, dentro de las bases del Premio se han incorporado ligeras modificaciones siendo la más notoria la creación de un categoría sólo para trabajos de Primer Semestre, separándolos de los de segundo y tercero reconociéndose hoy no cuatro sino cinco categorías.
Lo que no se repitió fue el poder contar con un registro en físico de la calidad del que se elaboró para su primera edición lo cual se echa en falta. Sin embargo, se pueden visitar los resultados de las ediciones que van de la VII a la XVI, sin el acompañamiento de los programas de las experiencias en las cuales se inscriben, en https://www.fau.ucv.ve/axis/. De la II a la VI no tenemos noticias de su paradero.

Hoy, según el mencionado enlace, encontramos que, la actividad que se distingue integra y expone “a través del proyecto como proceso y vehículo, todos los conocimientos que los estudiantes de arquitectura desarrollan durante su formación. (…) Considerando que el proyecto es el medio de realización y exposición del pensamiento y la labor arquitectónica, un proceso cuyo producto define y orienta lo edificable, el Premio AXIS se propone desde el proyecto y en él busca coherencia entre idea y diseño, dominio técnico y capacidad de enunciar, a plenitud, la posible y necesaria realidad de lo que ha de ser edificado. Es también un momento de evaluación de la docencia en Diseño, en virtud de la relación profesores-estudiantes sobre la que se funda el taller de proyectos y referido a la propuesta académica en torno a la cual se reúnen todos los participantes del acto docente. Por ello, el AXIS reconoce, a través de los trabajos premiados, la labor de grupos docentes que propician y acompañan un excelente desempeño estudiantil”. Toda una declaración de principios que hace de la convocatoria regular al Premio una tarea necesaria a la que hay que preservar a toda costa y retomar cuanto antes.
ACA

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El desaparecido edificio Galipán, cuya impactante estampa engalana nuestra postal del día de hoy, fue la primera intervención de envergadura que se realizara en la avenida Francisco de Miranda, vía que el Ministerio de Obras Públicas (MOP) terminó de construir en 1954 sobre el trazado del antiguo Camino Real de Petare en el trecho de 8,2 kilómetros que transcurre desde Chacaíto hasta esa población.
Tardó el Galipán 20 meses en construirse (agosto 1950 a marzo 1952) bajo la responsabilidad de la Compañía Anónima Edificaciones Galipán, presidida por Carlos Rodríguez Landaeta, en una manzana de 8.600 m2 de extensión que limita con la avenida Francisco de Miranda por el Norte, la calle El Parque por el Este, la avenida Tamanaco por el Sur y al Oeste con la calle Mohedano, de la urbanización El Rosal. Su diseño fue realizado por el ingeniero-arquitecto Gustavo Guinand Van der Walle (FI UCV, 1942; FAU UCV, 1967).

Estaba integrado por tres torres enlazadas, y fue considerado en su momento “la unidad de vivienda mas avanzada de Latinoamérica”. Tuvo 14 pisos que totalizaban 36 metros de altura (la más alta de la capital, pudiéndose divisar el valle de Caracas en toda su extensión), 28.000 m2 de construcción, en los cuales Guinand desarrolló 135 apartamentos, 29 locales comerciales, 24 oficinas, un bar-restaurante en el último nivel, un garage con estación de servicios para 80 vehículos y estacionamientos al aire libre.
Fue construido a un costo de 14 millones de bolívares por varias empresas, entre las que se destacaron Técnica Constructora C.A., quien realizó la estructura de concreto armado antisísmica; Martínez y Salegui responsable de la albañilería; Briceño y Rodríguez de las instalaciones sanitarias y José García de las instalaciones eléctricas.
Los pisos del edificio fueron de granito y las paredes de los accesos y espacios de circulación estaban recubiertos con mármol de Carrara. La circulación vertical se realizaba a través de 12 escaleras y 6 ascensores (dos de ellos de carga). El tanque subterráneo de agua tenia una capacidad de 500.000 litros y estaba equipado con 4 bombas de 25 hp cada una.


Citando a Hannia Gómez en el artículo “Flores al Galipán”, aparecido inicialmente en la sección Arquitectura del diario El Nacional en 1999 (que hoy se puede releer en http://fundamemoria.tripod.com/id37.html), “La avenida como dijéramos una vez en un libro del Instituto de Arquitectura Urbana, luciría ‘nueva y flamante’, prácticamente construida para el uso exclusivo de la ‘gigantesca megaestructura en medio de grandes lotes baldíos de terreno’. El edificio se asienta majestuosamente a su orilla como un ‘mundo urbano en sí mismo, como un pedazo aislado de ciudad’. En aquel entonces lo habíamos escogido entre los 10 mejores edificios de vivienda multifamiliar de los años cincuenta y le redibujamos cariñosamente sus plantas, sus secciones y sus alzados, cuidando mucho en delinear bien cada antepecho, cada baranda, cada alero (que tanta familiaridad tienen con los de su notable pariente, el Hotel Tamanaco, otra espléndida obra del arquitecto Gustavo Guinand), a fin de salvarlos para la posteridad, erigiéndolo con nuestro devoto esfuerzo en un sitial de honor: una de las operaciones de mayor confianza urbana de la época. Arriba en el último piso, un amplio restaurante coronaría la corpulenta fábrica a lo largo de una terraza sobre la curvatura central del volumen, rutilante de luces festivas y repleta de gente, y desde cada uno de los dos penthouses en las cinco puntas del edificio, los inquilinos, todos gente muy chic que se daban codazos para conseguir aquí apartamentos para rentar, abrían sus elegantemente decorados balcones a la vista de la nueva Caracas”.
Referencia durante años por su calidad arquitectónica, respuesta urbana y el alto estándar de las firmas que ocupaban sus espacios comerciales, los propietarios del Galipán afectados por el hecho de haber sido construido antes de que se sancionara la Ley de Propiedad Horizontal y por la posterior aplicación de la Ley de Inquilinato, habían ido descuidando paulatinamente su mantenimiento y cambiando forzadamente su uso, presentando innumerables problemas con quienes como inquilinos ocupaban sus espacios. Adicionalmente, se empezaba a ver afectado por la presión de una ordenanza que permitía en el área que ocupaba un mayor porcentaje de construcción del que poseía.
En medio de este panorama, en julio de 1999 el Concejo Municipal de Chacao aprobó un acuerdo mediante el cual se lo declaraba patrimonio histórico del municipio. Sin embargo, meses después, los mismos concejales inexplicablemente, con sólo un voto salvado, derogaron el decreto facilitando la posibilidad de su demolición.

El escándalo que acompañó todo el proceso que terminó con el derrumbe forzado del edificio, constituyó a finales de los años 90 del siglo XX todo un testimonio del despertar de un sentir que se venía desarrollando por la preservación del patrimonio construido de la ciudad, altamente afectado en lo correspondiente a su pasado colonial y republicano al cual ya se habían empezado a sumar importantes piezas de arquitectura moderna. También de la frustración que acompañó el no poder evitar su anunciado destino a pesar de los pesares y de los altibajos esperanzadores que fueron surgiendo una vez que la sentencia fue decretada.
Las voces levantadas desde diferentes frentes (académicos o de divulgación), si bien avivaron la polémica y abrieron los ojos al ciudadano común de que se trataba de una pelea desigual entre Mercado Inmobiliario y Conservación del Patrimonio, dejaron en claro que ante el primero mientras no exista una opinión pública solida y que se manifieste al unísono será difícil evitar que la segunda vaya observando la desapareción paulatina de su acervo. La actitud ambigua que en su momento manifestaron el Colegio de Arquitectos de Venezuela que declaró que “el edificio es insalvable”, el silencio del Instituto de Patrimonio Cultural, e incluso las declaraciones proclives al desahucio del arquitecto del edificio, alentaron a los nuevos propietarios a llevar adelante su objetivo de obtener la mayor rentabilidad posible en un terreno que lo permitía sin reparar en lo que sobre él estaba construido.

El 10 de febrero del año 2000 comenzó la demolición del edificio de parte de la constructora propiedad del Sr. Salomón Cohen, levantándose allí un conjunto o “centro empresarial” que irónicamente lleva el nombre de la obra destruida. A casi 20 años del suceso, de lo que hubo ya nos hemos paulatinamente olvidado.
ACA
Procedencia de las imágenes
Postal, 2 y 5. Colección Crono Arquitectura Venezuela
1, 3 y 4. Colección Fundación Arquitectura y Ciudad

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