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ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL Nº 422

La imagen que acompaña nuestra postal de hoy hace referencia al “Proyecto del sistema de parques y jardines” para Caracas desarrollado por la Junta Ejecutiva “ad honorem” creada el 30 de marzo de 1959, a solo dos meses del inicio del gobierno de Rómulo Betancourt. El plan elaborado para la Gobernación del Distrito Federal bajo la gestión de Francisco Carrillo Batalla, intentó darle un impulso al desarrollo de la ciudad, entendiendo los problemas de áreas verdes y los espacios públicos como un gran proyecto capitalino, destinado a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

Un destacado grupo de profesionales aprovechaba así el impulso que había tenido Caracas en enero de ese mismo año, con la celebración de los VII Juegos Centroamericanos y del Caribe, para intentar promover áreas de recreación, que buscaban reforzar el espíritu moderno y vanguardista de la ciudad.

El proyecto de áreas verdes para Caracas Metropolitana, es en realidad un conjunto de proyectos de espacios públicos, elaborados por distintos arquitectos, agrupados en una suerte de informe incompleto, que conseguimos en el estante de libros de intercambio del cafetín de arquitectura, que de manera muy esquemática un poco “a mano suelta”, propone espacios verdes estratégicos en dos escalas donde están contemplados espacios recreacionales para la periferia de la ciudad y para el área urbanizada considerada como central.

De hecho, la conceptualización urbana del plan, hecho casi de manera diagramática sobre un plano de la ciudad, con trazos gruesos, se contrapone a los proyectos que le acompañan, los cuales han sido prolijamente desarrollados, en cuanto a su forma y contenido, llegando incluso a proponer especies vegetales.

El plan estuvo dirigido por Tomás Sanabria como presidente de la Junta y Eduardo Trujillo como director. Como vocales participaron Carlos Guinand, Tobías Laser, Fruto Vivas, Gustavo Wallis, Leandro Aristeguieta, Enrique Tejera, Julián Ferris, Manuel González Vale, Luis Armando Kerch García, Guillermo Vogeler, Armando Planchart, Luis Roche, William Phelps, Cecilia Branger de Pocaterra, Liliana Iturbe de Blanco, Kathy Phelps y José Miguel Galia como asesor.

El objetivo de la propuesta era investigar, analizar y programar un sistema de parques para el área metropolitana de Caracas, así como contribuir a la solución del problema recreacional del conglomerado urbano. El proyecto se propuso la utilización máxima del sistema de parques y áreas verdes, existentes y propuestas del área metropolitana para su uso cívico, relacional, recreacional y deportivo con el mínimo de horas necesarias para su correcto acondicionamiento.

Dentro de los factores considerados por el plan estaban los aspectos urbanos, sus características y necesidades, así como un plan de acción urgente de acondicionamiento básico de las zonas recreacionales existentes, como para generar un robusto sistema en la capital.

El plan aclara que su necesidad responde a tres factores: la desproporción notoria entre la oferta de zonas verdes en la ciudad y la alta demanda de la población; que los parques y las zonas públicas existentes no tienen un carácter ni uso definido; y, en tercer lugar, que existía una falta de costumbre, e interés de la población de utilizar las zonas verdes existentes como resultado de las dos condiciones anteriores.

Cómo aspecto determinante para ejecutar el plan se señalan problemas como la escasez e inadecuación de las zonas públicas existentes, el alto costo del terreno en el área metropolitana y la dificultad para la adquisición de nuevas áreas para desarrollo recreacional, así como la necesidad de utilización intensiva del sistema total mediante un balance de sus elementos en el territorio de la ciudad.

Este plan sería una doctrina básica del sistema de parques aprobado de manera preliminar en la reunión efectuada el 16 de julio de 1959, que establecía dos tipos de espacios libres para la recreación urbana en Caracas, a saber: el espacio libre activo y el espacio libre pasivo. Ambos conceptos son explicados en el informe cuyas páginas no están numeradas: “El espacio libre activo, se define como aquel en el cual la recreación y el esparcimiento se realizan por medio de la actividad física en general y el deporte en particular, mientras que contrariamente el espacio libre pasivo, es aquel en el cual la recreación y el esparcimiento se efectúan por medio del descanso, de la contemplación de la naturaleza, el paseo, la asistencia a espectáculos culturales, recreativos, espacios para la reunión y la conversación”.

Se deduce fácilmente que dentro de un sistema de parques deben existir entonces ambos tipos de espacios libres y, dentro de ellos, diferentes escalas. Simultáneamente, se deduce que los espacios libres actuales existentes dentro de la ciudad, salvo contadas excepciones, deben ser programados y desarrollados con el carácter de espacio libre pasivo, puesto que el espacio activo demanda un área mayor de difícil obtención dentro del perímetro urbano.

De esta manera, el sistema de parques metropolitanos a desarrollarse en los límites del área urbana y estarían ubicados sobre las carreteras de acceso a la ciudad, a una distancia no mayor de 20 km y con un área de 100 ha. como mínimo.

Este tipo de parque de carácter fundamentalmente activo, será el que constituya los sitios de recreación de fin de semana del conglomerado urbano y sus espacios estarán dedicados a actividades como zona de picnic con kioscos, zonas deportivas, piscinas, restaurant y fuente de soda, caballos, viveros para mantenimiento y enseñanza.

De esta forma, el sistema periurbano estaría compuesto por ocho parques ubicados sobre la carretera vieja de la Guaira, la carretera vieja de El Junquito, la carretera vieja a los Teques, la carretera Panamericana, la autopista central, la circunvalación, la carretera Santa Lucía y la carretera de Guarenas. La ubicación se indica en el plano del sistema general, así como sus respectivas alternativas. Al sistema denominado como metropolitano, se sumaba el parque nacional el Ávila, formando un conjunto orgánico.

En cuanto al sistema de parques urbanos propuesto estaría compuesto de cinco sectores acordes con las distintas zonas de la ciudad, la topografía del valle de Caracas y el uso fijado por el plan regulador. Estos sectores se establecen como: el sector central que comprende el casco central San Bernardino, los Caobos; el sector oeste de Catia; el sector sur oeste que contempla El Paraíso; el sector sur que contempla Las Acacias, Santa Mónica y el Valle; y el Sector este, que comprende de Sabana Grande a Petare.

Cada uno de estos sectores estaría compuesto de parques de carácter activo y pasivo, a manera de núcleos fundamentales y de conjuntos secundarios compuestos de espacios libres menores a la escala de las distintas comunidades que sirven. Los conjuntos secundarios estaban formados por pequeños parques, plazas, y parques infantiles, cada uno de los cuales forman un conjunto orgánico dentro de la comunidad y a su vez dentro del sistema de sector.

Por otro lado, el plan establece los llamados “parques de base”, o parques ancla, que resultan fundamentales por su ubicación: el parque Los Caobos-Andrés Bello para el sector Central, el Hipódromo-El Paraíso para del sector Suroeste, el paseo Los Próceres para el sector Sur, y el Parque del Este para dicho sector, el cual, según proyecto de Roberto Burle-Marx con la colaboración de Julio César Pessolani, Fernando Tábora y John Stoddart, recibiría gracias a las gestiones de la Junta un impulso definitivo.

El plan establecía como factor determinante para la ubicación de los espacios dentro del sector y la de sus elementos entre sí, el que su radio de acción no excediera una distancia mayor de 1 km, distancia adoptada por considerarla como óptima compatible con la escala peatonal.

De esta forma se establecieron “ocho parques de aproximadamente 100 ha. cada uno, para recreación activa de fin de semana destinando de ocho a 10 millones de metros cuadrados para una población de millón y medio de habitantes para el año 1965 dentro del sistema urbano, estimando una inversión de 20 millones de bolívares, o sea una media de 20,000 bolívares por hectárea llegando a una gran inversión total de 170 millones de bolívares”.

En el plan se detallan los proyectos emparentados con el paisajismo y la forma moderna elaborados por distintos profesionales que participaron en él. El proyecto para el parque para la Urbina fue realizado por Gustavo Legórburu y Américo Faillace; el Parque La Veguita y el parque Las Palmas por Elías Toro y equipo; la Plaza de Cotiza y el Parque de la Urbanización Gran Colombia por Raúl Garmendia; el Parque Las Américas por TEDECO, C.A. (Raúl Garmendia); el parque infantil de Valle Abajo por R. de White; y el parque del Oeste, proyectado por Roberto Burle Marx con la colaboración de Pessolani y Tábora.

El plan-informe, a pesar de estar incompleto, da cuenta de las coherentes y válidas intenciones de un grupo de profesionales, que generosamente, aportaron sus ideas para lograr desarrollar una mejor ciudad a futuro, lo cual lo convierte en un documento de gran valor referencial.

IGV

LAS PUBLICACIONES DE EDICIONES FAU UCV

El comercio diario en la Caracas del siglo XVIII

Una aproximación a la historia urbana

Rosario Salazar Bravo

Ediciones FAU UCV/Fundación para la Cultura Urbana

2008

Con la publicación el año 2008 de El comercio diario en la Caracas del siglo XVIII. Una aproximación a la historia urbana escrito por Rosario Salazar Bravo se logró, por un lado, mantener en alto el objetivo trazado desde Ediciones FAU UCV de dar salida y visibilidad a producciones de excelencia reconocidas por sus evaluadores en el contexto académico y, por el otro, reforzar la alianza estratégica que para lograrlo se había concretado con la Fundación para la Cultura Urbana (FCU), dando continuidad al camino abierto con la salida de Un mundo de ciudades de Giorgio Piccinato en 2007.

1. Invitación preparada por la Fundación para la Cultura Urbana para el acto de presentación del libro.

El libro fue gestado en el Taller de Investigación dirigido por Juan José Martín Frechilla en el marco de la Maestría de Historia de la Arquitectura y el Urbanismo de la que Rosario Salazar egresa el año 2004, siendo justamente Martín Frechilla su tutor académico. Desde entonces se dio inicio entre tutor y tutelada una fructífera y colaborativa relación que se ha extendido hasta el presente, centrada en el interés por develar los resquicios que ofrece la reconstrucción de la memoria de la capital venezolana.

La investigación llevada a cabo por la autora, basada en fuentes documentales primarias no publicadas del Archivo Histórico del Concejo Municipal de Caracas y del Archivo General de la Nación, reconstruye la actividad comercial y los espacios necesarios para su desarrollo en la Caracas del siglo XVIII, constituyendo una trama de gente y lugares entre quienes venden y quienes compran, de transferencias, asunciones y cumplimientos de los dispositivos legales, cédulas y ordenanzas requeridos para normar el intercambio. Dicho en otras palabras, el estudio se adentra en nuestro pasado colonial para estudiar las relaciones comerciales constituidas en el momento y, a partir de ellas, los vínculos y panoramas sociales, culturales y políticos que fundaron los cimientos del imaginario urbano de hoy en día.

2. Índice de la obra.

Estructurado con base en una “Introducción” y siete grandes capítulos (“A la sombra de las luces. Los Borbones”; “Los Borbones en América. Santiago de León de Caracas”; “La Caracas del comercio diario. Elementos principales”; “Un elemento ineludible. Las disposiciones legales”; “Entre leyes y teorías. El espacio físico comercial”; “De la teoría a la práctica. Los usos del suelo”; y “El mercado diario en la Plaza Mayor. Corolario urbano de reformas borbónicas”), que se cierra con un “A modo de epílogo”, el libro ofrece desde el propio índice una clara orientación al lector acerca de la ruta seguida por la autora. La publicación cuenta, además, con una “Presentación” a cargo de la Fundación para la Cultura Urbana y un prólogo titulado “Reunidos por Caracas” redactado por Juan José Martín Frechilla. Cierra con un “Glosario de términos”, la “Bibliografía” y, como corolario, el “Levantamiento y reconstrucción gráfica: Plaza Mayor de Caracas”.

3. Páginas interiores del libro. La figura muestra la ubicación detallada de los puentes en Caracas utilizando como soporte el Plan de la Ciudad de Caracas, con división de sus barrios, Joseph Carlos de Agüero, 1775.

Como bien dirá Martín Frechilla en su texto: “estamos ante un libro de historia urbana que no aleja, por su rigurosidad y buena documentación en su origen, a los lectores curiosos e interesados en nuestro pasado colonial. Escrito con claridad y donosura desde el cariño por la ciudad, permite una aproximación a la vida de los caraqueños de entonces, a las dificultades y restricciones que debían superar en la compra del diario sustento”.

El texto, al que le correspondió el nº 69 de la “Colección numerada” de la FCU formateada en 14 x 23 cms, contó para el diseño de la carátula con el aporte del John Lange quien utilizó como imagen la correspondiente al plano de la “Plaza Mayor de Caracas, proyecto del Ingeniero Juan Gayangos, 1753”. La impresión de las 264 páginas con que cuenta fue realizada en el taller de Editorial Arte utilizando en su composición “tipos de la familia Bookman y Helvética” y “para la tripa se usó hansmatte 60 gramos”. El tiraje fue de mil ejemplares.

4. Páginas interiores del libro donde se muestra uno de los aportes sustantivos del trabajo de investigación: un plano de los Usos del Suelo en Caracas durante el siglo XVIII basado en dibujos, planos y bocetos, y el apoyo de actas y documentos consultados en el Archivo Histórico del Concejo Municipal de Caracas y el Archivo General de la Nación.

La autora, Rosario Salazar Bravo, profesor Titular de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo adscrita al Área de Estudios Urbanos de la Escuela de Arquitectura Carlos Raúl Villanueva, dentro de la línea de investigación que recoge El comercio diario en la Caracas del siglo XVIII, ya había publicado: Se acata y ¿se cumple? Teoría y práctica del urbanismo en la Caracas del siglo XVIII, 2002, 1er Premio Concurso Literario FUNDARTE 2002, Mención Ensayo Urbano; “La Jura de Carlos IV. Un escenario barroco para la Caracas del siglo XVIII”, Memoria del IV Encuentro Internacional sobre el Barroco, 2007; “Los arrabales. Aproximación al espacio periférico de Caracas en el siglo XVIII”, Argos, 2008; “Caracas, siglo XVIII: aciertos y desaciertos de la modernización borbónica”, Segundo Seminario Internacional. Historia, Ciudad y Arquitectura en América del siglo XVIII. Resignificación del territorio y la ciudad, 2008; “Santo y seña. El bautismo católico de Caracas a mediados del siglo XVIII”, IV Simposio Internacional de Estudios sobre América Colonial, 2008; y “Gobernadores ilustrados del siglo XVIII y la primera modernización urbana de Caracas”, Semana Internacional de Investigación, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, UCV, 2008. Como colofón, en 2013 obtiene el Doctorado en Arquitectura con la tesis “Caracas 1753-1809. Morfología y funciones urbanas desde la cotidianidad”.

5. Páginas interiores del libro donde se muestra otro de los aportes sustantivos del trabajo de investigación: la reconstrucción gráfica (alzados) de la Plaza Mayor de Caracas, Siglo XVIII.

Claro exponente de lo que Arlette Farge ha denominado como “La atracción del archivo”, vínculo entre “quienes hacen de la investigación histórica una estimulante aventura intelectual”, de la que Mario Briceño Iragorry “dio ejemplo a las nuevas generaciones al publicar en 1946 Casa León y su tiempo, libro de imposible factura si el Archivo General de la Nación”, el trabajo de Salazar ofrece “dos aportes sustantivos al proponer -con dibujos, planos y bocetos, y el apoyo de actas y documentos- un plano de usos del suelo de Caracas y una reconstrucción de su Plaza Mayor al final del período colonial; resultados originales con los cuales concluye una acuciosa investigación histórica para dar fe de lo que en el futuro es capaz de urdir en sus nuevos proyectos”, afirmará Martín Frechilla en su prólogo “Reunidos por Caracas”.

6. Páginas interiores del libro donde se muestra otro de los aportes sustantivos del trabajo de investigación: la reconstrucción gráfica (vistas isométricas) de la Plaza Mayor de Caracas, Siglo XVIII.

Apelamos de nuevo a Martín Frechilla para cerrar señalando que “El comercio diario en la Caracas del siglo XVIII. Una aproximación a la historia urbana es un libro que reconstruye una parte del pasado colonial de la ciudad; pero también es un libro que permite tomar distancia para pensar, para reconocer en la Caracas actual, la urdimbre -término muy querido por la autora- física y social de su historia”.

ACA

Procedencia de las imágenes

Todas menos la nº1. Rosario Salazar Bravo. El comercio diario en la Caracas del siglo XVIII. Una aproximación a la historia urbana, Ediciones FAU UCV/Fundación para la Cultura Urbana, 2008.

1. Colección Fundación Arquitectura y Ciudad.

ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL Nº 414

Situada á los 10° 30’ 50” latitud N. y en la longitud 69° 25’ al O. del meridiano de París. Está a la altura de 1041 varas sobre el nivel del mar, en una temperatura media de 19° 45′ (sic.) del centígrado. Fue fundada el 25 de julio de 1566 (sic.), por don Diego Lozada (sic.), con el nombre de «Santiago de León de Caracas”.

Así describe a Caracas, capital de la República de Venezuela, el plano de 1865 reproducido en la imprenta de Federico Madriz. Una ciudad con una retícula de calles (16 de norte a sur y 17 de este a oeste), que forman 135 manzanas y 510 cuadras abarcando 4.300 casas. Su población ronda entre 35.000 y 40.000 habitantes y su territorio lo atraviesan cuatro ríos: Guaire, Caroata, Catuche y Anauco. Tiene, también, 20 iglesias, 10 puentes, 23 fuentes públicas, 7 cementerios, 2 teatros y 13 plazas, además de los Palacios de Gobierno y Arzobispal.

1865. El 7 de junio, Juan Crisóstomo Falcón (izquierda) se juramenta y asume como Presidente de Venezuela para el período 1865-1868. El 8 de junio, a tan solo un día de haber prestado juramento, Falcón notifica al congreso que debe salir en campaña militar hacia el Zulia debido a la invasión de Venancio Pulgar. Antonio Guzmán Blanco (centro) es encargado de la presidencia. El 15 de octubre, enfermo de tifus, Andrés Bello (derecha) muere en Santiago de Chile. Fuente: Wikipedia (https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Venezuela_en_1865)

El país y la capital venían de estar sumidos en una situación crítica, no solo por la terrible situación política, económica y social heredada de administraciones anteriores, sino por la negación, censura e invisibilización del gobierno de las epidemias de viruela y cólera, que dejarían un saldo de 20.000 fallecidos, y que, afortunadamente, para 1856 entrarían en período de remisión, de acuerdo al artículo “En el siglo XIX las estadísticas sobre la peste y el cólera fueron tema para la diatriba política” escrito por Elvira Gómez para El Ucabista el 30 de junio 2020 (https://elucabista.com/2020/06/30/en-el-siglo-xix-las-estadisticas-sobre-la-peste-y-el-colera-fueron-tema-para-la-diatriba-politica/), reseña a su vez de la charla dictada por la profesora María Soledad Hernández titulada “Pandemias, estadísticas e historia”.

La riqueza del plano que hoy engalana nuestra postal radica en la calidad de su dibujo hecho a partir de distintos patrones como si fuese un “patchwork”, logrado gracias a la variedad de los trazos usados con la técnica del achurado, utilizada para mostrar la división de las parroquias de la ciudad. Catedral se achura con líneas diagonales; al sur San Pablo, con líneas verticales; al sur este, Santa Rosalía con líneas horizontales; al suroeste San Juan, con líneas horizontales; al este Candelaria con líneas verticales y al norte Altagracia con líneas horizontales.

Por otro lado, en el plano se identifican grandes edificios públicos, como el Seminario, la Tesorería, la Casa Municipal, la oficina del registro, el parque de artillería, los cuarteles San Carlos y San Pablo, la cárcel, el almacén de pólvora y el edificio de San Francisco, donde funcionaba la Universidad Central, se reunían las cámaras legislativas y se encontraba la Biblioteca Nacional. Allí se dictaban clases de medicina, de química, de dibujo lineal, natural y topográfico, así como de pintura al óleo. Existían tambien otros establecimientos de utilidad común, a saber, el telégrafo, la administración principal de correos, el Colegio Nacional de niñas, y los colegios Cháves, Santo Tomás, Salvador del mundo, Rocío, la Escuela de Ciencias y Artes, la Escuela Normal, la Academia de Matemáticas, seis escuelas parroquiales de niñas, seis de varones entre otras. También existían seis locales de beneficencia: el Hospital de Caridad de hombres, el Hospital de Militares, el Hospital San Lázaro, la Caridad de Mujeres, la Casa de Consultas, el Hospital de Mujeres y la Casa de Misericordia.

La nomenclatura también es protagonista, pues se soporta en un sistema de calles y esquinas. Las esquinas están identificadas numéricamente por cada calle de este a oeste, y en la leyenda se contabilizan 142. Sin embargo, para la época no todas las esquinas tenían nombres, y por lo tanto muchas de ellas no formaban parte del sistema de orientación urbana. Por otro lado, las calles, algunas con nombres bucólicos o endulzados o triunfantes permiten reconocer una retícula que subyace como sistema de orden. Así en sentido norte sur, se muestran las calles Madariaga, Estío, Protección, Fraternidad, Margarita, Bravos, Ciencias, Sol, Orinoco, Juncal, Unión, Agricultura, Fertilidad, Primavera, y Delicias; mientras que en sentido oriente poniente se identifican las calles Campo Elías, Los Plazas, Cedeño, Rivas, Girardot, Ustáriz, Roscio, Zea, Carabobo, Leyes, Patrias, Comercio, Lindo, Triunfo, Ricaurte, Verde y Eras.

El plano gráficamente se concentra a partir de patrones, en describir la ciudad en cuanto a su extensión, a evidenciar su división político administrativa en parroquias, mostrar la nomenclatura de calles y esquinas, así como señalar puntos notables, sus ríos y quebradas, las avenidas principales y los puntos extramuros.

Sin embargo, el Editor además de describir la ciudad, hace énfasis en narrar y elogiar un capítulo de importancia para el abastecimiento de agua, y desarrollo agrícola de las tierras de Valle Abajo, tras la obra realizada por un particular, el señor Guillermo Espino. La obra comenzada en 1852, tenía por objeto garantizar el riego de una vasta zona con potencial agrícola y permitir el desarrollo al sur del Guaire. Así, el plano describe como este venerable dueño de una rica hacienda de caña, construyó el primer proyecto hidráulico para conducir el agua desde la toma de agua de su acequia, taladrando el cerro que separaba dicho lugar del pueblo de La Vega, en dirección de las tierras llamadas de jugo al Rincón de El Valle. En el plano se puede apreciar al sur de la ciudad, el cauce construido por Espino como un canal paralelo al Guaire en las tierras de Valle Abajo, que comienza en las inmediaciones de Caracas, en sentido oeste este hasta ingresar al Rincón de El Valle.

Detalle del Plano de Caracas. Capital de la República de Venezuela (1865) donde se muestra abajo el trazado de la acequia de Guillermo Espino.

Al respecto, el Editor comenta en el plano: “este buen ciudadano, no se valió ni de inteligencia ni de manos extranjeras, sino con hijos del país, y bajo su propia inspección comenzó el cauce en las inmediaciones de Carapa, pasando enseguida a bordear la serranía del sur, como se ve en el plano, hasta hacerlo entrar por el abra del camino carretero que conduce al Valle y llegó a la llanura llevando un declive imperceptible en una longitud de más de 10 millas y un rastro lleno de ondulaciones. En el peaje lo dividió a derecha e izquierda y lo mandó a fertilizar con sus aguas, un inmenso terreno que antes no sirviera sino para apacentar cabras: satisfecha, la necesidad del lugar formó con el sobrante un pequeño lago pintoresco tanto por la variedad de árboles y flores que le circunda como por la rara multitud, de aves acuáticas y bellos pájaros que ha cubierto de las asechanzas del diestro cazador”.

Como parte de esta obra, se construyó la laguna artificial de “El Rincón” de El Valle, con aguas provenientes de la acequia de Espino y aguas de lluvia para vitalizar sus cañaverales, que luego convertía en aguardiente, papelón y azúcar en el “Trapiche Ibarra”. En tal sentido, El Cojo Ilustrado en 1892 mostró una fotografía titulada “Laguna de Espino. Hacienda Valle Abajo” que acompaña una reseña dedicada a comentar la historia de la propiedad de las tierras.

Laguna de Espino, sitio pintoresco de Valle Abajo. Fuente: El Cojo Ilustrado (1892)

La obra de Espino se convirtió así en un enorme aporte a la ciudad, pues Caracas se encontraba en un proceso de modernización fragmentada, debido a que las instituciones públicas encararon el desarrollo de la ciudad por sectores sin concluir proyectos innovadores de importancia. Por otro lado, la falta de recursos presupuestados, y la escasez de capitales privados sumados al mal manejo de los recursos públicos mantuvieron a la ciudad en un precario y modesto desarrollo según relata Izaskun Landa en “Caracas entre 1830 y 1858: fragmentos de modernización”, ponencia presentada en la Trienal de investigación FAU UCV en 2017.

En cuanto a la Imprenta Republicana de Federico Madriz, fundada en el año 1853, ella jugó un papel fundamental en varios aspectos del desarrollo cultural, político y social de Venezuela durante el siglo XIX. Destacó por su papel en la difusión de ideas y conocimientos en Venezuela durante el período de consolidación de la República y se convirtió en un importante vehículo para la circulación de ideas políticas, sociales y culturales publicando documentos que promovían el pensamiento republicano. La impresión de periódicos, revistas y folletos en la imprenta facilitó el acceso de la población a la información y noticias, favoreciendo la formación de una ciudadanía más enterada y activa en los asuntos públicos. Así mismo, la imprenta también tuvo un rol clave en la publicación de documentos oficiales y leyes, ayudando a consolidar la estructura burocrática del nuevo Estado.

IGV

VALE LA PENA VOLVER A LEER

1. Vista panorámica de Caracas (circa 1900-1906)

El próximo jueves 25 de julio Caracas arriba a su 457 aniversario. Estrechamente vinculado a este onomástico, en 1950, al cumplir los 383 años, apareció el que puede ser considerado el primer texto de arquitectura de real peso editado en Venezuela: La Caracas de ayer y de hoy, su arquitectura colonial y la Reurbanización de «El Silencio», impreso en París por Draeger Frères, escrito por Carlos Raúl Villanueva. Trabajado como una especie de cuaderno de apuntes tanto textuales como fotográficos, donde el Maestro registró todo aquello que consideraba de valor y que ya para entonces corría peligro de desaparecer dentro del tejido urbano, aquel libro premonitorio de ciento diez páginas, buscó adelantarse a un proceso inevitable de lo podría pasar en Caracas luego de haberse realizado la renovación del casco de la capital emprendida con “El Silencio”, y enviar un alerta sobre la importancia del rescate de la memoria colonial de la que, paradójicamente, la intervención buscaba mostrarse, en medio de su modernidad, como claro ejemplo reinterpretativo.

El trabajo de recopilación y las notas y comentarios críticos de Villanueva estuvo encabezado por una Introducción de su autoría y acompañado de dos ensayos: “Caracas, ciudad colonial” del profesor de Arquitectura Precolombina y Colonial Carlos Manuel Möller y “Caracas marcha hacia adelante del urbanista francés Maurice E. H. Rotival”.

2. Portadas de La Caracas de ayer y de hoy, su arquitectura colonial y la Reurbanización de «El Silencio» (1950) y de las dos ediciones de Caracas en tres tiempos. Iconografía retrospectiva de una ciudad (1966 y 2000)

Pues bien, en 1966 a la víspera de celebrarse el cuatricentenario de la capital venezolana aquel libro publicado en 1950 fue reeditado con el nombre de Caracas en tres tiempos. Iconografía retrospectiva de una ciudad con un incremento importante del registro correspondiente a la arquitectura colonial existente o desaparecida tanto en Caracas como en otras regiones del país y “un estudio sobre la Iglesia de Santa Teresa y el Teatro Municipal a manera de eslabón entre pasado y presente”. Además se añadieron a los dos escritos que formaron parte de La Caracas de ayer y de hoy… el importante artículo firmado por el propio Villanueva titulado “El sentido de nuestra arquitectura colonial”, aparecido originalmente en el nº 3 de la Revista Shell (1952), y otro de Mariano Picón Salas (1901-1965)  publicado inicialmente en el diario El Nacional en febrero de 1951 celebrando justamente la aparición La Caracas de Ayer y de Hoy … que llevó por nombre “Caracas allí está…”, en clara alusión de los conocidos versos dedicados a la capital por Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-1892) en “Vuelta a la patria” (1877), donde a medida que se acerca a ella procedente del exilio exclama:

¡Caracas allí está; sus techos rojos,

su blanca torre, sus azules lomas,

y sus bandas de tímidas palomas

hacen nublar de lágrimas mis ojos!

Caracas allí está; vedla tendida

a las faldas del Ávila empinado,

Odalisca rendida

a los pies del Sultán enamorado.

Picón Salas, que comparte con Villanueva las angustias en cuanto al crecimiento que se avecinaba para una Caracas carente entonces de normas y se suma a la estirpe de quienes reivindican el urbanismo hispano arraigado en la tradición latina y la herencia de la arquitectura mediterránea, deja en su escrito un sucinto repaso crítico con el comportamiento de gobernantes que ignoran la historia a la hora de declararse modernos e intervenir la ciudad de entre los cuales destaca Guzmán Blanco.

Es el texto de Picón Salas, junto a las imágenes que lo acompañaron en Caracas en tres tiempos, el que, como sencillo gesto a la conmemoración del 457 aniversario de Caracas, hemos decidido reproducir a continuación recomendando su relectura.

Esperamos, como es costumbre, que sea del mayor provecho.

3. «Panorámica de nuestro valle».

CARACAS ALLÍ ESTÁ…

Mariano Picón Salas

En el momento en que Caracas crece aluvionalmente y nos preguntamos cómo se ampliará el estrecho vallecito en el que le plugo detenerse a don Diego de Losada y con qué agua contarán los caraqueños cuando antes de un lustro la ciudad rebase el millón de habitantes, Carlos Raúl Villanueva nos presenta como motivo de deleite y de reflexión ese precioso libro (“La Caracas de ayer y de hoy”) en que los ausentes nos lanzamos a evocar muros, montañas y caserones de la patria. Contra los peligros que trae el oficio de arquitecto en una ciudad donde el metro cuadrado de terreno ha llegado a valer cinco mil bolívares (peligro del propietario ambicioso que quiere montar un cajón sobre otro, “rascacielar” a la criolla y hacinar gentes para que se multiplique el rédito) hay que celebrarle a Villanueva su preocupación estética y venezolanista, a la vez. El siente el horror de una ciudad que crezca madrepóricamente por el libre y a veces muy turbio juego, de las fuerzas económicas. Una ciudad que si se le dejara crecer sin pauta ni norma, sin algunos principios claros de belleza y urbanismo llegaría al cabo de los años a ser tan fea -a pesar del espléndido marco natural- como son algunas ciudades norteamericanas, por ejemplo Baltimore, a las que se dejó abombarse cuando ya era tarde para reducir la hidropesía.

Que ese aumento que los propietarios de terrenos e inversionistas en inmuebles obtienen ahora en Caracas -como en ningún otro sitio del mundo- se le devuelva en parte a la capital venezolana, en jardines, higiene, buen urbanismo. Y que la ciudad de Bolívar, de Miranda y de Bello, la que debe refundir y alquitarar todas las esencias de nuestro país, no deje de parecernos nuestra no deje de tener color y alma; venezolana a pesar del ineludible impacto de la modernidad. (Con mejor Arquitectura funcional, ¿no han hecho los arquitectos brasileños casas y edificios magníficos cuya adaptación al trópico y originalidad nativa se les celebra en todas partes?).

Cuando la urgencia de construir alto comenzó en Venezuela, Villanueva se impuso la preocupación -y debemos celebrárselo- de estudiar en nuestras viejas casonas del siglo XVIII -en las que aún quedan en Coro, en Araure, en San Carlos- qué ornamentos y experiencias venezolanas podían entrar en el nuevo arte de construir. Y sus portadas, portales, balcones y columnas panzudas en la Urbanización de El Silencio, rescataron y le dieron nuevo encanto a lo que ya se iba olvidando en la tradición nacional. Contra el edificio-colmena, puramente utilitario, Villanueva nos recordaba el hispano y latinísimo linaje del soportal, ese heredero mediterráneo del foro romano; la “loggia” abierta sobre la plaza o la calle, típica construcción de pueblos de sol brillante y donde las gentes (porque así lo hacían en Nápoles y Florencia, en Madrid y Sevilla, en las ciudades coloniales de Hispano-América) gustaban de guarecerse al socaire y tener la alegría de sus encuentros y de sus pláticas. El mal gusto, la falta de sentido histórico que reinó en Venezuela en el siglo XIX, había sacrificado los últimos soportales. Contra los de la vieja Plaza Mayor de Caracas que en la lámina que reproduce Villanueva no carecían de cierta elegancia neoclásica, ordenó la picota demoledora el General Guzmán Blanco. Lo hizo con la misma ahistoricidad con que dispuso para el viejo Convento trocado en Universidad, unas torrecillas góticas que nada tienen que ver con la estructura interna del edificio, y la bárbara destrucción de la graciosa portadilla barroca de la iglesia de San Francisco. La modernidad iconoclasta de Guzmán Blanco que atropellaba los estilos artísticos y su coherencia interna con el mismo ímpetu con que atropellaba las constituciones, ejemplariza ese fenómeno venezolano del hombre que cree que la Historia comienza con él y que su criterio debe servir de cánon hasta en lo que ignora. Cuando por un barato modernismo de catálogo como el del nuevo rico que quiere traer para su urbanización el chalecito que vió reflejarse en un lago suizo, negamos el pasado, se olvida que este es vivencia experimentada; asimilación del hombre a un ambiente y a un tipo de vida ancestral.

La moraleja de todo esto -y el hermoso libro de Carlos Raúl Villanueva viene a recordárnoslo- es que una ciudad para recibir tan civilizado nombre, requiere todo el esmero, la planificación y las exigencias estéticas que pedimos a las mejores creaciones humanas. Que no basta que los pudientes se lancen a hacer edificios, si el cuidado y talento de los artistas no viene a defender esa espléndida obra colectiva que debe ser cada urbe. Y la labor del artista, del hombre de sensibilidad educada corrigiendo el inorgánico impulso de los codiciosos, es tan antigua y venerable que ya hace más de veinticinco siglos Pericles confiaba a Fidias el embellecimiento de Atenas, y el Imperio romano hubo de conocer una planificación urbanizadora tan exigente como la del mundo contemporáneo. Corregir lo que fue desorden y fealdad en el desarrollo de las ciudades, era otra de las preocupaciones de aquellos artistas del Renacimiento como Leon Battista Alberti, el creador de lo que puede llamarse la moderna perspectiva arquitectónica, Cuánta falta le ha hecho a Caracas durante largos siglos algún Comité de Estética urbana que sirviera de policía a la invasora fealdad; que corrigiera la falta de gracia de tantos avisos y vitrinas comerciales; que hubiera mandado a guardar algunas estatuas que como las de Bello y Ezequiel Zamora son una afrenta a los más elementales conceptos plásticos!.

4. «Panorámica de la costa».

Pues Caracas está renaciendo de lo que fue el mezquino hacinamiento de casas sin estilo que nos dejó el siglo XIX y se prolongó durante más de tres décadas del presente siglo -esa Caracas que tuvo su paradigma de vulgaridad pintarrajeada en ciertas calles de “El Conde”, Catia y San Agustín- hay que esforzarse porque la ciudad crezca con esa doble virtud del venezolanismo y de belleza por la que clama Villanueva en su libro. Venezolanismo: es decir, que Caracas no sea una ciudad-factoría, parecida a las ciudades industriales de cualquier parte. Que nuestros arquitectos tengan sensibilidad para interpretar la tradición y el ambiente. Ya Villanueva erigió un gran monumento que siendo muy internacional es también muy venezolano, en El Silencio. Y como necesidad de belleza que los Gobernadores de Caracas se parezcan a Pericles: es decir, que consulten a nuestros mejores artistas. Si hoy hay tanta riqueza en Caracas como la que pudo haber en Florencia en el tiempo de los Médicis, ¿por qué no podemos producir o buscar nuevos Leon Battista Alberti que hagan una ciudad para enorgullecernos?

Y estamos soñando -¡oh, Carlos Raúl Villanueva autor de un libro que es toda una invitación!- en esa capital del futuro, síntesis de las mejores esperanzas y sueños de Venezuela, nudo vertebral de la patria que mostraremos con el conocido verso, ya desprovisto de melancolía: “Caracas, allí está…”

ACA

Procedencia de las imágenes

1. Wikipedia (1280px-Panoramic_view_of_Caracas,_Venezuela_circa_1900-1906_cut)

2. Colección Fundación Arquitectura y Ciudad

3 y 4. Carlos Raúl Villanueva. Caracas en tres tiempos. Iconografía retrospectiva de una ciudad (1966)