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ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 133

El Colegio de Ingenieros de Venezuela (CIV), cuya sede principal ubicada aledaña al Parque Los Caobos (Caracas) había sido objeto de un concurso convocado en 1939, ganado por Luis Alejandro Chataing en 1940 y terminado de construir en 1941, demostró al poco tiempo de ser ocupado y puesto en funcionamiento importantes carencias espaciales y funcionales para poder albergar las diversas e intensas actividades que el gremio promovía y asumía.

Es así que, a poco más de 20 años de inaugurada su conservadora edificación de rasgos art déco, el CIV, en vista del importante crecimiento tanto de sus afiliados como de sus programas gremiales, sociales y divulgativos, con la mente puesta en ofrecer un lugar de encuentro y mayor comodidad para sus crecientes dependencias, dentro de un necesario criterio de preservación, vuelve a convocar en 1964 otro concurso destinado a ampliar su infraestructura.

El jurado, integrado por los arquitectos Julián Ferris, Tomás Sanabria, Víctor Fossi, Leopoldo Martínez Olavarría y Oscar Carpio, otorgó el Primer Premio a la propuesta presentada por Jimmy Alcock (FAU UCV, promoción 9-1959) y Carlos Gómez de Llarena (FA ULA, 1967), caracterizada por «envolver» hábilmente las viejas instalaciones, incorporándolas a la composición mediante una especie de podio que baja de norte a sur desde la Calle Real de Quebrada Honda hasta el nivel del Parque Los Caobos, desde el cual es posible comunicarse con él. Los detalles de la realización del concurso se pueden revisar en el Boletín del CIV, Nº 53, mayo 1964.

Arriba izquierda: Perspectiva de la fachada principal. Arriba centro y derecha: Patios internos. Centro: Perspectiva general. Abajo: Planta baja

Tal y como lo describen Hannia Gómez y William Niño Araque en el texto elaborado para el catálogo de la exposición “Alcock. 1959-1992. Obras y proyectos” (Galería de Arte Nacional, 1992), dedicado a la propuesta ganadora del certamen: “El edificio de Chataing es envuelto por el nuevo edificio, un basamento que desciende hasta el parque, perforado de patios y surcado por pasarelas, sobre el cual se eleva el fuerte boque horizontal de oficinas. Entre este basamento surgen, como piezas integradas al juego de volúmenes, los fragmentos art déco del viejo colegio. El nuevo auditorio es el punto de referencia a la vez que la pieza clave de toda la composición, teñida sin lugar a dudas de un cierto tinte corbusiano. El techo del auditorio tiene encima otro al aire libre, como abierta tribuna al parque. Amarrando todo el complejo conjunto de niveles y escaleras de las nuevas áreas sociales y de servicios, transcurre una pasarela como una cinta continua. Esta pasarela, al llegar al frente, se extiende para convertirse en plaza de entrada, cortando el estacionamiento en dos. La plaza se reproduce adentro del edificio como su principal espacio interno”.

Corte transversal

Sin entrar a comentar la predominancia que tendría la ampliación por sobre la preexistencia (la cual se fragmenta y diluye) y la discutible connotación que termina cobrando el término “envolver”, la ambiciosa propuesta presentada por Alcock y Gómez de Llarena apunta a lograr una transformación integral tanto de lo edificado como del lugar donde se inserta, haciendo del recorrido de las instalaciones y los lugares de encuentro (cubiertos y descubiertos) que dicho transitar genera un tema fundamental, sincerando, además, el frente hacia el bulevar Santa Rosa  (hoy Amador Bendayán) como acceso de mayor uso y por tanto ofreciendo hacia él otra imagen de la institución que contrasta con la mostrada por la “modesta” edificación original más bien volcada hacia el parque.
Lamentablemente, como tantas veces ha ocurrido, la realización y puesta en marcha de la construcción del proyecto ganador se topó con innumerables intereses creados lo cual impidió su cabal realización, tomándose sólo retazos del mismo para resolver ciertos problemas puntuales correspondientes a las áreas sociales y de recreación del Colegio. Queda así destacada ésta como una experiencia “a medias” entre lo que debía ser y lo que resultó realizándose. Entretanto, Alcock por un lado y Gómez de Llarena por el otro se han destacado como dos de los más importantes arquitectos de su generación.

ACA

Procedencia de las imágenes

Todas. Alcock. 1959-1992. Obras y proyectos, Galería de Arte Nacional, 1992

ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 132

Desde que aparece el primer número de la revista Punto (enero 1961) su espacio contempló la presencia de diferentes tipos de anuncios, mensajes y propagandas, en su mayoría de carácter institucional, vinculados con la gestión de gobierno que se llevaba a cabo tanto en el mundo universitario como en el contexto nacional, o con la promoción de la cultura en general a través de librerías o negocios afines radicados en la capital.

De allí que sean la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación promoviendo su grupo de teatro; la divulgación para su venta por parte de la firma Inter Libros de La Historia de la Pintura de R. Cogniat (2 tomos) y la Historia Universal Ilustrada de E.T. Rimli (3 tomos); las últimas obras editadas por la Fundación de Cultura Universitaria; un extracto del mensaje emitido por el Presidente de la República, Rómulo Betancourt, en el acto de promulgación de la Ley para la Reforma Agraria promovido por el Instituto Agrario Nacional; el ofrecimiento de las Cinematecas de la Shell a través de su catálogo y sus sedes de sus documentales cinematográficos a “organizaciones industriales, comerciales y gremiales, escuelas, colegios, liceos e instituciones educativas y culturales en general”; y (nada menos que en la contraportada) la promoción por parte de la Corporación Nacional de Hoteles y Turismo (CONAHOTU) de los “confortables salones” del hotel Maracay que podrían servir a “Directores de Asociaciones, Corporaciones, Empresas, Clubes y particulares … para la celebración de reuniones, Congresos, Convenciones y actos sociales”, los entes anunciantes que de forma sutil abrieron la puerta a este experimento que buscaba garantizar la supervivencia siempre difícil de toda publicación periódica.

No queremos explayarnos en demasía sobre este interesante filón, de entre los muchos que ofrece el análisis de Punto, que permitiría seguirle la pista a los entes que hacen de la revista su medio de promoción, política que mantuvo y amplió posteriormente a firmas de carácter comercial hasta su desvanecimiento progresivo a partir del nº 49-50 (octubre 1973).

Sólo nos interesa focalizarnos, teniendo como excusa la selección de la imagen que acompaña nuestra postal del día de hoy, en la forma como Punto se convirtió en medio para difundir toda una campaña que, en medio de la naciente democracia, podría parangonarse (salvando las distancias) con la “batalla contra el rancho” emprendida durante la dictadura perezjimenista. Si la “batalla” (ampliamente documentada por Beatriz Meza en “Contra el rancho en Venezuela: de la ‘campaña’ de 1946 a la ‘batalla’ de 1951”, Semana Internacional de Investigación FAU UCV, 2008) se concentraba en el ámbito urbano y era encabezada por el Banco Obrero (BO), la que ahora se promovía con particular ímpetu se concentraría en el campo y provenía de la División de Vivienda Rural de la Dirección de Malariología del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social (MSAS), cuyo Programa de Vivienda Rural, iniciado en abril de 1948, cuando a raíz de la erradicación del flagelo de la malaria se apostaba desde el ente encargado de velar por la salud pública a impulsar el resurgimiento del interior del país, nació “con el propósito de mejorar la zona extraurbana del país -donde vive casi la mitad de su población en condiciones precarias-, nivelar las condiciones económicas, sociales, culturales y sanitarias entre la zona rural y la urbana, y equilibrar los factores del progreso de ambas.”

De esta manera, Punto recoge como abreboca de la mencionada campaña en su número 3 (julio 1961) el texto “La vivienda rural y el paisaje venezolano”, firmado por Doménico Filippone (1903-1970), arquitecto napolitano que llega al país en 1946, tras dejar una significativa impronta en tierras italianas, llamado por el gobierno venezolano para participar como consultor en la redacción del Plano Regulador General de Caracas, ciudad donde llevará adelante una fructífera trayectoria palpable a través de edificios como la Casa de Italia (1955-58), el Edificio para la Junta de Beneficencia Pública del Distrito Federal (1951) o la Iglesia de Nuestra Señora de Pompei (1967-69), a la que habría que sumar su permanente presencia en el debate arquitectónico de los años 50 y 60 y su rol fundamental como arquitecto consultor en el desarrollo del ya mencionado Programa de Vivienda Rural del MSAS.

En el texto señalado, ilustrado por la foto de un grupo de viviendas tipo construidas en Marucare (estado Carabobo), Filippone apunta cómo “la División de Vivienda Rural del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social … estudió durante años los elementos autóctonos de arquitectura rural” y confiesa cómo, siendo oriundo “del punto más bello del Mediterráneo donde la cultura latina y la griega se encontraron y se fusionaron”, al llegar a Venezuela su “más fascinante aventura en el sector profesional fue el estudio directo de la arquitectura local del interior del País”, sumándose a quienes durante esos años ya habían emprendido aproximaciones similares. De las interesantes observaciones hechas, apunta Filippone, “se decidió partir del estudio de los métodos locales mejorados por la experimentación en lugar de usar sistemas constructivos consagrados que se consideraron más aptos para ambientes urbanos o de otras latitudes”.

También se atreve a afirmar, luego de disertar acerca de la consideración generalizada del campesino como un “inadaptado social” (cosa que según él sólo ocurre cuando puebla los “cinturones de miseria” alrededor de las ciudades, siendo dentro de su ambiente “moralmente más sano que el habitante urbano”): “Haciendo participar al campesino en la construcción de su casa -sin regalarla porque el Estado no puede regalar a nadie su patrimonio que es de todos- y financiándolos con préstamos, él siente la casa como suya, hecha con su propio esfuerzo; y la quiere, como demuestra el cuido con el cual generalmente la conserva”. Y como para no dejar dudas sobre la competencia existente con los programas de vivienda urbana impulsados por el BO observará: “… los barrios rurales de nueva construcción son más cuidados por sus habitantes que los barrios obreros y es también mayor la recuperación de los créditos”.

La presencia permanente de la Dirección de Malariología en las páginas de Punto se iniciará con el número 5 (enero 1962) donde se publica “Aspectos del programa de vivienda rural”, trabajo presentado al “Congreso Centenario del Colegio de Ingenieros de Venezuela” celebrado en Caracas, del 21 al 28 de octubre de 1961, por «los doctores Arturo Luis Berti, Doménico Filippone y Gilberto Chacín” (texto de lectura obligatoria para aproximarse al tema), y se extenderá, con la misma periodicidad con que aparecía la revista, al nº 34 (enero-febrero 1968), cuando aparece un resumen cuantitativo de los logros del programa que ya había alcanzado para ese momento las 67.818 viviendas.

Las palabras de Filippone, más allá de su asertividad subjetiva sobre asuntos no del todo demostrables, cargadas de convicción y racional conocimiento del tema, contrastan claramente con las utilizadas por quienes redactaban, en tono por demás demagógico, los textos que fueron apareciendo en la campaña desarrollada en Punto, de lo cual da fe nuestra postal, como clara muestra. Decir “sobre los escombros del pasado, nace una vida nueva”, apoyando la frase en la impactante, contrastante y manipuladora imagen que la acompaña (propaganda aparecida en los números 12, 15 y 19), o como también se asevera en otra ocasión (Punto nº 6, marzo 1962), sobrepasando toda mesura en el uso del lenguaje: “Venezuela lucha contra el rancho. ¿Es factible erradicar el rancho en Venezuela? La experiencia demuestra que sí es posible. Actualmente el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social se ha propuesto acabar de una vez por todas con el rancho inmundo que ha diezmado durante siglos el territorio nacional. La tarea será muy difícil porque Venezuela, al igual que la definición de isla, está rodeada de ranchos por todas partes. Los ranchos han constituido durante mucho tiempo un océano de hacinamiento humano, de insalubridad permanente, de desolación y miseria”, nos permiten afirmar que sobran, más allá de las medias verdades, los comentarios.

Otro tópico que quedaría pendiente por desarrollar es el correspondiente al diseño en sí de las “viviendas rurales” proyectadas por Malariología que fueron poblando indiscriminadamente el interior país sin mayor diferenciación de acuerdo a la región donde aparecían y la manera como se agrupaban, (cuyas propuestas para Boconó y Camatagua se recogen en Punto 27, 28, 29 y 30). También sería interesante analizar los “cuadros comparativos de asentamientos tipo” elaborados para explicar diferentes modalidades de acomodo de conjuntos como parte del material didáctico preparado por el Programa Nacional de Vivienda Rural (Punto 31, 32 y 33). La campaña emprendida por el MSAS a través de un programa con un alto componente social y pedagógico, dirigido a localidades cuya población oscilaba entre los 500 y los 2.500 habitantes, de la cual se hace eco Punto durante más de seis años, se encontraba a contracorriente de una sociedad que avanzaba a pasos agigantados hacia el abandono el campo y la consolidación de un desarrollo urbano que finalmente terminó imponiéndose. Si de crear conciencia entre los arquitectos en formación y el cuerpo docente se trataba, también valdría la pena evaluar si realmente ello se logró.

ACA

Visitas memorables

Richard Neutra (1892-1970)

La primera visita de la que tenemos conocimiento hecha a Venezuela por el austríaco nacionalizado estadounidense Richard Neutra, considerado como uno de los arquitectos más importantes del siglo XX, se produjo con motivo de la celebración en Caracas del IX Congreso Panamericano de Arquitectos entre el 19 y el 28 de septiembre de 1955, donde, con 63 años, fue uno de los tres invitados especiales convocados por los organizadores del evento junto a Marcel Breuer y Pierre Vago, fundador y secretario general de la UIA. La presencia de estas tres figuras y la de Neutra en particular, buscaba hacer contrapeso al hecho de que en la edición del VIII Congreso Panamericano celebrado en Ciudad de México en 1952, se contó con la asistencia como invitado estelar nada más y nada menos que de Frank Lloyd Wright. En el lector dejamos la tarea de evaluar si el tres por uno equiparó el esfuerzo.

1. Quinta Alto Claro o Casa González-Gorrondona, Caracas, 1962

Como ha señalado Hannia Gómez  en “Estas rocas eran para mí”, capítulo dedicado a Neutra de Our architects en Caracas. Arquitectura norteamericana en Caracas 1925-1975 (2017): “Había venido como participante especial por los Estados Unidos -como Marcel Breuer-, acompañado de su esposa Dionne y en su visita conoció a los arquitectos venezolanos y las obras más importantes que se estaban realizando, como el Parque del Este (1961) y la Villa Planchart (1957). También conoció a quienes serían algunos de sus futuros clientes”.

En efecto, durante ese viaje Neutra conoce a Armando Planchart (a quien Gio Ponti había proyectado su casa conocida como “El Cerrito”), vínculo que lo pone en contacto con la pareja conformada por José Joaquín González-Gorrondona y su esposa Margarita Centeno Vallenilla, quienes también habían encargado en 1957 el diseño de su vivienda a Ponti en el mismo terreno donde finalmente Neutra les proyectará la que sería su única obra construida en Venezuela y quizás la residencia unifamiliar de mayor tamaño por él realizada en toda su dilatada carrera: la quinta “Alto Claro”, ubicada en el Parque Nacional El Ávila a la altura de la urbanización Los Palos Grandes, Municipio Chacao, cuya terminación data de 1962, aunque otras fuentes la ubican en 1965.

Como relata Gómez, quizás el punto de discrepancia que hizo a los González-Gorrondona decantarse por Neutra en detrimento de Ponti (inclinado siempre a enmarcar las vistas), haya sido la importancia de contar con un gran ventanal corrido para poder apropiarse de la extraordinaria panorámica al sur sobre el valle de Caracas. De resto “mucho de esa arquitectura con dos patios y una marquesina … su emplazamiento en el sitio, su forma de paralelepípedo, la ubicación de la piscina…”, presentes en la propuesta de Ponti, será asimilada por Neutra.

2. Croquis del proyecto Trébol Radiante, La Hoyada, Caracas, 1958
3. Proyecto Trébol Radiante, La Hoyada, Caracas, 1958

Durante este primer viaje, “Neutra -nos dirá Gómez- es presentado también a Belén Velutini, una joven ingeniero -y luego constructora y developer-, quien le encarga un centro comercial y de oficinas para Maiquetía, en la costa de Caracas, y otros personajes importantes que le encomiendan varios desarrollos urbanos, como el Trébol Radiante -Cuatro Cuadras Rojas-, las propuestas para un nuevo Sistema Vial y el desarrollo del puerto, ambos en La Guaira.”

4. Propuesta para el sistema vial de La Guaira, 1957

Neutra, quien diseña a distancia y lleva la supervisión “a vuelta de correo” de la construcción de “Alto Claro”, regresa a Venezuela a ver los progresos de su obra entre finales de 1959 y comienzos de 1960, momento en el que se le invita a dictar una charla en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV, de la cual Oscar Tenreiro ha dejado testimonio por haberla presenciado como estudiante en “Una pequeña historia necesaria III”, texto que apareció en su blog Entre lo cierto y lo verdadero el 4 de enero de 2014: “…la charla en cuestión -apuntará Tenreiro-, fue muy poco interesante, con una introducción dedicada a buscar la simpatía de los estudiantes (dijo que la última vez que había estado en Venezuela lo había hecho rodeado de ametralladoras, lo cual parecía ridículo) y luego una muestra fotográfica de algunas de sus numerosas obras (no incluyó el proyecto caraqueño) acompañadas de comentarios de los cuales no conservo recuerdos. Lo que sí me pareció entonces era que Neutra adoptaba la actitud light del norteamericano que visita un país extranjero del cual nada conoce, asunto que para mí contrastaba con la idea que hasta entonces tenía de que se trataba de un europeo con peso cultural propio que había llegado a los Estados Unidos ya maduro (31 años), por lo cual podía esperarse de él un discurso más sustancial. Y no fue así, tal vez porque simplemente era hombre de pocas palabras o que prefería mostrar que explicarse.

Terminada la charla compartió fuera del Auditorio con los estudiantes y estuvo conversando con nuestro Decano de entonces, Julián Ferris (1921- 2009) mostrándole un cuaderno de sus dibujos que cargaba bajo el brazo. Eran en verdad extraordinarios, como pude ver junto a un par de compañeros mientras hacíamos de testigos de la conversación. Deduzco que el croquis de La Hoyada fue hecho en esos días, tal vez a pedido de alguno de los arquitectos que entonces tenían responsabilidades sobre la Ave. Bolívar, Ron Pedrique o José Joaquín Alvarez, este último para entonces Director de Proyectos del Centro Simón Bolívar”. Como nota al margen habría que decir que la terminación de “Alto Claro” se inscribe dentro del último período de la obra de Richard Neutra quien falleció en 1970. También que quizás por la relevancia de su presencia en Venezuela, Punto publicó en su número 22 (marzo-abril 1965) el texto “El diseño y la metrópoli” tomado de la revista Urbe de México.

ACA

Procedencia de las imágenes

Foto y caricatura. https://www.amazon.it/Richard-Neutra/e/B00DDM4K8U

1 a 4. Our Architects en Caracas. Arquitectura Norteamericana en Caracas. 1925-1975, 2017

Es noticia

Nicholas Grimshaw recibe la Royal Gold Medal 2019 del RIBA

Sir Nicholas Grimshaw, arquitecto británico conocido por sus edificios públicos y proyectos de infraestructura a gran escala, ha sido nombrado receptor 2019 de la Medalla de Oro Real.

Andrea González

28 de septiembre de 2018

Tomado de Metalocus

Sir Nicholas Grimshaw, arquitecto británico conocido por sus edificios públicos y proyectos de infraestructura a gran escala, ha sido elegido ganador de la RIBA Royal Gold Medal 2019.
El arquitecto británico, Nicholas Grimshaw es sin duda más conocido por la histórica Terminal Internacional en la estación de Waterloo de Londres y su visionario Eden Project en Cornwall.

Terminal Internacional en la estación de Waterloo de Londres

Vinculados por su escala y complejidad, estos dos edificios ilustran el extraordinario enfoque innovador de Grimshaw con respecto a la arquitectura y su imagen moderna. Construido dentro de una superestructura de vidrio y acero, la Terminal Internacional ganó el Premio Edificio del Año RIBA (el precursor del Premio RIBA Stirling) en 1994 y es aplaudido como un ejemplo de arquitectura de transporte británica. Las estructuras del bioma tipo burbuja del Proyecto Edén transformaron un pozo de arcilla redundante en un centro ecológico de fama mundial y rápidamente se convirtió en una de las atracciones para visitantes más populares del Reino Unido.

Escuela de arte y diseño en Bath Spa (anteriormente Herman Miller factory

Nicholas Grimshaw creó su propio estudio en 1980 y durante décadas, él y su equipo han proyectado una impresionante cartera de proyectos construidos por todo el mundo, que van desde un conjunto de fábricas para Herman Miller hasta viviendas en Regent’s Park y Camden Town. Desde un spa en la histórica ciudad de Bath hasta el Ludwig Erhard Haus en Berlín. Hoy, su estudio emplea a más de 600 personas con oficinas en Los Ángeles, Nueva York, Londres, Doha, Dubai, Kuala Lumpur, Melbourne y Sydney.

«Estoy encantado de escuchar acerca de la Medalla de Oro y me gustaría agradecer a aquellos que apoyaron mi nominación. Mi vida, y la de la práctica, siempre ha estado involucrada en experimentos y en ideas, particularmente en torno a la sostenibilidad; siempre he sentido que debemos usar la tecnología de la época en que vivimos para la mejora de la humanidad. Me gustaría agradecer a todos los que alguna vez han trabajado en la oficina por contribuir a nuestro banco de ideas y por ayudar a que sea un lugar agradable y humanista», dijo Sir Nicholas Grimshaw.

Pabellón Británico en Expo Sevilla 1992

La Medalla de Oro Real/Royal Gold Medal se otorga en reconocimiento al trabajo de toda una vida. La concesión fue aprobada personalmente por Su Majestad la Reina y se confiere a una persona o grupo de personas que han tenido una influencia significativa, ya sea directa o indirectamente en el avance de la arquitectura.

Otorgados desde 1848, los antiguos Medallistas de Oro incluyen a Neave Brown (2018), Zaha Hadid (2016), Peter Zumthor (2013), Norman Foster (1983), Frank Lloyd Wright (1941) y Sir George Gilbert Scott (1859).

Aeropuerto de Pulkovo en San Petersburgo

El presidente de RIBA, Ben Derbyshire comentó:
«Tuve el privilegio de presidir el panel que seleccionó a Sir Nicholas Grimshaw para el galardón más alto de la arquitectura del Reino Unido. Durante más de medio siglo, la influencia de Sir Nicholas ha sido excepcional.

Es responsable de una cantidad extraordinaria de edificios y proyectos de infraestructura de importancia internacional, y del desarrollo continuo de una arquitectura que coloca a la tecnología en el centro de la estética.

Su influencia en la arquitectura se extiende más allá de su trabajo como arquitecto. Es un educador, campeón de la profesión arquitectónica del Reino Unido y de la cultura en general. Es una inspiración para una futura generación de arquitectos y su reconocimiento con esta Medalla de Oro Real ha debido ser antes».

Proyecto Eden en Cornwall

La Medalla de Oro Real se entregará a Sir Nicholas Grimshaw en una ceremonia especial a principios de 2019.

ACA

TEXTOS FUNDAMENTALES

Arquitectura y obras públicas en Venezuela. Siglo XIX

Leszek Zawisza

Ediciones de la Presidencia de la República

1988-89

La aparición en tres tomos, editados entre 1988 y 1989 por la Presidencia de la República, de Arquitectura y obras públicas en Venezuela. Siglo XIX, significó para Leszek Zawisza (1920-2014) la culminación de un proceso que como docente e investigador activo dentro del Sector de Historia y Crítica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV, lo llevó a ocupar un relevante nicho de dentro de la historiografía de la arquitectura venezolana.

Con esta obra Zawisza no sólo completó y organizó una valiosa información para entonces dispersa que dificultaba ver en su conjunto la arquitectura del siglo XIX venezolano, sino que afianzó un línea de trabajo que, como señala Alfonso Arellano en “Historiografía de la arquitectura venezolana. Arquitectura como arte” (revista Portafolio nº18, 2008), lo alejaba de posturas que valoraban la inspiración del arquitecto como artista que se revela tras la presencia de la idea de lo bello en el pasado construido que se examina, o de consideraciones históricas que buscaban transformar la realidad a partir del pasado o de una mítica autenticidad (o identidad) en la arquitectura venezolana, personificadas en las figuras de Graziano Gasparini y Juan Pedro Posani, respectivamente. Por el contrario, afirma Arellano, “en la historia de Zawisza la noción de mímesis domina casi todas las descripciones de las edificaciones, tanto como considera la actuación de los arquitectos que las erigieron, progresando en la reproducción. No es casualidad, por tanto, que Zawisza examine el siglo XIX, la época del historicismo,

la era de la racionalización de la mímesis en la teoría y en la práctica de la arquitectura.”

Así, su visualización de la arquitectura como “arte realista”, su interés por “testimoniar y documentar la obra arquitectónica evitando toda crítica”, el acudir a la revisión de las fuentes documentales ya no “para examinar y aprehender los cambios sociales, políticos y económicos” o para “establecer o discutir sobre su significación”, sino para “reproducir las vicisitudes que condujeron hasta el objeto arquitectónico”, hacen de la tarea emprendida por Zawisza una labor que evade cualquier interpretación subjetiva y aspira a la neutralidad que ofrece la presentación pura y simple de los datos visibles encontrados.

Arquitectura y obras públicas en Venezuela. Siglo XIX, a lo largo de sus tres tomos, es, según Arellano, “el resultado de una rigurosa investigación histórica, basada en una metodología filologista, derivada genéricamente del positivismo del siglo XIX”, donde se “demuestra un minucioso trabajo de rescate, atribución y datación de información documental, gráfica y fotográfica sobre la arquitectura y la ingeniería del siglo XIX, así como de los eventos sociopolíticos que las rodean. Cubre una amplia gama de fuentes hemerográficas y bibliográficas localizada en diversos archivos, la cual traslada al escrito histórico ampliándola en forma de comentario, adecuadamente relacionándola o entrelazándola, pero dejando claro que ella debe hablar por si sola.”

La valorización del material auscultado revela a través de la publicación su ordenación secuencial por períodos históricos, comenzando en los últimos años del siglo XVIII hasta 1830, o período de transición (recogidos en el tomo 1 de 329 páginas), continuando con los años que van entre 1830 y 1869, desde Páez hasta la Guerra Federal (tomo 2, 379 páginas), hasta llegar, finalmente, al período de Guzmán Blanco (tomo 3, el más voluminoso, 461 páginas).

También recoge Arquitectura y obras públicas en Venezuela. Siglo XIX los frutos que Zawisza  sembró desde su incorporación a la planta profesoral de la FAU UCV en 1968 y de su trabajo entre 1979 y 1984 como Director del Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas -CIHE-, en sustitución de Graziano Gasparini, período en que dicho Centro “emprendió las importantísimas investigaciones ‘Vivienda Rural en Venezuela’, ‘Arquitectura y Obras Públicas en Venezuela, 1908-1935’ y el ‘Inventario del Patrimonio Arquitectónico de Venezuela’, todas bajo su coordinación junto con el profesor Ciro Caraballo y un valioso grupo de jóvenes investigadores, formados bajo su guía académica”, tal y como apunta Juan José Pérez Rancel en la nota aparecida en el portal la revista Entrerayas el 6 de julio de 2014, dos días después del fallecimiento de Zawisza, quien se había residenciado en Italia desde 1989.

Tampoco es de menor monta el hecho de que Zawisza haya publicado, previamente a Arquitectura y obras públicas en Venezuela. Siglo XIX , como parte de una incesante calistenia: Alberto Lutowski: contribución al conocimiento de la ingeniería venezolana del siglo XIX (1980); La Academia de Matemáticas de Caracas (1980); y Colonia Tovar, tierra venezolana (1980) y, posteriormente, León Achiel Hoet, un ingeniero de la vieja Maracaibo (1989); y Breve historia de los jardines en Venezuela (1990), para cerrar con otra obra clave y absolutamente complementaria al texto que hoy nos ocupa: La crítica de la arquitectura en Venezuela durante el s. XIX (1998). También es importante el aporte realizado a través de los artículos que publicó en el Boletín del CIHE, la revista CAV y la editorial FUNDARTE pero resalta, particularmente, la edición del nº 59 de la revista Punto dedicada la “La Ciudad Universitaria de Caracas” donde bajo su coordinación se llevó a cabo un riguroso e impactante registro de la situación de deterioro de la Ciudad Universitaria, veinte años antes de que fuese declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO.

Dominada en su gran mayoría por ingenieros-arquitectos, para Zawisza las obras  realizadas durante el siglo XIX en Venezuela “… no tienen ningún soporte teórico y en su base ninguna corriente cultural propia”, subrayando el hecho, resaltado por Arellano, de no encontrar ideas en el objeto. Se asume así una polémica postura (propia de la ideología del progreso, la ciencia y la técnica positivista) según la cual dichos objetos son lo que son “sin que haya que buscar significados más allá de su obvio y específico papel instrumental para la imagen del régimen de turno”, quedando despojados de la poética propia de los arquitectos, quienes además para Zawisza “no lograron lo que podría llamarse una escuela o corriente”, quedando reducidas las obras “tan sólo a una reproducción pragmática de modelos a partir de determinadas condiciones financieras, promotoras y técnicas, pero sobre todo políticas”. La ausencia de una poética en la arquitectura venezolana del siglo XIX, tesis desarrollada por Zawisza en La crítica de la arquitectura en Venezuela durante el s. XIX (1998), nos permite toparnos, no sólo con una justificación de la postura historiográfica asumida en Arquitectura y obras públicas en Venezuela. Siglo XIX, sino con la oportunidad de problematizar la tendencia superficial e imitativa que siempre nos ha acompañado y de preguntarnos si la carencia de una base teórica y de un trasfondo cultural, también presentes en lo que construía por aquel entonces, aún perdura.

ACA

VALE LA PENA LEER

Para Robert Venturi, una arquitectura amable no implicaba falta de profundidad intelectual

Rogelio Ruiz Fernández

Tomado de Plataforma arquitectura

25 de septiembre de 2018

Mi cabeza, sin duda es difusa y dispersa, coge y compara elementos distintos, arquitecturas de momentos distantes y las lee y disfruta con pasión similar. No cabe duda, que la lectura temprana del protagonista de este artículo ha dado forma a mis pensamientos y a los de muchos de nosotros. Acaba de fallecer (el martes 18 de septiembre) a los 93 años Robert Venturi que es para nosotros una referencia importantísima.

¿Y por qué lo es? Robert Venturi escribió un libro llamado Complejidad y Contradicción en la Arquitectura, que fue un revulsivo para toda la disciplina. Parece que en este libro Venturi se dedicó a explicarnos una frase de Rennie Mckintosh: “Hay esperanza en el error honesto, ninguna en la perfección congelada del mero estilismo”.

El movimiento moderno se había convertido tras la Segunda Guerra Mundial en la única referencia seria posible para la disciplina arquitectónica, pero estaba en cierta manera helado. La propia situación postbélica hacía muy difícil dar un valor excesivo al patrimonio porque la destrucción masiva que se había producido hizo que las teorías del restauro se tambaleasen. Así el racionalismo, duro y rígido en su inserción urbana, había sido el arma de diseño utilizado por ejemplo en Italia para la “recuperación” de cascos históricos destrozados. Pues en 1962, como concreción de una beca que disfrutó precisamente en el país mediterráneo, Venturi ofrece una visión en la que la asimetría, la imperfección de los monumentos antiguos, los propios órdenes, lo sorpresivo o casual, ya no se ven como un dislate o desviación sino como un pasado del que aprender y mucho, un pasado que enriquece la arquitectura como parte que es también de la vida. Sin duda la sangre italiana de su apellido en su cuerpo americano debía producir también complejidad y contradicción.

Su carrera profesional, siempre con su mujer Denise Scott-Brown, (por ello se criticó bastante que él recibiese en 1991 el Pritzker en singular) está plagada de ejemplos que tuvieron gran importancia en todos nosotros, desde la casa de su madre, que aparece en el libro citado con el mismo status que muchas grandes obras clásicas y modernas: se parte en un frontón y ve su hastial que es frontal dibujado por una semicircunferencia como si de un arco iris se tratara. Esta recuperación de las dos aguas del tejado para la arquitectura que él consideraba contemporánea era un posicionamiento valiente cuando Paul Rudolph, SOM o el propio Philip Johnson hacían propuestas ortogonales hijas de Mies; aunque más tarde Johnson “abrazó” a Venturi en un rascacielos con ventanas —el AT&T— que se culminaba en un frontón partido que parecía más bien un mueble-bar que un discípulo del Seagram.

Sin embargo, Venturi estaba más interesado, por ejemplo, en recuperar la casa de Benjamín Franklin en Philadelphia, (ciudad donde nació en 1925) con una estructura metálica blanca que recomponía las aristas de su morada demolida (y es a la vez Sol Lewitt). También es cierto que Venturi y Scott-Brown fueron quienes destaparon la caja de Pandora del postmodernismo, que confundió el aprecio e integración con el entorno en muchos casos, con el decorado y la falta de proporción. En Aprendiendo de las Vegas (con Denise Scott-Brown, como casi todo, y con Stepen Izenour) diez años después del anterior se busca, ya desde una perspectiva americana y pop, los valores simbólicos de la arquitectura del Strip de las Vegas y su entendimiento desde el pueblo (ya en complejidad aparecían fotos de carreteras y anuncios de gasolina).

Uno de sus encargos más delicados se lo llevaron por concurso: el Sainsbury Wing de la National Gallery de Londres en 1986. Venturi ha dejado claro muchas veces que no debería ser considerada como un edificio en su derecho sino como una extensión de la National Gallery. Este es un punto de vista importante para analizar su postura: las pilastras de este nuevo ala londinense de Venturi y Scott-Brown son réplicas exactas de la del edificio inicial de William Wilkins. Pero si miramos la solución que proponía Henri Cobb (estudio de I. M. Pei) que siempre apuesta por la arquitectura, digamos, lineal y volumétrica, vemos que toman un lenguaje similar y de formalización parecida a la de los ganadores. Cuando observamos ahora las imágenes de lo que proponía Richard Rogers y pensamos sobre cómo veríamos hoy este edificio —este Pompidou londinense—, probablemente nos hagamos más amigos aún de la propuesta de Venturi y Scott-Brown (el Príncipe Carlos decía de la propuesta de Rogers que era como un forúnculo en la cara de una querida amiga).

Por tanto, si bien sus escritos pudieron dar pie a muchos anacronismos contemporáneos —postmodernismos en el más peyorativo de los sentidos— con sus obras nos demostraron que al adaptarse a un edificio o lugar existente, o el hacer una arquitectura amable que sea entendida y apreciada por el pueblo en general no debe forzosamente conllevar una falta de rigor y profundidad intelectual, una rendición, sino todo lo contrario: una voluntad de compartir y entregar el propio disfrute, de acercarlo a más gente, de dejar, cómo no, que el importante sea el Hombre del Turbante Rojo y que se nos olvide al contemplarlo el gran museo que lo alberga y el nombre del gran arquitecto que se nos acaba de ir.

ACA