Años alejandrinos = La edad del espectáculo + Tiempo de incertidumbre
A Chronicle of Architecture
Luis Fernández-Galiano
Editorial Arquitectura Viva
2019
Nota de los editores
Luis Fernández-Galiano presenta una selección de los artículos escritos entre 1993 y 2006 para El País, diario donde se ocupó durante esos años de la página semanal de arquitectura. Agrupados con el nombre común Años alejandrinos, que evoca a la vez su extensión cronológica y su carácter de crónica, los dos volúmenes de 512 páginas cada uno retratan las vicisitudes de la arquitectura en el tránsito entre los siglos XX y XXI. Titulado La edad del espectáculo, el primero de ellos cubre los últimos años del siglo pasado, un periodo de prosperidad optimista cuya mejor expresión fue el mediático Museo Guggenheim de Bilbao. Los primeros años de nuestro siglo se incluyen en el segundo volumen, Tiempo de incertidumbre, que refleja la inquietud posterior al 11 de septiembre, así como la sensación de fragilidad producida por los conflictos bélicos y el cambio climático. Los textos, que entrelazan la arquitectura con el arte, el pensamiento, la economía o la política, están ilustrados con más de 2.500 imágenes, y por ellos desfilan casi 2.000 protagonistas de las realizaciones y los debates de ese tiempo. Los artículos fueron calificados por Rafael Moneo de «pequeñas obras maestras», describiéndolos como «bien construidos, brillantes en la elección de las metáforas, informados, sutiles…», y asegurando que «quienquiera que estudie en el futuro lo que ha sido la historia de la arquitectura en estos años deberá acudir a esta rica cantera de escritos».
… que en 1955 está fechado el permiso de construcción del edificio Royal Castle, ubicado en el bulevar de Sabana Grande con Av. Santos Erminy?
En un interesante artículo titulado “ ‘El Especialista’, mito historiográfico o realidad histórica?” aparecido el 7 de septiembre de 2015 en el portal El Estilete. Crítica/Pensamiento/ Arte (http://www.elestilete.com/dossier/el-especialista-mito-historiografico-o-realidad-historica/), los profesores Orlando Marín y Blanca Rivero dan cuenta de una minuciosa pesquisa que emprendieron con la finalidad de corroborar si la autoría de “algunos edificios caraqueños catalogados hasta entonces como ‘anónimos’ gracias a una publicación del Instituto de Arquitectura Urbana: La Vivienda Multifamiliar en Caracas entre 1940 y 1970, editada por Fondur, en 1983”, eran efectivamente de la autoría del “arquitecto proyectista” Narciso Bárcenas, a quien se le había colocado el mote o alias de “El Especialista” debido “a la maestría del diseñador en producir un sinnúmero de efectos distintos en una misma edificación, a pesar de que su planta fuese exactamente la misma la que se repitiese en todos los niveles”.
Marín y Rivero, siguiendo la estela dejada a mediados de los noventa por un grupo de profesores y estudiantes de arquitectura de la Universidad Simón Bolívar, al indagar en torno a Narciso Bárcenas, descubren a través del Diccionario biográfico de Venezuela (1953) que era nativo de Cumanacoa (estado Sucre) donde había nacido el 6 de junio de 1925 (fallece en 2008), Doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas graduado en 1946 en la Universidad Central de Venezuela y que como ingeniero civil contaba entre sus realizaciones el cálculo del Puente Los Caobos y la Iglesia Nuestra Señora de Coromoto, en El Pinar. Además, al contactarlo directamente recibieron la tajante respuesta de que nada tenía que decir sobre las obras que se le endilgaban como “El Especialista” (sobrenombre que rechazaba y por el que nadie lo conocía en el medio profesional), las cuales habían sido diseñadas “por unos arquitectos y artistas italianos con los cuales había trabajado”. Por otro lado, al ser contactados los ingenieros Santos Michelena y Pedro de la Rosa, compañeros de promoción, “negaron de manera categórica cualquier relación de Bárcenas con el diseño arquitectónico de edificaciones, e incluso algún tipo de sensibilidad o inclinación artística; más bien recalcaron su extraordinaria habilidad en el cálculo estructural y los retos constructivos, disciplinas propias de la ingeniería civil”, acotarán los autores del artículo.
El trabajo de Marín y Rivero, esclarecedor por demás de la manera como se fraguó el amplio y ambiguo término “estilismo anónimo”, utilizado por William Niño Araque para encabezar todo un capítulo de 1950. El espíritu moderno (1998), transcurre a través de las páginas de la Revista del Colegio de Ingenieros de Venezuela donde se publicaban mensualmente los permisos otorgados en el área metropolitana de Caracas por las ingenierías municipales a lo largo de la década de 1950, para finalmente develar cómo “Bárcenas estuvo a cargo de la construcción de, al menos, veintidós edificios multifamiliares entre los años 1953 y 1959, dieciséis de los cuales se ‘permisaron’ en el año 1955, entre ellos los edificios Canaima y Humboldt. No obstante, resultó sorprendente descubrir que en proyectos que parecían ser indudablemente salidos de la mano de ‘El Especialista’, como el edificio Royal Castle, ubicado en el bulevar de Sabana Grande; el Mediterráneo, frente al Centro Comercial El Recreo, o residencias Capri en Altamira, no aparecía su nombre como profesional responsable, sino el de los ingenieros Leopoldo Sucre Figarella, José Behar y Héctor Cardazzi, respectivamente”.
De allí la pregunta que se hacen de inmediato: “¿Serían también Sucre Figarella, Behar y Cardazzi otros ingenieros ‘Especialistas’?”, la cual se responden con asombrosa precisión al detectar que los 201 permisos en los que aparecen como proyectistas Bárcenas (22), Sucre Figarella (64), Behar -quien fuera socio de Bárcenas- (50) y Cardazzi (65) estaban conformados por obras que, tras ser visitadas por Marín y Rivero, se pudo verificar que “no todas presentaban el lenguaje arquitectónico de carácter plástico y la audacia formal que reconocíamos en ‘El Especialista’; incluso, muchas carecían de atributos formales y espaciales, lo que demostraba que estos profesionales trabajaron con diferentes proyectistas y debieron asumir, más bien, el rol de calculistas estructurales y de responsables, ante las autoridades locales, del desarrollo de las obras”.
Por tanto, la presencia oculta en buena parte de la multitud de edificios construidos en Caracas durante los años 50 de la mano de un grupo de profesionales vinculados a la arquitectura que, por no haber obtenido la reválida de sus títulos, trabajaban para ingenieros que si podían firmar los planos, pasa a ser no sólo un capítulo aparte dentro de la historia de la ciudad sino la excusa para que Marín y Rivero hayan llegado a la conclusión provisional de que tras muchos de los que poseían los atributos propios de “El Especialista” se encontraba quizás el delineante italiano H. Ferrato (cuyas iniciales H. F. aparecían en los “cajetines” de los planos de los proyectos “permisados” hechos siempre a mano con “un mismo modelo de rótulo, con igual tipo de letra y caligrafía, y un mismo monograma que se repite siempre en el espacio destinado a la firma del dibujante”), o que en todo caso “más allá de una ‘invención’ historiográfica, quizá ‘El Especialista’ sea un estilo desarrollado por muchos ‘especialistas’ que, como Ferrato, marcaron la imagen de la edilicia urbana caraqueña en el momento de su mayor crecimiento”.
Así, el Royal Castle, edificio interesante si los hay, cuyo proyecto se podría atribuir transitoriamente a Ferrato y que está firmado por el ingeniero Leopoldo Sucre Figarella (1926-1996), de quien hay que recordar que durante los gobiernos adecos, partido al que pertenecía, fue Gobernador del estado Bolívar (1960-1962) y desarrolló una exitosa gestión como Ministro de Obras Públicas (1962-1969) y Presidente de la Corporación Venezolana de Guayana (1984-1993), denota, como buena parte de ese racimo de obras que pudieron salir de la misma mano, un buen manejo de las proporciones, sensibilidad en la respuesta al contexto donde se inserta, dinamismo y plasticidad en el diseño de las fachadas desde una planta tipo similar, cuidado en la diferenciación de las actividades que lo conforman y en la manera como se produce el contacto con el suelo, manejo acertado de la escala y en la forma de definir los accesos, siempre en el marco del máximo aprovechamiento de lo permitido por las ordenanzas, la racionalidad constructiva, la eficiencia funcional y un uso desprejuiciado de códigos propios de la modernidad arquitectónica.
Más allá del “estilismo” al que se puede sumar, el Royal Castle es, dentro del hoy recuperado bulevar de Sabana Grande, muestra de una edificación que no sólo ocupa dignamente una de sus despejadas esquinas sino que evidencia a las claras una particular maestría en cuanto a la forma como se puede responder a esta condición. Es, por tanto, la obsesiva necesidad de dar cuenta del lugar más importante del terreno lo que da origen a la mayor parte de la carga expresiva de esta particular pieza arquitectónica. De este hecho se origina, por un lado, el manejo de elementos verticales lineales y murales que se componen, con la ayuda del color aportado por el mosaico vitrificado de 2 x 2 cms, con pequeños balcones en voladizo plegados y superficies vidriadas, y, por el otro, el realce de la actividad comercial enmarcada con una sutil marquesina de concreto. Este inusitado despliegue de expresividad hace olvidar que estamos en presencia de un eficiente edificio residencial que se posa sutilmente en el suelo y que maneja con sabiduría la transición volumétrica de los usos que contiene, la relación de lo horizontal con lo vertical y la escala urbana; o que también existía un importante compromiso con la esquina norte del terreno o con el resto de sus fachadas que no fue debidamente atendido.
Cuando el año 2015 aparece Fervor de Caracas ya la ciudad que tantos amamos y odiamos, disfrutamos y sufrimos, valoramos y denigramos había entrado en un proceso creciente de deterioro del cual lejos de recuperarse ha mostrado signos preocupantes de empeoramiento en cuanto a la calidad de vida que ofrece. Cifras estadísticas llegan a diario a nuestras manos que dan cuenta de los innumerables problemas relacionados con la inseguridad, las fallas en los servicios públicos, el maltrato a los espacios públicos, el desgaste por falta de mantenimiento de sus edificaciones, el desmoronamiento de sus calles y avenidas y, como no, la paulatina disminución de su población a causa de una crisis económica y política que aún no cesa.
Sin embargo, aunque latente, la recopilación de textos sobre Caracas que realiza Ana Teresa Torres nos lleva por otros derroteros distintos a los de la cruda objetividad del técnico o el especialista que sabemos la ha estudiado desde su particular atalaya sea esta sociológica, estadística, antropológica, política o urbanística. El esfuerzo realizado por Ana Teresa Torres, psicóloga de profesión, dedicada a escribir y bien desde hace muchos años, esconde su particular pasión por la ciudad capital a través de sus vivencias acumuladas como habitante de ella plasmadas en un hermoso “Prólogo” salpicado de notas que a modo de pistas permiten recorrer su producción narrativa (titulado “Caracas: itinerario sentimental”), pasión que luego la extiende cuando, explorando exhaustivamente el universo de la creación literaria, nos permite, aunque sea por un momento, incursionar en el terreno de la subjetividad y la imaginación de la mano de piezas y autores que abarcan desde el siglo XVIII hasta nuestros días.
Se trata éste, pues, de un trabajo basado en una meticulosa investigación signada por la acuciosidad que brinda el rigor de quien se aproxima a un objeto de estudio complejo, contradictorio y cambiante. El producto, dio como resultado un volumen de 597 páginas donde se dan cita 91 autores de todas las épocas cuyos textos fueron seleccionados siguiendo dos hilos conductores: la calidad literaria y el fervor por la ciudad. Los doce capítulos en los que fueron agrupados dan cuenta no tanto del peso de lo cronológico como de temas que, como bien dijo Elías Pino Iturrieta al momento de presentar el libro en la Feria del Libro del Caribe en marzo de 2016, están cargados de sensibilidad, permitiendo repasar las cercanías y alejamientos, frustraciones y regocijos, luces y oscuridades que a sus autores transmite una ciudad que “les da cobijo o los aprisiona, o no les da lo que necesitan, o les hace falta”, abriéndonos la puerta a una riquísima experiencia estética que recuerda indefectiblemente desde su título el Fervor de Buenos Aires de Jorge Luis Borges.
Aproximación al valle; La ciudad de la memoria; El paisaje, el mar, la montaña; Los barrios, las urbanizaciones, las esquinas; Calles, caminos y autopistas; Casas y mudanzas; Libros, ritos y conversaciones; Visiones y nocturnidades; Distancias, exilios y nostalgias; Estallidos, catástrofes y otras destrucciones; La ciudad dolida; y La ciudad imaginada, son los temas que a modo de excusas le sirven a Ana Teresa Torres para agrupar un diverso grupo de manifestaciones que van desde lo epistolar a lo anecdótico pasando por la poesía o el cuento breve. De más está decir que el libro ofrece tras su estructura la oportunidad al lector de entrar libremente a disfrutar de su amplio recorrido.
Leonardo Padrón al presentar por primera vez el libro el 24 de octubre de 2015 afirmaba sobre nuestra ciudad: “Caracas, la reina de la injuria y la lujuria, la entrañable y violenta, la del pasado demolido y el presente en vértigo, posee una no oficializada legión de devotos. Algunos más enfáticos que otros, más furiosos o esquivos. La hemos escrito desde el apego, la nostalgia, la desazón. La hemos inventado en crónicas, celebrado en poemas, desfragmentado en cuentos y novelas, procurado en ensayos. A Caracas también se le pinta, se le detiene en fotos, se le convierte en documental y película. Se le canta. Se le hiere y desgobierna. Caracas se derrumba un poco todos los días. Se reinventa de mes en mes. Es una mutante escenografía de cinco millones de personas que conviven en su asfalto hirviente y roto. (…) La indiferencia es su documento prohibido. Parece imposible vivirla y desechar la experiencia. Todo lo contrario. Se inmiscuye en el blanco de la página…”
Si la visión cruda de Padrón sobre Caracas puede dejarnos con un inevitable sabor a dura realidad, el monumental trabajo de Ana Teresa Torres nos transporta por sendas diferentes que, sin eludirla, bien podrían servir de sustento a su necesaria reconstrucción física y espiritual en tiempos donde la esperanza y el optimismo vuelven a formar parte de nuestra cotidianidad ante la proximidad del fin de una pesadilla que dura ya 20 años.
Por ello la interpretación que hace Rafael Castillo Zapata de Fervor de Caracas, publicada en fechas también próximas a su lanzamiento titulada “Un arca contra el diluvio”, donde relaciona la antología elaborada por Ana Teresa Torres con el libro Personajes alemanes de Walter Benjamin, puede llenarnos las alforjas del empuje y la inspiración que necesitamos en momentos como los actuales. Castillo se atreve a decir que Fervor de Caracas, y con ello cerramos esta nota: “… pertenece a esos raros libros (…) que pueden considerarse como arcas: en ellos están contenidos materiales que, tras el diluvio, pueden contribuir a restituir a la vida a una cultura arrasada por el caos provocado por los desatinos de la historia. Hace tiempo, visto el volumen del libro, su tapa dura, su longitud, pensé en él como en una tabla de salvación, un madero que podría servirnos para flotar en medio del mar enrarecido y embravecido en el que nos movemos y en el que, a juzgar por todos los indicios, seguiremos moviéndonos durante cierto tiempo aún. Pero la imagen del arca es, sin duda más hermosa y, sin duda, más justa. En el momento de peligro que hoy vivimos, el libro que Ana Teresa Torres ha compilado, puede cumplir el papel que Scholem, emocionado, le asignaba al libro de Benjamin, su amigo, cuando escribía: ‘El autor habría recogido en un libro construido como un arca, aquello que ha de ser capaz de resistir al diluvio’. Las connotaciones judías de esta imagen son más que evidentes y remiten, sin duda, al significado particular de las Escrituras sagradas. Por eso digo que, guardando todas las distancias, Fervor de Caracas puede cumplir, ahora, en este preciso instante de nuestra vivencia política contemporánea, un papel similar al que jugó el arca escrita por Benjamim, en aquel momento crucial para Alemania frente a la amenaza fascista, es decir el papel de dique de resistencia o de un instrumento de flotación. Fervor de Caracas está armado, en efecto, como un arca hecha para resistir al diluvio presente, inclemente, y al diluvio venidero, que sabemos que vendrá, pues siempre inevitablemente viene, aunque no sepamos cómo, ni cuándo ni hasta cuándo, ni de dónde ni por qué”.
La labor desarrollada por el Colegio de Arquitectos de Venezuela (CAV) desde que en 1966 toma el testigo dejado por la Sociedad Venezolana de Arquitectos (SVA), ha estado caracterizada por el permanente dilema que lo obliga a comportarse como garante de los derechos de un gremio siempre a la sombra de la ingeniería y a su vez como promotor del debate que suscitan lo profesional y lo disciplinar, velando en lo posible por lograr la mayor participación de sus agremiados en el desarrollo de la ciudad y en el diseño sus edificaciones más relevantes.
Así, persiguiendo una siempre esquiva e inalcanzable Ley de Colegiación, tras la quimera de tener algún día una sede propia que a su vez se convierta en obra referencial, auspiciando la realización de concursos, convocando periódicamente la participación a través de bienales a la mejor arquitectura realizada en el país, organizando eventos de muy diferente tenor, propiciando y cuidando las relaciones con sus pares a nivel internacional, velando por la incorporación de la provincia y buscando las vías para hacer visible a través de diferentes medios sus actividades, de las que siempre se ha esperado una mayor contundencia a la hora de tomar la bandera por exigir mejores condiciones de trabajo, mayor reconocimiento del rol del arquitecto, mejor arquitectura y menor impunidad en el desempeño de quienes tienen en sus manos el devenir urbano tanto desde el sector público como desde el privado, las diferentes juntas directivas que han pasado por el CAV han buscado cada una dejar una huella que con el pasar del tiempo permita ser reconocida.
Se podría decir que, luego de unos primeros años importantes donde se sentaron las bases de lo que hoy es el CAV en los que se delinearon las líneas maestras de sus actividades fundamentales, para quienes han aspirado y aspiran asumir la responsabilidad de dirigirlo siempre existe el mismo plan de trabajo, la misma agenda. La diferencia consiste en el énfasis y prioridad que se le den a las numerosas carencias y deudas contraídas en el tiempo aún sin subsanar para lo cual se requiere, además, contar con un equipo comprometido y una capacidad gerencial y de liderazgo comprobada. También es bueno reconocer que, con el transcurrir de los años y en vista de la ineficacia o desenfoque muchas veces demostrada por quienes han encabezado el CAV, se ha logrado acumular una buena dosis de desconfianza, escepticismo y predisposición desde unos agremiados que, valga decirlo, no se han caracterizado particularmente por su espíritu participativo convirtiéndose la tarea de dirigirlos en una labor muy ingrata.
Sin pretender llevar a cabo un balance de casi 53 años de vida de la entidad se pueden detectar momentos que pasan a ser claramente reconocibles en la medida que se mira hacia atrás por los objetivos y logros alcanzados. Por ejemplo, ha habido directivas que se recuerdan mayormente por su empeño en hacer del colegio un ente autónomo con identidad propia, otras por darle el mayor empuje a la realización de concursos, algunas por empecinarse en lograr el rescate en la periodicidad de los órganos divulgativos, las convocatorias a bienales o la realización de eventos importantes para potenciar una posible proyección nacional e internacional. Pero si hay alguna constante en todas ellas esa ha sido el convertir el mes de julio, cuando se conmemora su creación, en momento para llevar a cabo memorables encuentros, organizar ambiciosos programas o en todo caso realizar importantes esfuerzos por dar señales de vida aunque sea sólo una vez al año.
A la junta que dirigió el Colegio entre 2006 y 2012, sin que con ello queramos emitir un juicio de valor, se le debe reconocer, entre otros, el esfuerzo por rescatar en 2010, tras 14 años de silencio, la revista CAV de la que alcanzó publicar en un período de tres años hasta seis ejemplares. También la podemos recordar por organizar, con motivo de la realización Mes de la Arquitectura del año 2010 y como homenaje a la labor gremial del Arq. Julio Coll Rojas, conjuntamente con la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV, la Universidad Simón Bolívar y el Espacio Capuy, una ambiciosa exposición que buscaba recoger la arquitectura realizada en el país a lo largo de cincuenta años, intentándose en cierta forma reivindicar las obras y arquitectos que empezaron a surgir a partir de la caída de la dictadura perezjimenista.
5 Décadas de Arquitectura Venezolana, a caballo entre una antología dado el amplio espectro temporal que buscaba cubrir y una bienal al convocar de manera abierta hasta las más recientes realizaciones, sin mayor claridad entre el peso que dentro de la muestra debía tener la obra pública (apabullada en general por la actividad privada), se convirtió, tal y como se recoge del nº 56 de la Revista CAV, “en una exposición única en tanto se organizó estrictamente según el año de graduación de los arquitectos con el ánimo de estimular la sana confrontación y dejar registro de la variedad de las propuestas de acuerdo a los diversos momentos en los que ha ejercido cada uno de los profesionales presentes”.
Las bases que regían la participación precisaban a cada participante la elaboración de un panel, de dimensiones preestablecidas y uniformes, donde debía cobrar particular relevancia un breve “texto reflexivo” a través del cual expresara su pensamiento y postura ante el ejercicio de la arquitectura en Venezuela, dentro de un discurso siempre en vías de enriquecerse. También, con la incorporación de una fotografía del autor se buscaba dar identidad y sentido humano a lo presentado lo cual consistía fundamentalmente en croquis, planos e imágenes de las obras las cuales podían haber sido construidas o quedado a nivel de proyecto.
Al momento de su apertura, podría decirse que la arquitectura nacional acusaba el impacto de una disminución tangible en la actividad profesional lo cual apuntaba a que apareciera un cambio de actitud ante la manera tradicional de llevar a cabo el ejercicio y una revisión del rol del arquitecto en una sociedad caracterizada por una difícil situación política, social y económica. A ello se sumaba la aparición de diversos protagonistas y la insurgencia de nuevas generaciones y con ellos nuevas técnicas de representación y manejo de diferentes fuentes de información que ponían de relieve la globalización como proceso indetenible. Pensar que se vivía (y aún se vive) una etapa de transición, que marcó el paso de un país pujante a un país ralentizado, no deja de ser una buena oportunidad para volver a apostar desde el ahora hacia un futuro que se avizora diferente y en el cual las nuevas generaciones tienen mucho que decir.
Los organizadores del evento vieron en cierta medida frustrado el esfuerzo ante la escasa convocatoria que tuvo la cual, como ya se dijo, no pasó de los cincuenta expositores. “Sin embargo -apuntarán- (su realización) abre un compás esperanzador hacia otras muestras que la superen en cantidad de participantes y en la necesaria reflexión sobre el ejercicio de la profesión y la urgencia por desplazar la apatía en nuestro gremio”. En 2011, también durante el mes de julio, en este caso en reconocimiento a la labor gremial y crítica de Arq. William Niño Araque (fallecido a finales de 2010), las mismas instituciones en el mismo espacio organizaron una segunda versión de 5 Décadas de Arquitectura Venezolana que tampoco alcanzó los niveles de participación esperados. Ello quizás hizo desistir a los promotores en seguir realizando nuevos esfuerzos que con mayor insistencia y claridad de metas quizás pudieron haberse institucionalizado y generado un importante banco de documentación con el que sabemos siempre es importante y necesario contar en nuestro país, vacío que más recientemente se ha intentado llenar con el rescate de las Bienales Nacionales de Arquitectura y se complementa con la perseverante tarea realizada por la revista entrerayas.
11 bienales de arquitectura a las que debes prestar atención en 2019
por Nicolás Valencia
(Primera parte)
9 Enero, 2019
Tomado de Plataforma arquitectura
China: Bi-City Shenzhen Biennale of Urbanism / Architecture (2019 UABB) Fines de 2019 — primavera boreal de 2020
La octava edición de la bienal de arquitectura más interesante en Asia presentará una notable combinación multidisciplinaria. Los curadores en jefe de la 2019 UABB serán Carlo Ratti, arquitecto y director del MIT Senseable City Lab; Meng Jianmin, académico de la Academia China de Ingeniería; y Fabio Cavallucci, curador y crítico de arte.
Titulado Espacio urbano + Innovación tecnológica («Urban Space + Technological Innovation»), la 2019 UABB explorará los dilemas detrás de la revolución digital en el urbanismo. En particular, investigará cómo los efectos del urbanismo y la arquitectura se extenderán más allá de los límites físicos, considerando el inevitable impacto que tendrán en la ciudad las nuevas tecnologías como el machine learning, la inteligencia artificial y la automatización.
Estonia: Tallinn Architecture Biennale (TAB 2019) 11 de septiembre — 30 de noviembre, 2019
La belleza importa: el resurgimiento de la belleza («Beauty Matters: The Resurgence of Beauty») será el tema de la quinta edición de la Bienal de Arquitectura de Tallin (TAB 2019, por sus siglas en inglés). La arquitecta afincada en Londres Yael Reisner será la curadora en jefe y liderará un evento enfocado en «cómo la belleza vuelve a importar, reflejándose en un cambio cultural, después de casi 80 años de inactividad, donde la belleza fue un tabú, un tema denigrado». Otros miembros del equipo curatorial son Liina Soosaar (Estonia) y Barnaby Gunning (Londres).
Organizado por el Centro de Arquitectura de Estonia, la TAB 2019 integra cinco eventos centrales: una exhibición curatorial, un simposio y una convocatoria de ideas (estas tres están curadas por Reisner), junto a una exhibición internacional de escuelas de arquitectura y una serie de instalaciones físicas. En ArchDaily estamos orgullosos de ser socios oficiales de la Bienal de Arquitectura de Tallin 2019.
Brazil: XII Bienal Internacional de Arquitetura de São Paulo 19 de septiembre — 19 de diciembre, 2019
En agosto pasado, Todo Dia fue escogido como el tema de la XII Bienal Internacional de Arquitectura de São Paulo. Presentado por los arquitectos locales Ciro Miguel y Vanessa Grossman, junto a la arquitecta y urbanista francesa Charlotte Malterre-Barthes, trazan un futuro donde una disciplina impotente puede ser reemplazada por las nuevas tecnologías de automatización. «Los arquitectos están volviendo a las preguntas más básicas sobre la arquitectura, sus técnicas y orígenes […] hay un movimiento en dirección hacia lo ordinario, lo mundano, lo cotidiano, a través de una difusa noción de cómo la realidad más trivial —aquella inscrita en lo cotidiano, en aquello de todos los días («Todo día»)— puede contribuir a la producción de arquitectura y urbanismo», dice el equipo curatorial en su memoria.
Cuando Oriol Bohigas viene por primera vez a Caracas en 1976, invitado por los organizadores de la VI Bienal Nacional de Arquitectura (evento que se realizó en los espacios del Museo de Bellas Artes) para participar en un ciclo de charlas donde también figuraban Kenzo Tange y Fernando Belaúnde Terry, ya había traspasado los 50 años de edad, se encontraba inmerso en el interesante período que caracterizó la transición española luego de la muerte de Franco en 1975 y llevaba 25 años asociado con Josep Martorell y 14 con David Mackay con quienes había abierto en 1962 el estudio MBM Arquitectes, de donde había salido una serie de obras y proyectos que se pueden considerar emblemáticos de la arquitectura española de la época y que servirían de base para la publicación del libro Martorell, Bohigas, Mackay: Arquitectura 1953-1978 (1979), donde Charles Jenks se atreve a reafirmar lo que el propio Bohigas, en su conocido texto “Una posible ‘Escuela de Barcelona’” (1969), ya había adelantado.
Bohigas, sin embargo, más allá de su sociedad profesional brillaba con luz propia. En 1951, siendo muy joven, había participado en la fundación del Grupo R, movimiento liderado entre otros por Josep Antoni Coderch que surgió como reacción a la arquitectura de corte académico monumentalista desarrollada en los años de la posguerra española, con la voluntad de entroncar con la actividad que el GATCPAC, primer grupo de vanguardia con presencia en la Península Ibérica, de inspiración racionalista, ya había propuesto desde antes de la Guerra Civil. Se nutrió el Grupo R (que se consideraba a sí mismo como postfuncionalista) no sólo del racionalismo y las corrientes de vanguardia internacionales, sino también de diversos estilos practicados anteriormente en Cataluña, como el modernismo y el novecentismo, con un especial énfasis en el carácter mediterráneo de la arquitectura popular catalana. De la arquitectura contemporánea practicada a nivel internacional sienten admiración por el Neoliberty y el contextualismo italiano, así como por el organicismo nórdico.
Ya para 1976 Bohigas, como parte de su propia evolución que se dio luego que en 1961 cesaran las actividades del Grupo R, había escrito tres de sus principales textos que eran objeto de discusión por su talante contestatario, preocupados por asentar principios sólidos para una posible identidad de la arquitectura catalana contemporánea y muy críticos con el desempeño convencional de la arquitectura que se hacía: Arquitectura Modernista (1968), Contra una arquitectura adjetivada (1969) y Proceso y erótica del diseño (1972).
La segunda visita que hace Bohigas a Caracas data de 1981, a instancias del Instituto de Arquitectura Urbana, luego de haber sido Director de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona, cargo que ejerció entre 1977 y 1980 y que deja para ser Delegado del área de Urbanismo del Ayuntamiento de Barcelona hasta 1984. Si su primer paso por Venezuela estuvo signado por un sesgo si se quiere más vinculado a la reflexión asociada a la práctica arquitectónica, ya en este segundo se empezaba a perfilar la fortaleza de un pensamiento en torno a la relación arquitectura-ciudad que fue desarrollando desde el cargo que ejercía dentro de la política urbana de su ciudad y que supo aprovechar al máximo cuando luego sería nombrado en 1984 por el alcalde Pasqual Maragall como consejero de Urbanismo del Ayuntamiento de Barcelona, desde donde trabajó en las grandes obras proyectadas con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992, marcando un antes y un después dentro de la historia de la ciudad. De esta trascendental experiencia aparecerá de la mano de Bohigas otra importante publicación que recoge sus fundamentos teóricos y conceptuales: Reconstrucción de Barcelona (1985). También permitirá a MBM participar proyectando a modo de efecto demostrativo la importante operación urbana integrada por la Villa y Puerto Olímpicos.
La actuación modélica de Bohigas en Barcelona, que partió del abandono de la estrategia de los planes urbanísticos generales, reconoce a la ciudad como un hecho político y, como tal, cargado de ideología y de práctica política. Así, la ciudad es concebida como el conjunto de sus espacios públicos entendiéndose como espacio público no sólo a los espacios urbanos, sino también a la inserción de la arquitectura en los servicios colectivos donde piezas relevantes juegan un papel fundamental en su estructuración. En otras palabras, la ciudad debe ser pensada no como un sistema global y unitario, sino como una suma de sistemas relativamente autónomos en la que el espacio de la vida colectiva no puede ser un espacio residual, sino un espacio significativo, proyectado, minuciosamente diseñado.
«Hay que dar un paso adelante en la exigencia proyectual. Hay que definir concretamente las formas urbanas. Es decir, en vez de utilizar los planes generales como documento suficiente, hay que imponer los proyectos urbanos puntuales. Si me permiten decirlo exageradamente, diría que hay que sustituir el urbanismo por la arquitectura. Hay que proyectar el espacio público -es decir, la ciudad- punto por punto, área por área, en términos arquitectónicos», declaró Bohigas en el acto de entrega del premio del RIBA en 1999 casi a modo de manifiesto. Esta manera de proceder que deja de lado el sistema de Planificación por el de Proyectos Urbanos lo entendió y respaldó el alcalde Maragall convirtiéndose posteriormente en parte del programa del Partido Socialista de España liderado por Felipe González.
Entre 1981 y 2008, fecha de la última visita de Bohigas a Caracas transcurren 27 años en los que se consolida su figura y se valora al máximo su rol dentro de la transformación urbana de Barcelona y el pensamiento que la soporta. Las expectativas de su venida a Venezuela en octubre de aquel año, ya con 82 años a cuestas, estaban, por tanto, influidas por la necesidad de escuchar de boca de un maestro reconocido opiniones sobre el futuro urbano de nuestras ciudades y el papel que juegan los arquitectos en el actual diseño de las mismas, lo que dio como resultado una presentación en el IESA y otra en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV, además de diversas reuniones más puntuales. La Fundación para la Cultura Urbana, quien invita a Bohigas en ocasión de realizar su Conferencia Anual, fungiría en esta ocasión de anfitriona junto a la FAU UCV y Econinvest. La polémica de parte de alguien que nunca la ha evadido hizo acto de presencia de diferentes maneras a lo largo de su estadía.
Desde declaraciones en las que definió a Caracas como una “anticiudad”, hasta la manifestación de tesis que iban en contra de la autonomía universitaria, Bohigas pasa esta vez por Caracas precisando, si cabe aún más, las líneas maestras de su visión urbana o emitiendo opiniones no necesariamente complacientes (sin dejar por ello de lado su posición progresista) en torno a los planes que ofrecía en plena campaña el aspirante del partido oficialista a la Alcaldía del Municipio Libertador. El 5 de octubre aparece publicada en El Universal una candente entrevista a cargo de la periodista Mirelis Morales y William Niño Araque, por su parte, publica ese mismo día en El Nacional un interesante artículo titulado «Bohigas, entre la esperanza y la desilusión» que permitía al lector conocer mucho mejor al personaje y su ideario mediante un repaso de sus más importantes logros.
La conferencia que dictó en el IESA de San Bernardino el lunes 6 de octubre, generó las mayores expectativas. Allí se presentó un Bohigas severo, tajante, más académico, alertando sobre la crisis de las ciudades y la inminente posibilidad de que la arquitectura desaparezca, al no entenderse ya como un concepto al servicio de los ciudadanos. Centrado, una vez más, en valorar al máximola dinámica que involucra el equipo conformado por Estado-promotores-profesionales-vecinos y a privilegiar el espacio público para el disfrute del ciudadano común rompiendo las reglas de los grandes planes maestros, sus recomendaciones apuntaron, de nuevo, a pequeñas soluciones enmarcadas dentro de zonas controladas para crear efectos positivos que irradien al resto del territorio, no sin dejar de advertir que cada vez es más difícil «ayudar a formar el espacio público al servicio de la comunidad», lamentándose de que la arquitectura sea hoy en día un «espectáculo» al servicio de una idea «comercial y especulativa». «El arquitecto es un personaje secundario, en vez de ser el ideólogo que da personalidad y buen pensamiento a la arquitectura. Cada vez se le aparta más de las líneas de producción» llegó a decir.
Hoy a sus 93 años, con problemas de salud y algo alejado de la actividad pública, profesional y académica que siempre le han apasionado, Bohigas ha atesorado a lo largo de su vida premios y reconocimientos, pero ante todo la satisfacción de haber visto hechos realidad una muy buena parte de sus proyectos entre los cuales su querida Barcelona ocupa un lugar privilegiado. Salvo contadísimas excepciones, las autoridades de Caracas todavía no lo han escuchado ni mucho menos comprendido.
ACA
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