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La aparición en julio de 1993 del nº 1 de De Arquitectura, Revista de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Los Andes (ULA), Mérida, significó, tal y como lo señala en el “Editorial” el decano de dicha facultad para aquel momento, Carlos García Loyacono, la culminación de un importante esfuerzo, en medio de “la grave crisis económica que viene afectando nuestro país, en los últimos años”, por subsanar el cierta medida dicho efecto y a la vez tratar de llenar el vacío que, como se sabe, ha aquejado a las publicaciones periódicas nacionales de manera crónica. También se constituyó en una alternativa para paliar la dificultad creciente “de acceder a las publicaciones foráneas que sobre la arquitectura y áreas afines, (que) se podían adquirir antes a precios razonables desde el exterior”.
Se ofrecía De Arquitectura, entonces, como plataforma para permitir que los diferentes centros de enseñanza de arquitectura del país y sus integrantes tuviesen la oportunidad de dar salida a su producción intelectual, sin especificar que se tratara de una revista arbitrada más allá de que su financiamiento viniera del Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico de la ULA.
Más de treinta años de creada tenía para entonces la Escuela de Arquitectura de la ULA (1961, adscrita inicialmente a la Facultad de Ingeniería) y veintitrés la Facultad (inicios de 1970) sin haber podido aún contar con un medio de difusión de estas características. Relata el decano García Layacono que el reto de contar con una revista había sido enfrentado sin éxito por sus predecesores y que el mismo siempre encontró en el camino “infinidad de obstáculos. Algunos producto del conformismo, la indiferencia y la apatía o el temor natural de incursionar en la difícil tarea de escribir y publicar las ideas y opiniones que se puedan tener sobre la ciencia y el arte de la arquitectura. Otros, por no encontrar las condiciones y el apoyo necesario para lograr plasmar esas ideas y opiniones en una publicación propia”.
La aparición de la revista tuvo mucho que ver con el empeño puesto por el profesor Luis Christian Páez Rivadeneira “quien heredó de su padre el gusto por estas tareas de escribir, y de los profesores de nuestra Facultad que lo acompañaron en este magno empeño…” apuntará el decano García Layacono, volviendo a asomar tácitamente cómo en la formación de arquitectos “el escribir” se encontraba (y encontró) durante mucho tiempo en un segundo plano.
Páez Rivadeneira, profesor del Departamento de Historia de la Facultad de Arquitectura de la ULA, quien figuró primer director de De Arquitectura, había publicado en 1992, dentro de la Colección El libro menor (nº 183) de la Academia Nacional de la Historia, La Plaza Mayor de Mérida. Historia de un tema urbano, fruto de su labor investigativa. Estuvo acompañado dentro del Consejo de Redacción de la revista por los profesores Meudy Parma (Departamento de Expresión), Luis Jugo (Departamento de Composición) y Carlos Rubio (Departamento de Tecnología), lográndose así un deseable equilibrio entre todas las instancias que formaban parte de la entonces Facultad de Arquitectura (FA), hoy Facultad de Arquitectura y Diseño (FAD).
Sin grandes pretensiones en cuanto a su diseño gráfico y en el formato clásico tamaño carta, las 80 páginas que contiene el nº 1 de De Arquitectura, dieron cabida a 10 artículos y una sección dedicada a “Noticias, Reseñas, Obras y Libros”. Allí se pueden consultar temas tan diversos como: “El rol de la historia en el ordenamiento y diseño de las ciudades venezolanas” de Mirian Salas (profesora del Departamento de Historia de la FA ULA); “Arte y Arquitectura en Mérida entre los siglos XIX y XX” (parte de un trabajo más amplio dedicado al estudio de la cultura artística de Mérida) de Christian Páez Rivadeneira; “Análisis del comportamiento estructural de las técnicas constructivas artesanales” de Carlos Rubio; “Tecnología apropiada en el ámbito de la arquitectura de un lugar” (Trabajo presentado en la XIV Conferencia Latinoamericana de Escuelas y Facultades de Arquitectura -CLEFA- , La Paz, 1991) de Beatriz Hidalgo (Profesora del Centro de Investigaciones de la Vivienda de la FA ULA); “Ciudad, Arquitectura y Ambiente” (relacionado con la participación en dos eventos internacionales realizados en España e Italia en 1992) de Gerardo Luengo Federico (profesor del Departamento de Composición de la FA ULA); “Integralidad en el nuevo enfoque de la cuestión patrimonial” (ponencia enviada al I Encuentro de Investigación sobre el Patrimonio, Arquitectura y Ciudad, Mérida, julio 1992) de Bernardo Moncada Cárdenas (profesor del Departamento de Historia de la FA ULA); “Juan de Milla, el ingeniero olvidado” (extracto de las palabras pronunciadas en el Centro de Ingenieros de Mérida el 28-10-1992 con motivo de la celebración del Día del Ingeniero) de Rosendo Camargo Mora (profesor del Departamento de Estructuras de la Facultad de Ingeniería ULA); y “Ciudad Educativa, Sociedad y Facultades de Arquitectura” (artículo derivado de la ponencia presentada en la XIV CLEFA, La Paz, 1991) de Luis Jugo Burguera. Se sumaron a ellos los textos elaborados por dos profesores de la Escuela de Arquitectura de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV: “Para una autocrítica de la arquitectura” de Manuel López (ponencia enviada al I Encuentro de Investigación sobre el Patrimonio, Arquitectura y Ciudad, Mérida, julio 1992) y “Permanencias y transformaciones en la Arquitectura venezolana contemporánea” de Martín Padrón (ponencia enviada al I Encuentro de Investigación sobre el Patrimonio, Arquitectura y Ciudad, Mérida, julio 1992), señal inequívoca del espíritu de apertura e inclusión con el que De Arquitectura se estrenaba.
Cabe destacar de “Reseñas, Noticas, Obras y Libros” las notas dedicadas a “El video instruccional en arquitectura”, a los libros Breve historia de los jardines en Venezuela (1990) de Leszek Zawisza, La opción estratégica de la planificación urbana en Venezuela (1991) de Juan de Dios Salas, Arquitectura y contemporaneidad (1992) de Miriam Salas y el ya señalado de Páez Rivadeneira.
Sin embargo, son las reseñas “Un aporte significativo al paisajismo en la Facultad. Proyecto de Arq. Paisajista del Mercado Mayorista Agropecuario Sur del Lago” firmado por Luis Jugo Burguera y, muy particularmente, la titulada “Nueva sede para arquitectura” realizada por Guido Moreno, dedicada al proyecto de la que luego de convertiría en la nueva sede de la Facultad de Arquitectura ubicada en el núcleo La Hechicera, las que ofrecen la oportunidad de mostrar parte de la actividad que se desarrollaba en los Talleres de Composición de entonces.
Así, con relación al nueva sede de la FA ULA se nos informa que “el proyecto que se ejecuta es el producto del esfuerzo de un grupo de profesores de los Talleres de Composición Arquitectónica que hicieron posible la realización de un concurso entre los estudiantes del último año de la carrera” el año 1988, bajo la gestión del decano Carlos García, donde se entregaron 23 trabajos seleccionándose y premiándose los 3 mejores. El que obtuvo el primer lugar, realizado por el bachiller Rafael De Armas, recibió “el honor de convertirse en la obra que hoy se ejecuta”, caso diríamos que inédito en los anales de la arquitectura nacional, en primer lugar por provenir de un concurso, en segundo lugar porque éste fuera dirigido a estudiantes y en tercer lugar porque se construyó. También es aleccionador el hecho de que el ganador una vez graduado fuera contratado por un año para completar la totalidad del proyecto (entregado en septiembre de 1989 bajo la asesoría de profesores de la FA) y porque se ejecutase una vez entregada por el decano Carlos García toda la documentación proyectual completa al Dr. Luis Penzini Fleury, por entonces ministro del Ministerio de Desarrollo Urbano (MINDUR). La obra, prevista a ser realizada por etapas, se inició en febrero de 1992 con apoyo de la Unidad de Consultoría Externa y Proyectos (UCEP) de la FA ULA y ya para marzo de 1993 de habían ejecutado 6.000 m2 correspondientes al bloque de docencia el cual se puso en funcionamiento para el segundo semestre ese mismo año. Para finales de 1994 la segunda etapa ya estaba concluida y para 1996 estaba terminado gran parte del conjunto producto de un verdadero trabajo en equipo, lo cual permitió que la la FA ese mismo año se mudase a un solo sitio acorde a sus necesidades, superándose años de dispersión en diversas sedes que anteriormente debió ocupar. Con relación al tema central que hoy nos ocupa, pese al importante esfuerzo que significó dar salida por primera vez a De Arquitectura, tal circunstancia no superó como noticia el ámbito local y lo más importante: la revista no pasó del primer número. Al menos ese ha sido el resultado de nuestra infructuosa búsqueda por encontrar rastros de ejemplares posteriores (más allá de otra portada cuya procedencia y fecha no hemos podido ubicar con precisión), por lo que mucho agradeceríamos nos aclarara alguno de nuestros lectores si estamos en lo correcto. Se sumaría así esta iniciativa a otras tantas donde la sempiterna crisis económica y de recursos que acompaña la permanencia de publicaciones periódicas sobre arquitectura en nuestro país, las termina sepultando.
ACA

La realización en 1954 de la Primera Feria Exposición Internacional de Bogotá, Exposición Industrial, (FEIB) se convirtió en el primer reto que la recién creada Corporación de Ferias y Exposiciones (Corferias), con Jorge Reyes Gutiérrez a la cabeza, debió afrontar. Con el firme objetivo de “promover el desarrollo y conocimiento de la riqueza industrial, agrícola y pecuaria del país mediante la realización de exposiciones nacionales e internacionales” (según reza en su decreto de fundación del 8 de junio de 1954), Corferias estuvo conformada en sus inicios por capital mixto aportado por el Ministerio de Fomento (sector oficial) y la Asociación Colombiana de Pequeñas y Medianas Industrias -ACOPI- (sector privado). Ello no impidió que se transformara en 1955 en Sociedad Anónima, manteniendo tales condiciones hasta 1989 cuando la Cámara de Comercio de Bogotá adquiere el 100% de sus acciones, marcándose así la privatización definitiva de la Corporación que paulatinamente vio mejorar su infraestructura inicial y aumentar la frecuencia de ocupación anual de los espacios, hasta convertirse hoy en el Centro Internacional de Negocios y Exposiciones “sociedad de carácter privado, que impulsa el desarrollo industrial, social, cultural y comercial en la Región Andina, Centroamérica y el Caribe”.
La Primera Feria abrió sus puertas el 29 de octubre de 1954 inaugurada por el entonces presidente colombiano Teniente General Gustavo Rojas Pinilla, quien gobernó entre 1953 y 1957 y cuyo mandato, al igual que muchas dictaduras latinoamericanos coincidentes en la época, se caracterizó por la realización de relevantes obras de infraestructura. Con la paradójica situación de que el país vivía bajo un cierre absoluto de importaciones y que para incentivar la participación de las empresas extranjeras, se permitió la traída de bienes rebajando el llamado Impuesto de Timbre, con el compromiso de que sólo fueran exhibidos y no vendidos en el evento, participaron un poco más de mil expositores, 24 naciones (Venezuela entre ellas) y asistieron casi 100 mil espectadores. Tal y como señala la prensa de la época: “Los bogotanos, además de viajar y conocer las diferentes culturas del comercio mundial, estaban ansiosos por la campaña de expectativa del gobierno en la que se le había prometido al país progreso, modernidad y crecimiento económico».
Su costo de dos millones de pesos fue aportado a partes iguales entre los dos principales accionistas de la Corporación que tuvo en sus manos la organización, ampliándose la exhibición de los productos contemplados en su decreto de creación, a la presencia de aportes provenientes de países que empezaban a despuntar en la generación de nuevas formas de energía. Los pabellones más visitados fueron los de Alemania, Suecia, Francia, Suiza y Bélgica, llamando la atención que en el área donde estaban ubicados Estados Unidos y Canadá, se brindaba información a los visitantes sobre “la visión del capitalismo democrático norteamericano”, que el autócrata Rojas Pinilla tuvo que tragar mientras recorría el recinto el día inaugural.
Tal y como señala José Javier Alayón en “Proyectos feriales de Bogotá y Caracas en la década atómica. Precisiones sobre sus aportes a la modernidad local e internacional”, ponencia presentada en el III Congreso de Investigación Interdisciplinaria en Arquitectura, Diseño, Ciudad y Territorio (diciembre de 2018), organizado por la FAU de la Universidad de Chile, cuyas memorias se publicaron en marzo de 2019, “aparte del impulso económico a la industria colombiana, en lo arquitectónico, la Feria Exposición Internacional de Bogotá (FEIB) no buscaba, al menos explícitamente, convertirse en un experimento o espectáculo. Seguramente, la urgencia por celebrarla descartó exploraciones y riesgos. La solución prefabricada de las naves de madera laminada de la empresa holandesa Nemaho (Empresa pionera en cerchas de madera laminada, tratada y encolada que vendió sus estructuras por todo el mundo entre 1921 y 2009), era igualmente representativa del momento moderno: solución rápida, eficiente, económica y estéticamente contemporánea”.
Instalada en un terreno de 20.000 metros cuadrados adjudicado inicialmente a la Escuela Militar de Cadetes y las Empresas Municipales del Tranvía de Bogotá, en el barrio Quinta Paredes, la feria fue una de las dos operaciones que establecieron “un vector de expansión hacia el noroccidente de la ciudad que, sumadas al nuevo aeropuerto y próximas a la ciudad universitaria, concentraron usos y formas propias de la ciudad industrial, aunque con el desfase propio de las ciudades latinoamericanas”, según señala Alayón.


El recinto, organizado de acuerdo al plan maestro elaborado por el arquitecto Carlos E. Pérez Calvo (graduado en Bélgica) e Imre Von Mosdossy (“Experto en planeamiento y montaje de ferias internacionales”), construido con la ayuda del ejército nacional, fue trazado bajo un esquema claramente académico cuya plaza de entrada estaba presidida por dos imponentes pabellones en madera provistos por Nemaho. El conjunto “se ordenaba a partir de los dos ‘palacios’ de madera, dispuestos radialmente respecto del pórtico de acceso proto-tendenza (construido por Gabriel Puerta). Los frentes abovedados de estos hangares configuraban la plaza principal, respondiendo al eje de simetría que reforzaba una funambulesca marquesina (una doble ménsula, a modo de alas desplegadas, construida por Cemento Samper y Cemento Diamante). Esta pequeña estructura de concreto armado era el contrapunto estereotómico a la ciudadela tectónica, construida en solo 9 meses. (…) Si bien las estructuras de madera laminada no eran una novedad constructiva en Colombia, importadas desde 1939, las feriales eran las primeras urbanas y de uso público, mostrando a miles de personas sus ventajas. Más remarcable fue la iluminación a cargo de la empresa belga Éclairage Schréder (Fundada en Lieja, en 1907, también iluminó el Atomium de Bruselas’58), que empleó novedosas luces de mercurio y fluorescentes, produciendo un ambiente nocturno cosmopolita, en lo que había sido un potrero meses atrás”.
El proyecto del pabellón venezolano en esta feria le fue encargado a Alejandro Pietri (1924-1992) quien para ese momento aún no había obtenido el título de arquitecto en la FAU UCV (lo hizo en 1955 con tres años previos cursados en la Universidad de Oklahoma). Se trata de una cubierta plegada autoportante combinada con herrería metálica que permite soportar los cerramientos, lo que denota la importante influencia que ejerció en los años formativos del arquitecto Pietri la construcción de la Ciudad Universitaria en cuanto laboratorio estructural, sumada a los avances que se venían logrado en otros países alrededor de las posibilidades que ofrecía el concreto armado en el moldeado de cubiertas ligeras.

Esta preocupación que Silvia Hernández de Lasala denomina en el libro Alejandro Pietri. Arquitecto (1995) como «estética estructural», producto de las influencias señaladas, puede atribuirse también a la formación “profesionalizante” que predominaba en la Escuela de Arquitectura de la UCV, al apoyo que ofrecían excelentes calculistas egresados de la Facultad de Ingeniería de la misma universidad o inmigrados durante la posguerra, y una calificada mano de obra dado el gran volumen constructivo que se dio en aquel momento, todo lo cual le permitió a Pietri ponerla en práctica, como parte de una tendencia clara del momento, cuando se le encargan los pabellones de Venezuela para la Feria Exposición Internacional de Bogotá (1954, que hoy nos ocupa), la Feria de la Confraternidad y el Mundo Libre en Ciudad Trujillo, hoy Santo Domingo (1955, República Dominicana) y la Feria Internacional de Damasco (1957, Siria, no realizado), aderezada con una alta dosis de creatividad y originalidad propias de su personalidad que Hernández de Lasala trata muy bien a lo largo del libro. El punto culminante de esta “estética estructural” lo constituyen, sin duda, la realización por parte de este arquitecto de las Estaciones para el Teleférico de El Avila localizadas una en Maripérez (Caracas) y la otra en el “El Cojo”, Macuto, Litoral Central, así como del Recinto Ferial para la Exposición Internacional de 1960, que no se realizó, en los terrenos donde posteriormente se construyera el Parque del Este de Caracas.
Tal y como apunta Alayón, el olvido o la poca atención prestada por las historiografías locales a proyectos feriales como el de Bogotá a los que se suman los de Ciudad Trujillo y Caracas ya mencionados y la Feria Internacional del Pacífico en Lima (1959), no disminuyen la importancia que, al menos la experiencia bogotana, tuvo en la aceleración económica de la ciudad y su significado en “la expansión de la ciudad con nuevos usos y formas arquitectónicas en el momento que la ciudad desbordaba su trazado colonial, consolidando una modernidad más amplia … con arquitecturas extranjeras, compradas o visadas como pabellones efímeros, que exponían productos y costumbres nuevas”. En cuanto al edificio diseñado por Pietri sabemos que se utilizó en las ferias organizadas los dos años siguientes (1955 y 1956) hasta que se decide desmantelarlo. No por ello deja de ser importante subrayar el papel protagónico que cobró su sistema portante y la fluidez espacial que gracias a ello se pudo lograr tanto en el interior como en su relación con el exterior. Racionalismo, experimentalidad, rigor geométrico y plasticidad formal son las premisas fundamentales que rigieron su diseño, donde se asume también como parte de su caracterización y concepción constructiva la condición efímera que todo pabellón posee.
ACA
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1 y 2. José Javier Alayón, “Proyectos feriales de Bogotá y Caracas en la década atómica. Precisiones sobre sus aportes a la modernidad local e internacional”, ponencia presentada en el III Congreso de Investigación Interdisciplinaria en Arquitectura, Diseño, Ciudad y Territorio (diciembre de 2018)
3. Revista A, hombre y expresion, nº 2, 1955

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“La silla continúa siendo la pieza de mobiliario más popular entre los diseñadores industriales y arquitectos.
Es también un problema de diseño complejo y difícil, un tanto por la estrecha relación existente entre función, material y tecnología. Mas cuando se logra un equilibrio adecuado entre éstas y, por añadidura, la pieza diseñada es económica y versátil, podríamos decir que estamos en presencia de un potencial ‘clásico´.
Y los ‘clásicos’ no tienen edad. (…)
En el país se ha producido con profesionalismo y esmerado cuidado, por parte de unos pocos, mucho mobiliario de firma. Hoy día existe una proliferación de empresas y voluntades lanzando nuevos modelos cada cierto tiempo.
Entre ellos hicimos nuestra selección.”
Con la reseña sin firma titulada “Sillas producidas en Venezuela”, encabezada por la cita precedente, aparecida en el nº 2 (mayo-junio 1988) de la recordada revista ESPACIO (dirigida por Henrique Vera y editada por Hans Hirsch), que contó con el apoyo fotográfico de los reconocidos profesionales venezolanos Ricardo Gómez y Ricardo Jiménez (asociados bajo la firma de Ricar-2) y cuya primera página ilustra nuestra postal del día de hoy, se reafirma una preocupación que desde los años 50 del siglo XX, con la aparición de publicaciones periódicas como El Farol, Cruz del Sur, Integral y A, Hombre y expresión, apuntaba a dar cuenta de los primeros pasos que en nuestro país se empezaban a dar en torno al diseño industrial, manifiesto en la irrupción de delicadas piezas de mobiliario doméstico hecho fundamentalmente en madera, que fusionaban la mirada hacia raíces locales con una clara influencia escandinava de manos de Cornelis Zitman o Miguel Arroyo.
El breve repaso que se realiza en ESPACIO a través de 10 sillas, busca resaltar, con excelente composición gráfica y mejor fotografía, el hecho de que a finales de los años 80, cuando Venezuela intentaba recuperarse del impacto del “viernes negro”, existían empresas empeñadas en mantenerse como referencia en la producción y elaboración de sillas tanto diseñadas en el país como en el extranjero por connotados artífices. Así, además de la “Gatti” (que protagoniza la postal), diseñada por Tito Agnolli en 1985 y producida por la Compañía Anónima Puente Yanes (CAPUY, C.A.) desde 1987, cuyos materiales son “madera (fresno o palo blanco) natural o laqueado, tapizada en lana o cuero”, las tres páginas de la revista dedicadas al tema dan cuenta de otras nueve realizaciones mayormente concebidas en la década de los 80, subrayándose que eran hechas en Venezuela, clara señal del desarrollo de una industria que ofrecía una altísima calidad de elaboración de modelos reconocidos en el mundo entero.

Además de CAPUY, que como se sabe abrió sus puertas en 1954, siguiendo los pasos de Tepuy Compañía Técnica, C.A. -TECOTECA- (con Cornelis Zitman al frente), Galerías Hatch (propiedad de Don Hatch) y DecoDibo (motorizada por Tony Dibo), consolidándose desde entonces como la más importante firma de elaboración y venta de muebles de firma en el país, de quien se recoge su interés en producir (además de la “Gatti”) desde 1979 la silla “Spaguetti” (1967) de Jean Doménico Belloti, desde 1985 la “Kiki” (1954) de Ilmari Tapiovaara y desde 1986 la “Laminette 1” (1957) de Svel Ivan Dysthe, resalta la presencia de otras tres empresas que para entonces ya empezaban a consolidarse o a abrirse paso en el negocio. De tal manera figura la Fábrica de Muebles Mary quien elabora desde 1982, 1987 y 1987, respectivamente, las sillas “Luigia” (1981), “Lidia” (1987, interpretación de la poltrona “Teatro” de Aldo Rossi) y “Anastacio” (1987) todas de Adalberto Caraceni; Multifacetas, C.A. que reproduce desde 1983 la “Mallet-Stevens” (1929) diseñada por Robert Mallet-Stevens y desde 1987 la “Luna de plata” (1986) de Pascual Morgue; y Diseños Danko que asume desde 1987 la elaboración de la “Danko (DT)” (1987) diseñada por el venezolano Daniel Tudja.
La selección llevada a cabo por ESPACIO da pie para resaltar, además de la pujanza y buena escogencia mostradas en una década difícil por las firmas fabricantes, lo que Alberto Sato, en el catálogo de “Sentados en un siglo. Emblemas cotidianos en Venezuela” (1997), quizás la más importante exposición antológica realizada sobre el tema en Venezuela, montada en el Centro de Arte La Estancia (La Floresta), subraya como propio del momento: “En los ochenta, la silla se convierte en un objeto mueble compuesto de asiento y respaldo que sirve para que una persona pueda sentarse. Esta definición académica aleja cualquier duda acerca de su función. Pero desde hace algún tiempo (…) la pobre silla fue objeto de una terrible acusación: debido al valor objetual y estético acumulado a través de su larga y rica historia, una función tan simple como la de sentarse cómodamente le quedaba demasiado pequeña (…). El descrédito que había ganado la función-función, y más que nada, el aburrimiento producido por su unidireccionalidad, condujo a los resultados que todos esperaban: la silla trasciende el mero hecho de sentarse y asume su verdadero papel de adorno doméstico.”
Sin necesariamente concluir que el espíritu posmoderno traducido por Sato sea lo más resaltante de las sillas pertenecientes al período de 1980 mostradas por ESPACIO en 1988, “hechas con profesionalismo y esmerado cuidado”, no cabe duda que el interés por cubrir un segmento como el del diseño industrial cobra, a partir de entonces, particular significación y se refuerza durante la década de los años 90 del siglo XX. Dicho interés lo reafirma la aparición en el diario Economía HOY de una serie de artículos escrita por Alberto Sato que darán origen posteriormente al libro COTIDIANO. Manual de instrucciones (Debate, 2005). Luego será el propio Sato quien le abra las puertas a la temática como parte del Comité de Redacción del semanario Arquitectura HOY que dedica uno de sus primeros números monográficos (el 4 del 19-12-1992) justamente al “Diseño Industrial en Venezuela”, en tiempos que la actividad pasaba por un buen momento, convirtiéndose desde entonces en el espacio que mejor le siguió los pasos. Dicha afirmación se refuerza en el hecho de que desde 1994 toma el testigo Ignacio Urbina Polo (egresado del Instituto Antonio José de Sucre, quien para entonces recién llegaba de Brasil tras realizar una Maestría en Ingeniería de Productos y en 1996 empezó a ejercer la docencia en Prodiseño, Escuela de Comunicación Visual y Diseño, fundada en 1990 que recogió la línea abierta en 1964 por el pionero Instituto de Diseño Neumann), cuando escribe el artículo “El diseño industrial y la semántica de los productos” y quien con perseverancia se mantuvo, reflexionando e informando sobre eventos y exposiciones hasta 1997. Valga decir que hasta el día de hoy Urbina Polo (quien es Profesor Asociado en Pratt Institute, New York) se ha mantenido como importante divulgador de la disciplina a través de múltiples iniciativas y en particular desde la red a través de la página di-conexiones.
Por otro lado, es al Centro de Arte La Estancia de PDVSA (creado en 1995) a quien correspondió durante los 90 tomar la batuta en cuanto al montaje de exposiciones y con ello dar apoyo a la divulgación del diseño industrial. La emblemática muestra “Detrás de las Cosas: El Diseño Industrial en Venezuela” (1995) sirvió para abrir la puerta de una actividad que a lo largo de la década no cesó. Así, a ella se sumarán, en este caso relacionadas al tema de la silla que hoy nos ocupa: “Hans Wegner: hacedor de sillas (1996), la ya mencionada “Sentados en un siglo. Emblemas cotidianos en Venezuela” (1997), “Vitra Design: 100 sillas Clásicas” (1997) y “La butaca, un asiento venezolano” (1998, complementada con “El asiento de al lado. Cien años de descanso”).

La silla venezolana fue nuevamente objeto de atención en 2007 cuando en el Centro Cultural Chacao, bajo la curaduría de Enrique Fernández-Shaw, se montó “Sentados en una tradición. Las mecedoras de Vestuti, origen y evolución”, merecido homenaje a Emile Vestuti (1927-1998), otro de los protagonistas en la historia del diseño en nuestro país, desde que en 1949 llega por primera vez proveniente de los Estados Unidos contratado por la empresa Decodibo, donde durante un año trabajó en la creación de sillas, mesas, gabinetes y camas y dejó para la posteridad un clásico entre nuestros asientos: la mecedora “Easy Rocker” (1989), hecha con madera de capure y comercializada por la ya desaparecida Casa Curuba, otro centro de referencia creado con el objetivo de fomentar y comercializar lo mejor de la artesanía del país.
Aunque la actividad museística vinculada al diseño industrial en cierta forma ha sido compartida desde 1997 por el Museo de la Estampa y el Diseño Carlos Cruz-Diez (donde hasta comienzos del presente año, por ejemplo, estuvo montada la exposición “Muebles: hombre, espacio y objeto” organizada por la firma Modusistema) y por algunas salas privadas, no estaría de más añadir y destacar la labor divulgativa que desde 2009 lleva adelante Elina Pérez Urbaneja a través del blog “Diseño en Venezuela”.

La silla y su diseño mantiene plena vigencia ya no tanto como la búsqueda del cumplimiento estricto de una función o, al menos, representación de la misma, sino como simple conductor de significados desprovisto de cualquier responsabilidad aleccionadora. Y aunque su valor simbólico hoy en día trasciende a su función no cabe la menor duda, como diría Alberto Sato, de que “en la sociedad urbana … la posición más frecuente es la de estar sentado, y para ello no hay nada mejor que una silla”. Si nos interesa saber cómo ello se manifiesta hoy en nuestro país nada como haber visitado la exposición “NoMATERIA. Construir el futuro. Diseño Industrial en Venezuela” (correspondiente a su cuarta edición, la primera fue lanzada el 29 de junio de 2011 coincidiendo con el Día Mundial del Diseño Industrial), montada en 2018 (proveniente del Pratt Institute) en el Centro de Arte Los Galpones bajo la curaduría de Ignacio Urbina Polo (https://issuu.com/nachourbina/docs/nomateria-2012-2017_ef2587b2871d38). Si queremos conocer aún más de su historia recomendamos ampliamente Chairs. Historia de la silla, libro de Anatxu Zubalbeascoa (2018), editado por Gustavo Gili.
ACA
Procedencia de las imágenes
1. Revista ESPACIO, nº 2, mayo-junio 1988
3. https://issuu.com/nachourbina/docs/nomateria-2012-2017_ef2587b2871d38 y https://ggili.com/chairs-historia-de-la-silla-libro.html