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ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 96

La Expo de Montreal 1967 cuyo lema era «El hombre y su mundo», de la cual acaban de cumplirse 50 años de su apertura, podría decirse que conserva intacto el espíritu de New York 64: la parodia estilística y el abigarramiento formal vuelven a ser las notas sobresalientes. En Montreal, además, se sentirá como en ninguna otra Exposición el rol protagónico de quienes durante el siglo XIX ocupaban el papel secundario: los pabellones nacionales. No es casual que la Expo-67 se recuerde por la presencia casi emblemática del enorme domo que Buckminster Fuller diseñó como Pabellón para los Estados Unidos. Junto a él también brillarán el «habitat» de Moshe Shafdie y las «estructuras tensadas» de Frei Otto representativas de la República Federal de Alemania, mientras las innovaciones tecnológicas y los alardes comunicacionales, por reiterativos, dejan ya de tener interés.

También la Expo de Montreal le ofrece a Carlos Raúl Villanueva la oportunidad de reaparecer con una importante obra luego del ostracismo oficial al que se le sometió una vez caída la Dictadura. En efecto, gracias a los buenos oficios de Eduardo Trujillo, uno de sus tantos discípulos, el Colegio de Arquitectos de Venezuela selecciona a Villanueva como proyectista del Pabellón venezolano para Montreal y el Gobierno nacional procede a su contratación. En otras coordenadas se repite el relato Gasparini-Scarpa de Venecia.

Villanueva intuyendo las características del entorno que la Feria generaría (recargado y exhibicionista hasta el cansancio), opta por hacer una propuesta contrastante con el mismo. Es así como vislumbra una respuesta formal que, independientemente del programa que el edificio fuese a albergar e intentando responderse la pregunta de ¿cómo representar a Venezuela en la Expo?, deje en el visitante una marca indeleble. Se recurre entonces, recordando un viejo croquis de Le Corbusier que éste usaba para definir la escala y su valor, a la utilización del sólido platónico por excelencia: el cubo. De esta manera se daría respuesta al problema de la representatividad arquitectónica del país no por lo que lo diferencia sino por lo que esencialmente lo asemeja al resto, revirtiéndose luego ello mismo hacia lo primero.
Juan Pedro Posani, siempre próximo a Villanueva, relata en «Expo 67. Villanueva, Soto. Un cubo, dos cubos tres cubos» texto aparecido en el Boletín del CIHE, nº 8 (1967), algunos de los dilemas que tuvo que sortear el Maestro en la gestación de la idea: “Representar un país: problema dificilísimo, particularmente cuando en ese país se superponen diferentes estructuras profundamente contradictorias. Dificilísimo porque también está en juego el conocido dilema de la expresividad de la arquitectura: ¿arquitectura como escenografía o arquitectura como solución? Y si una exposición es una escenografía ¿cuáles serán los mejores medios de representación?. Villanueva llegado a este punto decide dejar a los medios audiovisuales la tarea representativa. Separa el contenido del continente como en dos regiones independientes: asume para sí el problema del segundo, deja para otros (¿el Ministerio, una comisión, etc.?) el problema del primero.”


La aparición a posteriori del programa diferenciando tres tipos de actividades en otras tantas zonas dará la clave en la formalización y resolución definitivas: “Tres cubos de 13 metros de lado en acero y aluminio, unidos entre sí por una zona de circulación y acceso más baja, policromados de fuertes colores y pulidos como una maquinaria, rojo, azul, amarillo, naranja, negro y verde levantados sobre una ligera plataforma de concreto acabado en obra limpia que permite destacar con mayor fuerza las líneas puras de los cubos”, tal y como expresara el propio Maestro en «Pabellón de Venezuela para la Expo 67 en Montreal”, Revista CAV, nº 23, quien tuvo siempre en mente la posibilidad de que el edificio fuese fácilmente desmontado y posteriormente trasladado a Venezuela.

Villanueva logra dar una respuesta clara, contundente y sencilla que se traduce en calma y tranquilidad contrastantes con el bullicio del gran parque de diversiones en que se transformó la Expo. Su localización privilegiada en la Isla de Notre Dame frente al Río San Lorenzo, en un sitio despejado y rodeado de jardines, dentro de un parcela amplia (1.512 metros cuadrados ocupados en un porcentaje del 43 %, tal y como lo muestra la fotografía seleccionada que ilustra la postal del día de hoy), permiten contemplarlo fácilmente a distancia y desde diversos puntos. El acceso a través de rampas al espacio articulador de los tres cubos acrecienta el control del factor sorpresa que el atractivo hermetismo exterior del Pabellón propicia. Un cubo se destinó a la representación de un programa audiovisual (Venezuela hoy) que se proyectaba sobre pantallas ubicadas en cada una de sus caras; otro se convirtió en recipiente y escenario para apreciar una impactante escultura cinética y giratoria de Jesús Soto la cual se fusionó con la obra «Cromovibrafonía » que Antonio Estévez (quien en aquel entonces incursionaba en la música electrónica) compuso para la ocasión; el tercero de tres niveles albergaba las áreas administrativas y de servicios (segundo nivel), depósitos, equipos y máquinas (primer nivel) y espacio de animación y vida acompañado con un restaurant-cafetín donde se servían comidas típicas en la planta baja.

Sobre los valores plásticos de esta enorme escultura concebida por Villanueva, enigmática y difícil de precisar en cuanto a su escala que ni siquiera es adivinable a través de la grafía del letrero «Venezuela» que se superpone a cada uno de sus componentes, se ha escrito mucho. Se ha hablado de reminiscencias neoplásticas en la fusión de las letras y los planos de la fachada y la misma combinación cromática utilizada. También se le han atribuido similitudes a ciertas esculturas de Robert Morris, a las esculturas del «Cool Art» e incluso al espíritu «pop» por el uso de la policromía. Más lo cierto es que si alguna coincidencia se aprecia en esta obra es la innata sensibilidad formal de Villanueva y su sentido primordial del color (presentes ya en la Ciudad Universitaria) con el «minimal art» en lo cual se basa Posani para afirmar que “si este Pabellón, como parece suponer Philip Johnson, es un ejemplo auténtico de ‘minimal art’ entonces Carlos Raúl Villanueva, a su edad, podrá estar orgulloso de seguir siendo vanguardia”.

Desde París 1937 a Montreal 1967 han transcurrido exactamente treinta años en los que a través de una importante obra construida se puede detectar la evolución y disgresiones del principal arquitecto venezolano del siglo XX. En tal sentido podríamos decir que tal vez ningún otro edificio logra mostrarnos mejor que el Pabellón de la Expo el tránsito de Villanueva de lo figurativo a lo abstracto, así como las dificultades intrínsecas que conlleva el asunto de la representatividad nacional. Al final el rechazo de la solución folklórica, historicista, ecléctica y específica ubica el problema en las coordenadas de lo esencial, lo universal, lo compartido por cualquier ser humano, refrendando en parte las posturas ya planteadas por algunos de sus discípulos. También refrenda una concepción artístico-tradicional de la arquitectura que Villanueva nunca abandona.
La implícita visualización de la arquitectura como invención del programa y de la forma preconcebida como medio de representación sin importar el contenido, permitirían considerar este Pabellón como excepcional dentro del comportamiento de Villanueva. Sin embargo, ha sido el propio Maestro quien ha tomado la decisión de enfatizar en esta edificación efímera uno de los polos entre los que siempre ha oscilado su proceso creativo, logrando plasmar un resultado personal y a la vez memorable que la colocan en el pináculo de nuestras representaciones en feria internacional alguna.
ACA
Procedencia de las imágenes
Postal. https://twitter.com/jorgeruizboluda/status/559429322050912256
1 y 5. Archivo Fundación Villanueva
2 y 6. Boletín del CIHE, nº 8, 1967
3 y 4. Alayón J. J. «De la boîte de Le Corbusier al cubo de Villanueva.
El Pabellón de Venezuela, Montreal» en revista DPA, nº 29, 2013
7. Colección Centre Canadien d’Architecture / Canadian Centre for Architecture, Montreal.
Postal Nº 96
¿SABÍA USTED…
… que entre 1929 (Exposición Iberoamericana de Sevilla) -ver Contacto FAC nº 29 del 28-05-2017- y 1937 (Exposición Internacional de las Artes y Técnicas de la Vida Moderna en París) -ver Contacto FAC nº 14 del 12-02-2017-, Venezuela participa en dos eventos internacionales simultáneos organizados en 1930 por el Reino de Bélgica con pabellones diseñados, una vez más, por un arquitecto extranjero?

Con motivo de la celebración en 1930 del centenario de la independencia de Bélgica de lo que se conoció como el Reino Unido de los Países Bajos, el gobierno de ese país organizó dos eventos casi simultáneos, uno en Amberes y otro en Lieja, dedicados a temas si se quiere bastante diferentes, que dieron pie a que se produjera la presencia de numerosos países a través de sendos edificios representativos.
Así, el 26 de abril abre sus puertas en Amberes, inaugurada por el Rey Alberto y la Reina Isabel junto al Duque y Duquesa de Brabante, la Exposición Internacional Colonial, Marítima y de Arte Flamenco (que duraría hasta el 5 de noviembre), y del 3 de mayo al 3 de noviembre le correspondió a Lieja organizar la que se conoció como Exposición Internacional de la Gran Industria, Ciencias y Aplicaciones, en la que tendría especial cabida el Antiguo Arte Valón. Como podrá notarse, el hecho mismo de dar pie a la realización al unísono de dos eventos en dos ciudades de gran importancia pertenecientes a regiones distintas del Reino, habla de las dificultades históricas que ha tenido Bélgica para concebirse como un país unido, problema que arrastra hasta nuestros días.
La magna celebración fue concebida, entonces, como una feria dual construyéndose dos impactantes recintos, que empujaron a Bruselas en 1935 a albergar una Exposición General de primera categoría, con la que debutaría como entidad oficial reguladora de este tipo de eventos la Oficina Internacional de Exposiciones (Bureau International des Expositions -BIE-).


Dentro de la competencia desplegada por ambas ciudades, algunas cuentas indican que la exposición de Amberes fue más grande y exitosa. Como una oda si se quiere desmedida y extemporánea al colonialismo europeo, aprovechando además su condición portuaria, se construyeron en esta feria llamativos pabellones a lo largo de la Avenida de la Colonie para las naciones y colonias tanto del país anfitrión como de Gran Bretaña, Francia, Holanda, Italia y Portugal. Finlandia y Noruega, en otra tónica, también contribuyeron con destacados edificios expositivos a los que se sumaron Austria, Brasil, Canadá, Dinamarca, España, Hungría, Japón, Letonia, Luxemburgo, Países Bajos, Persia, Polonia, Suecia, Yugoslavia y Venezuela. En total se registró la participación de 27 países, 18 de Europa y 9 del resto del mundo. Hubo también un Palacio de Artes Decorativas, un Pabellón de Amberes y el Edificio de Electricidad así como Salones de Navegación y Transporte, Feestpaleis, el Centennial Palace, un Salón de la Agricultura y una gran sección de entretenimiento. Aunque significativa, la presencia internacional no contó con Alemania y los Estados Unidos de América quienes declinaron su participación debido a la crisis económica de 1929. Alemania, sin embargo, estuvo representada sin rango oficial a través de las ciudades Hansa de Bremen, Hamburgo y Lübeck.

Lieja, por su parte, centró su atención en la Ciencia, Industria, Economía Social, Agricultura y Música. La feria, ubicada en el Parque de Boverie (que había albergado la exposición de 1905), atrajo durante los seis meses que estuvo abierta al público a seis millones de visitantes, cifra muy por debajo de los doce millones que se registraron en Amberes, motivo por el cual se ha relativizado su éxito, achacándose ello al mal tiempo y la situación económica desatada a raíz del crash del 29. Su principal legado consistió en la realización de importantes proyectos de obras públicas para la ciudad entre las que destaca el puente-presa de Monsin.

En Lieja se levantaron más de veinte grandes palacios de exposiciones construidos a lo largo del río Mosa. Las naciones con edificios propios incluían Francia, Italia, España, Egipto, Checoslovaquia, Bélgica, Alemania (no oficial), España, Gran Bretaña (no oficial), Grecia, Japón, Luxemburgo, Países Bajos, Polonia, Suecia, Suiza, Checoslovaquia, Uruguay, Venezuela, Brasil, Colombia, Chile, Perú y Noruega. Adicionalmente había hasta cien pequeños pabellones para firmas individuales. La feria, que buscó recrear una ciudad moderna, incluyó hoteles flotantes a lo largo el río así como un Palacio de Vidrio y Cerámica, Selvicultura, una granja modelo, Palacio de Bellas Artes, un Edificio de Electricidad y un nuevo aeródromo. Además se incorporó como parte de los servicios de apoyo un estadio para 15.000 personas y un parque de diversiones.
En lo que concierne a la curiosa participación de Venezuela en ambas exposiciones, Orlando Marín en La nación representada: La arquitectura de los pabellones de Venezuela en las exposiciones internacionales durante el siglo XIX (2006) registra (con apoyo en las fuentes oficiales por él manejadas) cómo, tras recibir la invitación del Reino de Bélgica, el régimen gomecista la atiende y nombra una “comisión integrada por el Embajador Carlos Aristimuño Coll, Salvador Itriago Chacín y Víctor V. Maldonado, quien también es nombrado Comisario General de Venezuela en la Exposición, junto con el Cónsul en Amberes, Melquíades Parra Márquez”, contratándose el diseño y construcción de los dos pabellones al arquitecto belga Camille Daman.
El estilo que se impuso en la mayoría de las edificaciones de ambas ferias y que Daman asume para la representación nacional, alejándose de los estilos históricos que habían prevalecido en eventos anteriores, es el Art Déco: “un estilo de filiación académica pero de ornamentación simplificada, desarrollado particularmente en Alemania y Estados Unidos desde la década de 1920, en el que se actualiza la imagen del país, aún más moderna y progresista”.


Tal y como relata Marín apoyado en sus fuentes: “El edificio más grande y complejo construido para Venezuela fue el de Lieja: un bloque simétrico y cerrado de una sola planta, con 500 metros cuadrados de superficie, cuya fachada se amenizaba por una gran cantidad de altorrelieves y escalonamientos; por su parte, el stand de Amberes consta apenas de un pequeño salón flanqueado por dos terrazas apergoladas de uso ceremonial, rodeadas de pinturas murales que representaban algunos puertos del país; junto a ‘Venezuela’, las inscripciones ‘Pax’ y ‘Labor’ (una traducción al latín de las divisas del régimen gomecista) coronan la fachada y marcan los accesos del espacio central. Bajo el ‘nuevo rostro’ que había asumido ahora el país, fueron recibidos 18 Grandes Premios individuales y 353 colectivos; 45 Diplomas de Honor individuales y 146 colectivos; 119 Medallas de Oro, 126 de Plata, 65 de Bronce y otras recompensas, que totalizaron 904 preseas”.
ACA
Procedencia de las imágenes
1. http://jdpecon.com/expo/wfantwerpliege1930.html
3. http://www.fabrice-muller.be/liege/documents/cartes-postales/cartes-expo1930.html
4 y 5. http://www.fabrice-muller.be/liege/expo1930/expo1930.html#top
6 y 7. Marín O. La nación representada: La arquitectura de los pabellones de Venezuela en las exposiciones internacionales durante el siglo XIX, 2006
ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 88

El pabellón de Venezuela para la XXVIII Bienal de Venecia (evento que se realiza desde 1895), diseñado por Carlo Scarpa (1906-1978) en 1954 y terminado de construir en 1956, se convierte en el penúltimo en que durante el siglo XX se recurre a un arquitecto extranjero para elaborar un edificio representativo del país y quizás el de mayor relevancia de cuantos se encargaron por esa vía constituyéndose, por tanto, en un caso interesante de repasar.

El encargo que el Gobierno venezolano le hace a Scarpa, coincide con dos circunstancias iniciales: por un lado el arte nacional pasaba en aquel entonces por un excelente momento y no tenía lugar donde mostrarse en la Bienal y, por el otro, Graziano Gasparini, arquitecto y artista plástico, discípulo de Scarpa residenciado en el país (a la postre el más importante investigador sobre arquitectura colonial venezolana) y comisario de la Bienal, ante la disyuntiva, logra contactar al Maestro para que realice el proyecto y a la vez convence al Estado para que lo financie en medio de la bonanza económica que en aquel entonces atravesaba el país. De esta manera se le ofrece a Scarpa la oportunidad de realizar su primer proyecto en Venecia (ciudad donde nació) cuando vivía un período en el que se acentuaban en su obra las influencias wrightianas. Además, se le exigía premura en la ejecución, pensar en la permanencia del edificio y se le daba un privilegiado lugar dentro los Giardini di Castello. Sus vecinos serían los Pabellones de Suiza y la Unión Soviética dentro de un conjunto que ya contaba con obras de Joseph Hoffman y Gerrit Rietveld y que se vería ese mismo año de 1956 enriquecido por el Pabellón de Alvar Aalto para Finlandia.

Scarpa, pese a las limitaciones que ofrecía lo reducido del programa, hace una propuesta que sorprende e incita a la contemplación: por un lado le permite manifestar su universo expresivo a través de una sobria volumetría que resalta dentro del contexto existente, y, por el otro, privilegia la relación espacial y luminosidad de las tres salas que lo componen: dos para pinturas y esculturas y una para dibujos. Se trata de un edificio de 308 metros cuadrados de superficie multiplicados por la sabia articulación de dos sencillos volúmenes dispuestos asimétricamente que buscan la luz a través de “claraboyas pared-techo”, donde la fragmentación correctamente manejada refuerza la búsqueda de un delicado equilibrio entre la horizontalidad y la verticalidad, cumpliéndose así los designios del maestro veneciano: «el cielo y la naturaleza circundante se harán visibles desde adentro», como bien señala en la memoria descriptiva del proyecto. Las referencias a Wright son en todo momento muy claras pero es la particular poética de Scarpa centrada en la valoración del detalle arquitectónico, la que se convierte en otro de los protagonistas de la obra acentuada con la nobleza de los materiales utilizados.

Aunque Scarpa no renuncia a colocar en el acceso un pequeño mapa de Venezuela, no hay duda de que en este caso nos encontramos con una apuesta totalmente diferente, por ejemplo, a la que originó el encargo del Pabellón de 1939 para la Feria de Nueva York (ver Contacto FAC 21, 02-04-2017). Lo efímero y lo permanente, la novedad y la perpetuidad, categorías que sólo el tiempo es capaz de juzgar y valorar, ofrecen en ambos casos comportamientos muy disímiles. Lo efímero, lo temporal y lo nuevo se colocarían más cerca de lo venezolano y su pabellón neoyorquino y lo permanente, lo atemporal y lo perpetuo más próximos a las aspiraciones de Scarpa.

Tal y como ha sido reconocido por críticos de la talla de Francesco Dal Co, Manfredo Tafuri, Bruno Zevi o Joseph Rykwert, este modesto pabellón ocupa un lugar privilegiado y crucial entre las obras realizadas por Scarpa dentro de una notable trayectoria dedicada fundamentalmente al restauro en la que tuvo escasas ocasiones para inventar espacios propios.

Desde su apertura, cuando se mostró la obra de Armando Barrios, Graziano Gasparini, Luis Guevara Moreno, Mateo Manaure, Rafael Monasterios, Héctor Poleo, Alejandro Otero, Manuel Quintana Castillo y Francisco Narváez (en su mayoría integrantes del grupo “Los Disidentes”), la finalidad del Pabellón de Venecia siempre ha sido albergar arte venezolano convirtiéndose en vitrina para sucesivas generaciones de creadores nacionales. Más recientemente, también, se ha convertido en lugar para abrirle paso a muestras relacionadas con las Bienales de Arquitectura que la ciudad alterna con las de plástica. Sin embargo, no pecaríamos de exagerados si afirmáramos que transcurrido el tiempo ha predominado el peso específico del arquitecto y la calidad tangible del edificio como imán para quienes lo visitan mucho más de lo que eventualmente puede contener.

Habiendo contado el Pabellón de Venecia con la fortuna de perdurar en el tiempo sin ser demolido o desmontado, y adquirido un indudable valor patrimonial reconocido por las autoridades italianas en la materia, ha debido sufrir, por un lado, de la desidia a que lo han sometido los gobiernos venezolanos de turno cayendo a veces en situaciones de casi total abandono y, por el otro, la intervención de manos no precisamente expertas al momento de llevarse a cabo sucesivos trabajos de restauración los cuales han despertado tanta polémica como las exhibiciones que ha debido albergar. En la actualidad, a 61 años de su apertura, se anuncia que está a punto de concluirse una nueva puesta al día del edificio con miras a hospedar la representación nacional para la Bienal Internacional de Arquitectura que se realizará el próximo año 2018. Su “longevidad”, por otro lado, lo convierte en primero de una corta lista de dos representaciones venezolanas que han permanecido más allá de la breve duración del evento que las originó en el sitio donde se construyeron, siendo el segundo el diseñado por Alejandro Pietri para la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre, Ciudad Trujillo, República Dominicana (1955), hoy en día sumido en un estado deplorable de deterioro. En resumen, el de Venecia se trata de un pabellón de autor, espejo de sí mismo, en que la representatividad se ha logrado con buena arquitectura. Venezuela, ha pasado así a un segundo plano, y, casi sin proponérselo, ha rendido de esta manera un homenaje a la ciudad italiana a la que le debe su nombre.
ACA
Procedencia de las imágenes
Postal y 1. https://arqueoarquitectural.blogspot.com/2019/01/carlo-scarpa-un-recorrido-arquitectural.html
2, 3, 4 y 5. Marcianó A. F. Carlo Scarpa, Gustavo Gili-estudio paperback, 1985