1952•Se inaugura el Hotel Nueva Segovia, hotel de categoría construido muy cerca de la Cruz Salvadora de Macario Yépez, para albergar a los esperados visitantes a la conmemoración del cuatricentenario de la fundación de Barquisimeto, capital del estado Lara. Tenía amplias habitaciones, corredores y una piscina, que sin duda alguna era su mejor atractivo. Lamentablemente tuvo escasos 10 años de actividad plena cuando fue abandonado (1962). Hoy es el edificio sede del Rectorado de la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado (UCLA).
1952•Abre sus puertas el moderno Hotel Carabobo, ubicado en la avenida Bolívar, frente a la Plaza Bolívar, Valencia, estado Carabobo.
Este nuevo hotel, pequeño en tamaño, pero lujoso, de excelente servicio e insuperable localización en el centro urbano de la ciudad lo hizo ser durante muchos años el preferido de los visitantes de la capital carabobeña.
El edificio fue proyectado con una planta baja en donde se colocó el lobby, la recepción, un amplio salón de espera y demás facilidades; estaba complementado este nivel con una serie de locales comerciales con vitrinas y acceso desde el interior del hotel o desde afuera del edificio.
En la mezzanina se ubicó el restaurante provisto de una terraza con vista hacia la arbolada Plaza Bolívar; tres pisos con habitaciones, muchas de las cuales tenían balcones; rematando el edificio con un último nivel de servicio.
En la actualidad el edificio continúa siendo un hotel, sin el esplendor de otros años.
Tal y como apuntásemos en nuestro Contacto FAC nº 143 al reseñar el libro Hotelería y turismo en la Venezuela gomecista de Ciro Caraballo Perichi (1993), la Red Hotelera Nacional conformada por las 12 instalaciones que llegó a promover y administrar la Corporación Nacional de Hoteles y Turismo (CONAHOTU) desde mediados de la década de los años 1950, de la que fuimos dando cuenta por etapas a través de este espacio, tuvo un antes, un durante y ha tenido un después.
Empeñados en seguirle la pista al tema, tanto desde el punto de vista histórico como tipológico, el conocer los albores del turismo en Venezuela y las características de un proceso lento, dificultoso y modesto que estuvo acompañado de una infraestructura improvisada y precaria, manejada fundamentalmente por privados, muy alejada de los estándares que ya desde el siglo XIX privaban en Europa y los Estados Unidos, quizás permita contextualizar la aparición de una primera política estadal que como bien señala Caraballo surge o más bien se consolida a partir de 1930 cuando “…el Gobierno organizó una red de hoteles nacionales, la cual estuvo estructurada por el Gran Hotel Termal de San Juan de los Morros, el Hotel Miramar en Macuto y el Hotel Jardín en Maracay, además de iniciarse la construcción del Hotel Rancho Grande”.
Pero para llegar aquí, a modo de preámbulo, no estaría de más repasar, como lo hace Caraballo, el camino transitado, de un lado, por la actividad turística hasta convertirse en “industria” o “fenómeno” y, del otro, por las instalaciones que poco a poco le fueron permitiendo asentarse y consolidarse bajo la sempiterna premisa de que nuestro país, aún siendo un destino apetecible por la variedad de ofertas que presenta y por su accesibilidad dada su ubicación geográfica, siempre ha estado a la zaga menospreciando el verdadero desarrollo que su potencial ofrece.
Sin embargo, salvando todas las distancias posibles, si bien existe un proceso que en general permite entender o explicar el camino andado conjuntamente por actividad e infraestructura a nivel internacional, podría decirse que ello igualmente aconteció a nivel nacional.
El seguirle los pasos a la senda que conduce “del albergue para viajeros al gran Hotel”, punto de partida escogido por Caraballo, fija la necesidad de reconocer el papel fundamental que ha tenido históricamente la movilidad de los seres humanos sea por el motivo que fuere. Y dentro de ello no es menos importante el ir destacando el comportamiento de los albergues o posadas que estratégicamente se ubicaban en las rutas, los lugares de entrada y salida, los centros urbanos o los lugares de peregrinación e interés diverso que se constituyeron en destinos. Es justamente el desarrollo de las comunicaciones terrestres y la aparición de medios de transporte cada vez más cómodos y sofisticados lo que permitirá pasar de un compartimiento dominado por la lentitud, predominante desde tiempos remotos, a la reducción de las distancias que a partir de la Revolución Industrial con la máquina de vapor y el ferrocarril como puntales impulsará, como bien señala Caraballo, una verdadera “revolución de la hotelería” urbana puesta al servicio de los viajeros, cuya diversificación y estratificación también empezó a acentuarse.
2. Vista de Valencia. Anton Göering. 18923. Izquierda: Estación La Guaira del Ferrocarril Caracas-La Guaira (circa 1883). Derecha: Ferrocarril Caracas-La Guaira pasando por el Viaducto de Paria (circa 1883)
Si bien las ciudades y el atractivo que generaban las convirtió en imán para la llegada de visitantes de todo tipo que buscaban conocer sus encantos, asistir a eventos o consolidar actividades de negocios, cuya imagen más ilustrativa es la aparición del gran hotel (en sus versiones de “lujo” más propias de Europa o más “democráticas” característicos del confort norteamericano), no es menos cierto que las actividades que ellas propiciaban estuvieron en una buena parte compartidas por otros temas como la terapéutica, el esparcimiento y la aventura que no remiten necesariamente a la condición urbana sino que apuntan a un paisaje más rural. De allí la importancia que se puede encontrar en “el viaje de salud” como un primer detonante de desarrollo del turismo y las instalaciones que la debían servir, pasando a tomar el testigo posteriormente “el viaje de aventura” como gran motor del traslado de personas a lo largo de todo el mundo: balnearios a orillas del mar o de los ríos, zonas con exuberantes o exóticos atractivos naturales, clima agradable que pudiera acompañar la temporada más propicia e incorporación de los países periféricos a una actividad dominada desde un comienzo por Europa, fueron configurando un fenómeno que se encuentra con el siglo XX como su momento de despegue definitivo, convirtiéndose para muchos países, si no en su principal, en una importante fuente de divisas que era necesario preservar, mimar y explotar al máximo a través de un entramado que tuvo en el “paquete turístico” conformado por transporte y hotel (del cual Thomas Coock fue pionero) un punto de apoyo fundamental que incorporó al usuario como necesario protagonista.
Ante este apretado resumen que busca ilustrar cómo durante el siglo XIX en plena Revolución Industrial el turismo en sus múltiples variantes cobra forma poco a poco, la incorporación de Latinoamérica a los circuitos más importantes y dentro de ella Venezuela, puede ser revisada a modo de un espejo que ofrece una imagen algo distorsionada pero que busca replicar lo que sucedía en los centros hegemónicos.
4. Izquierda: Plan del Ferrocarril de La Guaira a Caracas, siglo XIX. Derecha: Los Baños de Macuto, Luciano Landaeta, 1877.
Es dentro de este complejo panorama que entremezcla el desarrollo de vías y medios de transporte con la capacidad cada vez mayor de generar confort al visitante a través de instalaciones bien dotadas, que Caraballo va introduciendo las pistas que permiten vislumbrar el lento progreso de nuestro turismo y la aparición de los primeros hoteles comerciales que, en plena etapa republicana, buscaban superar las posadas y los albergues familiares improvisados en viviendas, apuntando a asemejarse a lo que acontecía en los países que se tenían como referencia. El Macuto Guzmancista con su balneario, la predilección del Ilustre Americano por Antímano o la presencia de aguas termales en Carabobo o el Táchira, se sumarán a la relación comercio-hotelería caracterizada por la precariedad inicial, la limitada oferta, el monopolio de los extranjeros en el negocio, el peso de los puertos de entrada como primeros contactos con el país y el duro inconveniente en el que se convertía contar con un personal incompetente y poco formado para una actividad en la que el buen trato, la educación y el esmerado y atento servicio eran fundamentales, para entender la aparición de los primeros hoteles caraqueños o de provincia proyectados para tal fin.
De esta manera y de la mano de Caraballo nos topamos con que son las vecindades de la Plaza Bolívar caraqueña las que propiciarán el surgimiento de las primeras instalaciones hoteleras planteadas como tales a finales del siglo XIX, destacando “ ‘El León de Oro’ por su carácter pionero en la ciudad; el ‘Saint Amand’, de clara elegancia francesa; y el ‘Hotel Venezuela’, posteriormente llamado ‘Gran Hotel Klindt’, ejemplo de finales de siglo que fijaría las pautas del moderno servicio de hotelería en Caracas.”
5. Mapa hotelero del centro de la ciudad de Caracas representado sobre el Plano Topográfico de la Ciudad de Caracas de 1889 de Vicente Mestre6. Izquierda: Hotel «El León de Oro», Plaza de San Jacinto. Derecha: Gran Hotel Klindt, Esquina de La Torre.
El mapa hotelero de la capital de 1887 de León Van Praag, en el que se señalan 8 hoteles y 15 pensiones ubicadas en pleno centro de la ciudad, permite detectar hacia el oeste de la Plaza Bolívar el eje mercantil de la ciudad donde estaba ubicado en el nº 50 de la avenida Sur 4 “El León de Oro”, “decano de la hotelería caraqueña” propiedad de los hermanos José y Manuel Delfino desde poco después de 1830, que luego se mudaría en 1890 hacia los alrededores de la Plaza de San Jacinto ocupando una nueva construcción de cuatro plantas, siendo para entonces “el hotel más grande de la ciudad con 50 habitaciones, 22 de ellas con balcones a la calle, comedor para 100 personas y servicio de teléfono”.
Por su parte el hotel Saint Armand, abre sus puertas en 1855 ubicado sobre el Boulevard Este del Capitolio, “fundado por un ciudadano francés recién llegado a la capital” siendo hasta finales del siglo XIX “el alojamiento más elegante de Caracas” y el primero que abrió (en 1880) una “sucursal” en la avenida Sur 4 nº 26 y lanzó una campaña permanente de promoción en los diarios manifestando sus ventajas competitivas todas ellas ligadas a su “chic europeo”, confort de sus instalaciones y buena comida.
Para finalizar esta primera etapa de un preámbulo que, repasando las primeras iniciativas privadas, nos permitirá llegar a la red de hoteles nacionales gomecista, cabría destacar la inauguración y puesta en funcionamiento en 1895 del “Hotel Venezuela”, promovido por el Sr. Pedro Salas, ubicado en la esquina La Torre en diagonal con la Catedral de Caracas, dando su frente de 48 metros hacia la Plaza Bolívar, el cual, diseñado para albergar hasta 100 habitaciones de diferentes características distribuidas en tres pisos, cambiaría de manos tres años después al ser adquirido por Luis Ravasso quien a comienzos del siglo XX lo arrienda al “ilustre hotelero Pedro Klindt, quien le cambiaría el nombre por el de ‘Gran Hotel Klindt’, con el que se conocería por casi dos décadas.” Estas primeras muestras de instalaciones destinadas específicamente al uso hotelero no ofrecen la oportunidad de conocer tras ellas (si los hubo) los arquitectos que las pudieron haber concebido. Ello ocurrirá por primera vez cuando se inaugure en 1921 el “Hotel Palace”, ubicado de Veroes a Ibarras diseñado y construido por Alejandro Chataing, pero tanto a él como al recordado “Hotel Majestic”, producto de la adaptación de dos edificios destinados a oficinas y comercio realizada por Manuel Mujica Millán en 1930, podrían servirnos para redactar otra nota complementaria más adelante.
ACA
Procedencia de las imágenes
Atlas de Tradiciones de Venezuela. Fundación Bigott, 1998
Cuando en 1993 aparece Hotelería y turismo en la Venezuela gomecista se llena otro importante vacío sobre un tema que nuestra historiografía había dejado de lado hasta ese momento.
Concebido como un ambicioso proyecto, auspiciado por la Corporación de Turismo de Venezuela, que a su vez originó una minuciosa investigación acompañada de un denso acopio documental, este libro “tapa dura” de 378 páginas, con formato tamaño carta y características de “coffee table”, permite a su autor, el profesor Ciro Caraballo Perichi, dejarnos en las manos una sustanciosa obra fácil de leer que además se convierte en referencia por su manera de repasar tanto la historia del tópico que aborda como los avatares asociados a sus temas fundamentales.
Prologada por el reconocido geógrafo Pedro Cunill Grau, quien, al adentrarse en las profundidades de la investigación resalta, “sin desconocer las innegables virtudes que tiene esta obra para la arquitectura y la historia”, su “aporte básico para la geohistoria del brutal cambio de la Venezuela prepetrolera a la Venezuela petrolera”, la publicación desarrolla una extensa “Introducción” necesaria para colocar a la hotelería y al turismo en contexto, tanto en cuanto al origen y evolución de ellos como protagonistas de la historia que se narra como en el momento histórico que interesó escudriñar: la Venezuela gomecista.
La “Introducción” está integrada por tres partes: A “Del albergue para viajeros al gran hotel”, compuesta a su vez por “Revolución Industrial: Revolución de la hotelería”, y “De la terma de salud a la terma de placer”; B “Del viaje de salud al viaje de aventura”, contando como oportunidad para explayarse a través de “Las elegantes ciudades-balnearios a orillas del mar”, “El contacto con la prístina naturaleza salvaje”, “Comercio y aventura en los enclaves coloniales”, y “Los hoteles de veraneo en América Latina”; y C “Turismo, un fenómeno del siglo XX”, desarrollado mediante “Organizando el fenómeno turístico”, “Teoría y práctica de la ciencia turística” y “América Latina: ¿un exótico destino alternativo?”.
Al enjundioso texto introductorio se añadirán para conformar el cuerpo central de la obra seis grandes capítulos:
el I “Venezuela: El Hotel Comercial Republicano”, subdividido a su vez en otros dos subcapítulos, el A “Comercio y hotelería: un binomio del siglo XIX” y el B “Caracas: del ‘León de Oro’ al ‘Gran Hotel Klindt’ ”;
el II “Salud y alojamiento: Venezuela siglo XIX”, conformado por A “Sitios de temperar: el ferrocarril como medio”, B “Balnearios de mar y río”, y C “Baños hidroterapéuticos y sitios termales”;
el III “El turismo y la empresa privada”, compuesto por A “Venezuela, un destino en los circuitos turísticos”, y B “La respuesta de la hotelería”;
el IV “Hotelería oficial: un ambiguo nacimiento”, integrado por A “El hotel termal: primogénito de los hoteles nacionales”, y B “El Miramar: inicio de la política oficial de turismo”;
el V “Maracay, corazón turístico de Venezuela”, completado por A “Maracay, refulgente capital del gomecismo”, B “Maracay,: principal polo de atracción turística”, y C “Las instalaciones hoteleras en Maracay”;
y el VI “El Turismo: una política oficial”, complementado por A “El gobierno gomecista como promotor del turismo”, B “Los hoteles nacionales: promoción y funcionamiento”, y C “Turismo y gomecismo: ideas y proyectos inconclusos”.
Cierra el libro con un “Epílogo” que reflexiona sobre “Permanencia, decadencia y mutación” y se complementa con “A modo de conclusión”; exponiendo finalmente las “Fuentes” y un apetitoso “Anexo documental”, todos ellos material de consulta obligada sobre el tema.
Ya de por sí la lectura del índice transcrito creemos que genera la curiosidad necesaria y ofrece toda la amplitud que el tema tratado permite, por lo que no añadiremos comentarios adicionales más allá de reiterar la ligera y amena lectura que el libro comporta lo cual acrecienta su valor formativo e informativo. Sin embargo, si creemos importante señalar el fundamental apoyo y el valor instrumental que para quienes laboramos desde esta página tendrá la publicación con la finalidad de abrir a posteriori (a modo de Star Wars) un necesario preámbulo al viaje que emprendiéramos a través de la Red Hotelera Nacional, impulsada a mediados de los años 50 del siglo XX por la dictadura perezjimenista, que nos permitió mostrar, visitar y comentar las 12 piezas que la conformaron y que terminásemos de cubrir en el Contacto FAC nº 133 con el tercer texto dedicado al hotel Humboldt. Con ello queremos decir que Hotelería y turismo en la Venezuela gomecista nos servirá para abrir desde ahora otra serie de notas que nos permitirán sentar las bases de lo que aquella experiencia significó, su vinculación con ésta última, si es que ello existió, y mostrar poco a poco las edificaciones que formarían parte de esta nueva saga.
1. Anuncio publicitario de la Corporación Nacional de Hoteles y Turismo C.A. (CONAHOTU), creada durante el gobierno de Marcos Pérez Jiménez, promocionando las 12 instalaciones que conformaban la Red Hotelera Nacional distribuidas a todo lo largo y ancho del país. Circa 1955.
Hotel Humboldt (y III)
Como ya anunciáramos en nuestra entrega nº 130 del 16-06-2019, con la aproximación al hotel Humboldt en tres tiempos, hemos querido cerrar la elaboración de un total de 17 notas que han buscado constituirse en un repaso de lo que fue una importante y trascendental saga dentro de la historia de la arquitectura nacional, tanto por la calidad de lo realizado como por su constitución en escenario para permitir leer de qué manera se manejaron a través de la temática hotelera asuntos muy vinculados a la representatividad y el carácter nacional, enmarcados dentro de la relación entre tradición y modernidad. Tal y como apunta Juan Manuel de Ascencao en “Arquitectura hotelera estatal en Venezuela: 1952-1958″ (trabajo de grado con el que obtuvo el título de Magíster Scientiarum en Historia de la Arquitectura el año 2005), quizás valga la pena recordar que, en rigor, “La Red Hotelera Nacional estará conformada por un conjunto de edificaciones: las estatales heredadas del período de Juan Vicente Gómez, denominadas como ‘Hoteles Nacionales’; las financiadas a través de participaciones accionarias por el Ministerio de Fomento y las realizadas directamente por la Corporación Nacional de Hoteles y Turismo (CONAHOTU) a mediados de la década de 1950, conjuntamente con las provenientes de las numerosas compañías hoteleras en ‘dificultades’, las cuales serán adjudicadas en función de su importancia, de inversión y ubicación a la cadena estatal”.
De esta manera, cabe aclarar que desde aquí nos hemos dedicado fundamentalmente (salvo una nota preparada en su momento para el hotel Miramar en Macuto, otra para el Tamanaco en Caracas y una tercera para el Cumboto en Puerto Cabello), a describir, comentar y analizar las doce instalaciones con las que la CONAHOTU comenzó a operar en 1955 de las cuales, según se desprende de la Memoria y Cuenta del Ministerio de Fomento de 1956, tres ya se encontraban inauguradas (los hoteles Trujillo, Bella Vista y Miranda) y otra prácticamente terminada pero no registrada (el Aguas Calientes), correspondiéndole participar directamente desde la escogencia de los terrenos, asignación y revisión de los proyectos y fiscalización de las obras en las restantes 8, divididas a su vez en dos etapas integradas por los hoteles Maracay, Llano Alto, Prado Río y El Tamá y posteriormente por el Humboldt, Guaicamacuto, Cumanagoto y Moruco.
Hecha la acotación, que por un lado nos abre la oportunidad de dedicarnos más adelante a algunos de los “Hoteles Nacionales” u otros pertenecientes a la “red” cuya participación tuvo carácter mixto (por los cuales la Corporación también tuvo que responder en mayor o menor grado), esta tercera y última entrega dedicada al hotel Humboldt nos facilitará la tarea de cerrar un periplo que, habiendo arrancado con su concepción y realización, nos permitió pasar por sus “infortunios existenciales” para llegar hoy a repasar aunque sea someramente su indudable “fortuna crítica”.
2. Aviso publicitario anunciando la próxima apertura del hotel Humboldt en marzo de 1957.3. Portada de la revista Integral 10-11. 1958
Así, consolidado como icono de la ciudad e incorporado a la identidad caraqueña, a pesar de sus crónicas dificultades para operar regularmente, el Humboldt, desde que aparece publicado como proyecto por primera vez en la revista Integral nº 10-11 (1958), atrapó la atención de todos los interesados en conocer la lógica que condujo a su implantación, su racional manera de concebirse, su impecable proceso constructivo y sus indudables cualidades arquitectónicas, de forma tal que para cuando más tarde empiezan a darse ocasiones en las que la obra de Tomás Sanabria pasa a ser objeto de aproximaciones críticas, ya este edificio, pese a ser una obra temprana, marca un lugar determinante, lo que añade consideraciones referidas al talento que afloraba su entonces joven arquitecto y los orígenes de su formación.
4. Carátulas de los catálogos de dos de las exposiciones montadas por la Galería de Arte Nacional vinculadas a la figura de Tomás José Sanabria. Izquierda: “Los signos habitables. Tendencias de la Arquitectura Venezolana Contemporánea” (1984-85). Derecha: “Tomás José Sanabria Arquitecto. Aproximación a su obra” (1995)
A la espera aún de la aparición dentro de la Colección Sanabria, que construye con encomiable empeño su hija Loly, de la clasificación y catalogación de 115 publicaciones de libros y revistas que presentan entrevistas, eventos participativos o proyectos de la vida profesional del arquitecto desde 1952 hasta 2015, que a su vez permitirán una revisión más exhaustiva, nos adelantaríamos a señalar, dentro de una posible cronología orientada a recoger la manera como el Humboldt es visto tanto como pieza única como dentro de la trayectoria y pensamiento de Sanabria, la muestra “Los signos habitables. Tendencias de la Arquitectura Venezolana Contemporánea” (1984-85), realizada en la Galería de Arte Nacional (GAN), como la primera vez donde se contextualizan ambos hechos. El que haya sido en fechas tan lejanas a la construcción del hotel que se dé esta circunstancia tiene que ver, sin duda, con el desarrollo a partir de los años 80 y muy particularmente de los 90 de un verdadero interés por documentar y exponer los valores fundamentales de nuestros más relevantes arquitectos pertenecientes a una generación posterior a la de Carlos Raúl Villanueva, de entre los cuales Sanabria ocupa un lugar prominente, William Niño Araque su divulgador más importante y el Humboldt la más clara manifestación de lo insuficientes que son los efectos de la naturaleza, la técnica y la sociedad, para determinar o explicar la obra arquitectónica si no entran en juego otras variables que pueden llevarla a ser considerada una obra de arte que trasciende el uso, la construcción o la adecuación al clima.
Diez años más tarde, con motivo del montaje también en la GAN y bajo el liderazgo de Niño Araque (acompañado de Mónica Silva, Carmen Araujo y Gipsy Venegas en la curaduría) de la muestra antológica “Tomás José Sanabria Arquitecto. Aproximación a su obra” (septiembre-noviembre 1995), se develará en toda su amplitud esa relación entre “romanticismo y funcionalidad” que el hotel Humboldt pone en evidencia a los ojos del crítico. Basado en un artículo previo publicado en El Nacional (09-01-1995) titulado “Con cierta ligereza (A propósito del Humboldt y de Marianella)”, luego de haber dedicado buena parte del año 1994 a la revisión de los escrupulosamente ordenados y bien conservados archivos de Sanabria, Niño Araque aboga por la restauración del hotel, y en el catálogo de la exposición repetirá: “En esta empresa, Sanabria supo aprovechar instintivamente las nuevas posibilidades técnicas de la época, en una suerte de visión poética del mundo que le permitió adelantarse a sus coetáneos. (…) A la distancia del tiempo, desde la óptica de la grandeza de su concepción como obra epistemológica, trágica y heroica a la vez, el Hotel Humboldt puede considerarse como una de las obras maestras del siglo XX en Venezuela. En esta arquitectura se expresa la crónica contada de un modo ecléctico y un compromiso con la naturaleza. Su significado puede interpretarse como un dato iconográfico de la ciudad de Caracas, una declaración crítica y caribeña de la modernidad”.
5. Tres artículos aparecidos en la El Nacional en 1995 dedicados a comentar la obra de Tomás José Sanabria y en particular el hotel Humboldt.
Luego de que Niño Araque agotara prácticamente los calificativos posibles donde no dejan de aparecer los de “empresa heroica”, “faro de luz” o “lucernario urbano”, la mencionada exposición también detonó una serie de textos que darían cuenta de otras tantas miradas y preocupaciones con respecto al edificio y arquitecto que tanto nos han ocupado. De tal manera, Federico Vegas en “La Geografía de Sanabria” (El Nacional, 30-10-95) recogerá la importancia que para el proyectista tuvo esa combinación entre arquitecto y piloto que personificaba y su influencia a la hora de observar la ciudad y prefigurar soluciones urbanas, amén de la perspectiva que dicha condición le abriera para visualizar y revisitar su tan amado hotel. Bajo la sombra de una frase por él atesorada dicha por su padre (el arquitecto Martín Vegas Pacheco) “Caracas es una ciudad atacada por sus habitantes y defendida por su topografía”, Vegas, precisará: “He aquí las características del buen piloto y del buen arquitecto: Debe ser clarividente e inconsolable, lúcido y a la vez expuesto a la inconsciencia de la fe. Capaz de reflexiones apasionadas, capaz de mantener estos goces desmesurados en el alma, capaz de enfrentar el drama de la omnipresencia del lugar, el continuo resplandor de lo evidente”, todo ello en clara referencia a Sanabria.
6. Artículo «La corona de la ciudad» de María Fernanda Jaua aparecido en el nº 128 de Arquitectura HOY el sábado 21 de octubre de 1995, en momentos en que se encontraba abierta la exposición “Tomás José Sanabria Arquitecto. Aproximación a su obra” (septiembre-noviembre 1995)
También, en las fechas en que se encontraba montada la exposición, María Fernanda Jaua publica en Arquitectura HOY “La corona de la ciudad”, texto escrito dos años antes y que se ofrece como respuesta a la pregunta formulada por los editores del semanario: Tomando en cuenta la trayectoria e importancia de la obra de Sanabria ¿qué representa ésta para usted hoy?.
En el escrito, Jaua se enfoca fundamentalmente en la condición icónica del hotel aproximándose gracias al apoyo de autores como Joseph Addison, Burke o Kant a la noción “longiniana” de lo sublime, como fuente de emociones que no serían puramente estéticas sino más bien vinculadas a los sentidos. Se intentaba así darle peso a la idea “revolucionaria” de que “la belleza no estaba en lo tangible sino en lo que se percibía subjetivamente”, temas que fueron ampliamente trabajados por los artistas y arquitectos románticos: los unos pintando “las pasiones y las emociones que les inspiraba la naturaleza” y los otros imaginando “los edificios como los protagonistas de esa naturaleza, las formas puras creadas por el hombre contrastando con la exuberancia y la arbitrariedad de lo natural”, privilegiando (siguiendo a Addison) “la vista hacia la obra y no desde ella”. Herederos de Ledoux, Schinkel o Leo von Klenze, Bruno Taut, Mies van der Rohe o Le Cobusier no hacen otra cosa, al proponer obras como “La corona de la ciudad”, la casa Farnsworth o la Villa Saboya, que subrayar la preeminencia del objeto sobre el lugar, tradición que refleja con toda claridad el hotel Humboldt queriéndonos decir Jaua que Sanabria está muy lejos de ser considerado “un arquitecto interesado, sobre todo, en la eficiencia”.
Si a Federico Vegas, tal y como manifestaba en su artículo, no le hacen gracia los aviones a Hannia Gómez no le atrae para nada el tener que llegar al Humboldt en teleférico sensación entre incómoda y fascinante que describe con lujo de detalles en “Donde las águilas se atreven” (El Nacional, 13-11-95). Buscando maneras que permitan encauzar la recuperación del edificio tratando de explotar su condición de “monumento escénico”, ya duramente golpeado para la época, Gómez exclamará en tono tremendista y claramente premonitorio que nos retrotrae a su congelada situación actual que sigue topándose con dificultades para ponerlo a funcionar: “No discutíamos, pues, sobre los problemas complicadísimos de su restauración, ni de ‘la condición efímera de la materialidad de la obra moderna’ (…) ¡Discutíamos cómo hacer que venga el Aga Khan con la CIGA y haga las inspecciones de esta torre de marfil! ¡Cómo retar a Trump para que saque las cuentas de este resort aparentemente inalcanzable para el bolsillo! ¡Cómo lograr que apuesten a reponerla tan lujuriosamente afocante como fue imaginada y concebida!.”
7. Carátula del libro Hotel Humboldt. Un milagro en el Ávila de Joaquín Marta Sosa, Gregory Vertullo y Federico Prieto (2014)
Para finalizar, no se puede dejar pasar por debajo de la mesa la publicación que apareció paralelamente al último gran esfuerzo de restauración (2012-2018) que se le ha realizado al edificio y el aporte que ofrece para redondear una visión que, trastocada en mito, ha prevalecido en el tiempo. Hotel Humboldt. Un milagro en el Ávila de Joaquín Marta Sosa, Gregory Vertullo y Federico Prieto (Fundavag, 2014), ofrece según la completa reseña que realiza Juan José Pérez Rancel para entrerayas, la oportunidad de encontrarnos con tres visiones muy diferentes del objeto al que se dirige el texto. Por un lado valora su carácter documental lleno de material recopilado y puesto en escena por quien ideó el proyecto editorial, Federico Prieto; en segundo lugar el aporte más descriptivo y “técnico” pero no menos riguroso cargado de imágenes, láminas, fotografías , bocetos y planos que ofrece Gregory Vertullo (con el apoyo del archivo de la Colección Sanabria), a quien correspondió llevar a cabo la más reciente restauración del hotel; y por último el valor poético y “real-maraviloso” del texto preparado por Joaquín Marta Sosa titulado “EL TOTEM DE LA MONTAÑA (Mitos y Leyendas en el Humboldt… con algunas verdades)”, cargado de un “insaciable afán de conjurar símiles y metáforas” en el que Marta Sosa “juega con los documentos, con las entrevistas, con los testimonios y las crónicas, con los mitos y leyendas de los protagonistas que hicieron y vieron hacer el teleférico y el Hotel, cuyo nombre no termina de saberse por qué fue endilgado a aquel tótem”.
Según palabras del propio Pérez Rancel, la aparición del hotel “en la vida física y espiritual de Caracas, es narrada con este libro absolutamente transgenérico: ensayo, crónica, cuento, leyenda, ficción, prosa poética, crítica arquitectónica, historia arquitectónica y urbana, memoria descriptiva, documentación gráfica, fotográfica y cinematográfica, guión de cine, entrevista, testimonio, son algunos de los géneros amalgamados en este exhaustivo volumen, a fin de cuentas un gran poema multimedia. Tenía que ser así un libro que abarca holísticamente las múltiples visiones y disciplinas interconectadas e involucradas en aquella magia hecha realidad pues en El Ávila, la ingeniería se volvió expresión arquitectónica, como testimonia aquí el ingeniero Urreiztieta y el entorno natural se fundió con la arquitectura y el paisajismo artificial, como decidieron Sanabria, Larrazábal y Burle-Marx; el paisaje irrumpió en la arquitectura y ella en él y la ingeniería se volvió espectáculo en medio de riscos, vertientes, cultivos y aldeas. El libro y los dos DVD que lo acompañan, recogen tanta abundancia creativa”. El valor que Pérez Rancel le otorga a Hotel Humboldt. Un milagro en el Ávila como fuente de múltiples lecturas, dada la imagen “poliédrica” que ofrece asociada al “carácter holístico, multidisciplinar, integrador, transgenérico y polisémico” permite contar, tras casi 20 años de haberse abierto la exposición monográfica sobre Sanabria en la GAN, con un documento absolutamente complementario al catálogo entonces realizado y a las repercusiones que tuvo en la prensa, para darnos cuenta de la magnitud de la obra, su trascendencia y el valor que como pieza inigualable posee, conservada gracias a un halo de protección que ha hecho ver periódicamente que vale la pena hacerlo dada su relevancia.
1. Vista del hotel Humboldt desde la estación de llegada del teleférico (postal de finales de los años 1950)
Hotel Humboldt (I)
Sin lugar a dudas, el hotel Humboldt es el buque insignia, la joya de la corona o, en todo caso, la más emblemática de las edificaciones que forman parte de la red hotelera que la CONAHUTU (Corporación Nacional de Hoteles y Turismo, adscrita al Ministerio de Fomento) construyó y administró a partir de 1955. Con el Humboldt hemos querido cerrar nuestro recorrido por esa importante cadena de instalaciones que dejaron huella en la impronta arquitectónica del país, tanto por la calidad de los resultados como por la posibilidad de entenderla como oportunidad de mostrar un claro acercamiento a las condiciones de tiempo y lugar en las que se gestaron, desarrollaron y levantaron.
Para empezar, podemos dividir nuestra aproximación a este edificio en dos momentos: aquel que repasa las razones que lo originaron y el contexto que lo circundaba, selección del arquitecto, ideación, proyecto, desarrollo, construcción y puesta en funcionamiento; y otro que daría cuenta del desempeño a través del tiempo de la obra, las diversas lecturas que ha suscitado desde su inauguración hasta nuestros días, su conservación y sucesivas intervenciones y, fundamentalmente, su vigencia y significado dentro de la cronología de la arquitectura venezolana, a sabiendas que se trató de un trabajo polémico, sujeto a la contaminación de aspectos ideológico-políticos, pero enfrentado con el más absoluto profesionalismo, siguiéndose la máxima que tanto repetía Villanueva de que “los gobiernos pasan pero las obras quedan”.
Tal y como hemos ido destacando cada vez que nos hemos aproximado a alguna de sus manifestaciones, el observar el desarrollo del Plan Hotelero Nacional ofrece la ocasión de apreciar el estado de la arquitectura venezolana del momento en toda su amplitud, es decir, permite palpar la totalidad de los visos que ofrece su variada identidad. De aquí que las fuentes a ser interpretadas por los proyectistas encargados de materializarlo no provengan sólo de lo tradicional o lo popular sino también directamente de las corrientes dominantes en el ámbito internacional, produciéndose casi siempre una traducción más que un simple traslado de códigos, donde la oportunidad ofrecida por la temática, en lo que de recreo y ocio contiene, hace que la mitigación funcionalista de las condiciones de cada lugar se convierta en excusa para caracterizar la respectiva experiencia. Es por ello que el Humboldt, de entre aquellos hoteles que se nutren con mayor claridad de lo que se está haciendo más allá de las fronteras nacionales, se erige en caso paradigmático.
2. Izquierda: trayecto del teleférico entre Maripérez (Caracas) y El Cojo (Macuto, Litoral Central). Derecha: vista aérea del lugar escogido para implantar el hotel
También lo es por su características excepcionales: en primer lugar por el emplazamiento escogido (la cima del cerro El Avila -2.140 metros sobre el nivel del mar- uno de los puntos más altos de la Cordillera de la Costa a lo largo del Valle de Caracas); en segundo lugar por las implicaciones constructivas que ello conllevaba ya que se trataba de la primera incursión humana de magnitud en una zona de difícil acceso y poca superficie; y, en tercer lugar, por el compromiso político, social y estratégico asociado a su diseño, ya que se convertiría en el bastión del desarrollo de una serie de puntos de servicio turístico en el Parque Nacional El Ávila destinados a incrementar la actividad recreacional de la capital de la República. Es, pues, el proyecto para el hotel Humboldt un caso que viene de antemano cargado de toda una serie de implicaciones que no tuvieron que soportar en tal grado otros desarrollos hoteleros.
De esta forma, teniendo como precedente “la visionaria ocurrencia que un Ingeniero francés, el Conde Vladimir de Bertren, con experiencia en teleféricos en Suiza, presentó en 1954 al Ministro de Obras Públicas Julio Bacalao Lara”, apuntado por Juan José Pérez Rancel en la “Reseña” escrita en abril de 2015 para el portal entrerayas del libro Hotel Humboldt. Un milagro en el Ávila (Joaquín Marta Sosa, Gregory Vertullo y Federico Prieto, 2014), se toma la decisión entre política y caprichosa de emprender la obra sobre El Ávila sin tener los estudios que respaldaran su viabilidad económica ni su inserción dentro de un plan más global. Por tanto, se acomete empíricamente la empresa bajo el supuesto de que ella motorizará y determinará el resto de las intervenciones que un futuro plan establezca, y como demostración extrema del alcance de los planteamientos del Nuevo Ideal Nacional con relación a la «transformación racional del medio físico», que en este caso viene a ser sinónimo a dominio de la naturaleza e imposición de una señal que a la vez sirva de control visual sobre la geografía. La gran suerte ha sido el haber contado con los profesionales capaces de dar una respuesta si bien polémica desde un cierto punto de vista, absolutamente racional, seria y coherente desde otro.
Mientras a un grupo de expertos alemanes de la firma Ernst Heckel, se les encarga el estudio para el trazado y funcionamiento del Teleférico (que garantizaría en primer lugar la realización de las obras en la cima y posteriormente brindaría la posibilidad de comunicar la ciudad con el Litoral Central), a Alejandro Pietri se le asignan los proyectos de la estación terminal de Maripérez (en Caracas) y la de transbordo de El Cojo (en el Litoral) con toda una serie de servicios adicionales que significaban el preámbulo de un itinerario visto como opción clara para el esparcimiento de una masa importante de la población. «El Teleférico con un recorrido de 3.400 metros, salva un desnivel de 1.100 metros en un tiempo de 12 minutos ofreciendo a los viajeros hermosas vistas de la ciudad desde diferentes alturas», se señalará en la Memoria Descriptiva que junto a los planos del proyecto aparecen por vez primera desplegados en la revista Integral, nº 10-11, Caracas, abril 1958, bajo el título «Parque Nacional del Ávila. Estación de llegada y Hotel Humboldt, en la Cima del Ávila».
3. Croquis esquemático de Tomás J. Sanabria indicandola implantación del hotel y su contacto con el teleférico4. Izquierda arriba: boceto de la estación de llega del teleférico. Derecha arriba: croquis de la primera proposición presentada por Tomás J. Sanabria. Izquierda centro: bocetos conceptuales y explicativos de la propuesta definitiva para el hotel. Derecha centro: foto de la maqueta del proyecto del hotel. Abajo: corte esquemático explicativo del programa.
Es a Tomás José Sanabria (1922-2008), graduado de arquitecto en la Universidad de Harvard (1947), a quien con sólo 32 años corresponderá la responsabilidad de planificar y diseñar toda la intervención en el tope del cerro. Para ello se asumió desde un principio la división del proyecto en dos zonas claramente diferenciadas e incluso separadas mediante un atractivo tratamiento paisajístico a cargo de Roberto Burle Marx. Estas dos zonas serían: el Área Pública (ubicada al oeste, contenida dentro de un volumen compacto, cubierto por un sistema de bóvedas y resuelta bajo el criterio de un espacio flexible que se adapta mediante terrazas a la topografía), donde además de la llegada del Teleférico se previó el funcionamiento para un máximo de 800 personas de los servicios de bar, restaurant, terrazas de estar con amplias vistas y el atractivo especial de una pista de patinaje sobre hielo, y el Hotel de Turismo Humboldt (ubicado al extremo este como remate de todo el trayecto), el cual se conectaría con el Área Pública únicamente a través de un pequeño teleférico de 600 metros de recorrido (cuya pequeña estación conforma otro volumen de similares características al de la Áreas Públicas), sistema que garantizaría el control del acceso al hotel además de proporcionar al turista otra interesante perspectiva. Aquí cabe destacar que lamentablemente el proyecto original de Burle Marx se vio severamente afectado al tomarse la decisión de conectar con una calzada permanente de forma directa el Área Pública con el Hotel.
Con todos los argumentos técnicos y funcionales a su favor Sanabria llega a la conclusión de hacer del hotel un conjunto que debería permitir aprovechar las excelentes visuales en 360º, adaptándose lo mejor posible a la topografía. La pequeña meseta con que se contaba y el incremento sustancial del programa, el cual en un principio se pensó modestamente para contar con un rango de 13 a 20 habitaciones, pasándose luego a 100 (siguiendo instrucciones directas del propio Pérez Jiménez, quien a su vez vetó la propuesta de Sanabria de considerar la incorporación de un casino como fuente segura de financiamiento para su mantenimiento), y quedando definitivamente en 70, no daba cabida a soluciones extendidas o en todo caso mimetizadas al paisaje como originalmente se pensó. Así, para Sanabria fue de trascendental importancia el giro que tomó el incremento del programa para jugar con la escala y así lograr con un edificio de medianas proporciones la sensación a la distancia de que se trataba de uno mayor basado en acrecentar la verticalidad. Para ello la elección del punto preciso de su localización, muy próximo a un precipicio de cerca de 500 metros de profundidad, es la clave utilizada para sumarle la máxima esbeltez en virtud de que la forma más común de apreciarlo es mirándolo desde abajo y desde lejos.
5. Vista del conjunto de la estación y el hotel en plena construcción6. Arriba: fotos del hotel en plena construcción. Izquierda abajo: el hotel prácticamente concluido. Derecha abajo: perspectiva del proyecto del hotel 7. Izquierda arriba: vista del hotel desde la llegada desde el teleférico. Derecha arriba: vista de la piscina temperada. Izquierda abajo: planta fiestas y planta pent house. Derecha abajo: vista interna de las áreas sociales
La opción definitiva de hacer del edificio un faro iluminado de noche y brillante de día gracias su aluminizada coraza se resuelve ubicando las 70 habitaciones-suites (5 por nivel) en una torre de planta circular, de 14 pisos y 60 metros de altura en la que la circulación ocupa la menor superficie posible para no entorpecer el aprovechamiento de las vistas. Las áreas sociales sí se solucionarían explotando el terreno al máximo mediante la creación de terrazas, cubiertas por un interesante juego de bóvedas parabólicas intersectadas, cerradas mediante grandes ventanales, con las que se ha logrado crear la suficiente intimidad sin perder la oportunidad de disfrutar del majestuoso paisaje circundante, producir una gran riqueza espacial, dar la escala justa en la medida que el visitante se aproxima al edificio y ofrecer una visual agradable a los techos vistos desde la torre. La piscina climatizada, el sauna y el gimnasio, techados por un bóveda independiente, también gozan del mismo privilegio espacial que el resto de las áreas con orientación en este caso hacia el norte, hacia el mar.
El sistema estructural adoptado para la torre (columnas perimetrales amarradas a una pantalla cilíndrica central de gran resistencia al sismo), difiere evidentemente al adoptado para las áreas sociales (a base a costillas parabólicas de gran envergadura que soportan las cubiertas abovedadas), aunque en ambos se utilizó el concreto armado como material fundamental. El cálculo, a cargo del ingeniero Oscar Urreiztieta, acompaña con total precisión la preocupación de Sanabria por este importante tema que colabora decididamente en la caracterización de una obra que logra culminarse en 199 días de la mano de la compañía venezolana ENECA y el aporte del ingeniero Gustavo Larrazábal. A esta apreciación se sumarán otros aspectos que ligan el edificio al espíritu de la arquitectura internacional del momento: el criterio de composición básica (torre y cuerpo bajo) y la solución espacial que se decide adoptar para las zonas comunes, cuyas formas curvas remiten a la experiencia brasileña.
8. Vista del hotel desde el camino que conduce a Galipán
Sin embargo, es la voluntad que ha manifestado la arquitectura a lo largo de toda la historia de trascender a través de objetos vistos como monumentos, lo que creemos pesó mucho a la hora tomar la decisión definitiva. Sanabria, dotado de una gran capacidad profesional y una incuestionable sensibilidad, logra resolver magistralmente el problema que tenía entre manos usando los elementos que desde siempre han acompañado a la arquitectura (forma, escala, espacio y orden) y los recursos que la más moderna tecnología le podía aportar. De esta manera arquitecto y régimen demostraron en este caso estar en plena sintonía con el afán de crear un símbolo que representase la voluntad y posibilidad de una sociedad para alcanzar las metas que se propone por sobre cualquier dificultad. Con el Humboldt, obelisco impregnado de contemporaneidad, inaugurado el 29 de noviembre de 1956, se transformó de manera importante la silueta del cerro que siempre ha acompañado a la ciudad, por lo que se puede decir que a partir de entonces Caracas sí comenzó a ser otra y que este icono querámoslo o no ya forma parte de su más profunda identidad.
2. Izquierda: Revista Integral, nº 10-11, abril 1958. Derecha: Colección Tomás José Sanabria. Fundación Privada de Compromiso Urbano, Fundación Alberto Vollmer.
3. Colección Tomás José Sanabria. Fundación Privada de Compromiso Urbano, Fundación Alberto Vollmer.
4. Izquierda y abajo: Revista Integral, nº 10-11, abril 1958. Derecha: Colección Tomás José Sanabria. Fundación Privada de Compromiso Urbano, Fundación Alberto Vollmer.
5, 6 y 7. Colección Tomás José Sanabria. Fundación Privada de Compromiso Urbano, Fundación Alberto Vollmer.