1933•Durante el gobierno del general Eustoquio Gómez como presidente del estado Lara se concluye la construcción del Cuartel Jacinto Lara, ubicado en la carrera 15 entre las calles 26 y 27, en el centro histórico de Barquisimeto, muy cercano a la Iglesia La Concepción, proyectado por el arquitecto Roland Coultrox.
La edificación, de concreto armado, fue levantada sobre las ruinas
de un antigua cuartel construido en 1876 por el general Fabricio Lara en homenaje a Guzmán Blanco, cuya demolición fue decretada el 17 de diciembre de 1930.
En los años ’60 fue sede del Instituto de Previsión Social de las Fuerzas Armadas
El antiguo cuartel se encuentra hoy día bastante bien conservado y ya no se desarrollan actividades militares en él. Fue remodelado y recicló sus instalaciones para albergar el Decanato de la Facultad de Humanidades y Arte de la Universidad Centrooccidental Lisandro Alvarado (UCLA), el Instituto Municipal de Cultura y Arte (IMCA) y el Instituto Municipal de Educación (IME).
Roland Coultrox, arquitecto de origen francés, también proyectó por encargo de E. Gómez, primo hermano del dictador, el Parque Ayacucho (inaugurado el 17 de diciembre de 1933) y el Palacio de Gobierno del estado Lara, utilizando como base un diseño de Jesús Muñoz Tébar parcialmente construido (inaugurado el 19 de diciembre de 1933).
1914• Se demuele parcialmente la edificación donde funcionaba el antiguo Hospital de la Caridad, el cual había sido construido en 1878 en tres terrenos contiguos en los cuales existieron el antiguo hospital San Lázaro, la Cárcel Pública destruida por el terremoto de 1812 y una casa de habitación. La edificación demolida, construida con métodos tradicionales, tenía valores históricos y arquitectónicos que se registraron como referencia para el proyecto del hospital a ser construido.
El nuevo Hospital de la Caridad, puesto en servicio en 1918, producto de la presión ante el gobierno Municipal de Barquisimeto del Dr. Luis Razetti (1862-1932) (Doctor en Medicina y Cirugía graduado en la Universidad Central de Venezuela en 1894) y la importantísima gestión y promoción de Dr. Antonio María Pineda (1850-1941), barquisimetano, (Medico graduado en Medicina en la Universidad Central de Venezuela en 1876 y Doctorado en la Facultad de Medicina de París, Francia). El Dr. Pineda, logró a través gestiones participativas, colectas públicas y las alianzas sociales que pudo establecer entre el gobierno, el influyente clero, y la comunidad (incluyendo entre ellos a médicos y comerciantes), que el hospital se edificara como un hospital moderno que se mantuvo operativo hasta 1954, fecha en la cual fue mudado de instalación a una nueva estructura en la avenida Vargas.
El edificio permaneció sin uso durante años, incluso con amenazas de demolición. Afortunadamente el Ayuntamiento lo adquirió en 1977 para que fuese utilizado para fines culturales.
Desde 1982, recuperado y remodelado, es la hermosa sede del Museo de Barquisimeto.
1928• Amábilis Cordero (1892-1974), cineasta, fotógrafo, pintor, poeta, músico, gionista y pionero del cine venezolano, larense, diseña y dota con equipos traidos del exterior su recien fundada empresa «Estudios Cinematográficos Lara», ubicados en la Carrera 19 con Calle 44, Barquisimeto, estado Lara. Cordero realizó simultáneamente a la construcción de su estudio en el mismo año la película «Los Milagros de la Divina Pastora». Su filmografía incluye Alma Llanera (1932); La cruz de un ángel (1929); Amor y fe a la Divina Pastora o la Pastorcita de los Cerros (1931); La tragedia de la Escuela Wohnsiehdler y La Venezuela (1933). Filmó varios cortometrajes y murió sin terminar su tercera película «En plena juventud». Sus largometrajes y cortos fueron proyectados con éxito en el país y en Curazao, Aruba y Colombia.
… que el 19 de mayo de 1968, hace ya 50 años, el entonces Presidente de la República, Dr. Raúl Leoni, y el Director Fundador César Quintini Rosales, inauguran la sede del Instituto Politécnico, ubicado en Barquisimeto, estado Lara?
1. Gustavo Legórburu. Instituto Politécnico de Barquisimeto, 1968. Vista General
Esta importante obra, diseñada por el arquitecto venezolano Gustavo Legórburu (1930-2013), surge como resultado del decreto de creación del Institutoel 22 de septiembre de 1962, firmado por el Presidente de la República Rómulo Betancourt. La organización académico-administrativa se inicia en abril del año siguiente, al igual que la planificación, diseño del campus y anteproyecto de las edificaciones por parte de Legórburu, quien culmina el proyecto en 1964.
La instalación en el país de Institutos Tecnológicos empieza en los albores de la democracia gracias al interés demostrado por la UNESCO en darle cabida a la formación de ese tipo dentro de la educación superior venezolana, correspondiéndole a Barquisimeto (en competencia con Caracas y Valencia), apoyada en la campaña realizada por la Sociedad de Amigos de esa ciudad (SAB) con Don Raúl Azparren a la cabeza, ser seleccionada como asiento principal de lo que posteriormente sería la implantación de una red que buscaba abarcar todo el territorio nacional. También fue Barquisimeto y la planificación de su campus quienes se vieron beneficiadas por la asistencia técnica y económica (1.500.000$) que ofreció la UNESCO para impulsar el proyecto de lo que inicialmente se denominó como Instituto Politécnico Superior (IPS), pasando luego a designarse en 1972 como Instituto Universitario Politécnico (IUP), nombre que ya se le había dado el año anterior a la sede de Caracas y que asume dos años después la de Puerto Ordaz. Posteriormente, en 1979, mediante Decreto Ejecutivo se crea la Universidad Nacional Experimental Politécnica “Antonio José de Sucre” (UNEXPO) pasando a estar integrada por los Instituto Universitarios Politécnicos de Barquisimeto, Caracas y Puerto Ordaz a nivel de Vice Rectorados, con núcleos en diversas localidades. Superado el trance que llevó en abril de ese mismo año a derogar su conversión en universidad, la UNEXPO (como hoy se le conoce) recobra dicha categoría en 1991, condición que mantiene hasta nuestros días.
Con la creación del Instituto nace la educación politécnica en Venezuela y en tal sentido es considerado como el punto de partida para reanudar la docencia universitaria en la región, bajo el enfoque de una concepción experimental, para el ensayo de nuevos métodos y estructuras académicas y administrativas, que permitieron abrir nuevas vías de formación superior. De allí la trascendencia que cobraba el que ello estuviese acompañado de un proyecto que cumpliese con tan altas expectativas, cosa que gracias a la participación de Legórburu ocurrió, pasando a ser toda una lección de arquitectura donde lo funcional, lo espacial y lo ambiental van totalmente de la mano, dentro de una clara proyección a futuro que aún hoy mantiene plena vigencia.
Para ello también fue fundamental el cuidado que se tuvo en la especificación y adquisición de equipos para los talleres y laboratorios que abarcaban la mayor parte del novedoso programa formativo. Cabe acotar que aunque la inauguración formal del campus se llevó a cabo en 1968, ya en enero de 1966, luego de ser llamados a inscripción y completado el proceso de selección, los primeros jóvenes escogidos inician sus actividades de capacitación y formación.
2. Gustavo Legórburu. Arriba: Quinta en la Urb. Los Palos Grandes, Caracas, 1964. Centro: Conjunto Residencial Veracruz, Las Mercedes, Caracas, 1965. Abajo: Quinta en la Urb. Caurimare, Caracas, 1965
Por su parte, Gustavo Legórburu, egresado de la FAU UCV en 1957 en la promoción número 6, Premio Nacional de Arquitectura 1989, con una amplia experiencia docente y una vasta práctica profesional, contaba para el momento en que se le encomienda el proyecto para el Politécnico de Barquisimeto, a pesar de su juventud, con una considerable cartera de estudios y proyectos, destacando el Estudio de Planificación de la Universidad de Carabobo (1959-63), en colaboración con su compañero de estudios Américo Faillace; el conjunto residencial Veracruz en Las Mercedes, Caracas (1965) también en compañía de Faillace; el edificio IASA en La Floresta, Caracas (1966) y varias residencias unifamiliares ubicadas en diversas urbanizaciones del este de la capital. Posteriormente participará en la Comisión creada por el rector Ernesto Mayz Vallenilla para desarrollar el proyecto para la Carrera de Arquitectura de la Universidad Simón Bolívar, el cual presenta en diciembre de 1970 y es aprobado con modificaciones en enero de 1971. También proyectará entre otros: las Estaciones Chacaíto y Altamira de la Línea 2 del Metro de Caracas (1973-1977), el edificio Sede del Ateneo de Caracas (1975), el Monumento a la Agricultura “La Espiga” (Portuguesa, 1981-82), el edificio Banco del Orinoco (Caracas, 1984), la Biblioteca del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas -IVIC- (afueras de Caracas, 1987), y el Centro de Atención Nutricional Infantil de Antímano -CANIA- (1995).
3. 1. Gustavo Legórburu. Instituto Politécnico de Barquisimeto, 1968. Vistas
Sin embargo, el Politécnico de Barquisimeto significará para Legórburu un punto de inflexión en su carrera, particularmente cuando estaba dando sus primeros pasos como profesional, habiendo confesado que durante su construcción “aprendió aún más” de lo que la universidad le había dado. Ahí conoció a Héctor Silva, ingeniero experto en climatología, quien le enseñó la importancia de los factores climáticos en la construcción y cómo debe ser la arquitectura en el trópico, idea que terminaría siendo un pilar en su propia obra y un aspecto importantísimo en su rol como profesor.
Se trataba, la suya, de una arquitectura lineal y coherente, “sobria y ausente de vanidad”, impregnada de una comprometida vocación de servicio, que prescindía del protagonismo de los detalles, demostraba la importancia del saber construir para controlar el costo de lo que se hacía, dominaba a la perfección el confort procedente del adecuado acondicionamiento ambiental y apelaba a la nobleza de los materiales para brindar el carácter definitivo a las obras, asemejándose en todo ello a la actitud asumida por Carlos Raúl Villanueva quien fuera su maestro durante su etapa formativa. A sus 81 años sentenció: “El arquitecto debe darse cuenta del lugar donde vive y su arquitectura debe actuar, en consecuencia, en respuesta a ese lugar”. Esa vinculación al medio y esa toma de consciencia del pedazo de mundo en que se está, tienen en el Politécnico de Barquisimeto y la obra de Legórburu un libro abierto del cual se puede aprender día a día.
ACA
Procedencia de las imágenes.
Fotos en blanco y negro. Ravista PUNTO, nº 37, enero-febrero 1969
1982• La empresa constructora Vene-Bigg, C.A. concluye las obras de la Casa de Cocimiento y Silos de la Cervecera Nacional (S.A.I.CA), ubicada en el Desarrollo Industrial Combdibar, Barquisimeto, Estado Lara, proyectada por la firma MODULOR, C.A. (Arquitectos e Ingenieros Consultores).
Proyectar un pabellón de exposiciones podría pensarse que no establece un compromiso mayor del correspondiente a cualquier obra que pretenda transpirar arquitectura. Sin embargo, son varias las tentaciones que pueden rondar al arquitecto a quien corresponda tal responsabilidad, hasta el punto de distraer, desviar y hasta desaprovechar tan atractiva oportunidad. La historia tejida alrededor de los esfuerzos por organizar exposiciones mundiales o universales, cuyo inicio oficial data de 1851 (Londres), da cuenta de ello. ¿Cuántos de los miles de edificios realizados a lo largo de más de 160 años de encuentros internacionales han dejado realmente huella en la retina arquitectónica? o, en otras palabras, ¿cuántos han superado la paradoja que encierra el trascender su manifiesta vocación efímera?
Entre la intención de recoger la esencia de lo que puede considerarse como lo más representativo del ser nacional, hasta el interés por demostrar en cada momento dónde se encuentran estacionados el progreso y los avances tecnológicos, la arquitectura que se presenta en las exposiciones universales a los ojos del mundo, salvo en los escasísimos intentos (no muy felices, por cierto) por buscar una imagen unitaria o unificadora, no pasa de ser sino un montón de manifestaciones disonantes dentro de un espectáculo fundamentalmente mediático. Es sólo la aproximación cuidadosa a la diversidad de los elementos que integran el evento la que puede permitir detectar el predominio de lo permanente por sobre lo cambiante, a través de la siempre relativa ponderación con que cada arquitecto haya manejado el impacto que sobre el edificio pueden tener el contexto ferial, la época donde se encuentra y el contenido albergado, sea éste de orden nacional o temático.
Por si esto fuera poco, cada exposición internacional ha tratado de identificarse a través de un tema en particular que puede enriquecer o enrarecer aún más las variables de las cuales debe partir el arquitecto. Así, por citar sólo unas pocas, la Exposición Universal de Chicago de 1893 se autocalificó de “Colombina” en honor a quien hacía ya 400 años había “descubierto” América; el tema de la ideologizada exposición de 1937, con España en plena Guerra Civil y Europa al borde del peor conflicto bélico del siglo XX, era, paradójicamente, “La Civilización”; los lemas de la exposición de 1939 en New York fueron “La Ciudad de la Democracia” y “Construyendo el Mundo del Mañana”; el slogan en la de 1958 (Bruselas) fue “Para un Mundo más humano”; la de Sevilla (1992) se identificó tras “La era de los descubrimientos”; Lisboa tuvo como leit motiv a “Los Océanos” y la de Hannover 2000 (la primera realizada jamás en Alemania) se apoyó en los conceptos de “Hombre, Naturaleza y Tecnología” tras la para entonces rescatada y resituada idea de “Sostenibilidad”.
Obviamente, dentro de este marco, cada país tiene su propia historia de aproximaciones a uno u otro extremo dentro de los que se mueve el problema de la representatividad en la arquitectura expositiva. El nuestro, bien sea por la vía de la asignación directa o por la del concurso, no ha escapado a los vaivenes por legitimar estilos que podrían asociarse históricamente a la venezolanidad (recordemos el pabellón neocolonial de Villanueva y Malaussena de Paris -1937-); tampoco ha dudado en otorgar la responsabilidad de mostrarse ante el mundo a profesionales extranjeros cuidándose las espaldas tras la garantía que ofrece siempre la “buena arquitectura” (los casos de Skidmore & Owings con Gordon Bunshaft en New York -1939- y de Carlo Scarpa en Venecia -1954-56- así lo evidencian). Curiosa por demás también fue la actitud asumida por Alejandro Pietri quien propuso para Damasco un pabellón más ligado a las tradiciones constructivas del Medio Oriente que a las del país representado, es decir, Venezuela. Edmundo Díquez y Oscar González, cuando se expresan sobre su propuesta para New York -1964-65-, no dudan en considerar si a la hora de diseñar un pabellón “es más positivo mostrar una arquitectura internacional digna, o por el contrario representar a nuestro país con un edificio de vestigios coloniales que no expresa nuestra actualidad”. Ya son suficientemente conocidas la acertada opción minimalista por la que opta Villanueva ante la presumiblemente (y en efecto) ruidosa Exposición de Montreal de 1967 y la decidida apuesta que hacen Henrique Hernández y Ralph Erminy al poder de una contemporánea imagen tecnológica basada en un sistema constructivo desarrollado en el país.
Sin lugar a dudas, Fruto Vivas a la hora de enfrentar el encargo de diseñar en tiempo récord (9 meses que no permitían desarrollar y experimentar soluciones completamente nuevas) el pabellón venezolano para la Expo 2000 Hannover, debió dilucidar y tomar partido, una vez más, sobre las coordenadas donde se ubica el problema de la representatividad arquitectónica. Las particularidades del caso nos colocan en una encrucijada donde se dan cita y a la vez quieren convivir armoniosamente toda una serie de difíciles circunstancias. En primer lugar se encuentran las siempre subjetivas características del país que va a ser representado donde el aquí y el ahora se hallan en constante lucha con el allá, el ayer, el mañana y el siempre, y donde debe despejarse el dilema de si afrontar dicho reto le corresponde a la evocación de referentes históricos de comprobado peso o a la interpretación de todo aquello que conforma lo cultural, plasmados bien sea a través del contenedor (el edificio), del contenido (la muestra expuesta) o de ambos. En segundo lugar aparece el compromiso con el lugar, con la época y con la arquitectura dentro de un contexto que se presume discontinuo, disonante, conformado por piezas a cual más original donde, además, se pide sintonizar (como ya se ha mencionado) con ideas tales como “Hombre, Naturaleza y Tecnología” tras el concepto de “desarrollo sostenible”. En tercer lugar (y no por ello menos importante) se encuentra el arquitecto y, con él, su obra, su trayectoria, su personalidad, su pensamiento, las ideas que por aparecer con mayor asiduidad fijan su actuación, sus obsesiones, y las circunstancias que han originado cada respuesta proyectual dentro de su particular cronología.
Lo interesante de este caso es que el Pabellón de Hannover, sin necesidad de recurrir a la construcción de un discurso demasiado elaborado, manifiesta a la vez el interés por evidenciar el lugar del cual es oriundo y de no renunciar a las posibilidades que ofrece la tecnología para hacerlo creíble, en medio del recinto ferial más importante de Alemania (160 hectáreas) que albergó la representación de 155 países y 27 organizaciones internacionales donde tan sólo se hizo necesario construir un 30% de las instalaciones (desmontadas, recicladas o nuevamente reinstaladas en alguna otra parte al terminar la Expo) logrando así una exposición muy respetable con el ambiente.
En él Fruto apela casi de forma directa a la evocación de elementos propios de la exuberante naturaleza venezolana como detonante en la generación de la forma resumida en la idea “una flor de Venezuela para el mundo”. Su aspecto, en exceso figurativo, en el que quieren aparecer tepuyes y alusiones a la flora autóctona tras la reverberación que eventualmente producen la transparencia y el movimiento, ofrece todos los signos de una fascinación (nada nueva, por cierto) del arquitecto por la estrecha colaboración que debe ofrecer la estructura portante en la conformación del espacio arquitectónico, esta vez incursionando en el territorio de la robótica.
1. Arriba: Croquis inicial del Pabellón de Venezuela en Expo Hannover 2000, Fruto Vivas, 1999. Abajo: Croquis del pétalo, Frei Otto, 1999
Bien pudo Fruto Vivas haber echado mano de la manifiesta “sostenibilidad” que muestran sus propuestas “populistas” de los años 50, fundamentalmente ligadas al tema habitacional, donde se observa no sólo una sensible, racional y sabia disposición en cuanto al uso de los materiales de cada lugar sino también en cuanto al manejo de la escala. No obstante, el Pabellón de Hannover transita la senda que a partir de esa misma década ya empieza a percibirse en Fruto a raíz de su estrecha colaboración con Niemeyer y de su contacto con Eduardo Torroja, que arrojan como resultado la “concha” del Club Táchira. El arquitecto pasa así, luego de 45 años, de la imagen de un pañuelo posado en una colina a la de una flor tropical bioclimáticamente adaptable, manteniendo inalterable, ahora con la colaboración de Frei Otto y un amplio equipo de profesionales que participó en su diseño y puesta a punto, su pasión por la relación arquitectura-técnica, que como bien sabemos a lo largo de toda su vida profesional se ha traducido en fe a la hora de buscar soluciones a las más acuciantes necesidades del país. Es también notable la similitud en cuanto al tratamiento espacial de los dos edificios en estrecha relación con su evidente carácter público. Es decir, tanto en el Club Táchira como en el Pabellón de Hannover ya no se apuesta al intimismo, al control de la luz o al calor que proveen los materiales nobles propios de una escala más doméstica, sino a la fusión del espacio interior con el exterior bajo el predominio de un importante evento estructural como lo es la cubierta. Como contraparte a la ligereza que se le imprime al elemento protagónico, aquellas actividades que deben realizarse en espacios controlados se ubican en los correspondientes podios (tendientes a la solidez) que sirven de soporte a ambos acontecimientos tectónicos.
2. Arriba: Detalle el capitel central. Centro: Atirantado. Abajo: El mástil apoyado sobre las plataformas
Manteniendo un pie en el Club Táchira como necesario acompañante y el otro en todo el pensamiento de Fruto que gira en torno a “los árboles para vivir” (o a la “bioarquitectura para los hombres libres”), sería lícito exigirle al Pabellón de Hannover una mayor sofisticación discursiva o un mayor nivel de abstracción como propuesta arquitectónica. También se le podría someter, con relativos resultados, a una evaluación atinente a su contemporaneidad o capacidad para estar a tono con los temas vinculados al “desarrollo sostenible” a la luz de otros interesantes edificios presentados dentro de la Exposición. Incluso podríamos atrevernos a problematizar cómo intenta salvar con evidente dificultad la distancia que existe, con relación a la representatividad, entre el Pabellón Venezolano de 1937 y el de 1992. Pero de lo que no quedan dudas es de que tras él se encuentra un arquitecto que, independientemente de sus éxitos o errores o de su aparente desgaste, ha asumido con una incombustible intensidad y entusiasmo y una indudable autenticidad el reto de ubicarse dentro de las nada fáciles coordenadas en las que puede plasmarse un edificio de esta naturaleza.
Pareciera que el poder de atracción que aún ejerce lo exótico sobre el común de los europeos le valió al Pabellón un rotundo éxito (con el cual no contó la exposición en general si se toma en cuenta que se esperaba una afluencia de 40 millones de visitantes y sólo concurrieron 18) del cual, obviamente, se benefició el país y del cual tiene mucha responsabilidad tanto el arquitecto como el partido ferial asumido. Frei Otto dentro del furor del momento y con evidente parcialidad se atrevió a compararlo en cuanto a trascendencia con el Palacio de Cristal y la Torre Eiffel.
Lo que sin duda es excepcional es que el de Hannover 2000, caracterizado por su forma de flor, la ligereza de su estructura de acero y vidrio, la movilidad de su cubierta de 16 “pétalos” y un contenido basado en la biodiversidad del país, se haya convertido en el único pabellón desmontado, trasladado y reinstalado en Venezuela de cuantos conforman nuestra ya larga saga llena de fracasos alrededor de dicho intento. Así, una vez finalizada la exposición (desarrollada entre el 1 de junio y el 31 de octubre de 2000), en el 2001 se “repatria”, rehaciéndose entre 2007 y 2008 por empresas venezolanas y por la compañía alemana Global Project Engineering GmbH en la ciudad de Barquisimeto para ser inaugurado en octubre de 2009 como el “Centro Cultural Flor de Venezuela”. Y no sólo eso, tan satisfechos quedaron los alemanes con la pieza que en el 2006 se reconstruyó una réplica exacta y fue colocada nuevamente en el recinto ferial.
Por ello es posible, una vez que el inclemente paso del tiempo ha empezado a hacer su trabajo, retornar a observar este particular edificio, con ojos menos emocionados y desprejuiciados que los de Otto, para poder aventurar una última palabra. El comparar las condiciones de mantenimiento y comportamiento de su sofisticada estructura retráctil en su locación larense versus la de su clon en Alemania no deja de ser interesante a la hora de constatar verdaderos niveles de compromiso con una obra que requirió elevados niveles de tecnología para ser resuelta y puesta en uso. Si queremos tener una información amplia, detallada y precisa sobre los interesantes aspectos constructivos que rodearon su concepto y evolución, recomendamos leer “El Pabellón de Venezuela en la Expo 2000 de Hannover”, artículo de Ch. García Diego, J. Llorens y H. Poppinghaus aparecido en Informes de la Construcción (Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja), vol. 53, nº 473, mayo-junio 2001. De aquí, nos ha parecido relevante incorporar su completa ficha técnica para dar una idea del complejo y muy serio compromiso asumido por todas las instancias y personas que permitieron su muy exitosa culminación
1 y 2. Ch. García Diego, J. Llorens y H. Poppinghaus. «El Pabellón de Venezuela en la Expo 2000 de Hannover”, Informes de la Construcción (Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja), vol. 53, nº 473, mayo-junio 2001
Nos interesan temas relacionados con el desarrollo urbano y arquitectónico en Venezuela así como todo lo que acontece en su mundo editorial.