Archivo de la categoría: Vale la pena leer

LECTURAS VACACIONALES

Culturas visuales

Luis Fernández-Galiano

16/08/2019

Tomado de arquitecturaviva.com

Los coffee table tienen mala prensa, pero estos dos libros grandes son grandes libros. Drawing Architecture reúne casi tres centenares de dibujos, desde la planta de un santuario sumerio grabada hace más de 4.000 años en la escultura pétrea del rey-arquitecto Gudea hasta la Elbphilharmonie de Herzog & de Meuron, la casa Rode de Pezo von Ellrichshausen o el Centro cultural Citroën de Caruso St. John. La autora, Helen Thomas —una arquitecta británica que tras enseñar en Londres y colaborar con los archivos de dibujos del RIBA y el V&A ejerce hoy como investigadora en la ETH de Zúrich—, comenta informativa e inteligentemente cada uno de los dibujos, dos tercios de los cuales pertenecen a los siglos XX y XXI, e incluyen muestras de todos los grandes maestros modernos, entre los cuales el Fuller que ilustra la portada con una esfera geodésica. La presentación, sin embargo, no es cronológica —aunque se incluye una útil timeline al final del volumen—, prefiriéndose enfrentar dibujos de diferentes épocas con el ánimo de provocar la imaginación del lector; un propósito asociativo que resulta convincente cuando se hace dialogar a Kahn con Palladio, o a Moneo con Choisy, pero más difícil de entender en algunos de los casos.

Igualmente deslumbrante en lo visual es The Minard System, una publicación de los gráficos estadísticos de Charles-Joseph Minard, un ingeniero de caminos francés que tras jubilarse en 1851 de una distinguida carrera al servicio del Estado dedicó las casi dos décadas que le quedaron de vida a la visualización de datos, produciendo hasta 61 dibujos extraordinarios que se conservan en su alma mater, la École Nationale des Ponts et Chaussées, y que ahora presenta Sandra Rendgen, una editora y autora basada en Berlín cuyo interés por la representación gráfica de la información estadística quedó manifiesta en sus dos libros anteriores, Information Graphics y Understanding the World. Conocíamos ya algunos de los dibujos míticos de Minard —entre los cuales la representación de la marcha de Aníbal a través de los Alpes y de la campaña rusa de Napoleón, que por cierto se reproducen en la portada— a través de los libros clásicos de Edward Tufte, un profesor de la Universidad de Yale que ha sido pionero en el campo de la visualización de los datos, pero la edición completa de sus gráficos es una joya bibliográfica y documental.

Arquitectos e ingenieros parecen emplear lenguajes visuales diferentes, pero muchos de los dibujos de los primeros obedecen exigentes leyes técnicas y estructurales, y todos los de Minard merecen ser admirados como obras artísticas. El sumerio que hizo representar un santuario con muros reforzados por contrafuertes y angostas entradas de fortaleza protegidas por torres ofrece con su diagrama exacto una ejemplar lección del necesario ayuntamiento del arte con la técnica.

Helen Thomas

Drawing Architecture

Phaidon, Londres

2018

320 páginas

Helen Thomas

The Minard System

Princeton Arch. Press

2018

176 páginas

ACA

LECTURAS VACACIONALES

Entre dos culturas. Giedion y América

Luis Fernández-Galiano

08/08/2019

Tomado de arquitecturaviva.com

Espacio, tiempo y arquitectura se publicó originalmente en inglés, y la carrera del autor de la biblia del Movimiento Moderno es inseparable de sus vínculos con Estados Unidos. El historiador del arte y crítico de arquitectura suizo Sigfried Giedion (1888-1968) fue secretario general de los CIAM desde su fundación en 1928 hasta tres años antes de su disolución en 1959, pero la trayectoria intelectual del gran organizador y propagandista de la vanguardia arquitectónica europea no puede entenderse sin la fertilización americana que a partir de 1938 le procuraron instituciones como la Universidad de Harvard. Reconstruyendo minuciosamente el desarrollo de su trabajo entre esas dos culturas, el joven arquitecto, historiador y profesor suizo Reto Geiser ha escrito un libro colosal que ilumina la influyente obra de su compatriota al tiempo que contribuye a revisar la historia de la arquitectura moderna.

Censurado como simplista en los postmodernos años 80, la reputación de Giedion se recuperó a partir de su centenario en 1988 y la biografía intelectual publicada el año siguiente por el conservador de su archivo, Sokratis Georgiadis. Si allí se puso el énfasis en su formación con Wölfflin y en su enraizamiento en los debates arquitectónicos de los años 20 en Alemania, la obra de Geiser se dedica a explorar la transferencia cultural de la que fue vehículo por sus lazos con Estados Unidos, dividiéndola en cuatro grandes apartados: ‘entre idiomas’, con un fascinante análisis de su pensamiento visual, su relación con Herbert Bayer y el papel esencial de su traductora, la sutil urbanista Mary Jacqueline Tyrwhitt; ‘entre enfoques’, con su exploración de la historia anónima en La mecanización toma el mando, la ebullición intelectual de Nueva York durante la guerra y sus estancias en la Nueva Bauhaus de su amigo Lászlo Moholy-Nagy en Chicago; ‘entre academias’, con el contraste entre la mezquindad de la ETH y el apoyo generoso de la GSD de Harvard, dirigida sucesivamente por Walter Gropius y Josep Lluís Sert, así como la financiación por parte de la CIA de los viajes a Oriente Medio que condujeron a la redacción de El presente eterno; y ‘entre disciplinas’, con su aproximación a la economía, la filosofía y la sociología en su empeño por superar «la brecha entre el pensamiento y la emoción», que en su caso pasaba por reconciliar arte, ciencia y técnica, en diálogo con figuras como Marshall McLuhan o György Kepes, y por investigar los orígenes de elementos de la vida cotidiana como la cocina o el baño.

A su muerte, tanto Harvard como la ETH pugnaron por sus archivos, que acabaron en esta última por estar casi totalmente en alemán, y pese al maltrato académico que Giedion había sufrido en Zúrich. Es por ello singularmente apropiado que sea un graduado de la ETH y hoy profesor de la Universidad de Rice, con un pie en cada cultura, el autor de este libro fundamental, publicado en inglés por la ETH con el apoyo de dos instituciones estadounidenses. Una obra que se complementa con la edición traducida y facsímil de Befreites Wohnen, el pequeño volumen publicado en 1929 por Giedion, y que —como comenta Geiser en su exacta introducción— marca su transición de historiador del arte a crítico de arquitectura. El autor del fotomontaje del Rockefeller Center en una de las portadas nos da la espalda en la otra apoyado en la barandilla de la terraza de las casas Rotach de Ernst Haefeli en Zúrich, acaso avistando un futuro que una década después le llevaría a vivir entre dos continentes y dos culturas.

Reto Geiser

Giedion and America

gta Verlag, ETHZ, Zúrich, 2018

463 páginas

Reto Geiser (Ed.)

Sigfried Giedion: Liberated Dwelling (+ Befreites Wohnen)

Lars Müller, Zúrich, 2019

100 páginas

ACA

LECTURAS VACACIONALES

Blanco y negro. Sombras de Le Corbusier

Luis Fernández-Galiano

13 de agosto 2019

Tomado de arquitecturaviva.com

Le Corbusier continúa transitando de las luces a las sombras. En 2015, el cincuentenario de su muerte coincidió con la publicación de tres libros redactados por François Chaslin, Xavier de Jarcy y Marc Perelman que examinaban sus vínculos con el régimen de Vichy (véase la reseña, bajo el título ‘Las grietas del mito’ en Arquitectura Viva 176), dando lugar a un formidable escándalo. Cuatro años después, una petición promovida por Jarcy y Perelman reclama en Le Monde que el Estado francés deje de homenajear su figura, suspendiendo la subvención a la fundación parisina que conserva su legado, cancelando el proyecto de museo en Poissy y retirando su estatua en esa localidad, asociada al arquitecto por haber levantado allí Les Heures Claires, la canónica Villa Savoye. Pocos meses antes, en los últimos compases de 2018, se había publicado un demoledor volumen, coordinado por los mismos Jarcy y Perelman, que a través de ocho autores de cinco países mostraba el perfil más oscuro del maestro de La Chaux-de-Fonds; y había aparecido también un luminoso libro de Chaslin —uno de esos autores, pero que rehusaría firmar la petición de damnatio memoriae— donde el arquitecto y crítico utilizaba su reconstrucción minuciosa del affaire Le Corbusier para reflexionar lúcidamente sobre el mundo contemporáneo, entreverando erudición y poesía con una inesperada colección de dibujos de aves entre las que aletea el gran artista que se quiso cuervo.

El libro colectivo sobre el maestro franco-suizo comienza con un golpe de timbal: Le Corbusier era la arquitectura moderna como Martin Heidegger era el paradigma del pensamiento. Y aunque matizada después, la comparación con el rector-Führer de la Universidad de Friburgo se alimenta de los estrechos vínculos del arquitecto con el Faisceau de Georges Valois —el Mussolini francés—, su etapa en Vichy, las menciones antisemitas de su correspondencia y su salutación de Hitler en octubre de 1940 como alguien que podía «coronar su vida con una obra grandiosa: la construcción de Europa». Mary McLeod había explorado ya su ominosa dimensión política en varios artículos de principios de los años 80, pero el de 1997 de Marc Antliff que se reproduce en el volumen muestra la influencia de Le Corbusier en los criterios estéticos y en las ideas urbanísticas del partido fascista francés, mientras Jarcy y Perelman extienden el argumento de sus libros respectivos con la exploración de su deuda con el eugenismo, y de su fascinación con un biologismo totalitario que conduciría del Plan Voisin de 1925 a los desastrosos ‘grands ensembles’ construidos en los años 50 y 60 o al ‘Bigness’ genérico de Koolhaas. En el último artículo, Frank Zöllner denuncia el antropomorfismo del Modulor, que relaciona con los sistemas de normalización y proporción de Ernst Neufert, ‘el módulo del fascismo’, preconizados junto con Albert Speer como herramientas de la ‘guerra total’ en 1943. Pese a su filiación nacional-socialista, Neufert continuó desarrollando su carrera en Alemania después de 1945, y en 1951 formaba parte del círculo de reflexión sobre la reconstrucción del país que invitó a Heidegger a pronunciar allí su famosa conferencia ‘Construir, habitar, pensar’, que tantos citan eludiendo su contexto.

En contraste con este genuino ‘libro negro’, y curiosamente publicado por la misma editorial —que hace constar siempre, además de los créditos y características técnicas, una detallada descomposición de los costes del volumen, en un insólito ejercicio de transparencia—, el delicioso libro de Chaslin aborda la figura del arquitecto con la misma empatía que manifestó en Un Corbusier, y de nuevo con una destreza literaria lindante con el barroquismo que le valió el adjetivo ahora usado como título, Rococo, donde también resuenan los cacareos y gorjeos de las aves que a manera de divertimento se encierran en los pliegos no cortados de cada ejemplar. Tras usar el abrecartas para liberar sus más de 500 páginas, lo que se presenta a la mirada es a la vez un balance del affaire de 2015, con titulares de periódicos de medio mundo incluidos; un caleidoscopio de consideraciones intelectuales y líricas que cita o evoca dos centenares de libros recogidos en una bibliografía cronológica, que se extiende desde el Gilgamesh, el Génesis, Esopo o Confucio hasta Alain Minc, Peter Sloterdijk o Alain Finkielkraut; y una ornitología dibujada que muestra la agudeza del ojo y la destreza de la mano del autor, que prolonga su recorrido gráfico con una selección de croquis de la obra de Le Corbusier: una figura gigantesca que, si se aproximó al fascismo, también trabajó para el Frente Popular de Léon Blum, y que Rococo trata con la complejidad que merece, sirviendo también de excusa para representar polifónicamente el universo literario y artístico de François Chaslin.

Jarcy & Perelman (Eds.)

Le Corbusier, zones d’ombre

Éditions Non Standard,

París, octubre 2018

272 páginas

François Chaslin

Rococo, ou drôles d’oiseaux

Éditions Non Standard,

París, noviembre 2018

520 páginas

ACA

VALE LA PENA LEER

Un Führer americano. Philip Johnson, una biografía

Luis Fernández-Galiano

15 de mayo 2019

Tomado de Arquitectura Viva 211

¿Debe el biógrafo respetar a su biografiado? No necesariamente, pero incluso en los libros sobre criminales en serie los autores intentan penetrar bajo la piel de sus protagonistas. Tal cosa no sucede en la biografía de Philip Johnson publicada por Mark Lamster, un escritor que antes se ocupó del pintor Rubens y del jugador de béisbol Spalding, y que aquí manifiesta una hostilidad hacia el arquitecto que se extiende hasta los pies de foto. Lamster, que no llegó a conocer a Johnson, ha hablado con muchos que sí lo hicieron, y especialmente con John Manley, su mano derecha en el estudio durante más de medio siglo, y con Robert Melik Finkle, con quien mantuvo durante dos décadas una relación sentimental. El resultado de estas conversaciones y de la documentación consultada es un relato minucioso de la vida personal y profesional del gran ‘padrino’ de la arquitectura estadounidense, que al extenderse de 1906 a 2005 se identifica inevitablemente con el siglo americano: un periodo que Lamster presenta con tintas sombrías, desde la etapa pro-nazi de Johnson hasta sus colaboraciones postreras con Trump.

El título de esta nota es también el del capítulo séptimo del libro, donde el arquitecto aparece como «un líder político fascista virulentamente antisemítico, un potencial Hitler americano, y un agente de la Alemania nazi», y donde su relación con el político populista Huey Long y el polémico sacerdote Charles Laughlin se enreda con sus vínculos ideológicos y personales con los líderes germanos. Diez capítulos después, la biografía se cierra con el grotesco colofón de sus trabajos para el entonces promotor inmobiliario Donald Trump, una etapa poco conocida de su carrera que la posterior llegada del empresario a la Casa Blanca obliga a contemplar bajo otra luz.

Entre los años de Hitler y los de Trump quedan su promoción en Estados Unidos de la modernidad con Mies, de la postmodernidad con Venturi y de la deconstrucción con Gehry y Eisenman, movimientos arquitectónicos todos ellos que irían configurando su propia obra: desde la Glass House en 1948, el Sculpture Garden del MoMA en 1953, o el Four Season’s Restaurant del Seagram en 1958 hasta la Pennzoil Place de Houston en 1976, el AT&T de Nueva York en 1994 o las torres KIO de Madrid en 1996 —rascacielos sucesivamente modernos, postmodernos y deconstructivos—, una producción prolija en la que también merecen destacarse los edificios contenidos de los años sesenta, la elegante Roofless Cathedral de 1960, la exquisita galería de Dumbarton Oaks de 1963 o la escultórica Kline Biology Tower de 1965, década esta en la que también se manifestaría con Jane Jacobs para defender Penn Station o propondría para la después llamada Roosevelt Island un admirable plan urbano influido por las ideas de la mítica activista. Paradójica y controvertida, la biografía de Johnson —que resumió arquitectónicamente en el conjunto de pabellones de la finca de New Canaan— difícilmente puede apocoparse en una vasija vacía, como hace Lamster.

Los interesados en conocerla quizá harían mejor leyendo la que publicó Franz Schulze, también biógrafo de Mies, en 1994, o el libro de 2008 que recoge sus conversaciones con Bob Stern. En ambas obras se apoya el actual autor, pero no es fácil advertir su deuda, porque las referencias no se han reflejado adecuadamente en el índice alfabético. Lamster describe a Schulze como ‘a fastidious German-born architectural historian’, y trata su biografía de forma displicente, pero me pregunto si la meticulosidad y la perspectiva del historiador no habría contribuido a un tratamiento más poliédrico de la figura colosal y contradictoria de Johnson.

The Man in the Glass House

Philip Johnson, Architect of the Modern Century

Mark Lamster

Little, Brown and Company

2018

ACA

VALE LA PENA LEER

La madrina de las ciudades

Se publican conjuntamente cuatro entrevistas a Jane Jacobs que retratan a la autora de ‘Muerte y vida de las grandes ciudades’, la intelectual que urgió a recuperar la vida en la calle para humanizar la ciudad

Anatxu Zabalbeascoa

Tomado del blog “Del tirador a la ciudad”

4 de junio 2019

El País

“Querida Jacobs: Haga siempre lo que de verdad le gustaría hacer. Hay media docena de editores que se pelearían por un manuscrito suyo sobre la ciudad, y aunque no puedo aventurar cómo lo recibirá el público, es su deber escribir ese libro. No hay nadie que tenga tantas cosas frescas y sensatas que decir sobre la ciudad y ya es hora de que se digan y se discutan, así que póngase a trabajar”. En 1958, tres años antes de que Jane Jacobs publicara su obra maestra Muerte y vida de las grandes ciudades, otro humanista, Lewis Mumford encabezó así la carta que le envió”.

Cuarenta años después, Jacobs había abandonado Nueva York para instalarse en Toronto. Lo hizo siguiendo a sus hijos. Por entonces, Estados Unidos estaba asustado por la crisis del Sputnik (reacción estadounidense al éxito del programa espacial soviético). Y los chavales estaban en edad de reclutamiento y no querían ir a Vietnam. El mayor había conseguido una beca para hacer un doctorado en física. Y ambos tenían claro que preferían ir a la cárcel que a la guerra. Fue el marido de Jacobs quien decidió que no habían criado a sus hijos para que terminaran en la cárcel. Se fueron. “Me he dado cuenta de que quienes se consideran a sí mismos exiliados nunca consiguen rehacer su vida. Nosotros nos considerábamos inmigrantes. Se trataba de una aventura y estábamos todos juntos”. Le dijo Jacobs al periodista James Howard Kunstler que la entrevistó en Toronto para la revista Metropolis. Lo que contó Kunstler entonces, cuando Jacobs tenía 84 años, o Roberta Brandes en la revista New York, o sus opiniones poco antes de morir sobre Quebec y la independencia constituyen otra cara, más personal, pero seguramente igual de urbana, de la gran dama que defendió la vida en la calle como condición sine qua non de la humanización de las ciudades. Esas charlas están reunidas ahora, y por primera vez traducidas al castellano por María Serrano, en el impagable volumen Jane Jacobs, cuatro entrevistas (Gustavo Gili).

A Howard Kunstler, que tituló su entrevista La madrina de las ciudades, Jacobs (Scranton Pensilvania, 1916, Toronto, 2006) le contó que vio por primera vez Nueva York con 12 años, antes del Crack del 29. Llegó en ferri, desde Nueva Jersey y vio aparecer el sur de Manhattan. Lo que le llamó la atención no fueron los edificios —no había apenas rascacielos— ni siquiera los característicos depósitos de agua. Se fijó en las personas “había gente por todas partes”. Años más tarde, regresaría y se instalaría en casa de su hermana para buscar trabajo. “Leía en el periódico los anuncios de empleo. Cruzaba andando el puente de Brooklyn hasta Manhattan, y luego, cuando me rechazaban en todos aquellos trabajos, me pasaba el resto del día curioseando por el lugar donde había pasado, o, si acababa en algún sitio que ya conocía, me gastaba cinco centavos en un billete de metro, me iba a alguna parada al azar e investigaba por otro sitio. Por las mañanas buscaba trabajo y por las tardes me dedicaba a deambular por la ciudad”. Una mañana le tocó el gordo y consiguió trabajo en una fábrica de caramelos. Pero fue el tiempo, presumiblemente perdido lo que terminó por darle una profesión: “Al haber pasado tardes observando diferentes zonas de la ciudad, empecé a escribir artículos que compró la revista Vogue”. Eso sí, ella los adaptaba a los lectores: el barrio de las pieles, por ejemplo, fue su primer escrito. Le pagaban 40 dólares la pieza. Ganaba 12 a la semana en la fábrica de caramelos.

Aunque fue un par de años a la Universidad de Columbia, Jacobs se formó por las calles. Desprejuiciada, “perdiendo el tiempo” y anotando lo que veía: “Fui un tiempo a una asignatura de Sociología y me pareció una idiotez”, apunta en la entrevista. En Canadá, Jacobs se dio cuenta de que “los estadounidenses no se creen de verdad que haya otros lugares tan reales como Estados Unidos”.

Pocas personas han hecho más por el activismo ciudadano que Jane Jacobs. Y pocas conocen tan bien su capacidad de cambiar las cosas como la dificultad de hacerlo. En 1950, ella misma recogía firmas para impedir que una carretera atravesara Washington Square. Pedían firmas entre quienes se sentaban al sol, jugaban allí con sus hijos, leían un libro o paseaban a perros. El caso es que muchos de los ciudadanos que usaban la plaza rehusaron firmar la petición de salvarla. Estaban convencidos de que firmar la petición podría resultar peligroso. “Fue en esa época cuando aquel extraño temor lo invadió todo, pero también recuerdo cuando se disipó, estando en plena lucha por salvar un barrio”.

Jacobs terminó nacionalizándose canadiense porque no le parecía normal no poder votar ni participar en las decisiones del lugar donde vivía. La relación con Mumford acabaría en discusión. Dos años después de la carta, en 1960, ella había terminado su inolvidable libro. Vería la luz un año después. Y Mumford, un hombre que, según Jacobs, cambiaba de carácter volviéndose ansioso al entrar en Nueva York, pasó a defender la ciudad jardín, la idea de vivir cerca de la ciudad con los beneficios del campo, una utopía para Jacobs que ni cuidaba la ciudad ni protegía el campo.

ACA

VALE LA PENA LEER

PLANETA ROJO

Anatxu Zabalbeascoa

29 de enero 2019

Tomado del blog Del tirador a la ciudad

Diario El País

Vital, visceral, dinámico y también tabú, el rojo colorea cada vez más edificios de la arquitectura actual. Un libro reúne 150 ejemplos recientes de inmuebles escarlata levantados por todo el mundo.

Picasso decía que utilizaba el rojo cuando se quedaba sin azul. Tiziano, que un buen pintor solo necesita tres colores: blanco, negro y rojo. Christian Louboutin está convencido de que, aunque a uno no le gusten los colores, acaba siempre teniendo algo rojo. Por eso, aunque la autora del libro de la editorial Phaidon RED, Stella Paul, sostiene que la condición humana es roja, la humanidad no sería capaz de ponerse de acuerdo para describir qué es el rojo. Lo anunció Josef Albers. “Si 50 personas oyeran la palabra rojo, 50 rojos distintos aparecerían en sus mentes”.

El color de los colores para los renacentistas, el color del peligro y la prohibición para la circulación, el carmín de la seducción, la marca del tabú, la huella del crimen y la referencia de la tierra. El rojo pompeyano evoca riqueza y sofisticación, el bermellón de los alquimistas, componentes tóxicos; el escarlata, las suntuosas coronaciones de los príncipes medievales, los ropajes de los generales romanos y el trabajo de los gremios de tintoreros. El rojo es a la vez el color del martirio y el de los cardenales, el de las novias chinas y el del partido comunista. El del enfado y el de la prosperidad. Por eso el rojo puede ser metáfora, marcar contraste, indicar dinamismo y anunciar a los bomberos. O a Coca-cola, cada vez con menos azúcar y, tal vez por ello, cada vez menos roja.

Lina Bo Bardi fue una de las primeras arquitectas en emplearlo en edificios recientes. Lo hizo para destacar la estructura de su Museo de Arte MASP en São Paulo. También Ricardo Bofill bautizó sus viviendas en Calpe como la Muralla Roja. Souto de Moura cubrió de rojo la Casa das Historias que levantó para Paula Rego en Cascais (Portugal), Frank Gehry pintó de encarnado sus oficinas para el puerto de Düsseldorf y hasta Foster coloreó el Pabellón de los Emiratos Árabes Unidos en la Expo de Milán. Es cierto que el Hotel Danieli de Venecia lleva más de seis siglos contrastando su teja con la Laguna. También que el Fuerte Rojo de Nueva Delhi habla tanto de los emperadores mogoles como de la tierra sobre la que construyeron.

La Casa das Artes Miranda do Corvo (Portugal) es un símbolo: un lugar de encuentro. Por eso sus autores: Future Architecture Thinking, la han hecho hablar desde su arquitectura dinámica y angular y desde su rojo brillante exterior, para anunciarla.

En lugar de para destacar la arquitectura, en San Petersburgo, los arquitectos Vitruvius and Sons emplearon el rojo para camuflar su edificio. Demostraron que algo tan visible y molesto como un código de barras desaparece bajo una mano de pintura. Este centro comercial no engaña a sus visitantes, pero transforma el ubicuo símbolo de la vida moderna convirtiendo los números y los cortes en ventanas y puertas. Es lo que es, pero el rojo, en lugar de destacarlo, lo camufla.

En Estocolmo la cooperativa de vivienda sueca SKB encargó al estudio Wingardh Arkitektkontor 100 viviendas de ladrillo en las que los balcones parecen salir disparados. También en la Universidad de Gotemburgo, estos arquitectos eligieron el rojo para anunciar a los barcos que amarran en el puerto su edificio Kuggen, el departamento de educación. Los proyectistas hablan de la nueva catedral para la ciudad del siglo XVI. El diseñador de moda Bill Blass decía que el rojo es la cura total para la tristeza.

Ficha editorial del libro comentado

RED: Architecture in Monocrome

Stella Paul

(Concebido y editado por Phaidon Editores)

Phaidon Editors

2018

224 páginas

Tapa dura

ACA