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El regreso del Superstudio y la ideología anti-arquitectura

Kaley Overstreet

Traducido por Mónica Arellano

12 de diciembre 2020

Tomado de Plataforma arquitectura

En la década de 1960, Cristiano Toraldo di Francia y Adolfo Natalini, dos estudiantes de arquitectura afincados en Florencia de veintitantos años, decidieron emprender la importante tarea de diseñar una nueva forma para que los ciudadanos del mundo habitaran la tierra. Impulsados por las posibilidades de las novelas de ciencia ficción y el deseo de prescribir el diseño para resolver los problemas de su época, el dúo, que se autodenominó Superstudio, buscó reinventar continuamente su papel en lo que significa ser arquitecto. Su solución fue la creación de una cultura «anti-diseño» como un medio para proporcionar comentarios sobre la política, el capitalismo y el urbanismo, mediante la creación de ideas en las que todos tienen un espacio funcional que se libera del tiempo, el lugar y la necesidad de objetos excesivos.

Avanzando hasta el año 2020, una época en la que la profesión ha visto un lento resurgimiento de prácticas jóvenes y únicas dedicadas a exploraciones en tipología, representación e investigación sobre lo que podría ser sin la presión de los proyectos que se construyen, se publican o incluso generan ingresos. Si bien es evidente que la obra de Superstudio ha influido mucho en las imágenes de Rem Koolhaas, Bjarke Ingles y Steven Holl, por nombrar algunas figuras prominentes, también es fundamental reconocer el retorno recursivo de la arquitectura impulsado por el deseo de explorar ideas y nuevas formas de retratarlos. Estos diseños, a su manera, rinden homenaje a la influencia de Superstudio y su importancia en el discurso actual. Lo que alguna vez se consideró solo un momento fundamental de la ideología de diseño de los grupos ha demostrado ser un dogma radical que no fue solo un movimiento aislado.

En 1971, Natalini dijo que “si el diseño es meramente un incentivo para consumir, entonces debemos rechazar el diseño… si la arquitectura y el urbanismo son meramente la formalización de las actuales divisiones sociales injustas, entonces debemos rechazar el urbanismo y sus ciudades hasta que todo diseño entienda que sus actividades están destinadas a satisfacer las necesidades primarias. Hasta entonces, el diseño debe desaparecer. Podemos vivir sin arquitectura.» Esta creencia quizás se ilustra mejor en el vanguardista «Monumento Continuo» de Superstudio, que propone un gran monolito cuadriculado blanco que se extendería alrededor del mundo e incluso se extendería al espacio exterior. Las poderosas imágenes que se crearon para ilustrar esta idea describen el efecto homogeneizador de la globalización y los primeros ideales arquitectónicos de la posguerra que estaban creando una sensación de igualdad en todo el mundo. Las imágenes son hermosas y, por un momento, engañan al observador para que sienta una sensación de paz y seducción, cuando en realidad, el efecto del Monumento Continuo fue descrito por Superstudio como «anti-arquitectura» y el resultado de una pesadilla social.

En otro de sus proyectos, Superstudio creó visiones de doce ciudades ideales que representaban los logros de 20.000 años de civilización. Una de las ciudades estaba ubicada en el espacio, más específicamente en la forma de una nave espacial, que siempre sigue una ruta precisa a miles de años luz de distancia. La nave espacial proporciona todo lo que los habitantes necesitan para vivir una vida próspera y exitosa. La undécima ciudad, llamada “La ciudad de las casas espléndidas”, presenta una falta de conexión con el campo porque es completamente autosuficiente. Los habitantes comparten un único objetivo de poseer la vivienda unifamiliar más hermosa. A cada familia se le da la misma cantidad de espacio para construir una casa, lo que crea un entorno e infraestructura equitativos para todos. En la actualidad, la arquitectura del espacio y el pensamiento de ciudades en las que todos los habitantes eran iguales y prosperaron en un entorno autosuficiente son temas que se debaten intensamente, lo que demuestra una vez más que Superstudio se adelantó a su tiempo.

Si bien Superstudio se disolvió después de solo 12 años de exploración y experimentación, su legado perdura. Tal vez sea el hecho de que Superstudio nunca haya terminado un edificio y, sin embargo, haya sido tan aclamado por la crítica por sus ideas y cómo fueron representadas lo que ha inspirado a las generaciones más jóvenes de hoy a hacer lo mismo. En ese momento, sus diseños de edificios gigantes, naves espaciales plateadas y redes de energía, accesibles para todos con la simple acción de «conectarse», parecían improbables. Ahora, parece plausible y bastante profético. La capacidad de Superstudio para superar continuamente los límites y pensar a una escala tan grande es el cóctel subyacente de bravuconería arquitectónica sobre cómo podemos revitalizar la práctica arquitectónica y, afortunadamente, también es lo que está sucediendo.

ACA

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La arquitectura enferma

Las enfermedades llevan siglos moldeando nuestras casas y nuestras ciudades. La especialista en Historia de la Arquitectura y catedrática en la Universidad de Princeton Beatriz Colomina, reflexiona sobre las huellas que han dejado las pandemias en calles y edificios y el nuevo mapa de capas de metacrilato que está dibujando el Covid-19

Beatriz Colomina

12 enero, 2021

Tomado de elcultural.com

Toda arquitectura está enferma. Las enfermedades y la arquitectura son inseparables. Hasta se podría defender que los inicios de la arquitectura coinciden con los de la enfermedad. Como dijo el doctor Benjamin Ward Richardson cuando presentó Our Homes and How to Make them Healthy (Nuestros hogares y cómo hacerlos sanos), un compendio de textos de médicos y arquitectos publicado con motivo de la Exposición Internacional de la Salud de 1884 en Londres: “El hombre, al poseer una serie de conocimientos y habilidades que le diferencian de los animales inferiores, ha construido ciudades, aldeas y casas para protegerse de los elementos externos y, al hacerlo, ha producido una serie de enfermedades fatales que están estrechamente asociadas, en relación de causa y efecto, con la producción de conocimiento y con su habilidad de construir. El hombre al crear una protección contra la exposición exterior ha construido también las condiciones de la enfermedad”.

No hay enfermedad sin arquitectura ni arquitectura sin enfermedad. Los médicos y arquitectos siempre han estado en una especie de danza –a menudo intercambiando roles, colaborando, influyéndose entre sí– incluso no siempre sincronizados.Los muebles, las habitaciones, los edificios, las ciudades son fruto de emergencias médicas que han dejado capas de huellas que se han ido superponiendo a lo largo de los siglos.Tendemos a olvidar con mucha facilidad qué es lo que produjo todos estos estratos de historia. Actuamos como si cada pandemia fuera la primera, como si deseáramos sepultar el dolor y la incertidumbre del pasado.

La arquitectura moderna surgió en un contexto de emergencia. A lo largo del siglo XIX y de la primera mitad del XX murieron por tuberculosis en todo el mundo millones de personas cada año. Los edificios modernos ofrecían una defensa profiláctica contra este microorganismo invisible. Todos los rasgos característicos de la arquitectura moderna –los muros blancos, las terrazas, los grandes ventanales, los pilotis que la separa del suelo húmedo, donde como decía Le Corbusier, nace la enfermedad– se presentaron tanto como prevención como cura. Sin embargo, hemos olvidado su origen médico y el horror inimaginable al que respondía la arquitectura moderna. La imagen de edificios blancos aclara hasta borrar el trauma que los originó.

Para poder producir una idea de arquitectura moderna saludable, se demonizó la del siglo XIX, tildándola de nerviosa, malsana y literalmente llena de enfermedades, especialmente de bacilos de la tuberculosis. El exceso de decoración se trató como una infección. La modernización de la arquitectura fue en primer lugar una forma de desinfección, una purificación de los edificiosllevando a un entorno saludable luz, aire, limpieza y superficies blancas lisas, sin grietas ni hendiduras en las que el contagio pudiera acechar. Se recomendó a las mujeres que utilizaran placas de Petri para comprobar si había sobrevivido alguna bacteria a sus rutinas de limpieza. El ama de casa se convertía así en una bacterióloga y su casa en un laboratorio.

Sin embargo, la arquitectura enferma no es simplemente la arquitectura de las emergencias médicas. Por el contrario, es la arquitectura de la normalidad, la manera en que las crisis sanitarias han quedado grabadas en lo cotidiano –no solo llevando las huellas de ese pasado, sino completamente modelado por ellas–. Cada nueva enfermedad se aloja dentro de esta arquitectura construida a partir de las dolencias anteriores, en una especie de anidación arqueológica. Cada nuevo suceso médico activa la historia de la arquitectura y la enfermedad junto con los miedos, malentendidos, prejuicios, injusticias e innovaciones asociadas.

En estos tiempos de pandemia todo el mundo piensa en la arquitectura porque es una cuestión de vida o muerte: la distancia, la higiene, las fronteras, los movimientos, lo que está dentro y lo que está fuera, nuestra posición en el espacio. Nos hemos convertido todos, de repente, en expertos en la materia, rediseñando restaurantes, escuelas, universidades y hogares. Cada espacio se ajusta, limpia y supervisa con precisión. Ha habido un proyecto de renovación masivo con carpinteros, tiendas de suministros y fabricantes de muebles trabajando al máximo.La ciudad y sus edificios se han cubierto de capas interminables de plexiglás. Entrar ahora en casi cualquier edificio es como hacerlo en un aeropuerto con sus controles de temperatura, de identidad y de objetos personales en la puerta.

Nueva York, por ejemplo, se ha transformado en otra ciudad, habitada de diferentes maneras. Las calles están ocupadas por una especie de prótesis que se extienden desde el interior para que la gente pueda comer y beber de forma segura al aire libre. Empieza a parecer un lugar mediterráneo, y ojalá sea un cambio permanente. Menos coches, más vida social en el exterior, incluso más interacción.

Al mismo tiempo que todo el mundo se ha convertido en una especie de arquitecto, también nos hemos hecho todos teóricos de la arquitectura, especulando sobre el futuro de la ciudad después de la pandemia. Pero es importante tener presente que no se trata solo de la calle o de los edificios, sino también de las estructuras sociales.

Más que revelar algo nuevo, las pandemias muestran lo que ya estaba allí. Lo que el Covid-19 ha hecho visible de manera dramática, incluso chocante, ha sido la ciudad invisible, no sólo el urbanismo oculto de estos microorganismos hiper-sociales sino el de las desigualdades, los trabajadores de la economía sumergida y el acceso dispar a los cuidados o la empatía. Para reflexionar sobre lo que puede suceder a continuación es necesario, y urgente, mirar hacia atrás y comprender los estrechos vínculos que han existido siempre entre la arquitectura y la enfermedad. Gran parte de lo que resulta impactante de la situación actual ya estaba allí, escondido en lo más profundo, pasado por alto u olvidado. Pensemos por ejemplo en trabajar desde casa, en la cama, incluso, como les ha ocurrido a millones de personas.Lo que una vez fue una fantasía del futuro es ahora una realidad a la que es poco probable que renunciemos. Este repliegue hacia el interior, hacia el que ya se había avanzado bastante en la última década, no significa darle la espalda a la ciudad. Lejos de ser una fuerza anti-urbana, el virus inspirará nuevas formas de concentración y de contaminación cruzada. La clave no será la forma de la ciudad, sino el acceso a la vivienda, a la educación y a la sanidad. La pregunta no será solo la relación de la cama con el trabajo sino con la privacidad, la comunidad, la igualdad, la movilidad, la raza, la tecnología, la energía, el trabajo, el clima y la filosofía.

ACA

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Filosofías de la belleza

Peter Sloterdijk, Byung-Chul Han

Luis Fernández-Galiano

31/12/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

¿De qué hablamos cuando hablamos de belleza? Peter Sloterdijk y Byung-Chul Han son probablemente los dos filósofos más conocidos del actual panorama germano, y la publicación en castellano de El imperativo estético del primero —una recopilación de escritos sobre arte aparecida originalmente en 2014— anima a reseñarlo junto a La salvación de lo bello, un ensayo del segundo que se editó en España en 2015, de forma simultánea a la versión original alemana. De Sloterdijk nos hemos ocupado en varias ocasiones —hace ya tiempo en Arquitectura Viva 88, donde se comentaba su obra sobre el origen del ‘atmoterrorismo’ en los gases venenosos usados en la Primera Guerra Mundial, y más recientemente en Arquitectura Viva 194 y 224, glosando dos libros unidos por el rechazo de la modernidad— y de Han han aparecido tanto reseñas de su obras —en Arquitectura Viva 165, 174 y 213— como artículos, estos en los números 181 y 224, y con temas tan diversos como ‘Lo pulido’ (introducción de su ensayo sobre la estética contemporánea) y ‘La era del virus’, el primero de los textos que ha dedicado a la crisis pandémica.

Los escritos del filósofo de Karls-ruhe, reunidos por Peter Weibel, que incluyen numerosos discursos y conferencias, algunos textos de catálogo y varios manuscritos inéditos, muestran la variedad de sus intereses: de la música al cine, pasando por el sistema del arte o los museos, y con sendas secciones dedicadas a ‘Diseño’ y a ‘Ciudad y arquitectura’. En el terreno del diseño, subraya que a todo funcionalismo «le es inherente cierta tendencia a trastornar las cosas», y recupera el discurso de Heidegger sobre ‘la cosa’, una actitud premoderna y ‘antidiseño’ como corresponde a «una filosofía católica de artesanos y campesinos»; y en el ámbito de la arquitectura y el urbanismo, la extensa conferencia sobre ‘La ciudad y su contrario’ —quizá el mejor texto del volumen, donde llama en su ayuda a diez autores, desde Píndaro y Platón hasta Baudelaire— se añade a una conversación con los editores de archplus sobre su trilogía Esferas y a un encendido elogio de Daniel Libeskind con ocasión de la terminación del Museo Judío de Berlín. En conjunto, el libro refleja, como argumenta Weibel en su epílogo, el agnosticismo estético del filósofo, que considera inhumana la estética de la modernidad y defiende una ley del deseo que se sitúa entre Kant, Freud y Lacan.

El ensayo del pensador germano-coreano —nacido en Seúl, formado en Alemania y hoy profesor en Berlín— explora en cien páginas exquisitas la tersa y hedonista estética de nuestro tiempo, que juzga incompatible con el arte genuino, enraizado en una negatividad que no complace, sino que conmociona. Frente a la modernidad pulida y digital, Han defiende una estética del encubrimiento y de la vulneración, desde el delirio de asombro y horror que Platón atribuye a la contemplación de la belleza extrema hasta la belleza terrible de Rilke o la quebrantada de Adorno. Censurando la sexualización del cuerpo por la industria de la belleza, deplora el rechazo por Edmund Burke de los cuerpos ásperos y angulosos como incompatibles con el deleite que asocia a lo bello, y propone una estética de la verdad y de la libertad, una ética de lo bello que fundamenta en Aristóteles o en Hegel; y frente al consumo contemporáneo de lo nuevo, reclama la experiencia de lo bello como reminiscencia, como fidelidad y como vinculación.

Críticos de la modernidad y alimentados por el pensamiento clásico, los fragmentos escultóricos elegidos por sus editores quizá expresan bien su sensibilidad elegíaca. De eso también hablamos cuando hablamos de belleza.

El imperativo estético

Peter Sloterdijk

Editorial Akal

2020

432 páginas

La salvación de lo bello

Byung-Chul Han

Herder Editorial

2015

112 páginas

ACA