Archivo de la etiqueta: pandemia

VALE LA PENA LEER

La arquitectura enferma

Las enfermedades llevan siglos moldeando nuestras casas y nuestras ciudades. La especialista en Historia de la Arquitectura y catedrática en la Universidad de Princeton Beatriz Colomina, reflexiona sobre las huellas que han dejado las pandemias en calles y edificios y el nuevo mapa de capas de metacrilato que está dibujando el Covid-19

Beatriz Colomina

12 enero, 2021

Tomado de elcultural.com

Toda arquitectura está enferma. Las enfermedades y la arquitectura son inseparables. Hasta se podría defender que los inicios de la arquitectura coinciden con los de la enfermedad. Como dijo el doctor Benjamin Ward Richardson cuando presentó Our Homes and How to Make them Healthy (Nuestros hogares y cómo hacerlos sanos), un compendio de textos de médicos y arquitectos publicado con motivo de la Exposición Internacional de la Salud de 1884 en Londres: “El hombre, al poseer una serie de conocimientos y habilidades que le diferencian de los animales inferiores, ha construido ciudades, aldeas y casas para protegerse de los elementos externos y, al hacerlo, ha producido una serie de enfermedades fatales que están estrechamente asociadas, en relación de causa y efecto, con la producción de conocimiento y con su habilidad de construir. El hombre al crear una protección contra la exposición exterior ha construido también las condiciones de la enfermedad”.

No hay enfermedad sin arquitectura ni arquitectura sin enfermedad. Los médicos y arquitectos siempre han estado en una especie de danza –a menudo intercambiando roles, colaborando, influyéndose entre sí– incluso no siempre sincronizados.Los muebles, las habitaciones, los edificios, las ciudades son fruto de emergencias médicas que han dejado capas de huellas que se han ido superponiendo a lo largo de los siglos.Tendemos a olvidar con mucha facilidad qué es lo que produjo todos estos estratos de historia. Actuamos como si cada pandemia fuera la primera, como si deseáramos sepultar el dolor y la incertidumbre del pasado.

La arquitectura moderna surgió en un contexto de emergencia. A lo largo del siglo XIX y de la primera mitad del XX murieron por tuberculosis en todo el mundo millones de personas cada año. Los edificios modernos ofrecían una defensa profiláctica contra este microorganismo invisible. Todos los rasgos característicos de la arquitectura moderna –los muros blancos, las terrazas, los grandes ventanales, los pilotis que la separa del suelo húmedo, donde como decía Le Corbusier, nace la enfermedad– se presentaron tanto como prevención como cura. Sin embargo, hemos olvidado su origen médico y el horror inimaginable al que respondía la arquitectura moderna. La imagen de edificios blancos aclara hasta borrar el trauma que los originó.

Para poder producir una idea de arquitectura moderna saludable, se demonizó la del siglo XIX, tildándola de nerviosa, malsana y literalmente llena de enfermedades, especialmente de bacilos de la tuberculosis. El exceso de decoración se trató como una infección. La modernización de la arquitectura fue en primer lugar una forma de desinfección, una purificación de los edificiosllevando a un entorno saludable luz, aire, limpieza y superficies blancas lisas, sin grietas ni hendiduras en las que el contagio pudiera acechar. Se recomendó a las mujeres que utilizaran placas de Petri para comprobar si había sobrevivido alguna bacteria a sus rutinas de limpieza. El ama de casa se convertía así en una bacterióloga y su casa en un laboratorio.

Sin embargo, la arquitectura enferma no es simplemente la arquitectura de las emergencias médicas. Por el contrario, es la arquitectura de la normalidad, la manera en que las crisis sanitarias han quedado grabadas en lo cotidiano –no solo llevando las huellas de ese pasado, sino completamente modelado por ellas–. Cada nueva enfermedad se aloja dentro de esta arquitectura construida a partir de las dolencias anteriores, en una especie de anidación arqueológica. Cada nuevo suceso médico activa la historia de la arquitectura y la enfermedad junto con los miedos, malentendidos, prejuicios, injusticias e innovaciones asociadas.

En estos tiempos de pandemia todo el mundo piensa en la arquitectura porque es una cuestión de vida o muerte: la distancia, la higiene, las fronteras, los movimientos, lo que está dentro y lo que está fuera, nuestra posición en el espacio. Nos hemos convertido todos, de repente, en expertos en la materia, rediseñando restaurantes, escuelas, universidades y hogares. Cada espacio se ajusta, limpia y supervisa con precisión. Ha habido un proyecto de renovación masivo con carpinteros, tiendas de suministros y fabricantes de muebles trabajando al máximo.La ciudad y sus edificios se han cubierto de capas interminables de plexiglás. Entrar ahora en casi cualquier edificio es como hacerlo en un aeropuerto con sus controles de temperatura, de identidad y de objetos personales en la puerta.

Nueva York, por ejemplo, se ha transformado en otra ciudad, habitada de diferentes maneras. Las calles están ocupadas por una especie de prótesis que se extienden desde el interior para que la gente pueda comer y beber de forma segura al aire libre. Empieza a parecer un lugar mediterráneo, y ojalá sea un cambio permanente. Menos coches, más vida social en el exterior, incluso más interacción.

Al mismo tiempo que todo el mundo se ha convertido en una especie de arquitecto, también nos hemos hecho todos teóricos de la arquitectura, especulando sobre el futuro de la ciudad después de la pandemia. Pero es importante tener presente que no se trata solo de la calle o de los edificios, sino también de las estructuras sociales.

Más que revelar algo nuevo, las pandemias muestran lo que ya estaba allí. Lo que el Covid-19 ha hecho visible de manera dramática, incluso chocante, ha sido la ciudad invisible, no sólo el urbanismo oculto de estos microorganismos hiper-sociales sino el de las desigualdades, los trabajadores de la economía sumergida y el acceso dispar a los cuidados o la empatía. Para reflexionar sobre lo que puede suceder a continuación es necesario, y urgente, mirar hacia atrás y comprender los estrechos vínculos que han existido siempre entre la arquitectura y la enfermedad. Gran parte de lo que resulta impactante de la situación actual ya estaba allí, escondido en lo más profundo, pasado por alto u olvidado. Pensemos por ejemplo en trabajar desde casa, en la cama, incluso, como les ha ocurrido a millones de personas.Lo que una vez fue una fantasía del futuro es ahora una realidad a la que es poco probable que renunciemos. Este repliegue hacia el interior, hacia el que ya se había avanzado bastante en la última década, no significa darle la espalda a la ciudad. Lejos de ser una fuerza anti-urbana, el virus inspirará nuevas formas de concentración y de contaminación cruzada. La clave no será la forma de la ciudad, sino el acceso a la vivienda, a la educación y a la sanidad. La pregunta no será solo la relación de la cama con el trabajo sino con la privacidad, la comunidad, la igualdad, la movilidad, la raza, la tecnología, la energía, el trabajo, el clima y la filosofía.

ACA

VALE LA PENA LEER

El mundo tras la pandemia

Las tendencias de cambio se aceleran

Norman Foster

30/09/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

He leído muchos estudios que afirman que la pandemia conducirá hacia un cambio radical en nuestras vidas, que supondrá un antes y un después con independencia de si las vacunas puedan llegar a protegernos, como ya impidieron en el pasado la propagación de otras enfermedades igualmente contagiosas.

No estoy del todo de acuerdo. Considerados desde la perspectiva amplia de la historia, los principales efectos de la pandemia no han hecho sino acelerar tendencias que ya estaban en marcha, aunque es cierto que algunas de ellas pasaban tan desapercibidas al público general, que parecían el resultado revolucionario del coronavirus. Por otra parte, algunas de esas tendencias pueden intensificar sus efectos.

La historia de las ciudades y los edificios que las componen está indisolublemente ligada al patrón recurrente de la enfermedad y los problemas de salud pública. Hay innumerables ejemplos de ello.

El brote de cólera de la década de 1850 que diezmó la población de Londres condujo a la limpieza del Támesis, a la construcción del magnífico Victoria Enbankment y a la instalación de buena parte de la red actual de saneamiento que sigue disfrutando la ciudad. Los problemas de salud propiciaron también la construcción de zonas verdes como el Central Park en Nueva York y el Emerald Necklace de Boston. Las obsesiones del Movimiento Moderno con la luz, las terrazas exteriores, el color blanco y la naturaleza fueron, en parte, una respuesta al flagelo de la tuberculosis. El Great Smog —la Gran Niebla— de Londres en 1952 se cobró doce mil vidas en cinco días y llevó a la ‘Ley de Aire Limpio’ de 1956 y, con ella, a la sustitución de los sistemas de combustión de carbón por otros de gas. He enumerado estos ejemplos como una serie de ‘causas y efectos’, pero las ‘causas’ se olvidaron hace ya mucho tiempo porque todas las transformaciones que he señalado habrían sucedido de todos modos sin la emergencia sanitaria, aunque habrían tardado más tiempo en hacerlo. Si nos atrevemos a intentar leer el futuro en una bola de cristal, la pregunta sería: ¿qué cabe esperar tras la pandemia?

Algunos sugieren que la ciudad densa perderá su poder de atracción social. No creo que eso ocurra por varias razones, pero sobre todo porque el futuro de la humanidad no depende exclusivamente del distanciamiento a dos metros entre las personas, y porque, como evidencian las estadísticas, algunas de las urbes más densas como Tokio, Singapur y Seúl han sabido contener la enfermedad mientras que otras áreas más suburbanas, en especial el suroeste de los Estados Unidos, han sufrido mucho más.

Los impulsos para embellecer y hacer más saludable la ciudad densa ya se habían manifestado antes de la pandemia. La actitud cambiante hacia la propiedad inmobiliaria por parte de los jóvenes, la proliferación de medios de transporte compartidos a través de dispositivos digitales, la electrificación y la robotización de vehículos, la transformación de la movilidad aérea y la demanda de un transporte público más espacioso y cómodo, son todos factores que contribuyen a volver innecesaria buena parte de nuestra infraestructura de transporte actual, sobre todo las carreteras y los aparcamientos.

A esto debe añadirse el cambio potencial desde la agricultura tradicional a la agricultura urbana, que supondría la mejora del rendimiento de unos cultivos que usarían mucha menos agua, eliminarían el transporte y producirían alimentos más frescos y sabrosos a menor coste. En este sentido, los aparcamientos de varias plantas podría hacer las veces de granjas urbanas ideales: sólo necesitarían mercados anejos.

Merced a todos estos factores convergentes y a la creciente popularidad de las bicicletas eléctricas y otras formas más saludables de movilidad personal aún por inventar, así como a la capacidad de controlar el microclima de los espacios al aire libre —enfriándolos en verano y calentándolos en invierno—, las ciudades podrían volverse más verdes, tranquilas, limpias y cada vez más deseables como lugares para vivir, trabajar y jugar.

El coronavirus nos ha enseñado a sacar el máximo partido a la infraestructura digital del mundo laboral mediante reuniones por Zoom que son capaces de acercarnos a personas de todos los continentes. Esto puede cambiar nuestro modo de viajar y, tal vez, podría dar pie a la evolución hacia ‘terceros espacios’ de trabajo y ocio dispuestos en el campo o en Starbucks digitales situados en el corazón de las ciudades. Pese a estos cambios, el contacto cara a cara será más valorado y buscado. Las sedes centrales de las empresas se plantearán, sobre todo, teniendo en cuenta los estilos de vida y la creatividad a través de horarios de trabajo más flexibles y escalonados; una tendencia que ya habían impulsado antes de la pandemia las empresas más avanzadas y sensibles, en las que los límites entre el trabajo, la socialización y el ocio ya se estaban desdibujando.

Como ya se ha señalado, la concienciación creciente sobre la salud exigirá sistemas de ventilación más naturales, aire fresco, luz y contacto con la naturaleza. Lo que hemos venido defendiendo unos pocos podría dejar de ser vanguardia para pasar a ser un rasgo de la nueva normalidad. Los viejos sistemas centralizados que dependían de filtros dudosos y de la recirculación del aire viciado ya no serán aceptables.

Si los sistemas centralizados de los edificios tienden a ser reemplazados por un control más autónomo del entorno de los individuos, lo mismo podría pasar en el contexto de la infraestructura urbana. El año pasado, en California, el envejecimiento de las líneas eléctricas y el hecho de que el proveedor estuviera en quiebra dejaron sin suministro a dos millones y medio de personas, muchas de las cuales intentaron hacerse con generadores domésticos. Fuentes de energía más pequeñas y compactas o mejoras en el almacenamiento de las baterías podrían eliminar la dependencia de las megacentrales y sus redes asociadas. El mismo patrón de búsqueda de la autonomía tendría sentido en el uso de los residuos para generar energía.

La tendencia a la autonomía también podría poner en tela de juicio la centralización de las redes globales y las cadenas de suministro. Sólo por referirnos a dos extremos opuestos, el de la necesidad y el del lujo, ¿tiene sentido que un país continúe dominando la producción de medicamentos en tanto que otro hace lo propio con el cultivo y la distribución de flores? La globalización ha aumentado el nivel de vida en todo el mundo, pero al mismo tiempo ha diezmado a las comunidades locales y ha creado ‘cinturones de óxido’ (rust belts) en lo que antaño fueron prósperas sociedades industrializadas. Del mismo modo en que ha puesto en cuestión la pertinencia de las grandes redes eléctricas, ¿propiciará la covid-19 que los países o incluso las regiones sean más autosuficientes? ¿Será capaz de frenar el impulso de reducir cada vez más el número de proveedores y hacerlos cada más grandes, como pasa con la fabricación de automóviles y aviones, con las aerolíneas o incluso con las empresas de contabilidad? ¿O, por el contrario, la covid-19 reforzará este modelo, en la medida en que las empresas muy grandes son las únicas con el capital suficiente para sobrevivir? Desde el punto de vista político, ¿llevará esta crisis a abordar colectivamente los grandes problemas del cambio climático y el desafío de las vacunas, o dará pie a una fragmentación mayor y a que ‘cada palo aguante su vela’? La esperanza es que el ‘yo, yo, yo’ deje paso al ‘nosotros, nosotros, nosotros’. En definitiva, lo ideal sería la acción global en relación con los grandes problemas ambientales y de salud, y la acción local en lo que toca a la producción, el cultivo y la generación energética de nuestras sociedades conectadas. En otras palabras: el mejor equilibrio entre ambos mundos.

ACA

INVITACIÓN

CAF Banco de Desarrollo de América Latina invita a participar en el Conversatorio virtual Covid-19 y ciudades que realizará a través de su página web en colaboración con la Fundación Avina, en el marco de la convocatoria del Concurso de Ideas “COVID-19: Nuevas oportunidades para ciudades sostenibles”.

Fecha: 26 de noviembre de 2020

Hora:

9h México

10h Colombia/Ecuador/Panamá/Perú

11h Bolivia/Trinidad y Tobago/Venezuela

12h Argentina/Brasil/Paraguay/ Uruguay

16h España

Temas de la agenda

  • Introducción y dinámica del Concurso.
  • Caracterización de las ideas de los proyecto que buscamos apoyar.
  • Reflexión «La pandemia como catalizador de ideas innovadoras para mejorar nuestras ciudades», por Mariana Alegre de «Ocupa tu Calle».

Sesión de preguntas y respuestas con el público.

ACA

VALE LA PENA LEER

Arquitectura, ¿adónde vas?

Los últimos iconos construidos en Corea y Dubái coinciden en el tiempo con proyectos marcados por la preocupación social en México. La crisis obligará a elegir

Anatxu Zabalbeascoa

Exterior de los almacenes The Galleria diseñados por OMA en Gwanggyo (Corea del Sur).

12 de septiembre 2020

Tomado de El País/Babelia

La arquitectura construye el mundo, no puede proyectar de espaldas a él. Para anticipar el futuro y dar respuesta a nuevas urgencias debe arriesgar. El resultado puede acertar o fallar, y entonces convertirse en un testigo incómodo. Ese equilibrio inestable entre tratar de anticipar las necesidades del mañana y erigirse en recordatorio de fallos del pasado convierte esta disciplina en un arte lento. La industria que también es trabaja despacio por otros motivos. Contrariamente a lo que podría sospecharse —por la constante invención de materiales y la imparable mejora del desarrollo tecnológico—, los tiempos de la arquitectura están cada vez más dilatados. En parte porque la tecnología superavanzada o los materiales ultrainteligentes no son siempre los más apropiados, económicos o disponibles; en parte por la burocracia de controles normativos y, en una parte no desdeñable, porque ya hemos aprendido que lo que encarece muchos proyectos arquitectónicos no son solo las ocurrencias, o los malos cálculos, de algunos arquitectos, sino también las contabilidades paralelas: las enormes, y con frecuencia oscuras, cifras que mueve la construcción. Así pues, hace ya mucho tiempo que el juego no está solo en manos de quienes proyectan edificios y ciudades, si es que alguna vez lo estuvo, cuando cliente y arquitecto buscaban un mismo fin: la legendaria inmortalidad.

¿Qué ocurre ahora? ¿Se está dando una arquitectura de reacción ante los grandes problemas que sacuden el planeta? Entre construir en balde un oxímoron como un hospital de campaña permanente —también tiene un coste mantener lo innecesario— o dotar de infraestructuras, por rudimentarias que sean, a quienes las necesitan hay un mundo. Lo primero es incomprensible desde la lógica del uso, pero la lógica de la corrupción es más perversa que la de la función. Lo segundo requiere que el arquitecto sea, además de proyectista, agente social. Entre esos dos extremos hay necesarias ideas de reciclaje urbano, acondicionamiento energético, convivencia cicatrizante con lo existente y, por supuesto, el esfuerzo sisífico de reinventar la pólvora para que no cese el espectáculo. Una pregunta siempre pertinente consiste en descubrir qué es hoy la verdadera pólvora arquitectónica. La respuesta debería extender la sostenibilidad de lo energético y lo material a lo social.

Más allá de un creciente peligro global que pone a prueba nuestra capacidad de acuerdos y evidencia nuestros desacuerdos, la plaga de la covid-19 es un aviso muy serio sobre las formas de vida, la explotación del planeta y las prioridades de las últimas décadas. Esa advertencia se refleja en la arquitectura que se está proyectando ya en intervenciones efímeras que —como sucede durante los grandes eventos— han tenido una escala urbana. Se trata de un urbanismo, en principio temporal, que ha devuelto las calles a los ciudadanos —limitando el tráfico de coches— y que algunas alcaldesas, como las de París o Barcelona, han comenzado a adoptar para transformar permanentemente sus ciudades.

Nueva sede de Swatch en Biel (Suiza), de Shigeru Ban.

Ese espíritu de lógica social no es nuevo. Lleva años presente en trabajos poco publicitados por humildes o porque su construcción no tiene una repercusión económica más que en quien apenas tiene. Informar sobre la convivencia de arquitecturas es una obligación y una riqueza. En la cosecha arquitectónica del coronavirus conviven, como sucede tras las crisis, una mezcla de autocrítica, buenas intenciones y sálvese quien pueda. Junto a las propuestas de reconquista ciudadana —que cuestionan también la prioridad conferida al turismo que ha vaciado los centros urbanos— afloran iniciativas para expandir el ámbito de la arquitectura, propuestas para hacerla seriamente sostenible y también una voluntad de aumentar la espec­tacularidad de la disciplina.

Empecemos por el final. En la versión más llamativa de la nueva arquitectura, el ganador es Rem Koolhaas, al mando del estudio OMA, con los grandes almacenes levantados en Gwanggyo (Corea del Sur), para el grupo empresarial Galleria. Morfológicamente, el edificio trata de acercarse a una roca. Esa ambición deja al espectador con la duda de si se trata de un inmueble realmente feo —y por siniestro justamente sorprendente— o si es de nuevo Koolhaas el que se adelanta a lo que todavía no alcanzamos a comprender. No se trata —no sobra decirlo— de juzgar maniqueamente un inmueble como bonito o feo. Se trata de reaccionar a una primera impresión justificada por los arquitectos a partir de “la falta de peso visual del barrio”, una ciudad dormitorio sin historia a 25 kilómetros de Seúl. Es cierto que el panelado pétreo triangular que lo envuelve logra más expresión que los rascacielos que lo rodean, pero la banda externa —que construye una lúcida circulación perimetral— termina envolviendo la roca como la cinta del lazo en un regalo. Vistas las circulaciones perimetrales de la Biblioteca de Seattle o la de Doha, cabe plantearse si Koolhaas no será fundamentalmente bueno en organizar el desfile de los usuarios y el resto se lo juega al alto riesgo: para arraigar el barrio, ha hecho aterrizar un meteorito.

Otro de los nuevos proyectos es un agujero enmarcado, firmado póstumamente por Zaha Hadid, que inevitablemente también sorprende desde su espectacular forma. Está en Dubái, a pocos metros del rascacielos más alto del mundo, el Burj Khalifa. Se llama Opus, pertenece al grupo hostelero español Meliá y está formado por dos torres unidas en la base y la corona. El agujero que las separa actúa como un patio de luces y permite el control de seguridad en los accesos. Su audacia formal contrasta, sin embargo, con la decisión poco razonable de construir en el desierto con una fachada de vidrio, el llamado muro cortina. Es cierto que ese acabado hace que el propio edificio desaparezca entre los reflejos de sus vecinos, pero más allá de ignorar el genius loci, la lógica energética hace agua y eso termina hablando de pasado. Y pesando sobre el futuro.

Proyecto para ampliar viviendas con estructuras de bambú reciclado de la mexicana Rozana Montiel.

La voluntad de construir rápido y el valor de los espacios intermedios —con ventajas del exterior como la luz natural y la protección de un interior— están presentes en el último de los proyectos inaugurados por el japonés Shigeru Ban: el Campus Swatch en Biel, Suiza. Aquí, la sede de la empresa relojera se abraza a la fábrica de Omega como una lombriz gigante. Se trata de un proyecto muy visual que, sin embargo, es un sobresaliente ejercicio de innovación. Más o menos caprichosa, la forma es consecuencia de una voluntad transformadora: uno de los mayores edificios construidos con madera en el mundo. El Campus es también el mayor proyecto de Ban hasta la fecha y lleva a la arquitectura empresarial lo que su estudio ha aprendido trabajando con la de emergencia. La cubierta —formada por 7.700 plafones de abeto— contrasta con el volumen cartesiano de la fábrica levantada también con una estructura de madera.

Con todo, es la versión más voluntariosa de la arquitectura actual la que resulta más revolucionaria porque busca impulsar cambios mucho más necesarios que arbitrarios. Arquitectas como las mexicanas Mariana Ordóñez y Jesica Amescua defienden la disciplina como proceso colaborativo, es decir, diseñan con los usuarios. Trabajan con comunidades de mujeres identificando necesidades urgentes y proponiendo soluciones constructivas y culturales. Escuchan, dialogan, proyectan y hasta recaudan dinero desde la propia web de su estudio, Comunal. No están solas en esa nueva versión del arquitecto-agente social. Como el estudio Shau en Indonesia o Anna Heringer en Bangladés, también el Pritzker Shigeru Ban recauda donativos para sus llamados proyectos de emergencia: las viviendas temporales que enseña a construir tras terremotos, tifones o —en su propio país— desastres nucleares.

Compartiendo esa urgencia de lo que no admite demora, de nuevo en México, las arquitectos Rozana Montiel y Alin V. Wallach idearon hace unos meses el proyecto Un cuarto más: una sencilla estructura de bambú y aluminio reciclado que —con muy bajo coste y menos de dos semanas de obras— amplía las casas en sus azoteas. En la línea de las viviendas incrementales de Alejandro Aravena, se trata de colocar una casa sobre otra aprovechando la vivienda existente como cimientos y utilizando la distancia del suelo como protección. Los arquitectos buscaban hacer crecer las casas sin esfuerzo y evitando un gran desembolso económico. Montiel habla de combatir el hacinamiento. También de reducir la violencia intrafamiliar.

De la misma manera que la verdadera escritura debe enseñar a escapar, hay una arquitectura que enseña a pensar. Por eso es inesperada. Vivimos una época en la que lo poco está empezando a sorprender más que lo mucho. Y si a la arquitectura espectacular se le resta la sorpresa, ¿qué le quedará? El coronavirus está evidenciando que la necesaria sostenibilidad no es solo una cuestión energética. TheNew York Times lo ha convertido en titular: “Hay que ayudar a los que no tienen nada”. No es únicamente un tema de justicia social, es una cuestión de supervivencia económica: sin clientes, el mercado, como la arquitectura, deja de existir.

ACA

TIEMPOS DE CUARENTENA

Descarga gratis los Tomos I y II  de «Arquitectura para colorear» elaborados por Carmelina&Aurelio

Mónica Arellano

7 de julio 2020

Tomado de Plataforma arquitectura

Como parte de una iniciativa del Taller de Arquitectura Carmelina&Aurelio con sede en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en México, los fundadores Carmelina y Aurelio lanzaron un libro con ilustraciones de arquitectura para colorear. Sin embargo, debido al éxito alcanzado, se dieron a la labor de realizar un Tomo II con ilustraciones de Zaha Hadid, Kengo Kuma, Rozana Montiel, BIG y Eileen Gray. Los dos libros en formato PDF están disponibles en su sitio web de forma gratuita y constan ambos de nueve páginas con cinco láminas para colorear cada uno tamaño carta. El link para hacer la descarga es https://www.carmelinaiaurelioarquitectos.com/descargables?utm_medium=website&utm_source=plataformaarquitectura.cl

ACA

EL TEMA DE LOS BALCONES

El balcón y su reivindicación como espacio en tiempos de cuarentena sigue sirviéndonos de vínculo con quienes leen lo que semanalmente publicamos. En este caso ha sido el arquitecto Lesmes Castañeda quien nos ha enviado otra nota que sigue la cadena empezada en el Contacto FAC nº 174 (10/05/2020) y continuada en los números 177 (31/05/2020) y 179 (14/06/2020). Al igual que el texto que nos hiciera llegar Víctor Artís el 14 de mayo, hemos decidido transcribir hoy el que Castañeda nos enviara con fecha 25 de junio bajo el título que lleva el encabezado.

ACA

José Miguel Galia. Residencias Isla de Margarita, 1965. Planta tipo

La necesidad de los balcones ahora y siempre no vendría solamente de la situación sanitaria que en estos momentos de pandemia se hace evidente. El propósito central de los mismos es crear en el hábitat un espacio de transición entre el ámbito techado interior de un apartamento y el ámbito del cielo abierto del exterior del mismo y a la vez  ser un espacio de permanencia donde se desarrollen actividades de expansión propias de una vivienda. Con los balcones en los apartamentos  se busca en cierta medida sustituir las condiciones ambientales  que en las casas es más fácil satisfacer, con los patios centrales traseros o delanteros, con la ventaja sobre estas de lograr con la altura mayores posibilidades visuales sobre el ámbito exterior.

Existen básicamente dos tipos de balcones en los apartamentos: el que forma parte del volumen general del edificio y por lo tanto no sobresale del mismo y el que origina un volumen adicional al volumen general antes referido y por lo tanto sobresale volumétricamente.

Ambos tipos tienen sus ventajas y desventajas. En el primero se evita los registros visuales directos entre los balcones restringiendo las visuales a las frontales y en ellos la ventilación también es solo frontal, mientras que en el segundo permite las visuales francas hasta 180ª con registros visuales entre los balcones vecinos pero la ventilación es cruzada. 

Con estos pros y contras, el arquitecto José Miguel Galia resolvió el conflicto en un apartamento de Cumbres de Curumo que tuve el privilegio de habitar; dejó la mitad de la profundidad del balcón perteneciente al volumen del edificio y la otra sobresaliente del mismo. Así al sentarse uno hacia la primera parte del balcón mantiene la privacidad necesaria, lográndose al mismo  una ventilación cruzada y solo se producen registros visuales entre vecinos cuando se está incorporado en los bordes del sector sobresalido.

Ahora bien el usuario común considera que el balcón es innecesario o prescindible ante las restricciones dimensionales de espacio que casi siempre tienen los apartamentos, sobre todo los construidos para los  sectores de medianos y bajos ingresos y terminan cerrándose con cristalería anulando el propósito de estos espacios.

La ordenanza de zonificación caraqueña referida por el comentario en Contacto Fac 177, por una parte favoreció la construcción de los balcones al no imputarse su superficie al área de construcción permitida, pero al restringir el área no imputable, determinó que la mayoría de los constructores limitaran estrictamente el tamaño de los mismos a esa área y el usuario considerara que por su pequeño tamaño no valdría la pena mantener la integridad de esos espacios.

En fin, vale la pena reivindicar la vigencia de los balcones y mantener su integridad, sobre todo en nuestro benigno clima, que nos permiten relacionarnos francamente  con el exterior  no solo visualmente sino disfrutando a la sombra de las virtudes del aire libre.

Arq. Lesmes Castañeda

25/06/20