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Cuando desde mediados de la década de los años 80 del siglo pasado el crítico venezolano William Niño Araque comenzó a elaborar sus argumentos en torno a la existencia de una “posible” Escuela de Caracas, esgrimía que el término “no está propuesto como una manera conciliada de hacer arquitectura, ni como una tendencia, ni como un manifiesto. Se propone como una intención que abarca las múltiples visiones enraizadas con el lugar”. Con ello complementaba sus primeras aproximaciones optimistas, seductoras y llenas de redundancias poéticas hacia una serie de edificaciones que ya a partir de los años 1970 traslucían su «caribeñidad» y «tropicalidad», dos categorías que va puliendo poco a poco con la finalidad de demostrar la existencia de dicha “escuela”.
La sugerente propuesta de Niño Araque surge de la asimilación y combinación de varias ideas y premisas: el planteamiento desarrollado por Helio Piñón a comienzos de los 80 en La arquitectura de la neovanguardias (1984); la presencia de dos polos claros en la evolución de la arquitectura moderna venezolana: el abstracto (representado por la arquitectura internacional o desarrollista que se da en los 50) y el figurativo (representado por la arquitectura «populista» del mismo período); el rechazo a toda clase de planteamiento ideológico; la conformación de una teoría procedente del examen de soluciones concretas a problemas concretos, consecuencia del convencimiento de la autonomía disciplinar; el importante peso que lo expresivo y lo formal tienen definitivamente en la arquitectura; el rol jugado por las condiciones ambientales y paisajísticas de la ciudad de Caracas como detonante en la concreción de una determinada actitud hacia el lugar; y la convivencia bajo un mismo techo de respuestas muchas veces disímiles, es decir, la no necesaria coherencia que conlleva normalmente la conformación de una «escuela».


De esta manera, la «posible» Escuela de Caracas establecería su compromiso, ya no tanto con la tradición abstracta de la arquitectura moderna, sino con una simbología más figurativa, ya no con la simple eficiencia, funcionamiento y racionalidad constructiva sino «con el novedoso sentido que hoy adquiere la lógica de la historia, interpretada esta vez desde la perspectiva de la geografía tropical y caribeña». Niño Araque logra detectar que «el enfrentamiento esencial de la experiencia arquitectónica venezolana contemporánea no parece centrarse en la antigua relación forma-función de los cincuenta, ni en la forma-eficiencia tecnológica de los años sesenta, sino en la renovada visión forma-figura-lugar».
Niño Araque así parece alinearse a una poética de la figuración y de la historicidad que tiene sus antecedentes en la tradición fenomenológica que ya desde los 50 propiciaba una arquitectura del lugar y había sido retomada por algunos teóricos latinoamericanos. Poética que «sorprende a través del descubrimiento tardío de la morfología geográfica y de su topografía, de su luz, de la materia, de la vegetación, del viento y de la lluvia». Poética que apunta a una «atmósfera del lugar» que se presenta «cuando la luz dominada desde la naturaleza se introduce en un edificio concebido a partir de materiales auténticos y en geometrías instaladas sobre la geografía», haciendo que la arquitectura adquiera «su sentido de temperatura y riqueza». Poética que, contrariamente a su base empírica, aspira a convertirse en cuerpo doctrinario y a dictar las pautas sobre cómo deben ser entendidos, desde lo espacial, sus postulados.
Todo este largo preámbulo no ha tenido otra finalidad que la de contextualizar la aproximación a una casa emblemática como lo es “La Ribereña”, diseñada por Walter James (Jimmy) Alcock a solicitud inicialmente de la familia Bernárdez-Lecuna (posteriormente adquirida por la familia Cisneros), cuya construcción en un terreno de 4.000 m2 a las faldas del Ávila en la urbanización Caracas Country Club se concluye en 1976, ejemplo representativo como pocos de los argumentos con que Niño Araque buscaba justificar la existencia de aquella “posible” Escuela de Caracas.


Baste con citarlo de nuevo y con ello observar esta amplia y generosa estancia unifamiliar que, como mencionaba escuetamente su proyectista al presentarla en la VIII Bienal Nacional de Arquitectura de 1987, no sólo se ajustó al programa que “el propietario fijó para su residencia con los requisitos normales para este tipo de vivienda”, sino que definitivamente los trascendió. Niño Araque en su momento expresará, como quien está recorriendo “La Ribereña”, lo siguiente: “… entre múltiples elementos necesarios para la concepción de la arquitectura habría que señalar… desde el trópico y la geografía caribeña tres condiciones de carácter indispensable. La primera de ellas estaría dada en el juego a partir de una geometría libre, el fundamento de una estructura que mantenga consonancia con la libertad del territorio; la segunda, estaría en la materia, la presencia de una condición sólida y auténtica, poseedora de sustancialidad: la madera, la arcilla, el hormigón bruto, la piedra; la última y seguramente la condición de mayor importancia estaría en la naturaleza, pero no una naturaleza en estado virgen sometida a una visión ecologista y orgánica, sino a una naturaleza artificial, en la que el hombre señala el dominio de un orden abstraído de la propia naturaleza”.



Alcock, escueto y objetivo a la hora de explicar soluciones como las suyas llenas de sensibilidad y talento, apuntará con relación a “La Ribereña”: “Las metas arquitectónicas propuestas corresponden a la filosofía arquitectónica que particularmente aplico a los proyectos de unas viviendas unifamiliares. a) Implantación de la vivienda en el terreno, como determinante más importante, tomando en consideración todos los factores naturales del sitio (topografía, vistas, brisas, etc.) y las construcciones existentes a su alrededor; b) La calidad espacial de la casa en cada uno de sus ambientes particulares”.
El resultado estuvo, por tanto, signado por respetar las vistas hacia la falda del Ávila lo que justificó la creación de una terraza que, ubicándose en el centro del terreno, se convertirá en el espacio de mayor relevancia del proyecto. “La ubicación de la terraza en este punto, hace que sea el Este el sitio más especial de toda la casa y tendería a opacar así a los otros ambientes. Por tal razón había que recurrir a planteamientos arquitectónicos espaciales en todos los otros ambientes al mismo tiempo que pudieran competir con la calidad que ofrece la terraza”, acotará Alcock.
Trabajada bajo la condición de asemejar una fortaleza que muestra sus encantos ocultos luego de traspasar el muro ciego, lineal, paralelo a la calle que la separa del exterior, es el deslumbrante paisaje natural diseñado por Roberto Burle-Marx lo primero que asombra al hacerlo a través del cubo girado utilizado para definir el acceso. Fuentes de agua, pequeños patios junto a obras de Alexander Calder y Nedo Mion Ferraio configurarán una secuencia espacial que, lograda por el juego entre los volúmenes edificados y el muro perimetral, es todo un deleite para los sentidos.
Iván González Viso en la nota sobre “La Ribereña” redactada para Caracas del valle al mar. Guía de arquitectura y paisaje (2015) expresará: “La casa trastoca los valores de las tipologías tradicionales, se apropia del lugar y lo interpreta sensiblemente, acusando la presencia del Ávila, en un conjunto armónico compuesto por formas construidas con muros de ladrillo macizo, que dialogan construyendo patios, texturas, espejos de agua, pérgolas, vegetación, suelos y paisaje. Las áreas sociales interiores son espacios intermedios definidos por la cubierta, sin puertas ni ventanas, donde se establece una continuidad entre la construcción y la naturaleza”.


Refiriéndose en concreto a la casa, Niño Araque en el catálogo de la exposición “La casa como tema. Primera aproximación antológica de la casa en Venezuela”, realizada en los espacios del Museo de Bellas Artes el año 1989, precisará: “La Ribereña sintetiza y continúa la experiencia iniciada con la Casa López en la década anterior (que será continuada con las casas Kavac y Fisher la década siguiente, añadiríamos nosotros). La dispersión de sus volúmenes valorados por medio de geometrías opuestas, la implantación de los mismos siguiendo una suave disposición sobre la topografía y el continuo manejo de materiales cálidos, porosos y nobles (ladrillo, madera y piedra), otorgan a la casa una cálida atmósfera de hábitat de montaña. Sin embargo, esta situación es enfrentada a la radical apertura y libertad de sus espacios integrados y distanciados a la vez por uno de los más conmovedores elementos de la arquitectura venezolana: el corredor. La pérgola de acceso y la escala de llegada constituyen el punto focal y articulación que actúa como referencia tipológica de la Arquitectura Colonial y también de una segura arquitectura del Caribe, pues, en este caso, el espacio no está signado por los cerramientos sino por los efectos de escala, los efectos plásticos y cinéticos de la luz, el poder de la materia y, sobre todo, la presencia de la vegetación límite y valoración de la tridimensionalidad”.
O, en palabras de Alcock: “El área de estar se colocó en un sitio totalmente separado, de tal manera que exista absoluta libertad para su tratamiento, en lo que a niveles de piso se refiere, altura y pendientes de techo, posición y forma de sus paredes: es decir, total libertad para controlar el espacio arquitectónico, de acuerdo a los planteamientos funcionales del cliente.(…) Igual filosofía se aplica al estar familiar, dormitorio principal y hasta el área de trabajo de la cocina.(…) La casa queda compuesta por una serie de ambientes estudiados especialmente en cada caso particular e integrada al sistema total de la vivienda”.

Terminada de construir, como ya hemos dicho, en 1976 “La Ribereña”, extraordinario ejemplo de la relación entre edificación y lugar, no fue presentada en la VII Bienal Nacional de Arquitectura de 1980 (como tal vez correspondía) y sí en VIII la de 1987 donde se le otorgó el primer premio como mejor vivienda unifamiliar.
ACA
Procedencia de las imágenes
Todas. Catálogo de la exposición «Alcock . Obras y proyectos. 1959-1992», Editor A/Fundación Galería de Arte Nacional, 1992

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1967• Se concluye la construcción y abre sus puertas al público el Centro Comercial Santa Mónica, ubicado en la Av. Teresa de la Parra, entre las avenidas Agustín Codazzi y Rufino Blanco Fombona, urbanización Santa Mónica Caracas. proyectado un año antes por James Alcock (FAU UCV promoción 9/ 1959).
Entre sus notables proyectos se destacan el Centro Comercial Paseo Las Mercedes (1967); el Poliedro de Caracas (1972) y el edificio de oficinas y centro comercial Parque Cristal (1977).
El arquitecto James Alcock fue galardonado con Premio Nacional de Arquitectura en 1993 por el conjunto de su obra.
HVH

La celebración en 2003 del 20 aniversario de la creación de la Escuela de Arquitectura de la Facultad de Arquitectura y Artes Plásticas de la Universidad José María Vargas (UJMV), marca un punto de quiebre dentro de la historia de esa institución.
Del 25 al 30 de agosto de aquel año en medio de un clima de gran motivación lograda por quienes tenían en sus manos su conducción, se logró organizar un evento (cuyo afiche promocional es recogido en nuestra postal del día de hoy) que mostraba el muy buen nivel alcanzado por un centro de enseñanza que, contra todo pronóstico, venciendo las adversidades que imponían la planta física en la que se enseñaba y los míseros sueldos que devengaban sus profesores, había logrado imprimir a sus estudiantes un notable espíritu de competencia y superación.
Hay que recordar que los estudios de arquitectura en la UJMV fueron impulsados desde el mismo momento en que ella se crea en junio de 1983. Para liderizar el proyecto académico, estructurar el plan de estudios y asumir como su primer decano, fue seleccionado por la familia propietaria de la institución educativa el reconocido arquitecto y profesor Maciá Pintó quien, por haber desarrollado su carrera como docente e investigador en la Universidad Central de Venezuela, se acompañó para ir abriendo las asignaturas del pensum de profesores provenientes de esa casa de estudios.
En términos generales, los estudiantes de arquitectura, diseño gráfico, diseño industrial y museología, compartían durante los primeros semestres materias que les permitían entender las relaciones entre ellas ampliando el panorama formativo para luego ir perfilando sus respectivas vertientes profesionales. De allí la presencia durante el primer semestre de Introducción a la historia del arte y la arquitectura, Teoría del diseño y del conocimiento, Teoría de la percepción y de la forma y de Laboratorio de técnicas y métodos de Investigación junto al Taller de Diseño y Dibujo y Técnicas de Representación. Se buscaba en todo caso perfilar un arquitecto que manejase con mayor profundidad y desde muy temprano conocimientos teóricos ligados al espacio, la función, la percepción, la técnica y la forma con el acompañamiento de la maquetería, la elaboración de modelos tridimensionales y la fotografía como puntales formativos.
A la gestión de Pintó siguieron sucesivamente durante los primeros 20 años la de Ana Díaz de Tenreiro, José Luis Colmenares y Francisco Arocha profesor fundador, dedicado a dictar las materias de Dibujo Técnico, Geometría Descriptiva y Taller de Diseño Arquitectónico y también a ejercer como Jefe de los Departamentos de Diseño y de Lenguaje y Comunicación hasta que le correspondió asumir el decanato de la Facultad desde 1996 y a quien tocó en 2003, junto al equipo conformado por José Guerra como Coordinador de Diseño, José Humberto Gómez Coordinador de Teoría y Víctor Sánchez Taffur primero Coordinador del Centro de Investigación y Extensión y luego Director de la Escuela de Arquitectura, organizar la efemérides.
A lo largo de los primeros 20 años de creada fueron varias las actividades de importancia en las que intervino la comunidad de arquitectura de la Vargas. Así, en 1990 participa junto a Nave y las Escuelas de Arquitectura de las universidades Simón Bolívar y Central de Venezuela, con la colaboración de Eurobuilding y el Centro Simón Bolívar, en la organización de las 3 charlas (“Alejandro de La Sota y la arquitectura moderna en España”, “La arquitectura moderna y la idea de región” y “Le Corbusier y la India”) dictadas los días 3, 4 y 5 de diciembre por el reconocido historiador y crítico de la arquitectura inglés William Curtis en la Sala Plenaria de Parque Central.



Más adelante, en lo que podría considerarse una de sus aportaciones más relevantes, la Vargas se involucra de lleno en el montaje de la exposición “ALCOCK Arquitecto. Obras y Proyectos 1959-1992”. Para ello ya se había organizado previamente un seminario-taller dirigido por los profesores Ana María Marín, William Niño Araque, Rosita De Lisi y Joaquín Russo donde los estudiantes de arquitectura y museología emprendieron la concepción, diseño y realización de un proyecto museológico integral como aporte a la muestra, que derivó en la elaboración del hermoso cuaderno de gran formato Taller Alcock. Un aporte a la museología de la arquitectura, fruto de la experiencia conjunta realizada entre la UJMV y la Fundación GAN, que recoge los dibujos y fotos de los modelos resultantes del seminario, correspondiendo la Coordinación Editorial a María Elena Huizi (GAN) y a Ana María Marín (UJMV) la Coordinación General del trabajo.


Fruto de la experiencia denominada “Arquitectos y obras”, asignatura perteneciente al plan de estudios cuyo objetivo fue registrar el quehacer de un grupo de arquitectos venezolanos contemporáneos, quienes asistieron como invitados especiales a los cursos, en los cuales, se analizó y criticó sus obras, se hizo el relevamiento de éstas, su registro fotográfico y maquetas, aparecieron en 1993, 1994 y 1996 tres publicaciones durante la gestión de José Luis Colmenares contando con la coordinación de Alberto Navarro Gurovich, primero como Director de la Escuela y luego como Director del Centro de Investigación y Extensión. La primera estuvo dedicada a Joel Sanz, Juan Carlos Parilli y Francisco Arocha; Jorge Rigamonti; y Manuel Delgado. La segunda a Doménico Silvestro, Enrique Larrañaga y Fernando Lugo. Y la tercera a Pablo Lasala, Jesús Tenreiro y José Miguel Galia.
De tal manera, el evento que hoy nos ocupa se constituyó en un esfuerzo más por dar a entender que la Vargas podía competir de tú a tú con las universidades tradicionales en cuanto a calidad de formación y resultados obtenidos. Bajo la coordinación de Víctor Sánchez Taffur (egresado en 1994 y como ya comentamos Director de la Escuela en ese momento) se organizaron: una exposición de los Talleres de Diseño, un seminario para estudiantes, varios recorridos por la ciudad, Charlas Magistrales a cargo de distinguidos invitados y una serie de ponencias presentadas tanto por estudiantes cursantes como por egresados.
Los invitados especiales a la celebración fueron los arquitectos Jimmy Alcock, Oscar Capiello, Carlos Gómez de Llarena, Enrique Fernández-Shaw, José Miguel Galia, William Niño, Luis Polito, Pablo Rodríguez, Joel Sanz, Oscar Tenreiro, Federico Vegas, Gonzalo Vélez y Hernán Zamora.
Se contó además con la participación de los arquitectos Carolina De Vasconcelos, Gustavo Curtos, José Humberto Gómez, Hortensia Pérez, José Guerra, Alejandro Rico, Henry Rueda, Francisco Arocha, Nicola Cerone, Luciano Landaeta, Víctor Sánchez y Carmen Delgado y de los bachilleres Shirley Carvallo, María Antonia Campos, Paola Pugi, Arturo Galindo y Tomás Santana.
Lo realizado habla a las claras del esfuerzo e importante despliegue llevado a cabo en tiempos donde la Facultad de Arquitectura y Artes Plásticas de la UJMV pasaba por un momento de particular efervescencia que mantenía muy en alto su autoestima.

Al respecto, Sánchez Taffur en un sentido escrito realizado con motivo del fallecimiento de Francisco (Paco) Arocha el 2 de octubre de 2021 titulado “EL PLAN DE PACO. En memoria de Francisco Arocha Arnay (1945-2021), arquitecto, maestro y amigo”, publicado en su blog PROPUESTAS IN_CONSULTAS. Sobre arquitectura, docencia, y otros asuntos el 17 de octubre de 2021, señalará sobre el período que vivió como profesor y luego como director de escuela en la Vargas junto a Arocha: “Formamos un equipo exitoso y a mis 32 años obtuve un crecimiento personal significativo. Ganamos premios y reconocimientos internacionales, viajamos por más de ocho países en solo dos años, organizamos diferentes eventos, asistimos a congresos, propusimos espacios nuevos para la facultad, hicimos concursos y también exposiciones, fomentamos el intercambio con profesores de otras instituciones, trabajamos en publicaciones y quizá lo más importante: conformamos una excelente plantilla de docentes y una comunidad académica con mística y comprometida con aquel proyecto, que en el fondo era el de Paco, él era su guía silente desde hacía varios años y el cerebro detrás de bastidores”.
Lamentablemente, el relevante evento de 2003, como ya apuntamos, marcó un punto de inflexión dentro de los estudios de arquitectura en la Vargas. Sorpresivamente, a finales de ese año los propietarios de la universidad decidieron destituir al decano Francisco Arocha en una acción que hasta el día de no hoy no tiene otra explicación que la de buscar un cambio de rumbo orientado por intereses económicos más que académicos.
Federico Vegas, quien dio clases durante dos semestres en la Vargas el año 1989, a comienzos de 2004 escribirá en El Nacional un texto titulado “Un nuevo varguicidio” donde expresará lo siguiente sobre su experiencia como profesor, el evento de 2003 y la inexplicable sustitución de Arocha: “En verdad aquello era tierra de nadie. Había algo de limbo, de oficina pública, de lugar de paso. El siguiente semestre di clases con otra actitud. Gracias a William cambió mi visión del problema y sentí un gran respeto por aquellos héroes de la resignación, que estaban obligados a imaginar una escuela donde no habían sino aulas, pasillos y ascensores. Todo marchó bien y comencé a encariñarme con aquella desolación. La magia que fluye de la relación profesor y alumno puede vencer los peores escenarios. (…) Pasaron los años. Hace unos meses me invitaron a dar una charla en la Vargas para la «Semana del Estudiante». (…) Me impresionó muchísimo el programa de aquel evento. Hace tiempo que no se organizaba en una facultad de arquitectura del país algo tan coherente, tan amplio, tan estimulante. Si eran héroes los alumnos, estos profesores son santos con dotes milagrosas. El asunto empezó a tener sentido cuando supe que el decano era Francisco Arocha. (…) Cuando hurgué un poco más en lo que venía sucediendo en la Vargas no podía creerlo: concursos, viajes, conferencias, invitados, exposiciones. Era algo que desafiaba todas las leyes espaciales ¡Una mediocre universidad, en un mediocre edificio, tenía la mejor facultad de arquitectura del país! (…) Hoy me entero de que este pasado diciembre todos fueron despedidos: Francisco Arocha, Víctor Sánchez y otros profesores que tendrán por siempre mi cariño y admiración. (…) ¿Por qué han despedido a quienes hacían su trabajo con excelencia y con el reconocimiento de toda la comunidad de arquitectos y estudiantes? Pues muy sencillo, porque la mediocridad le tiene terror a la excelencia. Parece que hasta la misma dueña de la universidad se asustó del auge, del renombre, del ímpetu, del fervor, de la generosidad, del despertar de la facultad que constituye una parte importante de su negocio”. Con Arocha, a finales de 2003 salió todo su equipo directivo y con ellos renunciarían 28 profesores inconformes con la decisión, marcando un declive del cual aún no ha habido muestras tangibles de recuperación cualitativa.
ACA
Postal y 3. Coleeción Crono Arquitectura Venezuela.
2. https://edificioaltolar.tumblr.com/post/116221381158/venezuela-en-el-moma-el-museo-de-arte-moderno
…que en 1982 se inaugura el Hotel Barquisimeto Hilton (hoy conocido como Hotel Jirahara)?

Considerada como la segunda instalación hotelera que llevó el nombre de la reconocida operadora en el país, el Hilton de Barquisimeto puede incluirse dentro de la saga iniciada por la red de hoteles realizada por la CONAHOTU durante los años 1950 por su condición de referencia dentro de la ciudad, la calidad de sus espacios, las consideraciones de tipo ambiental, el cuidadoso diseño tanto del todo como de las partes y el alto valor que se le dio a su construcción. Si bien Barquisimeto había quedado fuera del plan realizado durante el perezjimenismo, este edificio puede ser considerado como una pieza que iguala y en muchos aspectos supera aquella ejemplar iniciativa que buscaba promover un turismo de alto nivel fuera de capital. De aquí que considerarlo como una excelente puerta de entrada a una de las ciudades más importantes del país y como punto de contacto con lo mejor de la arquitectura nacional realizada durante la época no sería ninguna exageración.

Jimmy Alcock (FAU UCV Promoción 9/1959) y Manuel Fuentes (FAU UCV Promoción 14A/1965), asociados al momento de emprender el proyecto en 1972, contaron con la colaboración de los también arquitectos Tony Mas Lara, Marisela Bruzual, los ingenieros Luchsinger, ABA Ingenieros, Carlos Basalo, Ovidio Oliveros y Arrigo de Fénix. La supervisión de la construcción fue realizada por el ingeniero Jesús Riera Montañez.
Sería bueno recordar que antes de participar en el diseño del hotel Hilton de Barquisimeto, Manuel Fuentes, en este caso asociado con Carlos Gómez de Llarena y Moisés Benacerraf, había colaborado en los proyectos del Centro Comercial Bello Monte (1968) y de la Torre Europa (1971), edificio este último al que se le otorgó el Premio Nacional de Arquitectura en la VI Bienal de 1976.
Por su parte Jimmy Alcock, algo mayor que Fuentes, ya había acumulado una importante experiencia que va desde su participación como estudiante en las oficinas de Alejandro Pietri (1956) y Roberto Burle Marx (1957), hasta su sociedad ya graduado con José Miguel Galia a través de Galia & Alcock, Arquitectos Asociados (1959-1962), independizándose en 1962 cuando comenzará a actuar desde su propia oficina. A partir de entonces puede detectarse cómo la obra construida de Alcock se encuentra concentrada fundamentalmente en Caracas, por lo que su incursión en Barquisimeto junto a Fuentes puede ser considerada como una de las pocas realizadas fuera de la capital y su entorno inmediato.


El Hilton, asociado más a la línea de trabajo de Alcock en cuanto al carácter, uso de los materiales y atinado manejo de la escala, sin dejar de reconocer la mano de Fuentes en la resolución funcional e incorporación de detalles y materiales novedosos que combinan a la perfección con su aspecto contemporáneo, se encuentra ubicado en la Carrera 5 justo en el acceso al distribuidor Jirahara, nombre con el cual tanto tempranamente como hoy en día es identificado luego de que dejase de ser operado por la cadena norteamericana. El terreno asignado tiene una superficie aproximada de 43.000 m2.
Su estratégica localización, cercana al borde de la meseta en la que Barquisimeto está implantada, con amplias y espléndidas visuales hacia en valle del río Turbio, lugar de plantaciones y haciendas desde la colonia, fue aprovechada al máximo por los proyectistas a la hora de establecer las directrices sobre las que el edificio se compondría. Así, se genera un eje, conformado por una larga avenida de chaguaramos, que divide en dos el área de estacionamiento y permite apreciar a distancia el hotel, sobre el cual se enfrenta una parte del cuerpo de habitaciones (aproximadamente un tercio, que se tenía previsto podía crecer hasta seis módulos estructurales más hacia el sureste) y se ubica el acceso.



Siguiendo esta cuidada promenade, inmediatamente se puede disfrutar de un patio interior de proporciones más bien verticales sobre el que se vuelcan los pasillos que dan acceso a dos tercios de los cuartos garantizando, además, la ventilación cruzada.
El eje, que remata finalmente con la vista sobre el valle, se desvía para permitir la creación del espacio de la piscina rodeado por un grupo de cabañas de techo abovedado que le otorgan un ambiente acorde al uso y contienen el espacio, las cuales, a su vez, tienen el privilegio de constituir un balcón hacia las visuales. Lateralmente al eje principal se desarrolla el voluminoso programa destinado a crear las áreas de convenciones, desproporcionado con relación al número de habitaciones pero pensado para servir de manera eficaz a la pujante ciudad. Es sobre este cuerpo que se ubica el último tercio de las habitaciones el cual, aunque no participan del patio, se suma para formar una barra continua con el frente hacia la calle, garantizándose una vez más la ventilación cruzada y disfrutando de la posibilidad de ver también hacia el valle del río Turbio.


De forma sucinta podemos decir que el hotel Barquisimeto Hilton (según se recoge en el catálogo de la VIII Bienal Nacional de Arquitectura. La arquitectura del lugar. 1987), tiene un área de construcción de cerca de 21.000 m2 y es entendido como una totalidad en la que se encuentran articulados todos sus componentes, claramente legibles en función de los usos que cada uno tiene asignados. Cuenta con un total de 120 habitaciones dobles (más 16 cabañas en la zona de la piscina), a las que se suma la suite presidencial, distribuidas en dos niveles especiales denominados “Convenciones y Habitaciones especiales” y cuatro plantas tipo. Las áreas sociales están “compuestas por el Lobby, la Cafetería, un Restaurant de Especialidades, Bar Discoteca, Bar de la Piscina y Gimnasio”. Los espacios para reuniones están conformados por “el Salón de convenciones con capacidad para 550 personas, salas de Conferencias y Áreas de Prefunción”. Como apoyo se cuenta con un zona de tiendas, oficinas administrativas y áreas de servicios (cocina, lavandería, depósitos, mantenimiento, etc.).
Del texto dedicado al edificio elaborado para el catálogo de la exposición Alcock. Obras y proyectos. 1959-1992, realizada en los espacios de la Galería de Arte Nacional entre octubre y diciembre de 1992, con curaduría de Hannia Gómez y William Niño Araque, rescatamos lo siguiente: “El hotel, como si fuera una gran casa, es la sumatoria de una serie de gratos espacios de estar. Entre estos, los espacios ambientalmente más logrados son la cafetería, el patio principal del hotel, con escaleras con cierto carácter escultórico y cuya fachada Oeste es una piel de metal con vidrio que va filtrando la luz, y, finalmente, la terraza del árbol.”
De la misma publicación pero procedente del ensayo “La arquitectura como paisaje” de Niño Araque se puede añadir, con respecto a Alcock, que “… compone la arquitectura, incluyendo toda situación o lejana referencia a Kahn, cercana de Le Corbusier; admite su influencia de Galia y de Fruto Vivas y finalmente adquiere con el tiempo un lineamiento proveniente de la arquitectura vernácula”. Toda una elocuente demostración de “eclecticismo criollo”.
Las referencias al edificio Altolar (1965) y el Paseo Las Mercedes (1967) son inevitables a la hora de referirse al hotel que hoy nos ocupa: al primero por el sabio manejo de la implantación y potente volumetría; al segundo por las calidades espaciales presentes en las áreas comunes del centro comercial así como por el aprovechamiento de lo aprendido en el diseño de la instalación hotelera que lo acompaña. El Barquisimeto Hilton (hoy hotel Jirahara) recibió el Premio Regional de Arquitectura en la VIII Bienal Nacional de 1987 y Alcock en 1993 sería reconocido con el Premio Nacional de Arquitectura por el conjunto de su obra.
ACA
Procedencia de las imágenes
2 y 6 izquierda. Catálogo de la VIII Bienal Nacional de Arquitectura. La arquitectura del lugar, Museo de Bellas Artes, Caracas, 1987
3, 4 derecha, 5, 6 derecha, 7 izquierda y 8. Catálogo de la exposición Alcock. Obras y proyectos. 1959-1992, Galería de Arte Nacional, Caracas, 1992
4 izquierda. https://jose402007.wordpress.com/hotel-barquisimeto-hilton-1977/.
7 derecha. http://jiraharahotel.com.ve/area-de-la-piscina/ y https://www.tripadvisor.com.pe/LocationPhotoDirectLink-g316090-d2008690-i37177684-Hotel_Jirahara-Barquisimeto_Central_Western_Region.html
9. https://barquisimetolarana.blogspot.com/2019/07/turismo-en-barquisimeto.html