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… que en 1987, en los espacios del Museo de Bellas Artes (MBA) de Caracas, se llevó a cabo la VIII Bienal Nacional de Arquitectura?

Cuando aquel año el Colegio de Arquitectos de Venezuela (CAV) -presidido por Italo Balbi- junto al Ministerio de Estado para la Cultura a través del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC) -con Paulina Gamus a la cabeza de ambas entidades- y el Concejo Municipal y la Gobernación del Distrito Federal a través de la Fundación para el Desarrollo de las Artes (FUNDARTE) -siendo Miguel Ángel Contreras Laguado gobernador y a la vez presidente encargado de la Fundación-, convocan a participar en la VIII Bienal Nacional de Arquitectura, se estaban conmemorando el XXV aniversario de la creación de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Los Andes (ULA), el centenario del nacimiento de Le Corbusier y se entraba en el año en que se celebraría el cincuentenario del Museo de Bellas Artes de Caracas que tenía en ese momento a Oswaldo Trejo como director.
Se trataba del octavo llamado en 24 años de un evento que se supone debía ser cada dos, lo cual habla a las claras de una intermitencia que luego incluso se agudizará. También marca esta Bienal un punto de inflexión en cuanto a la manera y significado que tendrá el ser distinguido con el Premio Nacional de Arquitectura, es decir, desde 1963 hasta 1987 la selección del mejor edificio u obra le daba automáticamente a su autor o autores el Premio, pasando a partir de este momento a ser otorgado el mismo, anualmente, a través del CONAC a fin de equiparar el reconocimiento a la Arquitectura como expresión artística y cultural (junto a las Artes Plásticas, la Fotografía, el Cine, la Danza, la Literatura, el Teatro, la Música, las Humanidades, los Saberes Tradicionales y la Artesanía), premiándose de esta manera una trayectoria y no un elemento o hecho puntual. Las Bienales a partir de la IX se empezaron a caracterizar por el otorgamiento de un Gran Premio a la mejor obra del conjunto seleccionado para la ocasión por un calificado jurado.
Así pues, este último eslabón del que podríamos llamar como primer ciclo a cargo del CAV, retomó la sana costumbre de realizarse después de una suspensión de siete años (desde 1980) y tuvo como tema “La arquitectura del Lugar”. Se montó en tres meses y superó los 160 trabajos aceptados, lo cual indica que el tiempo transcurrido operó como una represa que al fin abrió un aliviadero. Se modificaron las bases de confrontación y a las categorías habituales (Arquitectura Urbana, Vivienda Multifamiliar, Vivienda Unifamiliar, Vivienda y Obra de Interés Social y Arquitectura Paisajista amén de los premios Metropolitano y los Regionales), se sumaron distinciones que abarcaron todos los campos donde la arquitectura se desarrolla, reconociéndose la Restauración y Conservación, el Reciclaje y Acondicionamiento de Edificios, la Docencia, la Investigación y la Crítica e Historia.
Como bien señala Shully Rosenthal, presidente de la VIII Bienal, “más que un evento de promoción a los mejores trabajos en cada renglón, (lo mostrado) en esta oportunidad trasciende del ámbito de los Arquitectos y se muestra al público en general, como el esfuerzo que a diario realizamos en esta actividad creadora de los espacios donde el hombre se desenvuelve, visualizando en esta muestra de la Arquitectura de los años 80 la recuperación del espacio urbano, la importancia adquirida por el peatón, el nuevo sistema de transporte dentro de la ciudad, la búsqueda de nuevas soluciones tecnológicas de fuerte contenido formal, un adecuado conocimiento del contexto, la mejor interpretación a los problemas ambientales, las condiciones plásticas, todo esto conjugando y configurando nuestro paisaje cultural.”
Al revisarse todos los factores que incidieron en el llamado y montaje del acontecimiento, podría perfectamente decirse que se convirtió en el escenario que permitió ver, analizar y presentar la arquitectura venezolana de toda una década, momento en que el rescate del tema del lugar ocupaba un sitial predominante en el debate arquitectónico latinoamericano y donde asuntos como la identidad se convertían junto a él en punta de lanza desde los Seminarios de Arquitectura Latinoamericana (SAL). También le permitió a William Niño Araque, a la sazón curador de la exposición, continuar desarrollando tópicos que poco a poco le permitieron configurar una especie de plataforma desde la cual efectuar una posible lectura de lo más significativo. O, en otras palabras, seguir ejercitándose en una especie de gimnasia crítica que le permitía hablar con mayor insistencia de “La ciudad recobrada” (título del ensayo central del extenso y muy bien documentado catálogo del evento, cuya impecable publicación fue coordinada por Martín Padrón), y con ello de la Bienal como escenario de encuentros, la arquitectura como arte, el valor recobrado para el juicio estético y la consideración de la forma y sus amarres simbólicos para finalmente declarar que si durante la década de los años 70 se podía hablar de una “posible” Escuela de Caracas, en la de los 80 ya se vislumbra una alternativa que “al ‘Potenciar’ los instrumentos propios del conocimiento arquitectónico (permite) identificar durante los últimos años, una línea crítica y reflexiva que no pretende agotarse en los límites de un trabajo concreto, sino que aspira a introducir los factores espaciales en el marco más general de un reflexión sobre la identidad artística y los propios instrumentos que la arquitectura puede desarrollar.”
Así, para Niño Araque serían de destacar un grupo heterogéneo y dispar de obras “que enmarcan la producción estéticamente más interesante de cuanta se ha producido en el ámbito profesional de la última década. Con una proximidad a lo que en el resto de la experiencia plástica han sido las corrientes del minimalismo, el conceptualismo o la post-figuración, el proyecto para la nueva sede de la Galería de Arte Nacional, las estaciones del Metro de Caracas, el Edificio de la Electricidad de Caracas, la proposición para el ‘Foro Libertador’, el ejercicio ideado para la ‘Catedral del Agua’ en Ciudad Guayana, la Plaza Bicentenario o el Monasterio de Güigüe, Estado Carabobo, son algunas de las realizaciones o proyectos que van más allá del trabajo bien hecho a partir de la contradicción entendida entre la arquitectura y la creación estética en general producida en nuestra sociedad consumista y poco informada.”


En virtud de la vasta amplitud de la muestra, la decisión del jurado seleccionado para otorgar el Premio Nacional en esta ocasión, integrado por los arquitectos José Miguel Galia, Leszek Zawisza, Fruto Vivas, Gustavo Legóburu y Celina Bentata, no fue sencilla de tomar. Sin embargo, con plena justicia, la máxima distinción se le dio al Metro de Caracas y al arquitecto Max Pedemonte por la obra realizada por la División de Arquitectura de ese organismo premiando lo que Pedemonte denominó como las “Rutas Paralelas”, el conjunto de operaciones realizadas para construir y complementar la infraestructura peatonal a lo largo de las rutas del sistema de transporte subterráneo. Como ya adelantamos, correspondiendo a una segunda etapa desde que el Premio Nacional lo empieza a otorgar el CONAC, la IX Bienal se realizó en 1998, la X en 2001, la XI en 2014, la XII en 2016 y la XIII en 2019, es decir, 5 eventos en 32 años superándose con creces la falta de periodicidad mostrada durante los primeros 8 llamados. Las causas para que ello haya ocurrido y las consecuencias que ha traído pueden muy bien ser motivo de otra nota que las analice.
ACA

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Francis Kéré. Elementos primarios
VV. AA.
Editorial: AV
Año de edición: 2018
Editado por Arquitectura Viva junto con la Fundación ICO, el catálogo que acompaña la exposición ‘Francis Kéré. Elementos Primarios’ en el Museo ICO de Madrid, repasa la trayectoria completa del burkinés afincado en Berlín haciendo especial hincapié en el carácter esencial de su arquitectura.
La estructura tripartita del libro refleja el contenido de la muestra, con una sección dedicada a la interpretación de su obra a la luz de los elementos primarios de Semper; un recorrido cronológico por 33 proyectos e instalaciones; y una coda crítica compuesta por una entrevista inédita al arquitecto africano, a cargo de Eduardo Prieto, y un artículo de Luis Fernández-Galiano -comisario de la exposición- sobre la estrecha relación de Kéré con España.
ACA

Francisco Bielsa
Arquitecto
De la realidad a la utopía
Editorial Arte
2018
Catálogo de la exposición homónima del destacado y galardonado arquitecto Francisco Bielsa (Madrid, 1959), montada en los espacios del Museo Nacional de Arquitectura (MUSARQ) desde el 12 de mayo hasta este mes de diciembre de 2018.
Egresado de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela en 1982, Bielsa contó para la elaboración de la publicación con el aporte de textos preparados por Juan Pedro Posani (“La precisión, el rigor y el orden en cada acto de diseño”), Javier Cerisola (“Francisco Bielsa arquitecto, de la realidad a la utopía”) y Mónica Silva (“La composición arquitectónica y los proyectos de Francisco Bielsa”) así como una “Presentación” redactada por él mismo.
El diseño gráfico es de Zilah Rojas y las fotografías de Francisco Bielsa, Gorka Dorronsoro, Orlando Palencia, Holger Stork y Fran Beaufrand.
La edición de 220 páginas, tapa dura, es bilingüe español-inglés y su tiraje de 1000 ejemplares fue posible gracias al auspicio de hasta 15 patrocinantes. De la exposición conformada por 25 maquetas, 60 fotografías de gran formato, siete gigantografías y 36 paneles de planos y fotografías de 8” x 10”, en el catálogo se reseñan 15 proyectos de la oficina de Bielsa, entre construidos y no construidos, algunos de ellos enviados a concursos internacionales. La publicación cuenta, además, con una síntesis biográfica del arquitecto y una bibliografía selecta.
ACA

“LOS SIGNOS HABITABLES. Tendencias de la Arquitectura Venezolana Contemporánea”, abierta entre el 2 de diciembre de 1984 y el 10 de marzo de 1985, fue tal vez la primera gran exposición de arquitectura montada en el país fuera del ámbito que hasta ahora las había acogido de manera casi exclusiva: los espacios de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la UCV. Con ella, una de sus más importantes instituciones museísticas, la Galería de Arte Nacional (GAN), da un importante paso tendiente a dar cabida a manifestaciones de una profesión que ya se había consolidado como protagonista en las transformaciones urbanas y en la manera de vivir experimentada en Venezuela durante décadas, ofreciéndole al ciudadano común la oportunidad de conocer la vida y obra de algunos de sus principales protagonistas.
Tomás José Sanabria, José Miguel Galia, Fruto Vivas, Jorge Castillo, Jesús Tenreiro y Gorka Dorronsoro fueron los arquitectos seleccionados por quien coordinó el proyecto museográfico destinado a representar el contenido del sugerente título que se le dio a la muestra: William Niño Araque (1953-2010), que contó en esta ocasión con el apoyo de Tahía Rivero, Ruth Auerbach y Zuleiva Vivas.
Curiosamente, este trascendental evento se dedica a mostrar la trayectoria y obra de un grupo de profesionales que, o bien se había formado o bien habían acumulado una importante producción a la sombra de Carlos Raúl Villanueva cuya figura, aunque presente, se intenta dejar por un momento de lado. Si Villanueva había forjado el camino para la definitiva irrupción de la arquitectura moderna en Venezuela y su reconocimiento a nivel internacional, llegaba la hora de darle cabida a una reflexión más “contemporánea”, reflejada en diversas “tendencias”, representadas a través de la selección hecha de los protagonistas escogidos. Para tener una idea de ello nada mejor que leer el extenso y ambicioso ensayo titulado “La arquitectura como arte” con que Niño Araque introduce el impecable y completo catálogo elaborado para la ocasión donde, a tono con algunos textos de arquitectura en boga a nivel internacional que empezaban a eclosionar en medio de la posmodernidad, empieza a plasmar no sólo una visión de la arquitectura en general, sino de la evolución seguida por la arquitectura venezolana en particular, hasta llegar al momento mismo en que se abre la exposición, dándole así soporte a la misma. El primer párrafo del citado texto creemos que ilustra bastante bien el sesgo que Niño Araque le quiere imprimir al recorrido que emprende: “Definitivamente, los efectos de la naturaleza, la técnica y la sociedad, no son suficientes para determinar o explicar la obra arquitectónica. La arquitectura es algo más que efectividad para el uso, la construcción o la adecuación al clima. Lo que convierte una construcción en una obra de arquitectura es la capacidad del arquitecto para expresar su modo de sentir a través del edificio, y que él trata de comunicar a los demás por medio de la forma. En fin, es su carácter de obra de arte lo que transforma una construcción en obra de arquitectura y la diferencia de un simple edificio”.
Añadiremos a modo de complemento que, paradójicamente, si bien la obra de Villanueva había copado la escena arquitectónica nacional durante más de cuatro décadas, no fue ella la que inauguró la presencia de la arquitectura venezolana en un importante museo capitalino. Debió esperarse hasta 1988 (cuatro años más luego de la apertura de LOS SIGNOS HABITABLES), cuando el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas montó por todo lo alto, de la mano de Paulina Villanueva, Maciá Pintó y Pedro Sanz, “Villanueva El Arquitecto” (la más completa e importante muestra antológica que sobre el Maestro se haya realizado hasta ahora), para que ello ocurriese.
De LOS SIGNOS HABITABLES quedó como producto referencial su Catálogo de 160 páginas producido, con la asesoría de Leszek Zawisza (y el apoyo del Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas -CIHE- de la FAU UCV), por la Unidad de Diseño G.A.N. (Waleska Belisario, Carolina Arnal y Elizabeth Cornejo) e impreso por Editorial Arte con un tiraje de 1.000 ejemplares. Su valor estriba en que el material allí contenido, permitió aproximarse por primera vez con profundidad no sólo a la obra sino al pensamiento de los profesionales seleccionados.
Encabezado por el ya mencionado ensayo introductorio elaborado por Niño Araque, el Catálogo brinda la oportunidad de conocer la biografía y trayectoria de cada arquitecto a través de un texto biográfico, analítico e interpretativo que se acompaña con el despliegue del material gráfico y fotográfico que lo muestra, una entrevista que realiza el propio Niño Araque a cada uno (encabezada por un elocuente retrato) y una cronología de sus obras. Finaliza la publicación con otro recorrido cronológico en este caso dedicado minuciosamente a “la Arquitectura Contemporánea 1900/1983. Nacional e internacional” que, más allá del riesgo asumido tras cada intento de esta naturaleza, queda como un interesante cúmulo de datos y a la vez testimonio de la visión de quienes la elaboraron.
Más allá de las limitaciones e imprecisiones en cuanto a la copiosa información que encierra, quizás lo más llamativo del Catálogo sean las entrevistas realizadas, sin inhibiciones, a la medida de cada protagonista, en medio del clima distendido que ofrecía la posmodernidad, ocasión aprovechada para develar y deslastrarse de toda una serie de prejuicios previamente instalados dentro de la interpretación crítica de nuestra realidad construida.
LOS SIGNOS HABITABLES, como ya se ha dicho, marca un antes y un después en cuanto a la presencia de la arquitectura como parte de la opinión pública venezolana al permitírsele incursionar dentro de un territorio que hasta entonces no había ocupado. También le abrirá la puerta a sucesivas exposiciones temáticas o sobre la obra de arquitectos sobre quienes existía alguna deuda en cuanto a su reconocimiento, que se darán durante el resto de la década y con mayor intensidad a lo largo de los ’90, dejando tras de sí un valiosísimo material producto de las curadurías realizadas y las indagaciones sobre las que se soportaron. También permitió el despegue de William Niño Araque como referencia en cuanto a una manera de ejercer la crítica la cual ponía en práctica como asiduo articulista y divulgador de la arquitectura venezolana dentro de la prensa nacional. Dicha labor la complementó en buena medida formando parte de la Galería de Arte Nacional y también como fundador e integrante de la Fundación Museo de Arquitectura, siendo el artífice de que la arquitectura empezase a ocupar desde entonces con mayor asiduidad los espacios museísticos.
Su tarea de ir mostrando “la excelente y variada calidad de nuestra producción arquitectónica” tiene su inicio justamente cuando asume el compromiso de montar LOS SIGNOS HABITABLES. Desde entonces Niño Araque logró desarrollar una disertación optimista, exagerada y seductora, difusa y ambigua, llena de redundancias poéticas cargadas de guiños fenomenológicos, donde si algo se hace notorio es su capacidad de emocionarse ante los edificios que trasluzcan “caribeñidad” y “tropicalidad”, dos categorías que va puliendo poco a poco con la finalidad de demostrar la existencia de una “posible” Escuela de Caracas, que para él había empezado a incubarse ya a partir de los años 70 del siglo XX de la mano de un selecto racimo de buenos arquitectos. Su empeño por alejarse de toda contaminación ideológica y académica que hasta el momento había signado la crítica arquitectónica y el darle mayor peso a una labor divulgativa cargada de voluntarismo y buenas intenciones, le permitieron crear un espacio donde la emotividad, el eclecticismo teórico y la condescendencia propios de su actuar permitirán siempre recordarlo.
ACA