ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 197

Si algún concurso nacional de arquitectura copó la escena venezolana en una década cargada de certámenes de ese tipo, fue el que se abrió en 1986 para proyectar la sede de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas (FCJP) de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

Siendo una de las instancias más longevas de cuantas conforman la primera y más antigua casa de estudios del país, la FCJP junto a su sede habían quedado inexplicablemente relegadas dentro del desarrollo del campus de la Ciudad Universitaria de Caracas, debiendo ocupar “temporalmente” parte del edificio destinado a la Facultad de Humanidades y Educación (FHyE), hasta tanto se resolviera el lugar y condiciones más propicias para dar el paso de dotarla de espacios propios y de una edificación digna de su estatus histórico dentro de los estudios universitarios. En otras palabras, el impulsar la realización de esta obra se había convertido para la UCV durante muchos años en una importante asignatura pendiente sometida a las presiones de quienes podríamos considerar sus influyentes dolientes.

Quizás valga la pena recordar que, según se recoge en http://www.ucv.ve/organizacion/facultades/facultad-de-ciencias-juridicas-y-politicas/acerca-de-la-facultad/resena-historica.html: “El inicio de los estudios de Derecho en el país se remonta al 16 de agosto de 1716, cuando bajo los auspicios del Obispo Fray Francisco del Rincón, el licenciado Antonio Álvarez de Abreu inauguró una Cátedra de Instituta o Leyes en el Seminario de Santa Rosa de Lima, con el fin de instruir a los jóvenes del país en el conocimiento jurídico. Estos estudios no facultaban para el ejercicio profesional, debiéndose dirigir los interesados a otros países para culminar su preparación. Posteriormente, al ser elevado al Seminario de Santa Rosa a la categoría del Real y Pontificia Universidad de Caracas, la de Leyes fue una de las nueve Cátedras con las cuales la Universidad creada en 1721 comenzó a funcionar el 9 de agosto de 1725. (…) Una vez consumada la independencia, el gobierno republicano incrementó los programas con el estudio de Derecho Público y de Gentes, así como también en la Constitución Nacional. Posteriormente, los Estatutos Republicanos del Libertador de 1827 unificaron los estudios de Cánones y Civil en la Facultad de Jurisprudencia, a la vez que incluían un nuevo plan de estudios para la misma. (…) La antigua Facultad de Jurisprudencia, que luego se denominó Facultad de Ciencias Políticas, Facultad de Derecho y, a partir del año 1976, Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, está constituida por dos Escuelas: La Escuela de Derecho y la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos; por cuatro Institutos de Investigación: Instituto de Estudios Políticos, Instituto de Ciencias Penales y Criminología, Instituto de Derecho Privado e Instituto de Derecho Público, además de un Centro de Estudios para Graduados.”

Así, cuando las autoridades de la UCV emprenden el proceso que conduciría a determinar la localización y programación de lo que sería la sede de la institución, con el auspicio del Colegio de Arquitectos de Venezuela (CAV), dejan en manos del profesor Alfredo Roffé la elaboración de una acuciosa y detallada programación del edificio y de la Dirección de Planeamiento la decisión de ubicarla en los terrenos localizados en el sector al norte de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU), ocupados durante años por una serie de galpones de carácter provisional consolidados a través del tiempo.

Pero, sin duda alguna, fue la posibilidad de incorporar una edificación nueva dentro de un campus considerado una referencia nivel mundial, proyectado por Carlos Raúl Villanueva, el atractivo y el reto que venia asociado a este concurso, lo cual produjo una importante convocatoria a la que acudieron un alto número de participantes, pese a las restricciones programáticas, las exigencias que privaron para la entrega del material a ser evaluado y al nivel de desarrollo que se aspiraba alcanzaran las propuestas.

El veredicto del jurado integrado por Martín Vegas (quien lo presidió), Domingo Álvarez, Juan Pedro Posani, Eduardo Sanabria y Humberto Sardi arrojó como ganador el trabajo presentado por Guillermo Frontado y Enrique Larrañaga (egresados ambos de la primera promoción de arquitectos de la Universidad Simón Bolívar en 1977, quienes contaron con Franco Micucci como colaborador), correspondiéndole el segundo premio a John Gardner, Alfredo Leoni y Maciá Pintó.

La sociedad Frontado-Larrañaga venía de obtener en 1985, junto a Vilma Obadía y Alberto Rivas, Mención Honorífica en el Concurso para el Palacio Municipal del Distrito Sucre, Caracas, Venezuela. Por otra parte, Larrañaga, asiduo participante en eventos de este tipo había sido reconocido con el segundo premio en el Concurso para el Centro Cívico San Cristóbal, San Cristóbal, Venezuela en 1979 junto a Lourdes Bracho; con el segundo premio en el de la Plaza Caracas, Caracas, Venezuela, en equipo con Lourdes Bracho y Margarita De la Iglesia también en 1979; y con el segundo premio en solitario en el Hands-on Steel Competition, Yale University School of Architecture New Haven, CT (1982), mientras cursaba estudios de maestría en esa institución.

Portada de la revista PUNTO nº 66-67 de 1997 donde se registra los resultado del concurso para la sede de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas (FCJP) de la Universidad Central de Venezuela (UCV)

Los resultados, expuestos al momento del veredicto en la sede del CAV en La Urbina y luego en la FAU UCV, aparecen en una completa reseña publicada tardíamente en la revista PUNTO nº 66-67 de 1997, dedicado al tema “Arquitectura y política” que, valga decir, estuvo durante más de 12 años preparada y lista para salir pero que los constantes problemas presupuestarios y burocráticos de la universidad impidieron que así fuera.

El texto elaborado por Frontado y Larrañaga para PUNTO, titulado “Proyecto para la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas /UCV”, por tanto, data de una fecha muy cercana al momento del desenlace del certamen. En él desarrollan, a modo de introducción, una declaración de principios acerca de lo que para ellos significa participar en concursos de arquitectura que hemos considerado importante reproducir, ya que soporta con toda claridad la actitud irreverente pero consecuente con sus ideales de la propuesta presentada: “Participar en un concurso de Arquitectura ha sido para algunos visto como la entrada a una competencia profesional de carácter casi deportivo, en la cual cada arquitecto debe demostrar sus habilidades creativas, lucir sus cualidades, y ganar la justa. Nuestra aproximación a los concursos ha venido siendo, desde hace algún tiempo diferente. La responsabilidad implícita en la reunión de un grupo de profesionales pensando sobre un mismo problema tiene que conllevar una aproximación más comprometida con la naturaleza del ejercicio profesional, libre de las presiones diversas presentes en otras situaciones de proyecto. Esta situación extraordinaria no puede ser desperdiciada en otra ordinaria actitud de enfrentamiento, de competencia, de disputa, sino de confrontación ideológica, de compartir (hasta quizá enfrentar), valores, modos, posiciones y prioridades, en beneficio de la intensidad y utilidad del debate profesional, pero también, y acaso principalmente, de la responsabilidad de la profesión ante temas de interés publico, como suelen ser los propuestos en los concursos. No nos interesa dilucidar destrezas, si ellas están mal orientadas y van a producir resultados equivocados, que hubiéramos podido evitar: no nos interesa ‘ganar’, si es a base de perder nuestra dignidad y respeto personal, pretendiendo ignorar la importancia de determinados hechos porque así convenga a nuestra vanidad; no nos interesa, tampoco, ser ‘creativos’ u ‘originales’, siendo ciegos o, cuando menos, ingenuos, porque no nos interesa creer, ni creemos, que las acciones del ser-arquitecto sean independientes de las acciones del ser-ciudadano, ni que las acciones del gremio puedan mantenerse autónomas o antagónicas a los hechos de la ciudad.”

Láminas de la propuesta ganadora presentada por Enrique Larrañaga y Guillermo Frontado

La propuesta en sí se planteó como estrategia, en primer lugar, alejarse de las restrictivas condiciones impuestas en las bases concurso con la finalidad de seguir con la línea de pensamiento ya expresada. “El planeamiento estrechamente pragmático sobre la disponibilidad de terreno” y el entender que “la manera como se planteaba la pregunta para el concurso conllevaba una serie de respuestas equivocadas”, llevaron a los autores a “la búsqueda de la pregunta adecuada, referida a las condiciones propias y permanentes del programa y de su sitio”. Por tanto, “… se buscó evidenciar la contradicción existente en el planteamiento elaborando una alternativa técnica a los condicionamientos impuestos por las circunstancias existentes, al proponer una estructura puente por encima de los galpones que obstruían una ubicación saludable y conveniente, que así permitió disponer el edificio de una manera cónsona con el sistema general de la Ciudad Universitaria”.

Se asumía así un esquema típicamente corbusiano que permitía liberar las plantas bajas para ubicar allí las actividades de mayor afluencia de público, dejando para lo que se elevara el resto de las actividades desarrolladas alrededor de un sistema de patios: aulas y oficinas por un lado y biblioteca por el otro.

El jurado, según palabras de los ganadores, tuvo el coraje de ir más allá de los límites impuestos para “respaldar un planteamiento que creyó más sano”, dejando como evidencia del camino a que conducía el estricto cumplimiento de las bases el otorgamiento del segundo premio.

Lo presentado por Frontado y Larrañaga, muy atractivo desde el punto de vista gráfico, como ellos mismos reconocen no era más que “el esqueleto de una respuesta arquitectónica concebida, ante todo, en términos morales”, por lo que también reconocieron en aquel momento “el valor de una institución que, como en pocos concursos, ha seguido con el proceso previsto en el mismo”, lo cual vaticinaba un final feliz que lamentablemente no se dio.

La sociedad Frontado-Larrañaga se rompió poco después correspondiéndole al segundo llevar adelante el largo, tortuoso y difícil desarrollo del proyecto definitivo que ha pasado por las fases de: anteproyecto 1989, anteproyecto revisado 1990, anteproyecto re-revisado 1993 y, conjuntamente con Vilma Obadía, anteproyecto reformulado 2000, anteproyecto reformulado revisado 2002 y anteproyecto reformulado revisado otra vez 2003/2004, siempre a solicitud de las “valientes” autoridades que lo respaldaron y en particular las de la FCPJ, quienes exigieron en 2000 y 2002 redimensionar la edificación y contemplar la posibilidad de su construcción por etapas.

Finalmente, los vericuetos burocráticos, la falta de recursos y, en definitiva, de voluntad política, impidieron que se pudiera emprender la construcción de la obra, pasando de nuevo a ser tanto la temporal ocupación de la FCJP de los espacios de la FHyE como la permanencia de los galpones que se encuentran en el terreno asignado situaciones que, como tantas otras que ocurren en nuestro país, apuntan a ser definitivas.

ACA

ACLARATORIA Y COMPLEMENTO del 23/02/2020

Enrique Larrañaga, gran amigo, miembro de la Fundación, siempre dispuesto a colaborar, nos ha escrito con la intención de precisar una serie de asuntos relacionados con la publicación la semana pasada, como acompañamiento a la Postal nº 197, de la propuesta ganadora del Concurso para la sede de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas (FCJP) de la UCV, la cual elaboró junto a Guillermo Frontado con la colaboración de Franco Micucci.

Nos aclara Enrique, con razón, que la imagen que ilustra la postal no forma parte del material presentado para el concurso en 1986, el cual si se recoge en el desarrollo del texto proveniente de la revista PUNTO nº 66-67. El dibujo en cuestión corresponde a la propuesta presentada en 1990 cuando ya trabajaba en solitario, la cual estuvo precedida por “dos anteproyectos anteriores (el ‘formal»’ se presentó en 1988 y la universidad entró en un larguísimo paro durante el cual se desarrolló otro en 1989 y, ya en 1990, el que se presenta en la Postal)”, todo lo cual no hace sino sumar más elementos al largo camino que se tuvo que transitar.

También nos aporta que posteriormente a la propuesta de 1990 “…se produjo un largo hiato que, pasando por tres decanos, tuvo varios intentos infructuosos de retomar el hilo. Ya en 2000, con las nuevas directrices del Plan Rector (Dorronsoro-Posani) se hace un nuevo anteproyecto (contratado por INSURBECA y desarrollado junto a Vilma Obadía) que otra vez cae en espera, se ajusta en 2001, luego en 2002 y creo que finalmente en 2004 o 2005 pero sin éxito para seguir adelante”, como bien señalamos en la nota de la semana pasada.

Luego de sumar algunas vicisitudes internas acaecidas en la FCJP que han colaborado a que el trabajo se haya congelado, sin que por ello Larrañaga haya dejado de insistir en devolverle la temperatura y ritmo necesarios con el apoyo del exdecano Alberto Arteaga (quien estaba al frente de la FCJP al momento de convocarse el concurso), señala lo siguiente: “…de los más de 25.000 m2 que se pedían en el concurso, la última versión (ya no en desarrollo vertical sino en algo así como ‘dos niveles y dos medios’) no llega a 17.500 m2; igual, no es una tontería de metraje…”.

Para finalizar, nos refrescó Larrañaga las razones de la “inexplicable” ausencia de un edificio para la FCJP dentro del campus de la Ciudad Universitaria de Caracas en los antiguos terrenos de la hacienda Ibarra, que creemos importante compartir dentro del tono coloquial y de confianza con que nos escribió: “Cuando se propone mudar la Universidad ‘allá lejísimos’, parece que los abogados (siempre una fuerza en el país y la universidad) no estaban muy complacidos con la idea (me imagino que algunos también pueden haberse sentido más a gusto en los edificios semi-góticos del centro que con las ‘extravagancias’ que proponía ese muchachito Villanueva por allá perdidos, más lejos que el final de la ciudad). Encontraron la excusa perfecta: el Poder Legislativo nos consulta con frecuencia y donde estamos es sólo cuestión de cruzar la calle. Haya sido por esa comodidad o por la anteriormente descrita resistencia, el hecho es que no se mudaron por decisión propia. Hasta que con los años me imagino se habrán sentido como aislados en el Centro, el edificio se convirtió en Biblioteca Nacional y Palacio de las Academias, y Derecho (creo que aún no existía Estudios Políticos) quedó errante. Con su poder y tamaño, invadieron el edificio de Humanidades y lo dominan aunque sigan estando en una posición marginal; y de ahí a los galpones, donde fundamentalmente funcionan post-grados (previsto que se muden a un edificio que diseñó Jesús Tenreiro y que también espero; aunque ese tiene proyecto completo con toda la ingeniería de detalle) y algunas aulas de Estudios Políticos (uno de los galpones es o al menos era de Bioanálisis y el otro de Ingeniería ambos bastante poco utilizados)”. Este completo relato creemos redondea y complementa de forma cabal el texto que elaboráramos la semana pasada por lo que no nos queda sino agradecer a Enrique y proceder, por lo pronto, a cambiar la imagen publicada de la postal nº 197 por la correcta, colocando en su lugar la elaborada como plano de conjunto formando parte de la entrega del concurso en 1986. La incorrecta aparece hoy encabezando la nota a modo de recordatorio y la corregida como punto final.

Postal nº 197 definitiva


Cuando montemos el texto ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL en el blog de la Fundación llevaremos a cabo los ajustes e incluiremos la información generosamente aportada por uno de nuestros más asiduos seguidores.

ACA

¿SABÍA USTED…

… que en 1920, en San Juan de los Morros, abre sus puertas el “Gran Hotel Termal”, primogénito de los hoteles nacionales?

1. Gran Hotel Termal, San Juan de los Morros (circa 1920)

Ciro Caraballo Perichi cuyo libro Hotelería y turismo en la Venezuela gomecista (1993) hemos comentado y utilizado en diversas ocasiones en este boletín, se ocupa de otorgarle un importante espacio a la relación entre las “termas de salud” y la aparición en torno a ellas de lugares destinados al alojamiento que, traducidos en muchos casos en grandes hoteles, han permitido otorgarle al hidrotermalismo un lugar preponderante dentro del desarrollo del turismo a partir del siglo XIX.

En un primer momento, dentro de la “Introducción”, en el apartado titulado “De la terma de salud a la terma de placer”, Caraballo afirma: “El edificio de alojamiento en los balnearios termales, fue una de las estructuras hoteleras de mayor desarrollo durante el siglo XIX. La facilidad de transporte ferrocarrilero puso al alcance de grandes masas de la población numerosas fuentes hidrotermales y termales, cuyo uso había sido altamente ponderado por sus cualidades sanitarias y curativas desde el siglo XVIII. En términos generales, las edificaciones hoteleras en los grandes centros balnearios respondían a uno de los dos conceptos funcionales vigentes: aquellas que surgían como respuesta a la revitalización de los modelos clásicos del baño termal, casi todas de corte neoclásico; y aquellas que respondían a conceptos naturalistas, cuyas edificaciones seguían la corriente arquitectónica del romanticismo, utilizando para su construcción madera y piedra”.

Dado el importante desarrollo de los centros termales como instalaciones hoteleras durante el siglo XIX y principios del XX, Caraballo amplía sus comentarios llevando a cabo un breve pero sustancioso repaso histórico del tema a partir de la consideración de tres momentos. En el primero de ellos, titulado “Del baño como acto purificante a la terma de placer”, se introduce el valor y papel simbólico que ha tenido el agua a través el tiempo, su utilización como agente purificador asociado muchas veces a ritos religiosos, y la detección de la presencia del baño termal en los más tempranos establecimientos poblados de Egipto, Asia Menor, Japón o Mesoamérica, sin dejar de mencionar que si bien es conocido el uso ritual de termas en la Grecia clásica  “cabe a los romanos el haber llevado el edificio termal a su más alto nivel conocido, sólo comparable con algunas instalaciones otomanas del siglo XVI”.

El segundo momento, que lleva por título “La Ilustración: Racionalidad, salud e hidrotermalismo”, da cuenta del impulso tanto en Inglaterra como en Francia a partir del auge de los postulados del racionalismo y la Ilustración a mediados del siglo XVII de “un movimiento de carácter científico que buscaba el mejoramiento de la salud de los pobladores de las grandes ciudades a través del desarrollo de la higiene”, dándole así cabida al surgimiento de nuevas clases de edificios entre los que encontraban grandes hospitales, cementerios extraurbanos y casas de baños públicos. De estos últimos, aquellos que se ubicaran en el campo y de ser posible próximos a una fuente de agua mineral o termal, mejor. De esta tendencia queda el registro de la aparición de criterios formales y funcionales cuyo punto culminante lo establecería la incorporación de las edificaciones balnearias como tema en los concursos de la Academia de Beaux Arts de París.

Finalmente, llega Caraballo a “La Estación balnearia termal del XIX” como tercer momento en el desarrollo del tema en lo atinente a la aparición establecimientos termales con instalaciones permanentes a partir de la finalización en Europa de las guerras napoleónicas. Durante el siglo XIX tanto en el Viejo Continente como en Norteamérica se pone de moda y a la vez se masifican las visitas periódicas a estos lugares, los cuales cambian su carácter sanitario por el de ambientes de esparcimiento y placer. Caraballo no dudará en afirmar que “los sitios termales abrían … uno de los caminos del turismo contemporáneo”.

En nuestro país, de forma más modesta, se puede apreciar cómo el tema también guarda una particular relevancia hasta el punto de ocupar el segundo capítulo del libro que nos sirve de guía, titulado “Salud y alojamiento: Venezuela siglo XIX”. Sin entrar a profundizar en los diferentes apartados que lo constituyen donde se da cuenta de los “Sitios de temperar: el ferrocarril como medio”, de los “Balnearios de mar y río” y de los “Baños hidroterapéuticos y sitios termales”, si nos detendremos en este último a modo de vínculo con el edificio centenario que ha dado origen a esta nota.

Es interesante apreciar como “desde los inicios mismos del siglo XIX, se suceden estudios sobre los recursos termales en nuestro país”, y cómo más allá de las propiedades curativas que se levantan a modo de inventario en casi todo el territorio “en la Capital de la República aparecieron hacia finales del siglo XIX, los baños públicos de carácter hidroterapéutico, de clara inspiración europea” siendo ejemplos destacados los “Baños del Valle” y las instalaciones de Caño Amarillo. Sin embargo “los centros de esta categoría que captaron la mayor atención desde finales del siglo XIX, y que en el transcurso del siglo XX lograron desarrollarse, al punto que con sus altas y bajas, aún permanecen funcionando en nuestros días son: ‘Las Trincheras’ y ‘San Juan de los Morros’ ”, los cuales contarían con el apoyo para el desarrollo de su infraestructura primero de Guzmán Blanco y luego de Juan Vicente Gómez.

Al comienzo del subcapítulo “Los vapores sulfurosos de Guarume y San Juan”, Caraballo señala: “El territorio actual del Estado Guárico, en las inmediaciones de San Juan de los Morros y del poblado de Parapara, existen dos centros de aguas termales que cobrarán mucha importancia al tener como usuario al General Guzmán Blanco; las aguas termales de Guarume y la fuente de Aguas Hediondas en San Juan de los Morros iniciaban, en 1875, su proceso de equipamiento”. Aunque son las poco conocidas aguas termales de Guarume las que Guzmán llegó a visitar, actuando prácticamente como “conejillo de indias” en cuanto a tratar sus dolencias y, por ende, beneficiarse de los efectos curativos que ellas proporcionaban, su paralelismo en cuanto a apertura al publico y construcción de las primeras instalaciones con las Aguas Hediondas de San Juan es total. Se supone que Guzmán seguramente tuvo oportunidad de llegar hasta el pequeño manantial del que surgen las aguas sulfurosas de la hoy capital de Guárico en su viaje a Parapara y Guarume.

2. Baños Termales. San Juan de los Morros, 1918. Fachada oeste (arriba) y planta (abajo)

Las obras que se realizarían en San Juan, registradas en plano anexo a la Memoria del Ministerio de Obras Públicas (MOP) de 1875, consistirían en “la construcción de un estanque para el almacenamiento de las aguas y tres piletas individuales. Gruesas columnas toscanas sostenían una cubierta en pabellón, siendo esto toda la infraestructura construida entonces. El autor del proyecto fue el ingeniero Antonio María Casano López, mientras  que las obras estuvieron a  cargo del ingeniero Serrano”.

Para 1893 las instalaciones de San Juan estaban abandonadas, situación que se prolongó hasta inicios del siglo XX cuando serían rescatadas “contando con el aval científico de las más altas autoridades termales de Europa” reforzado en 1926 con la visita del Dr. Louis Blanc, médico de las instalaciones balnearias francesas de Aix-les Bains. Sin embargo, ya poco antes de 1920 “la mano paternal del Benemérito llevaría de nuevo el progreso a las aguas sulfurosas de San Juan, con la construcción del ‘Gran Hotel Termal’ ”.

3. Gran Hotel Termal. San Juan de los Morros, 1920. Planta (arriba) y fachada (abajo)

En cuanto al hotel propiamente dicho, se le considera el «primogénito» de una red de “hoteles nacionales” que durante el gobierno de Gómez se desarrollaron en virtud de la importante presencia gubernamental tanto en su construcción como en su funcionamiento. Al “Gran Hotel Termal de los Baños” de San Juan de los Morros se le sumará en 1928 el “Hotel Miramar” en Macuto y culminará con la inauguración en 1930 del “Hotel Jardín” en Maracay. Su desarrollo obedece al nexo que desarrollaría Juan Vicente Gómez con el lugar en el que se encontraban las aguas sulfurosas, donde pasaría largas temporadas en su residencia de “Las Adjuntas” (alrededor de la cual “surgirían suntuosas viviendas vacacionales de los familiares y allegados del Benemérito”), lo que lo llevó, en primer lugar, a ordenar “la refacción completa, a la moderna, del edificio del balneario, captando suficiente agua para cien baños diarios, a fin de que los vecinos y los temporadistas puedan, con todas las comodidades apetecibles, gozar de las saludables aguas…”. Las obras le fueron comisionadas al ingeniero Leonardo Jiménez.

Por su parte, la construcción del “Hotel Termal” complementaría la infraestructura del balneario y estaría asociada a la realización de una carretera pavimentada entre San Juan y Maracay, lugar de residencia permanente de Gómez. Las obras se iniciaron en 1919 y fue concebido como “una gran casa de huéspedes” dentro de la familiar urbanización ocupada por Gómez y su séquito. Su proyecto, como señala Caraballo, muy probablemente fue desarrollado en la Dirección de Edificaciones del MOP, quedando la supervisión a cargo de los ingenieros Rafael Díaz y Guillermo A. Salas, siendo este último quien lo finalizaría.

El hotel fue diseñado inicialmente como una edificación de una planta organizada “alrededor de un patio central rodeado de corredores que permitían el acceso directo a las habitaciones, todas con baño privado, las que distribuidas en dos alas alcanzaban un número cercano a la docena. En el cuerpo central del lado norte se encontraban los salones, los cuales abrían a los corredores externos que servían tanto de terraza-estar como de salón de baile y cinematógrafo en las horas nocturnas. Se enfatizaba la fachada principal mediante una doble escalinata, la cual actuaba como pieza ornamental del conjunto, que permitía a los huéspedes disfrutar de la gran terraza…”. En su lado sur como complemento se ubicaron dos pabellones a doble altura que contendrían el comedor y un salón especial con sus áreas de apoyo: cocina, locales y patio de servicio.

4. Gran Hotel Termal. San Juan de los Morros. 2ª etapa. Planta (arriba) y fachada (abajo)
5. Postal del Gran Hotel Termal. San Juan de los Morros (circa 1920)
6. Fotografía de la 2ª etapa del Gran Hotel Termal (circa 1925)
7. Huéspedes disfrutando de las instalaciones del hotel

Rápidamente las doce habitaciones del hotel inaugurado en 1920 resultaron insuficientes debido a la atracción que ejercían las constantes presencias de Gómez, y ya que las dimensiones de los servicios así lo permitían muy pronto (antes de 1927) se procedió a ampliarlo. “La estructura base se conservó, duplicando las habitaciones en planta baja, las cuales fueron construidas en los antiguos corredores laterales. Otro grupo de habitaciones se realizó en la terraza. El esquema general se mantuvo al construirse de nuevo las galerías laterales, a tiempo que se demolía la escalera, duplicando de esta manera el ancho del corredor delantero, el cual pasó a convertirse en el gran hall del hotel. Las galería se repitieron en el segundo piso, a fin de dar acceso a las habitaciones allí ubicadas; el número total de aposentos fue entonces elevado a un total de treinta”.

Técnicas mixtas caracterizaron la construcción, usándose al comienzo una combinación de techos de madera, caña, brava y tejas (propios del hotel original) que se sustituyeron parcialmente con la ampliación por placas de cemento con malla sobre perfiles metálicos.

En parte, gracias al empuje que trajo para la región la construcción del hotel, San Juan de los Morros es decretada en 1933 capital de estado Guárico (desplazando a la señorial población de Calabozo), decretándose desde el Gobierno la construcción de una serie de obras públicas acordes a tal condición, viviendo la instalación una época dorada en la que se promocionaban muy bien sus bondades como lugar terapéutico y de recreación que si por algo se vieron afectadas fue por la notable diferencia de su ocupación entre las temporadas cuando Gómez lo convertía en su “casa de huéspedes” y el resto el año, y por su lejanía de las redes ferrocarrileras a pesar de los esfuerzos que se realizaban por ofrecer transporte terrestre hasta la estación Cagua del Gran Ferrocarril Alemán. En 1929, en las inmediaciones del hotel se niveló un terreno para que sirviera de pista de aterrizaje acercándolo aún más a distancias antes impensables.

8. Diversas imágenes del estado actual en que se encuentran las instalaciones del hotel

Tras la muerte del Benemérito el 1935 todas las villas y edificaciones que se habían construido a sus alrededores fueron expropiadas y el Hotel Termal comenzó a languidecer pasando por etapas de deterioro y abandono como la que lo caracteriza actualmente. Siendo propiedad el Gobierno Regional se ha convertido, tras sucesivas promesas de rescate sobre su muy golpeada infraestructura, en todo un símbolo de la desidia y la incapacidad como si no se tratase de una obra de interés publico y valor patrimonial.

ACA

Procedencia de las imágenes

1, 2, 3 y 4. Ciro Caraballo Perichi, Hotelería y turismo en la Venezuela gomecista, 1993

5, 6 y 7. Colección Crono Arquitectura Venezuela

8. https://www.eltubazodigital.com/noticias-de-guarico/guarico-huerfano-de-hotel-termal-a-guarida-de-indigentes-y-malandros/2018/11/27/

VALE LA PENA LEER

Entra el espectro. Foster en Hampstead

Luis Fernández-Galiano

02/01/2020

Tomado de arquitecturaviva.com

En algunas obras de Shakespeare los fantasmas intervienen decisivamente en el relato, y así ocurre en Hamlet, Macbeth, Julio César, Ricardo III o Cimbelino. En la obra de Norman Foster, los espectros de algunos proyectos no construidos definen puntos de inflexión en su trayectoria, y de ello son buenos ejemplos el concurso de Newport en 1967, el Climatroffice con Buckminster Fuller en 1971 o la sede de la BBC en Portland Place entre 1982 y 1985. La casa familiar de Hampstead, proyectada en 1978-79, es uno de esos fantasmas cuya existencia inmaterial se extiende sobre muchas otras obras materiales, y sin cuya intervención en el desarrollo de la trama es imposible explicar el itinerario de exploración de Norman Foster.

Localizada cronológicamente en el periodo de charnela entre la terminación del Sainsbury Centre y el comienzo del proyecto de la sede del banco de Hong Kong y Shanghái, Hamstead se ha interpretado convencionalmente como una extensión de la doble piel del Sainsbury y como una anticipación del expresionismo estructural del rascacielos de Hong Kong, del Renault Distribution Centre en Swindon o de los prototipos de mobiliario que darían lugar al sistema Nomos, pero la investigación exhaustiva de Carlos Solé Bravo multiplica por ocho las presencias fantasmagóricas de esta casa soñada, y exponencialmente su influencia en los trabajos de Foster durante los años siguientes.

La difícil relación entre la técnica y lo doméstico —que manifiesta igualmente otro proyecto no realizado, la casa autónoma y geodésica que el británico imaginó con Fuller en 1982— impregna de diferente forma las ocho versiones que Solé ha extraído de su inmersión en los archivos de Foster + Partners en Londres y de la Norman Foster Foundation en Madrid, así como de sus conversaciones con algunos de los que intervinieron en aquellos doce meses —entre el verano de 1978 y el de 1979— de exigente esfuerzo experimental: el propio Foster, los arquitectos Peter Busby y Richard Horden, y el ingeniero Tony Hunt, recogidas todas ellas en un apéndice del volumen. Actuando con la libertad del que es su propio cliente, y con el riesgo del médico que usa su propio cuerpo como campo de pruebas, Foster alumbró ocho propuestas, fantasmagóricamente materiales en sus maquetas y fragmentos, que dialogan entre sí y con la obra posterior del arquitecto.

Ninguna de ellas llegó a adquirir cuerpo en el solar de Hampstead, pero la búsqueda que las fue dando a luz les otorgaría también su propia voz, y sus acentos se oirían alto y claro en multitud de obras que entrarían más tarde en el escenario, de igual manera que en sus palabras hay ecos de las ideas y las formas de Charles y Ray Eames o de Ezra Ehrenkrantz, personajes del drama en su acto americano. Philip Roth utilizó una acotación de Macbeth —Exit Ghost, que aquí se tradujo como Sale el espectro— para cerrar su saga de Nathan Zuckerman, y Carlos Solé ha enriquecido la saga del arquitecto con ocho nuevos figurantes fantasmáticos que hacen más complejo el argumento de la historia, multiplicando las sombras soñadas del matrimonio entre tecnología y vida cotidiana en la casa non nata de Norman y Wendy Foster: entran los espectros.

Carlos Solé Bravo

Norman y Wendy Foster en Hampstead. El sueño de la casa tecnológica

Diseño, Buenos Aires

2019

335 páginas

ACA

VALE LA PENA LEER

De la pradera a Gotham. Wright en Nueva York

Luis Fernández-Galiano

30/12/2019

Tomado de arquitecturaviva.com

La factoría Wright produce publicaciones sin pausa, la mayoría prescindibles. No es el caso de los dos libros de Yale University Press que exploran la ambivalente relación del arquitecto con la ciudad de Nueva York. Redactados por dos excelentes historiadores, se ocupan del inicio y del final de un vínculo que se extendió a lo largo de medio siglo. Anthony Alofsin, un especialista en el arquitecto que ya trató sus ‘años perdidos’ en Frank Lloyd Wright.The Lost Years, 1910-1922: A Study of Influence (University of Chicago Press, 1993), evoca su primera visita documentada a Nueva York en 1909, pero se concentra en el periodo comprendido entre 1925 y 1932, durante el cual la ciudad «le dio la vuelta, sacándolo de la crisis personal y profesional para crear el escenario de sus décadas finales como el campeón americano de la arquitectura moderna», y todo ello a través de dos proyectos que no llegarían a construirse, una catedral colosal y un nuevo prototipo de rascacielos. Francesco Dal Co, por su parte, narra con rigor y convicción, poniendo al día la versión italiana de 2004, el prolongado proceso de proyecto y construcción del Museo Guggenheim, ‘la obra maestra iconoclasta’ de Wright (como ya hiciese en su monografía del Centro Pompidou, también publicada por Yale University Press y reseñada en Arquitectura Viva 193), desde su encargo en junio de 1943 hasta su culminación en octubre de 1959, seis meses después de la muerte del arquitecto.

Aunque asociamos Wright a la pradera y a Chicago, Nueva York desempeñó un papel esencial en su biografía, como desveló persuasivamente Herbert Muschamp (Man About Town. Frank Lloyd Wright in New York City, MIT Press, 1983), que antes de convertirse en el influyente y polémico crítico de arquitectura del New York Times —una función que desempeñó entre 1992 y 2004— produjo un relato brillante y erudito de la relación entre el genio que estableció ‘Taliesin East’en una suite doble del Hotel Plaza y la ciudad que amaba odiar, y donde dejó su obra más popular y visitada. Tanto Alofsin como Dal Co mencionan el trabajo primero de Muschamp en sus muy útiles y extensos apéndices sobre fuentes y bibliografía, en el primer caso elogiando su agudeza interpretativa, y en el segundo valorando su utilidad para entender los denodados esfuerzos de

Wright para obtener el apoyo de la opinión pública y las élites de la ciudad.
En la investigación minuciosa de Alofsin aparece un protagonista insólito, el reverendo William Norman Guthrie, un escocés excéntrico y visionario que encargó a Wright la Catedral Moderna y la torre de apartamentos en los terrenos de su iglesia, St. Mark’s Church in-the-Bowery, extendiendo su papel de cliente al de amigo, confidente y guía espiritual del arquitecto. Quizá de forma menos inesperada, en la magistral historia de Dal Co toma un relieve singular el polígrafo Lewis Mumford, sociólogo, filósofo y urbanista que el profesor veneciano equipara a Wright como los dos protagonistas intelectuales de la arquitectura americana del siglo XX, la complejidad de cuya relación se refleja a través de los libros, los artículos y la correspondencia entre ambos, y que tuvo a Nueva York como escenario privilegiado. La ciudad que Frank Lloyd Wright llegara a describir como una ‘cárcel inhabitable’ rescató al arquitecto en diferentes etapas de su biografía, alimentó en cada ocasión su energía creativa, y le permitió levantar frente a Central Park su más elocuente testamento.

Anthony Alofsin
Wright and New York. The Making of America’s Architect

Yale, New Haven y Londres

2019

343 páginas

Francesco Dal Co

The Guggenheim. Frank Lloyd Wright’s Iconoclastic Masterpiece

Yale, New Haven y Londres

2017

174 páginas

ACA

NOVEDADES EDITORIALES DE AQUÍ Y DE ALLÁ

Estrategias y efectos de escala

Luis Suárez Mansilla

Fundación Arquia

Colección arquia/tesis

Madrid

2019

Nota de los editores

La arquitectura permite al ser humano habitar un espacio acorde a su propia dimensión y, al mismo tiempo, dotarlo de una referencia a la dimensión del universo. Encarna la construcción ordenada del encuentro entre el hombre y el mundo, dando la medida de ambos de forma simultánea. La escala es el parámetro que regula y registra esta interacción inevitable, expresando su condición dimensional en presencia de un contexto y codificada por el filtro de la percepción. Su capacidad operativa permite orientar la lectura de la obra arquitectónica y construir efectos significantes.Estrategias y efectos de escala aborda el estudio de la escala como concepto específicamente arquitectónico y certifica su valor instrumental dentro del proceso generador de la arquitectura. La progresiva recuperación de su cometido significante, impulsada por el debate sobre la nueva monumentalidad iniciado en Estados Unidos en 1943, supuso la reparación del vector contextual, dañado por la autosuficiencia funcionalista moderna, y la reactivación de la escala como instrumento regulador de tal relación. En este marco operativo temporal y geográfico, seis obras son estudiadas en detalle: Lever House (1950-1952), Albright-Knox Art Gallery (1958-1962) y Beinecke Rare Book Library (1960-1963) de Gordon Bunshaft; Begrisch Hall (1959-1961), Whitney Museum (1963-1966) y Becton Center (1966-1970) de Marcel Breuer. El recorrido analítico a través de las obras arquitectónicas seleccionadas permite identificar un amplio espectro de operaciones contextuales, estrategias y efectos escalares que conforman un catálogo operativo de la escala arquitectónica que trasciende lo contingente y reivindica su valor didáctico y disciplinar.

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Nos interesan temas relacionados con el desarrollo urbano y arquitectónico en Venezuela así como todo lo que acontece en su mundo editorial.