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ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 65


La Colección Espacio y Forma, primera publicación periódica de carácter institucional de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV, nace, como reza en la presentación de su primer número, como consecuencia de una preocupación “por la ampliación cultural del alumnado”, con la intención de ir “publicando, periódicamente, las conferencias pronunciadas en el Auditorium de esta Facultad”, tras el anhelo de las autoridades de “dotar a los futuros profesionales de la Arquitectura de una sensibilidad predispuesta para todo lo que es consustancial con los goces del espíritu, como son: la música, la pintura, la escultura, la literatura, etc, etc.”.
La materialización de este proyecto se debe a Antonio Granados Valdés (1917) durante la gestión (1958-1962) del decano Julián Ferris (1921-2009), cuando ya se respiraban aires democráticos en el país. Aunque ambos figuran como directores de la Colección del nº 1 al 10 (momento en que Granados la asume en solitario), bien sabemos que fue gracias al tesón del profesor de origen español que se logró la periodicidad adecuada durante el tiempo que estuvo al frente del Departamento de Extensión Cultural (1959-1978), lapso en que aparecieron 19 de los 23 números.
Tiene el privilegio de inaugurar la colección el texto “Los primitivos italianos y su mundo espiritual” de Edgardo Giorgi Alberti (Director para entonces del Instituto Venezolano-Italiano de Caracas), conferencia dictada en el Auditorio de la FAU UCV el 23 de mayo de 1957. Sin entrar a analizar el por qué de este privilegio ni a describir el contenido de la disertación, sí nos interesa subrayar la intensa actividad desplegada a lo largo de 1957 (cuando aún era decano Willy Ossott en los estertores de la dictadura), lo que le permitió a Granados acumular material suficiente para cubrir la salida de los 5 primeros números aparecidos todos durante 1958. También cabe destacar cómo a partir del nº 2 la publicación adopta el formato cuadrado que la caracterizó, quedando el nº 1 como un hecho excepcional dentro del conjunto.
Lo recogido como producto de diferentes intervenciones realizadas siempre en el mismo recinto, llenó de contenido a Espacio y Forma hasta el nº 10 (mayo de 1962) donde aparece “La imagen del hombre en el arte contemporáneo” de Arturo Uslar Pietri.
A partir de número 11 -abril 1963- (coincidiendo con la llegada al decanato de Víctor Fossi), la publicación comienza a espaciar su periodicidad y a dar cabida a diferentes escritos y ensayos convirtiéndose en termómetro de los diversos intereses académicos que se movían en la Facultad y en acompañante menor de la revista Punto, proyecto al que Granados le empezó a dedicar una mayor atención.
No debe, sin embargo, dejarse de señalar la importancia ya histórica que tienen los números 13 (agosto 1965) y 16 (julio 1972) en que se recogen los «Escritos» y los «Dibujos» de C.R. Villanueva, respectivamente, fruto de la inocultable veneración que Granados sentía por el Maestro.
Pasada la Renovación, también tiene pleno significado el hecho de que el último número (el 19, octubre 1977) editado por la gestión de Granados durante el decanato de Américo Faillace, haya contenido el texto “Historia de la arquitectura y lucha de clases” de Manuel López y el primero de la gestión de Henrique Vera al frente del nuevo Centro de Información y Documentación (con Eduardo Castillo como decano de la FAU), “La Unidad Docente: premisas e implementación de José Miguel Menéndez (el 20, febrero 1980). Tres números y diez años después, cuando se llega al 23, en diciembre de 1990, Espacio y Forma se detiene.
La colección completa de esta publicación referencial se encuentra montada en el portal de Ediciones FAU UCV (www.edicionesfau.com) y puede ser descargada libremente por quienes estén interesados en adentrarse en los temas que constituyen su variado contenido.

ACA

ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 64

Desde que por iniciativa del empresario local Luis Rodríguez Caso se empieza a gestar la idea de organizar una “Exposición Hispano-Ultramarina”, “Exposición Internacional España en Sevilla” o “Exposición Internacional Hispano-Americana” (1909), hasta su apertura con el rótulo definitivo de “Exposición Iberoamericana” el 9 de mayo de 1929 en el Parque María Luisa de la capital andaluza, siguiendo el plan general del arquitecto Aníbal González, transcurren 20 años salpicados de numerosas vicisitudes que permiten contextualizar en cierta medida la presencia venezolana en este evento.
Ideada en un comienzo para promocionar a Sevilla como destino de invierno para una clase social alta centrando su actividad más en la historia, el arte, las fiestas y el folclore que en exponer logros técnicos o industriales (objetivo que sí constituyó el tema central de la Exposición Internacional de Barcelona organizada en las mismas fechas), para resolver los acuciantes problemas de la ciudad y modernizar las infraestructuras urbanas, es, sin embargo, el componente ideológico oculto tras el debate sobre la relación histórica entre España y la América Hispana lo que se fue poco a poco posicionando como eje central de un debate que salpicó la actitud de buena parte de los países participantes en la Exposición  con respecto al papel del anfitrión, personificado desde 1923 por la dictadura de Primo de Rivera cuyo régimen aprovecha para convertirla en logro al otorgarle el apoyo definitivo que, traducido en intervención del ente organizador, terminará permitiendo su realización.
Amparo Graciani García en “Presencia, valores, visiones y representaciones del  hispanismo latinoamericano en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929” (2013) señala al respecto: “La aceleración definitiva se produjo tras la inclusión de la Exposición Iberoamericana como elemento del programa político de la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930), quien en su ideario político -basado en el Hispanoamericanismo y la Hispanidad– diseñó un nuevo imaginario españolista en torno a la raza (hispana) como principal elemento identitario del espíritu nacional. Mientras abogó por la hegemonía de la raza hispana, sus declaraciones acerca de las culturas y etnias regionales eran cada vez más restrictivas. Así pues, la raza pasó a ser el eje principal del discurso ideológico de la Exposición”. Recordemos como condimento adicional que la denominación “Día de la raza” pensada como celebración que “uniese” a España e Iberoamérica se gesta en 1913 y la oficializa el gobierno peninsular el año 1918 eligiéndose para ello el 12 de octubre. De esta manera el objetivo inicial de “promover los valores hispanoamericanos, potenciar un armónico fraternalismo entre las repúblicas americanas y la metrópoli, y recuperar el prestigio español -perdido tras la Paz de París-”, trocó en un tenso clima que permitió a políticos, arquitectos y artistas exhibir, además de sus tradicionales productos, “su particular visión y misión de la raza, su raza nacional, a través de los pabellones representativos”, asuntos en su mayoría ajenos al desprevenido visitante del evento.

Así, la participación de los diferentes países latinoamericanos en la Exposición Iberoamericana podría clasificarse entre aquellos que asumieron el predominio de la raza hispana (en sintonía con los lineamientos oficiales del régimen de Primo de Rivera), como es el caso de Argentina, y aquellos que reaccionaron a tal premisa siguiendo la ruta de la exacerbación de los valores de sus particulares nacionalidades oscilando “entre el indigenismo y la exaltación del mestizaje” como son los casos de México, Bolivia, Colombia, Perú y Chile. También, bajo este patrón se puede desentrañar el compromiso adquirido por unos países u otros en cuanto al control del diseño de sus respectivos pabellones, pudiéndose hablar en definitiva de “pabellones nacionales” versus “pabellones nacionalistas” proyectados o bien por arquitectos nativos de los países representados o bien asumidos por el Comité Organizador asignando el encargo a arquitectos españoles. Acudieron al certamen un total de dieciocho estados americanos, además de Portugal, Marruecos, Guinea y las diferentes regiones españolas y provincias andaluzas.
La actitud asumida por Venezuela a la hora de determinar la manera como debía hacer su aparición en la Exposición Iberoamericana de Sevilla con un edificio propio, si bien pareciera revelar la presencia de un “pabellón nacional”, luce alejada al debate de fondo que hemos intentado ilustrar. El haber finalmente encargado el diseño al arquitecto gaditano Germán de Falla y Matéu (1889-1959), sumado a su provisionalidad derivada del hecho de haber sido uno de los pocos demolidos al no ser firmado un contrato de cesión con el ayuntamiento sevillano, nos dejan de nuevo una desazón que luce difícil de explicar, a sabiendas, gracias a la investigación hecha por Orlando Marín -recogida en La nación representada: La arquitectura de los pabellones de Venezuela en las exposiciones internacionales durante el siglo XIX (2006)-, de que fueron evaluadas “tres propuestas recogidas por la Comisión designada por el gobierno de Juan Vicente Gómez en Sevilla para contratar el proyecto del pabellón venezolano”, una de ellas elaborada en Venezuela.
En todo caso, la que en definitiva resultó ser nuestra representación nacional en Sevilla “cuyo costo ascendió a Bs. 179.303,38, constaba de tres salas de exposición organizadas simétricamente alrededor de un patio central rodeado de corredores. La fachada principal, más bien austera y de líneas simplificadas, muestra en el volumen de acceso el empaque de un arco del triunfo apenas intervenido por cornisas molduradas y listones pintados. La puerta de entrada está flanqueada por dos grandes lámparas de pared y la remata una inscripción con el nombre del país. Un poco más al fondo, sobre la puerta de entrada, también se ha pintado el escudo nacional”, tal y como señala el documentado estudio de Marín.
El haber seleccionado Germán de Falla un austero neocolonial como estilo que debía representarnos en Sevilla permite detectar no sólo la manera como un arquitecto europeo interpretaba nuestro pasado, sino también recordar que ya para la época los rasgos propios de dicha manera ecléctica de rescatar nuestros ancestros hispanos de la “leyenda negra” que los arropó luego de la gesta independentista, se empezaban a imponer en buena parte de la arquitectura residencial caraqueña, donde la impronta de rasgos modernistas aún no se reconocía con claridad. El tránsito entre un país predominantemente rural y otro de carácter más urbano o de una economía agraria a la petrolera ya se encontraba plenamente encaminado signado por una bonanza que contrastaba con el crac que en octubre de ese mismo año de 1929 sufría la bolsa de Nueva York dando inicio a la «gran depresión».

ACA

Procedencia de las imágenes

Postal. https://www.todocoleccion.net/postales-andalucia/postal-sevilla-exposicion-iberoamericana-1929-pabellon-venezuela-original~x42268644

1. https://es.wikipedia.org/wiki/Exposici%C3%B3n_Iberoamericana#cite_note-iberoamericana-91