Mientras el país se encuentra trastornado por la violencia desatada contra quienes ejercen su derecho a disentir, y una buena parte de la sociedad civil está movilizada exigiendo el cumplimiento de la Constitución, muchos se preguntarán qué sentido tiene seguir enviando este Contacto semanal como quien no se hace eco de lo que acontece y como dando a entender que no está pasando nada. De allí que hayamos tomado la decisión de redactar esta breve e infrecuente nota con la intención, no sólo de disipar posibles dudas sobre nuestro compromiso con un país que aspiramos diferente al que ahora tenemos y por el que hay que luchar para rescatar del atraso, de la crisis en que se encuentra sumido y de la obcecada actitud de una camarilla que sólo busca perpetuarse en el poder, sino para insistir en la importancia de mantener vivo cualquier reducto, por muy modesto que sea, que se empeñe en reivindicar nuestra memoria, en ofrecer insumos para revisitar nuestro pasado y sobre todo brindar herramientas para reconstruir un futuro que avizoramos diferente. Seguiremos, pues, desde aquí, muy atentos a cuanto acontezca, sin dejar de expresarnos libremente con actitud crítica cuando corresponda, construyendo cultura y ciudadanía. Evitaremos en lo posible pontificar desde el conocimiento o la experiencia adquiridos buscando, sencillamente, compartirlos de forma tal que sea accesible a la mayoría de nuestros lectores. Mirar al frente, vencer el pesimismo, enfrentar el desánimo, trabajar con ahínco y resistir con firmeza, convencidos de que vendrán tiempos mejores, es y seguirá siendo nuestro norte.
En 1989, Ieoh Ming Pei —nacido el 26 de abril de 1917, justo hoy 100 años— vería terminado su proyecto más importante: la pirámide de acceso al Museo del Louvre. La pirámide fue encargada en 1983 por el entonces presidente de Francia, Francois Mitterrand —al que algunos, al verla, acusaron de creerse un faraón—, y se convirtió, en muy poco tiempo, en un icono, con reminiscencias a la propia trama urbana de París, conectado en línea recta con dos símbolos que buscan construir una visión imperial de la capital francesa: el Arco del Triunfo —monumento construido a la gloria de Napoleón e inspirado en el Arco de Tito de Roma— y el Obelisco de Lúxor —desplazado de su originaria ubicación en Egipto.
Pese a las críticas por realizar un proyecto con un fuerte contraste respecto a su contexto, el éxito fue rotundo, convirtiéndose en uno de los puntos de mayor atracción del propio museo —aunque seguramente muy lejos de La Gioconda de Leonardo—, relegando a un segundo plano al antiguo palacio que, pese a su importancia histórica, política y arquitectónica, sirve de contraste en las numerosas fotos que los turistas dedican a la pirámide. Al tiempo, permitió mejorar el acceso al museo a través de un subterráneo e incrementar con eficacia el número de visitantes. Con el tiempo, este trabajo de Pei ha llegado a ser parte integral de la ciudad y de diversas ficciones de la cultura popular. Así, la (terrible) película francesa Belphegor vinculó las maldiciones del antiguo Egipto con la forma de la obra; mientras que el Código Da Vinci se atrevió a ocultar bajo una obra de apenas tres décadas —concretamente bajo la pirámide invertida que existe en el museo— un enigma milenario que vendría a desestabilizar nuestro mundo occidental. Todo, sumado, permitió que I.M.Pei acabara como uno de los arquitectos más famosos, incluso entre el público no especializado, como prueba haber aparecido incluso en la popular serie The Simpsons. Puede que el éxito desbordante de esta obra, relegara muchos de sus trabajos y éxitos anteriores y posteriores. Sin embargo, el arquitecto chino-americano tiene en su haber una dilatada trayectoria que incluye logros tan importantes como el premio Pritzker o la medalla de oro de la AIA, así como destacados proyectos como la National Gallery of Art, la Biblioteca y Museo Presidencial de John F. Kennedy, la torre del Banco de China, la Embajada de Estados Unidos en Uruguay, la ampliación del Museo de Historia de Berlín o, ya en los últimos años, el Museo de Arte Islámico de Doha, todo un ejemplo que sintetiza su interés por el uso de geometrías claras pero capaces de no dejar indiferente.
La postal del día de hoy nos muestra un fotomontaje que mira hacia el este de la ciudad de Caracas del proyecto para el Centro Urbano El Recreo, una de las tres incursiones que Marcel Breuer llevó cabo en nuestro país, junto al anteproyecto de un edificio de apartamentos recreacionales diseñado para Tanaguarena en 1958 en compañía de Julio Volante (ver Contacto FAC, nº 1, 30-10-2016), y a su asistencia como invitado internacional al IX Congreso Panamericano de Arquitectos en 1955. El proyecto para el Centro Urbano El Recreo se origina en un concurso de ideas de carácter privado organizado por el Banco Unión, propietario del terreno de 40.000 m2 donde se desarrollaría, del cual resultó ganador el equipo integrado por Ernesto Fuenmayor y Manuel Sayago de entre cinco grupos participantes.
1. Planta baja del conjunto
Tal y como se señala en el acucioso trabajo llevado a cabo por Viviana Mujica, presentado en la Trienal de Investigación FAU 2014 bajo el título “El Centro Urbano El Recreo, un modelo de construcción de la ciudad”, la ambiciosa propuesta presentada por Fuenmayor y Sayago, llevó a los promotores a buscar apoyo financiero en los Estados Unidos (en particular el Colonial Trust Bank) y a proponer la incorporación de un arquitecto reconocido internacionalmente. El consorcio norteamericano recomendó dejar de lado a Alvar Aalto (con quien inicialmente los proyectistas venezolanos habrían preferido trabajar), para finalmente optar por el arquitecto húngaro, radicado en Nueva York, Marcel Breuer. Así, la empresa El Recreo, S.A. constituida para el desarrollo de la propuesta, contrató en igualdad de condiciones para efectos de reconocimiento de los créditos correspondientes al equipo conformado por los arquitectos Marcel Breuer, Ernesto Fuenmayor y Manuel Sayago, apareciendo Herbert Beckhard como asociado.
2. Vista del conjunto desde el noreste con el contexto de 1958 -1960
Breuer acepta el programa propuesto por Fuenmayor y Sayago que les permitió ganar el concurso (que incluía a actividades comerciales, recreativas, culturales y de oficinas así como amplios espacios públicos), pero incorpora para su desarrollo otro esquema de organización basado en la idea de big unit (gran unidad) que ya venía desarrollando. Tal y como recoge Viviana Mujica: “La gran unidad sugiere una manera de planificar la ciudad, que se construye a partir de conjuntos integrados por volúmenes que albergan y combinan distintas funciones, a su vez que conforman espacios en el exterior para las actividades públicas, evitando zonificar la ciudad con la separación de usos y la congestión causada por la movilización de la población hacia determinadas zonas en horas específicas del día, manteniendo el equilibrio en la ciudad. La propuesta (…) está pensada como un sistema flexible que permite adaptarse a cualquier condición de la geografía a intervenir, con principios que facilitan el desarrollo de las ideas arquitectónicas de quien la ejecute”.
3. Alzado este
El conjunto, que debía salvar 10 metros de desnivel entre la avenida Casanova y la Venezuela (en sentido norte-sur), estaba limitado hacia el este por la calle El Recreo y tenía como vecino al oeste el Centro Profesional del Este, quedó conformado (tal y como lo muestra la imagen de la postal) por dos cuerpos comerciales, dos salas de cine, cuatro torres de oficinas, una tienda por departamentos y una plaza, así como de un estacionamiento que debía albergar 3.600 vehículos, modulados a través de una retícula estructural de 10 mts. x 10 mts. que permitía relacionar los diferentes elementos que lo conforman. Como bien señala Mujica: “Se utilizó un basamento que abarca toda el área del lote, generando un plano horizontal continuo e ininterrumpido, que regulariza las diferencias topográficas del terreno al nivel de la avenida Casanova, sobre el que se disponen los distintos cuerpos y contiene los niveles de estacionamiento”. La plaza, que se desarrolla en la mitad norte, es el verdadero corazón de la propuesta. Su espacio fluye hasta los bordes del terreno bajo los volúmenes que la delimitan y se posan sobre ella dejando sus plantas bajas libres. Por otra parte, el uso del concreto armado permite a Breuer no sólo resolver la estructura del conjunto sino poner de relieve una vez más la manera escultórica como lo trabajaba en las cubiertas o cuando los soportes llegan al suelo. El tratamiento de las fachadas permite notar una clara adaptación a las condiciones climáticas de un país como el nuestro. Cuando en 1960 se concluye el proyecto ya se vivía la crisis en que se encontraba sumido el sector de la construcción luego de la caída de Pérez Jiménez, por lo que la realización del Centro Urbano El Recreo quedó paralizada. Agotados los intentos para el inicio de las obras de construcción, la compañía El Recreo, S.A. decidió plantear un conjunto de torres de viviendas y volúmenes para equipamientos a ser financiadas por una entidad de ahorro y préstamo que se le encarga a los arquitectos Fuenmayor y Sayago, del cual solo se construyeron (en la esquina sureste) los edificios Farallón y Centinela en 1963, valioso testimonio de su fructífero contacto con Breuer.
4. Ubicación del terreno en fotografía aérea de 1958
Lo que pudo haber sido una señal más de coherencia en cuanto al desarrollo urbano de un sector importante de la ciudad quedó truncada desde el mismo momento en que los propietarios deciden dividir el lote. La imagen caótica que hoy arroja la sumatoria de Farallón y Centinela con la Torre América (1979), el Hotel Meliá Caracas (1987) y el Centro Comercial El Recreo (1992), ajenos a cualquier visión de conjunto, es una clara consecuencia de ello, independientemente de los valores arquitectónicos que cada pieza pueda tener por separado.
ACA
Procedencia de las imágenes
Postal y 3. Trasnocho Arte Contacto (TAC). Our Architects en Caracas. Arquitectura norteamericana en Caracas, 2017
Dentro de las políticas adelantadas por la Dictadura perezjimenista tendientes a mejorar el medio físico y hacer de la obra pública su baluarte fundamental, una de las que con más empeño se siguió fue la correspondiente a dotar el país de una amplia red de hoteles, acorde con el potencial turístico que siempre Venezuela ha tenido y con la visión nacionalista que el Nuevo Ideal Nacional sostenía. Así, casi desde el mismo momento en que asume en solitario la Presidencia de la República, Pérez Jiménez crea en 1953 la Dirección Nacional de Turismo dependiente del Ministerio de Fomento, responsabilizada de hacer el plan hotelero correspondiente con base en una serie de edificaciones existentes, a las que se incorporarán otras de nueva planta ubicadas en lugares de gran valor desde el punto de vista turístico, con lo que se abarcará prácticamente todo el territorio nacional. El listado de instalaciones con que se contará, abarca, en primer lugar, los conocidos como “Hoteles Nacionales”, heredados de las iniciativas adelantadas durante la época en que Juan Vicente Gómez gobernó el país (1908-1935), entre los que se encuentran: el hotel Maracay (1919) en Maracay, el «Hotel Termal» en San Juan de los Morros (1920) –ambos proyectados por la Sala Técnica, Dirección de Edificaciones del MOP-, el hotel Miramar (Alejandro Chataing, 1928) en Macuto, y el “Hotel Jardín” (Carlos Raúl Villanueva, 1929), también en Maracay. A dicha lista, habría que agregar los financiados a través de participaciones accionarias del Ministerio de Fomento, conjuntamente con el sector privado, entre los que se encontraban: el albergue Pico de El Águila (Mérida) y el hotel El Corozo (San Cristóbal); los hoteles Caribe (Las Piedras) y Nueva Cádiz (Pampatar), ambos en la Isla de Margarita; Cuatricentenario y Nueva Segovia (Barquisimeto); y los hoteles Tamanaco (Caracas), Del Lago (Maracaibo), Cumboto (Puerto Cabello), Coromoto (Guanare), Apure (San Fernando), Amazonas (Puerto Ayacucho), Barlovento (Higuerote), Torres (Carora), Bolívar (Ciudad Bolívar), Guácharo (Caripe), El Junkito (Distrito Federal) y San Felipe (Yaracuy), dispersos a lo ancho de la geografía nacional. Luego, paulatinamente, el Ministerio de Fomento, una vez adquirida la mayoría de las acciones de las compañías de hoteles en que se involucró, aumentará su poder de decisión y ejecución, contemplando varias etapas, desde mediados de la década de los 50, en la complementación de la llamada “Red Hotelera Nacional”. En la primera etapa se inaugurarán los hoteles Trujillo (Trujillo), Bella Vista (Isla de Margarita, Nueva Esparta) y Miranda (Coro, Falcón). Para la segunda etapa, la Dirección de Edificios y la recién creada Corporación Nacional de Hoteles y Turismo (CONAHOTU) estarán participando directamente, en la escogencia de los terrenos, revisión de los proyectos y fiscalización de las obras, de los hoteles Maracay (Maracay, Aragua), Llano Alto (Barinas), Prado Río (Mérida) y El Tamá (San Cristóbal, Táchira). Los hoteles Humboldt (Parque Nacional El Ávila, Caracas) Guaicamacuto (Litoral Central, Vargas), Cumanagoto (Cumaná, Sucre) y Moruco (Santo Domingo, Mérida) estarían previstos para la tercera etapa. El Aguas Calientes (Ureña, Táchira), debería incorporarse a la primera etapa pese a no aparecer mencionado en las memorias oficiales. Se trata, pues, de un total de doce edificaciones que constituirán la red gestionada directamente por la CONAHOTU, ilustradas como parte de la significativa imagen propagandística de la época que acompaña esta reseña. Con el criterio de ir convirtiendo cada hotel en punto de partida para el fomento del turismo interno, se llevó a cabo la contratación de los 12 proyectos, que gracias a la importante gestión del ingeniero Daniel Camejo Octavio (quien para 1951 había participado en la construcción del Laguna Beach Club, el Bahía Mar y posteriormente el club Puerto Azul), son otorgados a los más destacados arquitectos u oficinas de arquitectura que había en aquel momento en el país, localizadas básicamente en Caracas. Así, el Trujillo será contratado a Alberto Chávez, el Bella Vista a la oficina Vegas & Galia (Martín Vegas y José Miguel Galia), el Miranda a la firma OTEPI de Eduardo Arnal, el Maracay y el Guaicamacuto a la oficina Malaussena & Silveira (Luis Malaussena y Manuel Silveira), el Llano Alto a la oficina Carpio & Suárez (Oscar Carpio y Guillermo Suárez), el Prado Río y el Cumanagoto a Tomás José Sanabria y Julio Volante, El Tamá a Julio Volante, el Humboldt a Tomás José Sanabria, el Moruco a Fruto Vivas y El Aguas Calientes a la oficina Ferris & Vegas (Julián Ferris, Juan Andrés Vegas y Gustavo Ferrero Tamayo). Ahondar en el análisis de este grupo de edificios podría conducir a clasificarlos por regiones, por tipologías o por el carácter asociado a la manera como enfrentan la relación entre modernidad y tradición, a lo que podría añadirse la valoración del sentido del lugar donde debieron construirse o la conciencia de estar representando un país a los ojos del viajero que los disfrutaba. De todo ello nos iremos ocupando paulatinamente en próximas entregas contando con que este texto sirva de nota introductoria.