Archivo de la categoría: Vale la pena leer

VALE LA PENA LEER

Una breve historia de la arquitectura a través de la fotografía

Giovana Martino

21 de agosto de 2022

Tomado de ArchDaily

El pasado 19 de agosto se celebró el día mundial de la fotografía, herramienta fundamental para el registro del imaginario de nuestra sociedad. Si, por un lado, la fotografía es protagonista de diálogos que involucran arquitectura y ciudad, retratando momentos históricos y realzando edificios, por otro lado, nos guía por el contexto y el backstage del momento, eternizando el proceso.

La primera imagen grabada en papel fue realizada por Joseph Nicéphore Niepce, un inventor francés nacido en 1765 que se interesó por las enseñanzas de Leonardo Da Vinci sobre los métodos y efectos de la cámara oscura. A principios del siglo XIX, después de que varios pintores y dibujantes utilizaran la imagen invertida resultante de la cámara oscura para reproducir la realidad en sus dibujos, los inventos y descubrimientos relacionados con la Revolución Industrial permitieron fijar una imagen proyectada desde esta herramienta sobre papel o metal. A principios del siglo XIX, utilizando una caja de madera orientada hacia el jardín y un papel tratado químicamente, Niepce logró imprimir la imagen de su patio trasero en la hoja, dando como resultado la que se considera la primera fotografía de la historia -que tuvo como objeto principal la arquitectura de un jardín residencial.

La técnica mejoró a lo largo de los siglos XIX y XX cuando se empezaron a realizar impresiones en papel fotográfico y también evolucionó la tecnología de los dispositivos. Con el siglo XXI, la fotografía impresa cayó en desuso y finalmente llegamos a la era digital, con cámaras digitales y teléfonos celulares. Con su popularización, la fotografía se ha convertido en una herramienta tanto para registrar momentos familiares icónicos como grandes escenas históricas, como un medio para perpetuar la cotidianidad y el contexto banal, convirtiéndose en un objeto casi investigativo del pasado, que también es visto por la historia de arquitectura. Además de registrar los grandes edificios como objetos y obras de arte para admirar, la fotografía también pudo registrar los procesos constructivos de obras emblemáticas.

El Empire State Building, por ejemplo, comenzó a construirse en 1930 en Nueva York, marcando un avance fundamental en la arquitectura con el uso del hormigón y el acero que, combinados, permitieron que los edificios crecieran verticalmente, iniciando un nuevo proceso global de densificación urbana. Bajo la dirección del estudio de arquitectura Shreve, Lamb & Harmon Associates y la empresa de construcción Starrett Bros. & Eken, la estructura se elevó a un ritmo de 4,5 pisos por semana, completando los 102 pisos en solo 1 año y 45 días de construcción. El fotógrafo y sociólogo Lewis Hine registró el proceso de construcción del Empire State en fotografías icónicas que muestran los riesgos que esta técnica supondría para la construcción desde entonces.

A partir de la década de 1940, la arquitectura moderna se consagró en todo el mundo con nombres como Le Corbusier, Mies Van der Rohe y Frank Lloyd Wright. La construcción de Brasilia, a fines de la década de 1950, mostró el uso de hormigón armado en formas nunca antes vistas. Con un sitio de construcción literalmente del tamaño de una ciudad, la odisea atrajo a trabajadores de todo el país a una región remota, creando grupos urbanos que luego se convertirían en las conocidas ciudades satélite. El fotógrafo franco-brasileño Marcel Gautherot capturó en imágenes el sitio de construcción de ese período, registrando la inmensidad del desafío de construir una ciudad entera en 4 años.

Al mismo tiempo que la fotografía de Gautherot registraba literalmente la construcción de la arquitectura moderna, otras fotografías marcan lo que se consideraría su final. Diseñada por Minoru Yamasaki, la icónica urbanización Pruitt-Igoe es considerada un hito de la arquitectura modernista: con casi 3.000 unidades, el proyecto pretendía cubrir casi la mitad del déficit habitacional señalado por el gobierno en la década de 1950 en St. Louis, Estados Unidos. El declive del proyecto comenzó después de que terminaran las obras, en 1955, y menos de 20 años después, en julio de 1972, se completó la primera etapa de demolición del conjunto, ampliamente registrada en videos y fotografías.

El desarrollo de la tecnología digital ligada a la arquitectura en la posmodernidad de los años 80 también impacta en la forma de construir y en las obras. A principios de la década de 2000, el fotógrafo Iwan Baan capturó cómo se vería este sitio de construcción más aerodinámico en el proyecto CCTV en Beijing, China, concebido por OMA de Rem Koolhaas. Además de las fotos del sitio de construcción, Baan también registra en imágenes el impacto del edificio en su entorno, destacando el contraste entre la escala de CCTV y toda su tecnología y las pequeñas casas del vecindario.

A partir de las imágenes de Baan, Gautherot, Hine y tantos otros, percibimos el potencial de la fotografía más allá del registro descriptivo; nos muestran cómo la fotografía informa y provoca debates, pudiendo estimular reflexiones sobre sus objetos y momentos históricos.

ACA

VALE LA PENA LEER

Libros

La modernidad «otra»

Wilson, Frampton, Linazasoro

Luis Fernández-Galiano

22/04/2022

Tomado de arquitecturaviva.com

La aparición simultánea en 2021 de sendas traducciones de Colin St John Wilson y Kenneth Frampton sobre modernidades disidentes anima a revisar los cánones arquitectónicos del siglo pasado, y el libro de la misma fecha de José Ignacio Linazasoro lleva la revisión un paso más allá, proponiéndose como una genuina ‘respuesta antimoderna’. La obra de Wilson, The Other Tradition of Modern Architecture: The Uncompleted Project, se publicó originalmente en 1995, y la versión castellana añade a la edición de 2007 un prólogo y un epílogo que ponen en contexto el vibrante alegato del arquitecto británico; el libro de Frampton, por su parte, vio la luz inicialmente en italiano en 2015 como L’altro Movimento Moderno, y la versión inglesa aparecida ahora añade un subtítulo (‘Architecture, 1920-1970’) que acota el ámbito temporal de los 18 ensayos sobre figuras menos reconocidas que ha redactado el eminente historiador. Ambos volúmenes se proponen rescatar ‘la otra modernidad’, pero lo hacen desde presupuestos diferentes, porque si el de Wilson es un texto de combate, dedicado a ‘los miembros de la resistencia’ y centrado en esclarecer ‘lo que salió mal’ desde los primeros compases del Movimiento Moderno, el de Frampton es un compendio informativo y analítico que presenta a cada una de las figuras elegidas con una síntesis biográfica y el comentario de un edificio representativo. Por su parte, la obra actual de Linazasoro, La arquitectura del contexto, se presenta como una genuina enmienda a la totalidad; su conjunto de textos recorre de forma impresionista la arquitectura del siglo XX glosando obras y autores que juzga críticos con la modernidad, pero su nómina de personajes no es al cabo tan diferente de la que resulta de la lectura de los británicos.

Un manifiesto airado

La trayectoria de ‘Sandy’ Wilson (1922-2007) es inseparable de su dedicación durante tres décadas al colosal y malhadado proyecto de la nueva Biblioteca Británica —descrita por él como «mi guerra de los Treinta Años»—, pero es posible que sea recordado bajo una luz más amable por este libro desafiante y polémico, publicado unos años después de jubilarse de su cátedra en la Universidad de Cambridge, y que constituye un genuino testamento intelectual. A su juicio, la modernidad descarriló en 1928, cuando Le Corbusier y Sigfried Giedeon impusieron su dictadura ideológica y formal en la primera reunión de los CIAM en La Sarraz. «La ‘Mano abierta’ —escribe— siempre estaba lista para convertirse en un puño cerrado». El pionero de la ‘resistencia’ sería entonces Hugo Häring, pero a la larga su miembro más destacado sería Alvar Aalto, cuyo discurso en el RIBA en 1957 abrió los ojos a Wilson acerca del extravío sufrido por una modernidad que no cumplía su promesa. Estos dos maestros son referencias esenciales del libro, conjuntamente con Hans Scharoun y Eileen Gray, además de Erik Gunnar Asplund, Sigurd Lewerentz, Ernst May o Jan Duiker, al igual que su contemporáneo Giancarlo de Carlo, y varios de ellos se enfrentan polémicamente a Mies van der Rohe, Walter Gropius, Arne Jacobsen o Le Corbusier en las comparaciones de proyectos de ayuntamiento, galería de arte, residencia de estudiantes y casa que cierran el volumen: unos estudios de casos en los que la modernidad ortodoxa sale malparada, y donde ejemplos como la E-1027 de Gray sirven para evitar la asociación de esta otra tradición con el expresionismo o el organicismo.

Historia expandida

Algunos de estos arquitectos —Gray, Lewerentz o Duiker— figuran igualmente en la selección de Frampton, guiada también por la reflexión del filósofo Jürgen Habermas sobre la modernidad como un proyecto inacabado, pero donde los criterios esenciales han sido «la relativa marginalidad de cada protagonista» y «el grado en que ha contribuido a producir una nueva tipología». Desde luego, la marginalidad de personajes como Rudolf Schindler, Erich Mendelsohn, Arne Jacobsen o Richard Neutra es solo relativa, y es más sencillo hallarla en arquitectos como el belga Louis Herman De Koninck, el británico Evan Owen Williams, el checo de origen austriaco Jaromír Krejcar —cuyo pabellón en París de 1937 se reproduce en cubierta—, el danés Vilhelm Lauritzen o los suizos Werner Moser y Max Ernst Haefeli, pero todos ellos realizaron aportaciones de singular importancia, y la documentación que el volumen reúne ayudará a perfilar su presencia en las historias del siglo. Frampton sitúa el origen de la ‘otra’ modernidad, opuesta al funcionalismo doctrinario de entreguerras, en el coloquio de Darmstadt en 1951, donde se presentaron una escuela proyectada por Scharoun para esa ciudad y la mítica tesis de Martin Heidegger Bauen Wohnen Denken. La idea de una modernidad alternativa volvería a proponerse en otros términos en la Bienal veneciana de 1980 bajo la rúbrica ‘La presencia del pasado’, una posmodernidad populista contestada en 1982 por la exposición en Múnich ‘Die andere Tradition’ —inaugurada con un discurso de Habermas donde reiteraba su convicción sobre la naturaleza inacabada de la modernidad—, y en 1985 por la muestra ‘Die andere Moderne’, dedicada a la obra del suizo Otto Rudolf Salvisberg, antecedentes ambas del libro de Wilson en 1995 y el de Frampton en 2015, que por cierto se cierra con Alejandro de la Sota, cuya presencia tardía se asocia al atraso de la modernización española por el impacto de la Guerra Civil. En su introducción, el historiador lamenta la ausencia de suizos alemanes como el mencionado Salvisberg o el excéntrico Karl Egender; escandinavos como el noruego Arne Korsmo y el finlandés Erik Bryggmann; griegos como Patroklos Karantinòs, Dimitris Pikionis, Aris Konstantinidis o Takis Zenetos; e italianos como Luigi Moretti, Eugenio Montuori o Annibale Vitellozzi. Si a esta relación añadimos tres o cuatro figuras españolas, Kenneth Frampton —en plena forma y jubilado hace un año de la Universidad de Columbia al cumplir 90— tiene ahí material para un nuevo y formidable volumen.

Referencias personales

El profesor y arquitecto donostiarra, por último, extiende las ideas formuladas en su libro de 2013, La memoria del orden, con una multitud de ejemplos y referencias cuya selección atiende a los criterios expuestos por Antoine Compagnon en Les antimodernes, de Joseph de Maistre à Roland Barthes, una celebrada obra publicada en 2005 por el crítico literario donde los así descritos se definen como disidentes de la modernidad, pero ajenos al tradicionalismo que preconiza el retorno al pasado. Entre los antimodernos de Linazasoro está inevitablemente Heinrich Tessenow, pero también los ya citados Asplund, Aalto, Pikionis o Lewerentz, además de sus admirados Has van der Laan, Rudolf Schwarz y Hans Döllgast, con su devoción italiana ilustrada por BBPR, Gardella, Moretti, Michelucci y, en una época más próxima a la nuestra, Francesco Venezia o la Tendenza de Rossi y Grassi, mientras los españoles están representados por Zuazo, Sota, García de Paredes, Moneo, Navarro Baldeweg o Peña Ganchegui. La unión de estos puntos traza una cartografía arquitectónica que es también un retrato del autor, cuya obra construida se recorre en el último capítulo como materialización de esas influencias artísticas e intelectuales, defendiendo al cabo lugares y construcciones como palimpsestos donde se superponen diferentes estratos de la memoria colectiva, y el valor de la historia como sustancia nutricia del presente: un propósito crítico que anima igualmente las obras de Sandy Wilson y de Kenneth Frampton, estableciendo una conversación muda y elocuente entre los tres volúmenes.

La otra tradición de la arquitectura moderna

El proyecto inacabado

Autor: Colin St John Wilson

Año: 2021

Editorial: Reverté

The Other Modern Movement

Architecture, 1920-1970

Autor: Kenneth Frampton

Año: 2022

Editorial: Yale University Press

La arquitectura del contexto

Una respuesta antimoderna

Autor: José Ignacio Linazasoro

Año: 2021

Editorial: Ediciones Asimétricas

ACA

VALE LA PENA LEER

Libros

La fractura metabólica

Anthropocene or Capitalocene?

Luis Fernández-Galiano

01/09/2021

Tomado de arquitecturaviva.com

El estadounidense Jason W. Moore y el sueco Andreas Malm forman parte de la que ellos denominan ‘academia radical’, un conjunto de profesores de filiación marxista que enseñan a los dos lados del Atlántico. Los libros de ambos publicados recientemente en castellano —El capitalismo en la trama de la vida y Capital fósil— aparecieron con un año de diferencia, 2015 y 2016, en la editorial anglosajona Verso, y presentan análisis complementarios (y ocasionalmente contrapuestos) de la crisis ambiental contemporánea: Moore ofrece una amplia perspectiva, influida por la longue durée de Braudel, del desarrollo capitalista desde la Peste Negra del siglo XIV, y propone sustituir la economía-mundo de la Escuela de los Annales por una ecología-mundo; por su parte, Malm explora de forma minuciosa el auge del vapor y el carbón en el Mánchester del siglo XIX, y establece el vínculo histórico entre el capitalismo industrial, los combustibles fósiles y el cambio climático.

Ambos autores coinciden en reclamar un cambio de modelo político, económico y social para enfrentarnos a las crisis convergentes de nuestro tiempo; ambos se muestran partidarios de abandonar el término Antropoceno —que responsabiliza indebidamente al conjunto de la humanidad, y que fue acuñado por el mismo Paul Crutzen que defiende controlar el calentamiento global mediante la geoingeniería—, y sustituirlo por Capitaloceno; y ambos se muestran deudores del concepto de ‘fractura metabólica’ —la ruptura del equilibrio entre naturaleza y sociedad—, propuesto hace dos décadas por John Bellamy Foster para reconciliar los escritos de Marx con la crisis ecológica. Pero si Malm defiende la fertilidad teórica de esa fractura, Moore critica que naturaleza y sociedad se presenten como realidades autónomas; y si Malm sitúa en la máquina de vapor el origen de la brecha metabólica, Moore argumenta que el comienzo de nuestra era histórica debe más bien localizarse en el ‘el capitalismo vasto pero débil’ del largo siglo XVI.

La obra de Malm, que fue su tesis doctoral, es un trabajo sólidamente documentado que investiga la Revolución Industrial británica como un archivo de enseñanzas que pueden ser útiles para pilotar la transición de la actual economía fósil a otra de energías renovables, y pone énfasis en la naturaleza gradual de la transformación, el impulso que otorgaron los precios y la exigencia de nueva tecnología: tres rasgos que le llevan a aconsejar evitar la dependencia de iniciativas comunales, porque el modelo a seguir es más bien el de «capitalistas desarrollando tecnologías a precios bajos», lo que no le impide demandar una planificación colectiva de la transición, al ser ahora limitado el tiempo disponible. Elogiado por Naomi Klein, este libro compacto concluye reclamando «hacer frente al protagonismo del fuego» y «una vuelta inmediata al flujo», que exige con la urgencia de quien se sabe al borde del precipicio.

El volumen de Moore, más ambicioso en sus planteamientos teóricos —con la voluntad de extender los análisis de Wallerstein y Arrighi, así como incorporar las aportaciones de Bruno Latour— es sin embargo más alambicado en su lenguaje y más abstruso en su argumentación, pese a lo cual merece destacarse su catálogo de las transformaciones efectuadas por el capitalismo entre 1450 y la Revolución Industrial —porque «el capitalismo en 1800 no era Atenea, que salió al mundo, totalmente crecida y armada, de la cabeza del carbonífero Zeus»—, o el relato del final de ‘los Cuatro Baratos’ (alimentos, fuerza de trabajo, energía y materias primas) en que se ha basado la prosperidad reciente. Tanto Moore como Malm se preguntan sobre la verosimilitud de una revolución tecnológica que nos saque del actual marasmo, y no otra cosa conjetura The Economist, que cree advertir señales en el panorama de la ciencia aplicada que apuntan hacia «una nueva era de innovación» en los años veinte de este siglo XXI, acaso otra vez locos o felices. Pero ‘The roaring 20s?’ se escribe en su portada con signo de interrogación.

Capital fósil

El auge del vapor y las raíces del calentamiento global

Autor: Andreas Malm

Editorial: Capitán Swing

Año: 2020

El capitalismo en la trama de la vida

Ecología y acumulación del capital

Autor: Jason W. Moore

Editorial: Traficantes de sueños

Año 2020

ACA

VALE LA PENA LEER

La reutilización adaptativa como estrategia para el desarrollo urbano sostenible

Por Andreea Cutieru

Elbphilharmonie Hamburg, Hamburgo, Alemania, de Herzog & de Meuron.

Traducido por Piedad Rojas

28 de octubre 2021

Tomado de Plataforma Arquitectura

«Las nuevas ideas deben utilizar edificios antiguos«, dijo Jane Jacobs en su libro seminal La muerte y la vida de las grandes ciudades estadounidenses, defendiendo la reutilización de los edificios existentes como un medio para catalizar un cambio positivo y fomentar entornos urbanos diversos.

Insertar nuevas actividades dentro de un marco existente se está convirtiendo cada vez más en un aspecto definitorio de la arquitectura contemporánea, a medida que la necesidad de alternativas sostenibles para construir de nuevo se vuelve más urgente. Desde una perspectiva urbana, la reutilización adaptativa es una estrategia valiosa para revitalizar las ciudades postindustriales, crear densidad y mitigar la expansión urbana, o ayudar a las ciudades que se encogen a redefinir su tejido urbano.

Coal Drops Yard, Londres, por Heatherwick Studio.

En algún momento de la historia reciente, la idea de prescindibilidad arquitectónica se ha vuelto aceptable, lo cual ha derivado en estructuras de una sola generación. La vida útil promedio de los edificios en el mundo desarrollado ha disminuido a 70 años -incluso ha bajado a 30 años en lugares como Japón- donde existe una expectativa inherente de obsolescencia, que debe cuestionarse por razones ambientales.

Esperando para el año 2050 que más de 2.500 millones de personas vivan en áreas urbanas debido a las preocupaciones climáticas y los niveles insostenibles de consumo de recursos, las ciudades deben encontrar estrategias para aprovechar al máximo la infraestructura y los edificios existentes.

En los últimos años, la reutilización adaptativa se convirtió en una práctica común, con firmas establecidas como MVRDV, Herzog y De Meuron o Heatherwck Studio defendiendo la estrategia a través de varios proyectos. En este sentido, el ex presidente de AIA Carl Elefante estima que en las próximas décadas, los proyectos de reutilización adaptativa serán dos veces más numerosos que las nuevas construcciones.

Densidad urbana e intensidad social 

Transformación de oficinas e instalaciones de impresión en urbanizaciones de uso mixto. Kiel Höfe, Kiel, Alemania, concurso ganado por el grupo EFFEKT.

En una entrevista, Winy Maas argumentó la necesidad de la reutilización adaptativa diciendo que «por muchas razones ecológicas — uso de tierra y energía, infraestructura disponible — es mejor tener ambientes más intensos que continuar la expansión de los suburbios. Si se desea intensificar las ciudades existentes, se debe lidiar con el [entorno] construido existente». El stock de construcción es un recurso para el crecimiento y, con la introducción de nuevos elementos, los sitios en desuso pueden convertirse en un punto de intensidad social.

Canal en Wijnegem, Amberes, Bélgica, por Stéphane Beel Architects.

En este sentido, el diseño de Heuvelkwartier de MVRDV transforma el sitio de un centro comercial obsoleto en Eindhoven en un atractivo barrio cultural al transformar y expandir los edificios existentes. Del mismo modo, EFFEKT ganó recientemente un concurso para convertir un bloque urbano ocupado por una oficina editorial y una imprenta desmanteladas en Kiel, Alemania. El proyecto está destinado a impulsar la revitalización del centro de la ciudad y dar forma a un nuevo destino cultural mediante la infusión de nuevos programas dentro de las estructuras existentes y la ampliación de la masa construida. En ambos casos, aún por construir, la reutilización adaptativa a escala de manzana es la premisa para la regeneración urbana.

Modernización en paisajes postindustriales

Zeche Zollverein, Essen, Alemania.

Originalmente construidos en las afueras de las ciudades, muchos complejos industriales han sido engullidos por el extenso entorno urbano. Estos terrenos abandonados y su arquitectura orientada a las máquinas representan una oportunidad importante para que las ciudades crezcan hacia adentro, construyendo sobre los cimientos de un marco robusto pero flexible, cuya gran escala e identidad establecida constituyen argumentos para la reutilización adaptativa.

La transformación de las áreas industriales cobró impulso en la década de 1970 con la conversión de distritos como el SoHo en Nueva York y se volvió cada vez más importante en la década de 1990, especialmente en Europa occidental, impulsada por la transición de una sociedad industrial a una sociedad de la información.

Edificio KB dentro del parque industrial Kleefse Ward, Arnhem, Países Bajos, rediseñado por HofmanDujardin + Schipper Bosch.

La reutilización adaptativa de sitios industriales adquiere una variedad de formas, con una amplia gama de programas, escalas e intensidades, como lo demuestra la remodelación orientada hacia la cultura y el turismo del sitio del patrimonio de la UNESCO del Complejo Industrial de la Mina de Carbón de Zollverein en Alemania, la transformación del parque industrial Kleefse Ward en los Países Bajos en un campus tecnológico o la remodelación de LXFactory en Lisboa en un distrito comercial.

La escala de la inversión y el esfuerzo también varía. En el caso de la fábrica de acero Sulzerareal en Suiza, los grandes planes de remodelación fueron reemplazados por la reocupación orgánica del complejo por pequeñas empresas. El sitio se incorporó al tejido urbano rediseñando las áreas intersticiales en espacios públicos.

Reestructurar el tejido urbano de las ciudades que se reducen

El fenómeno de la reducción de la ciudad es un proceso de declive urbano con causas complejas que van desde la desindustrialización, la migración interna hasta el declive de la población. Las estrategias para abordar la contracción urbana generalmente toman dos direcciones distintas: adoptar la desurbanización a través de métodos como la reducción de tamaño inteligente o la reinvención de la ciudad bajo nuevas premisas, las cuales implican la reutilización adaptativa.

El dimensionamiento correcto a veces puede implicar la demolición, pero en casos más sostenibles, la estrategia capitaliza los activos pasados por alto en la ciudad y asigna nuevos usos urbanos a los sitios vacíos, estabilizando así los vecindarios mediante la curación de una pieza programáticamente diversa del tejido urbano.

Detroit, Michigan, Estados Unidos.

Con la reutilización adaptativa convirtiéndose en un elemento básico de la arquitectura contemporánea, el tema necesita una mayor exploración en varios niveles, desde la perspectiva de la planificación urbana hasta la metodología de diseño y los aspectos técnicos relacionados con las estructuras obsoletas. A nivel urbano, el fenómeno brinda una oportunidad para reinventar el entorno construido a través de un proceso de estratificación y curación, lo que lleva a ciudades más diversas y arquitectónicamente ricas.

ACA

VALE LA PENA LEER

La transformación de oficinas en viviendas, ¿una nueva tendencia mundial?

Andreea Cutieru

Edificio Cosmopolitan, Bruselas, años 1960. Reacondicionado por Bogdan & Van Broeck en 2019.

Traducción: Fabian Dejtiar

23 de octubre 2021

Tomado de Plataforma Arquitectura

La escasez de viviendas ha sido durante mucho tiempo el catalizador de la especulación arquitectónica sobre escenarios de recursos adaptativos o la valorización de lugares infrautilizados en las ciudades. Al mismo tiempo, la crisis de salud y los imperativos del trabajo en el hogar han traído más que reflexiones sobre el potencial de la reutilización adaptativa de los espacios de oficinas. La probabilidad de que algunos edificios de oficinas permanezcan vacíos después de la pandemia abrió la posibilidad de devolver viviendas a los centros de las ciudades, lo que muchos buscan acompañar con la implementación de una visión de la ciudad de 15 minutos. A continuación, se analizan los desafíos y oportunidades de transformar espacios de oficinas en viviendas, destacando la viabilidad e impacto a largo plazo de este fenómeno limitado.

Los expertos indican que la ocupación total en los distritos comerciales no regresará en el futuro previsible, una razón más para considerar usos alternativos para los espacios de oficinas existentes. Por ejemplo, en París, el 33% del espacio de oficinas disponible ha estado vacío durante más de 4 años. Dado que las empresas están recortando los arrendamientos a largo plazo y están evaluando los beneficios financieros de reducir la cantidad de bienes raíces, el esquema podría volverse más atractivo económicamente para los desarrolladores. Además, como explica David Bourla, economista en jefe de la consultora inmobiliaria Knight Frank, «los inversores ahora buscan reequilibrar sus carteras a favor de la propiedad residencial, que está menos correlacionada con las crisis económicas y menos expuesta a los trastornos estructurales asociados con la pandemia del Covid-19».

Interior del edificio Cosmopolitan, Bruselas, años 1960. Reacondicionado por Bogdan & Van Broeck en 2019.

La reutilización adaptativa, en general, es el enfoque más sostenible para el desarrollo debido a la energía incorporada y la huella de carbono de los edificios existentes. Sin embargo, convertir edificios de oficinas en residenciales conlleva una serie de desafíos. El marco normativo de la edificación y la morfología de los edificios de oficinas son los obstáculos más importantes para la reutilización adaptativa generalizada de esta tipología. Además, los edificios de oficinas más nuevos tienen placas de piso más grandes, lo que deja una parte significativa del edificio con poca luz natural y, por lo tanto, no es apto para la conversión. Las restricciones del código de construcción agregan otro obstáculo para la reutilización adaptativa de la oficina a la vivienda.

El tipo adecuado de edificio de oficinas

No todos los edificios de oficinas son aptos para un cambio de programa debido a la altura del piso o la distancia del núcleo a la fachada; sin embargo, los edificios de oficinas más antiguos son más adecuados para este tipo de transformación que los más nuevos. El parque de oficinas de los años 60 y 70, en su mayor parte, ha llegado al final de su vida útil, los edificios ya no cumplen con los estándares contemporáneos del programa. Las mejoras de eficiencia energética, las actualizaciones de la filtración de aire y las actualizaciones de los ascensores son costosas y no garantizan la competitividad del edificio envejecido frente a los nuevos desarrollos de clase A. Con edificios de oficinas vacíos y baja ocupación de las áreas del centro, la reutilización adaptativa se convierte en una opción sensata y, en muchos casos, es más rentable que la demolición.

Edificio en Charenton-le-Pont , París, años 1970. Reacondicionado por MoattiRivière en 2016.

Algunas características hacen que los edificios de oficinas más antiguos sean mejores candidatos para la reutilización adaptativa. Para fines residenciales, la distancia entre la fachada y los ascensores, conocida como «el espacio de arrendamiento», debe estar entre 10 y 15 metros; cuanto más pequeño, mejor. Los edificios de oficinas más antiguos también tienen una altura de piso más baja, lo que los hace más adecuados para uso residencial que las operaciones de oficina actuales. Como lo describe Gensler en su evaluación del potencial de conversión de la oficina de Calgary a residencial, cuanto «peor» es el edificio de oficinas (típicamente edificios de Clase C), mejor candidato es para la conversión a residencial.

Vista de los edificios antiguos en Franklin Street en el barrio de Tribeca de Manhattan, Ciudad de Nueva York.

En Estados Unidos, la conversión de oficinas a viviendas de edificios -de antes y después de la guerra- ya se ha producido en los años ’80 y ’90 en ciudades como Nueva York, Chicago o Los Ángeles, y las oficinas vacías actuales están lejos, siendo más difícil de reutilizar. Como resultado, las solicitudes de planificación para conversiones comerciales a residenciales en los EE. UU. son todavía pocas y distantes entre sí, a pesar de que las tasas de desocupación están en su punto más alto. Además, muchos de estos proyectos de reutilización adaptativa se convierten en unidades residenciales de lujo, de ninguna manera ayudando con la falta de viviendas asequibles. Sin embargo, el financiamiento de subsidios para convertir edificios de oficinas en viviendas podría cambiar el resultado, contribuyendo a aliviar la crisis de la vivienda.

Una tendencia creciente

En Europa, varias ciudades y entidades profesionales apoyan los esquemas de reutilización adaptativa de oficinas a viviendas, con la intención de acelerar la producción de viviendas. Paris Ile-de-France Capitale Economique y Maison de l’Architecture Ile-de-France han establecido un premio internacional que destaca la conversión de oficinas en viviendas. Actualmente, en su segunda edición, el premio Bureaux-Logements tiene como objetivo fomentar la valorización de los edificios de oficinas vacíos y, al mismo tiempo, abordar la crisis de la vivienda mostrando proyectos de transformación ejemplares. En abril de este año, la Ciudad de Londres anunció planes para crear al menos 1500 unidades residenciales para 2030 mediante la conversión de edificios de oficinas. La estrategia está destinada a ayudar a crear un entorno urbano más resiliente para las pequeñas empresas y preparar el distrito para el futuro frente a las grandes empresas que renuncien a su centro de operaciones en el centro.

Vista panorámica del centro de Londres. 2018.

La reutilización adaptativa de oficinas en viviendas tiene valor en múltiples niveles, extendiendo la vida de una estructura obsoleta o infrautilizada, ayudando a que el entorno urbano evolucione y ayude a abordar la crisis de la vivienda. En el contexto adecuado y con el candidato adecuado, puede convertirse en una solución viable para implementar enfoques de vida más centrados en el ser humano.

ACA

VALE LA PENA LEER

Mapa del mundo subterráneo

Varios libros, entre los que destaca el extraordinario ‘Bajotierra’, de Robert Macfarlane, exploran los misterios, terrores y maravillas del mundo subterráneo

Jacinto Antón

Tomado de El País/Babelia

25 de julio 2020.

En lo alto, en el cielo y las montañas, residen los dioses. Debajo de nuestros pies, reino de simas, pozos, madrigueras y tumbas, viven los demonios y las criaturas infernales. Las alturas, donde brilla la luz, son el reino de los bienaventurados, el oscuro y tenebroso mundo subterráneo es el de los que sufren eterna condena. El eje arriba-abajo domina nuestras creencias tradicionales, nuestra psicología profunda, nuestra moral y hasta nuestro lenguaje. Lo que hay por encima de nosotros es positivo; por debajo, negativo. Tenemos sentimientos elevados y bajas pasiones; cuando van mal las cosas nos hundimos mientras que la felicidad posee una calidad aérea; ascendemos profesional y socialmente, caemos en la tentación. En el propio reino animal consideramos que lo que vive bajo tierra es repulsivo, siniestro, amenazador o cuando menos feo y sucio.

Una serie de libros recientes nos invitan a reconsiderar nuestras ideas y opiniones —esencialmente prejuicios— sobre el mundo subterráneo. Allá abajo, nos dicen los autores de esas obras, hay tinieblas y misterio, sí, cosas extrañas y peligrosas, y personajes temidos (incluyendo a Hades, Pedro Botero y el indio Joe), y amenazas que conjurar, y cantidad de terrores y tragedias, y mucha claustrofobia. Pero también cosas fascinantes y maravillas que conocer, espacios que descubrir y explorar, historias que contar y una inesperada belleza. La belleza de ríos sin estrellas, de profundos remolinos azules en el corazón de los glaciares, agujeros por los que desciende cientos de metros el agua del deshielo; la belleza asimismo de las pinturas de nuestros ancestros en lo hondo de las cuevas. De las cuevas, precisamente, nos explica en Subterráneo (Crítica, 2020) Will Hunt, un autor obsesionado con los túneles, las viejas estaciones de metro, las cloacas, los búnkeres y las sepulturas, que descubrió su fascinación a los 16 años al hallar un pasadizo abandonado de aire lovecraftiano bajo su casa de Providence, ha brotado buena parte de nuestro mundo espiritual. No solo se contacta con los dioses mirando al cielo y el descensus no siempre es ad inferos.

Leones, rinocerontes, osos, hienas… la cueva de Chauvet (al sur de Francia), descubierta en 1994, alberga algunas de las pinturas rupestres más antiguas de la historia del ser humano.

En este viaje descendente encontraremos imágenes de una oscuridad deslumbrante (y valga el oxímoron), criaturas inesperadamente apasionantes como los topos, a los que ha dedicado todo un sorprendente libro, Cómo cazar un topo, Marc Hamer, cazador arrepentido de esos animales (Ariel, 2019); las lombrices, que hechizaron al mismísimo Darwin —su vida sexual, la de las lombrices, es muy intensa: ¡sigan leyendo!—, o los perritos de las praderas, capaces de perforar túneles de 160 kilómetros de largo en el subsuelo de Wyoming, y que interesaban tanto al general Custer, nada menos, que escribió de ellos en su diario, como si no tuviera nada mejor en qué pensar, mientras se dirigía a un lugar llamado Little Bighorne. Sin olvidar a las arqueas, organismos extremófilos que viven tan abajo que se calientan con el calor del magma de la Tierra, sobreviven y hasta prosperan a 120 grados y mueren de frío por debajo de los 90.

Lo de las lombrices, perritos y frioleras arqueas lo cuenta, entre otras muchas cosas sensacionales, el científico David W. Wolfe en El subsuelo, una historia natural de la vida subterránea (Seix Barral, 2019), un libro emocionante (habla de la espeluznante mina de oro sudafricana de East Driefontein que se extiende hasta tres kilómetros bajo la superficie y en cuyo fondo las rocas están a 50º) y lleno de datos sorprendentes. Veneradas por jardineros y agricultores como iconos de un suelo saludable y productivo (y por los pescadores por razones distintas), las lombrices tienen una vida sexual formidable a lo que coadyuvan sin duda las grandes posibilidades de ser hermafrodita. Un “abrazo sexual típico de lombriz”, un polvo, vamos, que se realiza en posición de 69, con los bichos yaciendo en paralelo con las cabezas orientadas en sentidos opuestos, nos dice Wolfe, profesor asociado de Ecología Vegetal en la Universidad de Cornell y colaborador del departamento de Agricultura de Estados Unidos, puede durar una hora. “Teniendo en cuenta que las lombrices disfrutan plena y simultáneamente de la experiencia sexual tanto masculina como femenina durante el encuentro (¡imaginen!), no es de extrañar que no tengan prisa por terminar”, recalca con tan simpático como insólito entusiasmo el estudioso, que lidera la iniciativa Salud del Suelo patrocinada por el Estado de Nueva York. “En un puñado de tierra”, sorprende Wolfe, “hay más criaturas que humanos en el planeta entero”, y ningún otro hábitat de la tierra sobrepasa el potencial de descubrimientos del subsuelo”. Lo que pasa es que somos unos ignorantes de lo que hay bajo nuestros pies, y unos “chauvinistas de la superficie”.

Por su parte, el excazador de topos Hamer, aborda con ánimo sombríamente existencial, comparándolas con la suya, las vidas de esos animales, campeones de la perforación, a los que ha dedicado toda su vida, persiguiéndolos por jardines y campos de golf. Viven cuatro años —eso si no se encontraban con Hamer— y son solitarios. Habitan una atmósfera oscura y húmeda con muy poco oxígeno. Dado su fatigoso trabajo de cavar y cavar, los topos requieren precisamente mucho oxígeno y lo logran siendo capaces de respirar su propio aliento. En cambio, a su sangre le cuesta mucho coagular y es fácil que un topo muera desangrado. Ahí queda el dato. Explica el autor, que cultiva una melancolía digna de mejor oficio, que hay ocasionalmente topos blancos y dorados pero que si matas uno de esos morirás en el plazo de un mes. Hay un topo al que se atribuye haber matado a un rey: el que cavó el agujero que hizo tropezar al caballo de Guillermo III de Orange, con fatales consecuencias para su real jinete. A los topos se los mata con trampas o introduciendo veneno (generalmente pastillas que desprenden fosfina) en sus toperas. “El sufrimiento es inevitable”, anota Hamer. “La exterminación se resuelve discretamente”. El golfista no sabe de la agonía que se produce bajo sus pies mientras enfila feliz el green.

También brotan de allá abajo historias humanas dramáticas terribles como la de la vida de la niña Alicia Quispe, que trabaja gratis en las minas bolivianas de Cerro Rico de Potosí, en el turno de noche (!), para saldar una deuda de su madre y que cuenta Ander Izagirre en Potosí (Libros del K. O., 2017). Izagirre es autor de otro libro relacionado con el tema, Los sótanos del mundo, reeditado ahora por Libros del K.O., una crónica de viajes a los puntos más bajos del planeta, las depresiones más profundas de cada continente, como el Valle de la Muerte, 86 metros bajo el nivel del mar, el Mar Muerto (-411 metros) o el lago Assal de Djibuti (-157). El empeño recuerda al de Alain Nadaud y su búsqueda geográfica y literaria de las legendarias entradas al infierno (Aux ports des enfers, Actes Sud, 2004). Entre los episodios más espeluznantes ocurridos bajo tierra figura sin duda la muerte del joven Neil Moss, el caso más escalofriante de la espeleología británica, atrapado en un pozo en el sistema de cuevas de Peak Cavern en 1959, y que ahí sigue: no lo pudieron sacar ni muerto y decidieron tirar cemento en la sima. Falleció ahogado por el dióxido de carbono que produjo en su última hora de respirar. Probablemente si hubiera sido un topo habría sobrevivido.

El depósito de residuos nucleares de Onkalo (costa oeste de Finlandia) almacenará los desperdicios radiactivos que produzca el país escandinavo los próximos cien años.

El impulso de bajar es más viejo y primario que el de ascender, afirma Robert Macfarlane, autor de la hermosísima, conmovedora y emocionante Bajotierra (originalmente Underland, que tiene un conveniente eco como a Alicia en el país de las maravillas), que ha publicado este año Literatura Random House, y del que procede la historia del desgraciado Moss. Bajotierra es un estudio del papel del mundo subterráneo en la cultura y la imaginación, a lo largo del tiempo hasta la actualidad misma. “El impulso, la urgencia de descender a las tinieblas es más antiguo y más misterioso que el de ascender a la luz y la altura de las cimas”, dice el reputado autor de Las montañas de la mente, uno de los libros más reveladores y evocadores que se han escrito sobre la pasión de las cumbres, cuando se le pregunta por qué ha cambiado tan radicalmente de sujeto. “Las montañas siempre estarán en mi corazón. Aunque vivo en una las partes más planas del mundo, en Cambridgeshire, tengo que ir a menudo a las montañas. Son lo que más he echado a faltar durante el confinamiento, junto con mis padres. Así que el primer libro que escribí, hace casi 20 años, buscaba explicar por qué yo, como muchas otras personas, era capaz de arriesgarme a morir como montañero, cuando solo trescientos años atrás en Europa se consideraba algo cercano a la locura el deseo de escalar una montaña”.

“Pero en Bajotierra”, continúa Macfarlane, “quería explorar una práctica mucho más antigua. Porque hemos ido a la oscuridad del mundo subterráneo en busca de visiones, refugio y poder desde incluso antes de ser anatómicamente humanos modernos”. El escritor recuerda que la evidencia más antigua indisputada de enterramientos intencionados se remonta a los neandertales, hace 130.000 años. “Todavía hoy, como especie, vamos al mundo bajo tierra por tres grandes razones: para guardar lo que es precioso, para obtener lo que es valioso, y para deshacernos de lo que es nocivo o peligroso”. La idea de Bajotierra se le ocurrió a Macfarlane en 2010, un año de catástrofes emergentes: el terremoto de Haití, el derrame de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon, la explosión del volcán Ejafjallajökull y el drama de los 33 mineros chilenos atrapados bajo el desierto de Atacama. “Me era imposible no pensar en lo que yace bajo la superficie, y en los traumas, disrupciones y revelaciones que ocurren cuando las fronteras entre arriba y abajo sufren una brecha”. La casualidad quiso que empezara a escribir su libro en junio de 2018 con millones de personas pendientes de la suerte de los 13 jóvenes jugadores tailandeses de fútbol atrapados con su entrenador en el complejo de cuevas de Tham Luang Nang Non …

En Bajotierra, Macfarlane, que escribe habitualmente sobre las relaciones entre el paisaje y el corazón humano, viaja físicamente a puntos del planeta en los que se puede penetrar en el mundo subterráneo. Su selección es muy especial. Un intrincado y laberíntico sistema cavernario en los montes británicos Mendips en el que se adentra con un espeleólogo, y en donde se encuentra Aveline’s Hole, que no es un bar de mala fama, sino una necrópolis; una mina de potasa en Yorkshire en la que un joven físico rastrea la materia oscura del universo; los túneles bajo la ciudad de París, donde medra toda una asombrosa subcultura de las profundidades y se despliega la catacumbafilia (estuvo en lugares que no puede revelar); un río en Italia que discurre en algunos tramos a más de trescientos metros bajo tierra; unas simas en los hayedos eslovenos y los Alpes Julianos que guardan secretos y horrores de varias guerras; una cueva con pinturas prehistóricas en las islas Lofoten denominada “agujero del infierno”; el almacén subterráneo finés de residuos nucleares llamado el Escondite… En el trayecto, el autor echa mano de compañeros como Poe, Julio Verne, Lewis Carroll, Fitzroy Maclean o el Kalevala, el poema épico finés.

Los huesos de seis millones de personas se acumulan en el osario de las catacumbas ubicadas en el distrito XIV de París, en la orilla izquierda del Sena.

“El itinerario lo concebí como un descenso, seguido por un período bajo la superficie y por un retorno a la luz”, explica Macfarlane. “Quiero que el lector me siga en esa katábasis; que sienta claustrofobia, que entienda qué y cómo es posible ver en la oscuridad, y eventualmente celebre conmigo el retorno al mundo de arriba llevando el conocimiento de las profundidades”. Habla de claustrofobia, esa es una palabra esencial cuando bajamos a ese mundo subterráneo. Obviamente él no la sufre. “Jajaja, bueno, antes de escribirlo le pedí a un amigo que me llevara a una expedición espeleológica para hacerme un test de claustrofobia. Y aunque pasamos por algún punto muy complicado, emergí exultante con la experiencia, y confiado en que, en general, podía tolerar el encierro. Claro que aún no sabía lo que me iba a encontrar bajo los Mendips o en el laberinto de catacumbas bajo el sur de París…”. Precisamente ahí, los lectores lo pasamos pero que muy mal a su lado. ¿No tenía miedo de perderse? “Es un halago que se sufra con mi libro. Me parece fantástico que haya que dejar Bajotierra y no se pueda seguir leyendo. Eso es que la escritura funciona. El capítulo de París parece ser el pasaje que provoca claustrofobia más intensa en muchos lectores. La claustrofobia me interesa mucho como escritor, por su poder para afectar intensamente a los lectores de manera vicaria, por cuenta ajena. Más que del vértigo, leer sobre claustrofobia es impactante. Se relaciona con lo que William Golding denominó kinestesia solidaria o simpática: las extremidades empiezan a temblar, el ritmo cardiaco aumenta, la respiración es más rápida. Todos los escritores quieren conmover al lector, de una manera u otra; escribir sobre claustrofobia permite eso de una manera que puede aproximarse a lo siniestro”.

¿Son los fans de las profundidades gente más extraña que los de las cimas? “Buena pregunta. Creo que los verdaderos obsesos de la profundidad, los buceadores de las cuevas en particular, son incluso más extremos que los verdaderos obsesos de las alturas, alpinistas de las cumbres más altas y amantes de la escalada libre, pero justito. Me encanta hablar de todos ellos. Siempre me ha gustado escribir sobre gente, tanto como de lugares”.

Es inevitable preguntarle por cuál le ha parecido el peor lugar allá abajo. “Las regiones de Italia y Eslovenia de las que hablo en el libro, donde los agujeros, los abismos de piedra caliza, se usaron como lugares de ejecución y masacre en la II Guerra Mundial, y donde las propias montañas fueron convertidas, llenándolas de túneles militares subterráneos como un gruyere alpino, en máquinas de guerra durante la Primera”. Curiosamente la historia del subsuelo que más ha impactado a Macfarlane es también la que más emociona a David Wolfe: la red de conexiones de micorrizas, asociación de hongos y raíces, que une a los árboles bajo tierra y los convierte en una entidad mayor colectiva, el bosque interconectado. “Esa idea cambió para siempre mi sentido de la tierra sobre la que camino”, señala Macfarlane. El pueblo saami, recuerda, cree que los muertos viven cabeza abajo en el subsuelo, de manera que caminamos sobre sus pies, como sobre un espejo. La ciencia y la exploración nos demuestran que la realidad de lo que hay allá abajo es aún más asombrosa…

BAJOTIERRA

Robert Macfarlane.

Literatura Random House

2020.

512 páginas

EL SUBSUELO

David W. Wolfe

Seix Barral

2019.

352 páginas

CÓMO CAZAR UN TOPO

Marc Hamer.

Ariel

2020.

208 páginas

POTOSÍ

Ander Izagirre.

Libros del K. O.

2017.

204 páginas

LOS SÓTANOS DEL MUNDO

Ander Izagirre.

Libros del K. O.

2020.

404 páginas

SUBTERRÁNEO

Will Hunt.

Crítica

2020.

288 páginas

AUX PORTES DES ENFERS

Alain Nadaud.

Actes Sud

2004

304 páginas (en francés)

ACA