ALGO MÁS SOBRE LA POSTAL nº 91

La imagen que acompaña la postal del día de hoy corresponde a un edificio del que se habla poco cuando se suele describir la imponente Unidad de Habitación Cerro Grande, proyectada por Guido Bermúdez, primer superbloque realizado en el país, que en la perspectiva aparece como lejano telón de fondo.

De Cerro Grande, edificación de alta densidad (300 habitantes por hectárea) y gran altura (14 pisos) conformada por 144 apartamentos (48 a un nivel y 96 dúplex), dirigida a la clase media, emplazada frente a la calle Real de El Valle, al Sur de Caracas, cuyo proyecto fue presentado en la Exposición Nacional de la Vivienda en 1951 por Bermúdez, del Taller de Arquitectura del Banco Obrero, construido a partir de 1952 e inaugurado en diciembre de 1954, se han destacado sus indudables valores arquitectónicos, sus fuertes vínculos con la Unité de Marsella de Le Corbusier (1947-1952) y su papel pionero jugado dentro del Plan Nacional de la Vivienda (1951-55).

Sin embargo, bien vale decir que el Centro Comercial, ubicado al oeste de la parcela, diseñado por el propio Bermúdez junto a Pedro Lluberes y Carlos Brando se constituye en una pieza con valores propios a pesar de su condición de complemento funcional del renombrado edificio.

El número 1 de la revista Integral permite conocer a través de la memoria descriptiva elaborada por sus creadores el valor que tiene para el planteamiento, constituido fundamentalmente por un prisma alargado, resuelto dentro de una sencilla estructura modular en concreto armado de 3 x 5 metros, que no supera los tres pisos, el adaptarse a la ligera pendiente del 10% que posee el terreno de manera de evitar en lo posible los movimientos de tierra. También el detectar el comportamiento de las fachadas y el tratamiento de la planta ante la desfavorable orientación que se asume: hacia el este (tal y como muestra la perspectiva) se ubican los pasillos que conectan los locales proveyéndoles la protección necesaria del sol de la mañana y sombra al que por allí transita; hacia el oeste se colocan los servicios dando como resultado un frente que ofrece pocas aberturas, protegido por el talud que limita el terreno y en consonancia con la proximidad a la vía de servicios.

Centro Comercial Cerro Grande. Extremo sur
Centro Comercial Cerro Grande. Extremo norte

Interesante también resulta descubrir la manera como son tratados los extremos del volumen para sacar partido a la clara plasticidad que se buscaba contando con las cubiertas como acompañantes: al sur (protagonista principal del dibujo) se localiza en la planta baja “un grupo asistencial” conformado por una farmacia, un consultorio médico y otro odontológico y en los dos niveles superiores una pequeña fuente de soda con un bar en la mezzanina; al norte rematando el “grupo comercial” de cinco locales se encuentra uno de mayor tamaño que alberga un supermercado de dos pisos. Esta modesta pero muy cuidada obra evidencia, tras su racionalidad, el manejo de los códigos propios del momento y el correcto uso de las variables que conforman su elemental programa. Sin hacer casi ruido, sometido a la majestuosa presencia de la Unidad de Habitación este pequeño Centro Comercial logra, no obstante, convertirse en instrumento que toca de manera afinada y virtuosa la partitura que le corresponde dentro de la sinfonía del conjunto.

ACA

Procedencia de las imágenes

Revista Integral, nº 1, 1955

OCURRIÓ EL MES PASADO

El Pabellón Mies van der Rohe se convierte en una maqueta blanca

Turistas con caras de confusión y ademanes circunspectos, deambulan delante del Pabellón Mies van der Rohe. Han llegado con paso decidido, pero de pronto se han parado en seco como si no supieran bien qué hacer. Las miradas que intercambian tras comparar la realidad con las imágenes de sus móviles están llenas de interrogantes. ¿Dónde están el acero, el travertino romano, el mármol verde de los Alpes y el ónice dorado del Atlas? Todo es blanco, uniforme, inmaculado, como si se hubiera transformado en una maqueta a tamaño real. Tan sólo el vidrio, la escultura de Georg Kolbe que se refleja en el agua del estanque y la vegetación a su alrededor, se han salvado de la desmaterialización del pabellón, una de las construcciones más icónicas del siglo XX, operada por la pareja de arquitectos Anna & Eugeni Bach, finlandesa ella y catalán él.

Su intervención Mies missing materiality se resume en un único gesto, recubrir toda superficie con vinilo blanco. “Queremos sugerir más que pontificar”, aseguran los arquitectos. Así como el montaje se desarrolló bajo los ojos de los visitantes, también el desmontaje, el día 27 de noviembre, se planteará como una performance “para potenciar el momento de la recuperación del pabellón en todo su esplendor”, según Anna Ramos, directora de la Fundación Mies van der Rohe.

Como es lógico pasado el primer momento de sorpresa la gente va formándose su opinión. Los hay que lamentan la visita fallida, pero por lo general demuestran curiosidad e interés y aceptan la fatalidad que los ha hecho llegar a Barcelona durante los 11 días de la intervención. “Por eso hacemos intervenciones radicales pero cortas”, indica la directora. Para reducir el posible impacto negativo de la propuesta Ramos ha potenciado la comunicación y creado una estructura informativa que funciona como una especie de mirador, para que los visitantes puedan conocer las motivaciones y los detalles de la intervención y admirarla cómodamente desde el exterior. “Al despojar el pabellón del carácter único, que lo ha convertido en un icono del movimiento moderno, la obra plantea una reflexión sobre la materialidad y la primacía de la visión en la fenomenología de la arquitectura”, concluyen Anna & Eugeni Bach, que han conservado también la especial cámara colocada por el artista alemán Michael Wesely, a mediados de septiembre. Este aparato va captando durante un año, día y noche, de forma ininterrumpida, la imagen del espacio central de la obra de Mies y la condensa en una fotografía con un tiempo de exposición de 365 días, en la que estará reflejada también su transitoria pérdida de materialidad.

ACA

TEXTOS FUNDAMENTALES

LA ARQUITECTURA COLONIAL EN VENEZUELA

Graziano Gasparini

Ernesto Armitano Editor

1965

La Arquitectura Colonial en Venezuela es quizás uno de los libros de mayor relevancia de cuantos se han publicado en el país y de mayor impacto de entre los sesenta que Graziano Gasparini (Gorizia -Italia- 1924) ha producido desde su opera prima Templos coloniales de Venezuela (1959) hasta el más reciente Arquitectura y NO (2016). Inaugura, además, una larga y fructífera alianza entre Gasparini y el editor Ernesto Armitano que se prolongará por más de cuatro décadas, constituyéndose así la primera empresa impresora de libros de arte editados sistemáticamente donde se publicarán también los registros fundamentales del patrimonio monumental de la nación.

Tras 17 años de haberse radicado en el país (Gasparini llega a Venezuela a finales de 1948 recién graduado de arquitecto, procedente de Venecia, para promover la participación de los países latinoamericanos en la Bienal de Arte que se realizaba en esa ciudad), y de haberlo recorrido de punta a punta “en una camioneta Plymouth y con un mapa de la Creole”, La Arquitectura Colonial en Venezuela se trata de una obra que amplifica y sedimenta la labor de registro y documentación que dio pie a Templos coloniales de Venezuela y que se enriqueció con La arquitectura colonial de Coro (1961) y La casa colonial venezolana (1962). A ello habría que sumar la actividad desarrollada desde la creación en 1963 del Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas (CIHE) de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV del que fue su primer director y el lanzamiento en 1964 del número 1 del Boletín de dicho Centro, tribuna y referencia a escala continental de temas relacionados al patrimonio, su estudio, preservación y restauración.

Amén de servir para corroborar su alta calidad como fotógrafo y de abrirle la oportunidad de mostrar parte del archivo que ya empezaba a acumular (la publicación contiene 166 fotos en blanco y negro y 24 a color de las cuales sólo 20 no son de su autoría), el libro incluye en 32 de sus páginas una serie de planos, plantas y dibujos que le permiten a Gasparini ofrecer una exposición interpretativa de la significación histórica de la arquitectura colonial venezolana y subrayar el planteamiento central que podemos recoger en la Introducción titulada “Tres siglos de arquitectura anónima”: “… en la arquitectura colonial venezolana no encontraremos la obra de arte que se destaque por su concepción inventiva y personalizada. La comparación con varias obras levantadas durante el mismo período en México y Perú determinaría -según el concepto del crítico tradicional- una escala de valores en la cual difícilmente encontraríamos cabida. Del mismo modo, la insuficiente preparación de algunos historiadores, que de la arquitectura sólo contemplan las fachadas, ha generalizado la definición de ‘pobreza’, puesto que por riqueza entienden la exuberancia decorativa y la preciosidad de los materiales (…) No proponemos una revalorización de la ‘pobre’ arquitectura colonial venezolana, sí una revisión de la actitud crítica, para demostrar que su participación en el panorama cultural de Hispanoamérica, reflejó la sinceridad expresiva que podía producir. Acaso su rasgo más peculiar fue el de la persistente continuidad y aceptación de un esquema distributivo, estructural y volumétrico que siempre se manifestó con sencillez y dignidad más que con pobreza”. Su alejamiento de la actitud con que Carlos Manuel Möller observaba la modesta arquitectura de una colonia que no ofreció a España grandes riquezas, es clara y su sintonía con lo que ya había recogido, expresado y valorado al respecto Carlos Raúl Villanueva en La Caracas de ayer y de hoy, su arquitectura colonial y la Reurbanización de El Silencio (1950) y en “El sentido de nuestra arquitectura colonial” (1952), es plena.

Así, las categorías de Arquitectura civil, Arquitectura religiosa y Arquitectura militar propias del período analizado (sumadas a la continuidad que se aprecia inmediatamente después de la independencia), no hacen sino sumar puntos a lo ya señalado y remarcar que el tema central “no fue tratado con el propósito de elaborar un elenco de los monumentos que aún nos quedan, sino de analizar la expresión arquitectónica como resultante de los factores artísticos, políticos y económicos que contribuyeron a su formación”.

Si en sus primeras aproximaciones a lo colonial a Gasparini le interesaba conocer y estudiar la tradición constructiva del país, ahora su énfasis se orienta a desarrollar un método de análisis e interpretación objetivo que posibilite “revelar la originalidad creadora de la obra de arte auténtica” y destacar “su superioridad en la composición, técnica y contenido” de manera de no contaminar el proceso crítico por juicios “a priori” hacia obras que no estén signadas por el protagonismo del artista y se encuentran más bien marcadas por el anonimato. En este caso el distanciamiento con lo que entonces planteaba Bruno Zevi para quien “no existe una historia de la arquitectura sino sólo una historia de los arquitectos” es evidente.

Graziano Gasparini, Premio Nacional de Arquitectura en 1995, quien a sus 93 años ha logrado acumular más de cien mil fotografías de todo el país, recuerda en una entrevista que le hiciera Guadalupe Burelli en 2009 para Prodavinci: “Prácticamente yo entré en la universidad a la caída de Pérez Jiménez, cuando me llamó el Rector de la Central, Francisco de Venanzi, en febrero de 1958 y comencé a dar clases de Historia de la Arquitectura colonial venezolana”. En otro momento del diálogo, ante la pregunta “¿Es posible modernizarse sin destruir?”, riposta: “Sí, cómo no, y para eso se necesitan esas facultades que no se estudian, que son sensibilidad y talento”, en clara referencia a los estragos cometidos por profesionales y políticos ignorantes e irresponsables que han metido su mano en desarrollo de nuestras ciudades. Ser sencillamente recordado como “Historiador de la arquitectura colonial venezolana”, tal y como le confesó a Burelli, sería para este Maestro su mejor recompensa. Sin duda ya lo es.

ACA