Tal como ocurre en la política global, también la historia de la arquitectura ha tendido a considerar a los refugiados como meros excedentes humanos. De ahí que, por lo general, las historias de la arquitectura al uso se hayan limitado a reproducir la exclusión de los refugiados por parte del Estado-nación como personas fuera de lugar. Este libro examina algunas de las intersecciones, que a menudo se han ignorado, pero sin duda resultan decisivas, entre el desplazamiento masivo de la población y la arquitectura en un recorrido por los siglos XIX y XX hasta llegar al presente. Señalando la figura del refugiado como el tema político colectivo central de nuestro tiempo, este estudio intenta iniciar una historia de la arquitectura de los refugiados que pueda recogerse tanto en las historias de la arquitectura como en las que dan cuenta del desplazamiento de refugiados.
Contenido
Arquitectura y refugiados
Ciudades de refugiados
Viviendas de refugiados
Campos de refugiados
El humanitarismo y su problema de la vivienda
Andrew Herscher es profesor asociado en la University of Michigan, y desempeña su labor docente en el Taubman College de Arquitectura y Urbanismo, el Departamento de Lenguas y Literaturas Eslavas y el Departamento de Historia del Arte. Entre sus publicaciones se incluyen Violence Taking Place: The Architecture of the Kosovo Conflict (Stanford University Press, Stanford, 2010) y The Unreal Estate Guide to Detroit (University of Michigan Press, Ann Harbor, 2012), obras de las que es autor, así como la edición de Spatial Violence: Studies on Architecture (Routledge, Nueva York, 2016; con Anooradha Iyer Siddiqi).
Elegantes y magníficos, los invernaderos revelan fascinantes avances sociales, culturales, botánicos y de ingeniería a medida que han evolucionado a lo largo de la historia. Apareciendo por primera vez en el siglo XVIII como estructuras simples diseñadas para proteger árboles frutales y otras plantas delicadas de los duros inviernos europeos, los invernaderos se convirtieron en grandes casas de vidrio que se extendieron por el continente europeo, las Américas y, en última instancia, todo el mundo. A través de evocadoras fotografías de archivo y contemporáneas, dibujos de estructuras emblemáticas y texto elegante y accesible, The Conservatory celebra a los patrocinadores y diseñadores que hicieron avanzar la tecnología y la majestuosidad arquitectónica de estas estructuras llenas de luz. La importancia de los invernaderos continúa creciendo con los esfuerzos por conservar plantas fenomenales y sus entornos.
Reescribir es como afinar un poema, donde cada estrofa y cada palabra, bien acordadas, pueden decirnos tras su afinación mucho más y sonar mucho más claro. Como el afinar un instrumento musical que, siendo el mismo, adquiere después de afinado, la capacidad de sonar mucho mejor. Cuando dudaba en tomar la decisión de reescribir mis textos, pensaba en lo complicado que iba a ser todo este proceso. Pero debo confesar, sorprendido, que me ha pasado todo lo contrario. Ha sido una ocasión de disfrute inesperada, un regalo, este limpiar y afinar mis textos reescribiéndolos.
Reescribir es volver a empezar, como volver a nacer, renacer. Con ese espíritu positivo, he acometido esta labor que me está dando tantas satisfacciones. Poder corregir los errores, ¡volver a empezar! ¡qué gran regalo de la vida!
Alberto Campo Baeza nació en Valladolid y vio la luz en Cádiz. En 2020 recibe el Premio Nacional de Arquitectura. Sus obras van desde casas pequeñas como la Casa Turégano, la Casa Gaspar, la Casa de Blas, la Casa del Infinito o la Casa Raumplan, hasta obras grandes como Caja Granada, el Consejo Consultivo de Zamora o, recientemente, el Polideportivo de la Universidad Francisco de Vitoria en Madrid. Es catedrático de Proyectos en la ETSAM de la UPM desde 1986 y ha sido profesor en la ETH de Zurich, la EPFL de Lausanne, Penn University en Philadelphia, la CUA de Washington y en otras universidades del mundo. En 2014 ingresó como Académico de número en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de España y fue nombrado Fellowship del RIBA de Londres en ese mismo año. Su trabajo ha sido expuesto, publicado y premiado en numerosas ocasiones. Ha publicado numerosos libros, entre los cuales hay que destacar La idea construida, Pensar con las manos, Textos críticos #1 o Palimpsesto architectonico.
La palabra y la mirada: ¿qué hace quien mira una obra y habla de ella? Quien se coloca frente a una pintura, la página de un libro, un dibujo en planta y sección, y habla de ellos, ¿acaso trata de revelar la verdad que haya en tal obra? Creo que su papel es más humilde. No pretende descubrir o fundar ninguna verdad, sino que se parece más bien a ese que, al observar una nube, le dice a su vecino: “–Fíjate, parece una jirafa”. El único propósito de sus palabras provisionales es hacer mirar con atención, ver con más perspicacia la nube.
Quien mira y habla no habla de la obra, habla de la mirada. Pro-pone mirar. Se describe a sí mismo mirando, y sugiere así a quien lee o escucha hacer otro tanto, volverse capaz de ver por sí mismo, dotarse de ojos capaces de mirar alrededor. No habla para escuchar su propia voz, para lanzar una proclama o para construir una teoría. Su verdad está en algo tan inestable como la mirada, y tiene una fácil comprobación: cualquiera que lea o escuche puede verificar por sí mismo si está viendo lo dicho, y entonces la palabra habrá sido eficaz —o, si por el contrario, la palabra no ha conseguido salir y prender fuera de la página, como le ocurre en algunos casos al sembrador de palabras del que habla Marcos.
Hablar de la mirada: quien así haga cumple el antiguo rito del Señor que habita en Delfos, que ni dice ni oculta, sino que da indicios.
Josep Quetglas ha sido Catedrático de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Cataluña y autor de numerosas publicaciones de teoría y crítica de la Arquitectura. Suyos son libros como La casa de Don Giovanni (1996), Pasado a limpio I (2001), Pasado a limpio II (2002) y Oíza, Oteiza: línea de defensa en Altzuza (2004), Artículos de ocasión (2004), Le Corbusier et le livre (2005), Breviario de Ronchamp (2017) y El horror cristalizado: imágenes del Pabellón de Alemania de Mies van der Rohe (2001 y 2020).
Uno de los atributos del genio es caer en el olvido. El olvido causado por la incomprensión del presente, que es también el olvido del que acaba rescatándolo la posteridad. El olvido provisional, sin drama, al que descendieron personajes que hoy forman parte del Olimpo, desde Velázquez hasta Lautréamont, desde Borromini hasta Tesla, y al que bajaron también los dos arquitectos borrosos a los que dos libros recientes ayudarán a perfilar con más precisión: Rafael Guastavino y Antoni Gaudí.
Aunque a su muerte en 1908 los periódicos estadounidenses lo calificaran de ‘arquitecto de Nueva York’, Rafael Guastavino pasó pronto al limbo de la arquitectura, y los nuevos tiempos de la modernidad amnésica lo retuvieron en él. No fue hasta la década de 1980, con la nueva sensibilidad patrimonial, que el personaje volvió a valorarse como lo que siempre fue: el testimonio genial de la tradición inventiva del denostado siglo XIX. Consecuencia de esta resurrección fueron las monografías que dieron cuenta de su imaginación constructiva y olfato empresarial, y recopilaron los datos claves de su biografía. Con todo, Guastavino no consiguió calar en el imaginario colectivo: siguió siendo un nombre famoso al que resultaba muy difícil ponerle cara.
Es probable que A prueba de fuego, la novela que Javier Moro ha dedicado a la familia Guastavino, contribuya a darle carne y huesos a esa sombra historiográfica que en parte sigue siendo el arquitecto nacido en Valencia en 1845. No sólo por la eficacia de la escritura de Moro, sino sobre todo por el trabajo de investigación que ha permitido desenterrar las cartas personales del artífice y construir con ellas un relato donde la exposición atinada de los hechos se enriquece con la revelación de las peripecias íntimas.
Moro describe bien el periodo de formación de un Guastavino talentoso y precoz —aunque nunca incomprendido—, y retrata los indiscriminados escarceos amorosos —hijos ilegítimos de por medio— que le llevaron a un callejón sin salida personal y profesional: el mismo que le hizo embarcarse hacia los Estados Unidos con 39 años y sin saber apenas inglés.
En el efervescente país de las oportunidades, Guastavino encontró un campo abonado para desarrollar su inventiva. Lo hizo extrapolando la construcción con bóveda tabicada típica del Levante español —el ‘Guastavino System’ que patentó en 1885— a los tipos exigidos por la modernidad americana: puentes, estaciones, iglesias. El fruto fueron los más de trescientos edificios en Nueva York que Gustavino levantó primero solo y después junto a su hijo homónimo y en cierto sentido rival, entre ellos la mítica Penn Station —donde colaboró con sus amigos McKim, Mead y White—, el Great Hall de la isla de Ellis o el metro de Manhattan.
Las virtudes del sistema Guastavino eran la eficacia estructural, la adaptabilidad tipológica y la resistencia al fuego, y su inventor supo sacar partido de ellas, convenciendo antes a los técnicos reticentes mediante pruebas espectaculares, como aquella que da título al libro, en la que un tramo de bóveda sometida a una carga de doscientos kilos por pie cuadrado se hizo arder hasta los mil grados durante cuatro horas, sin que se resintiese.
Aunque sirva también para perfilar a un personaje tan célebre como en realidad poco conocido, Yo, Gaudí, es un libro muy distinto al anterior. Su autor, el director de orquesta Xavier Güell —tataranieto del mecenas de Gaudí—, continúa en él la vía introspectiva de obras anteriores como La música de la memoria, para dar voz a un Gaudí que escribe en primera persona sobre sus anhelos y decepciones. El resultado es una semblanza muy bien construida merced a un lenguaje exquisito aunque por fuerza un tanto impostado que evoca aspectos desconocidos de la vida del maestro y sirve a la postre para iluminar al hombre real que se sigue ocultando tras el glorioso pero arcano nombre de ‘Gaudí’.
Nota de los editores Editado en Buenos Aires en septiembre de 2020, las 240 páginas de este volumen reflejan una minuciosa investigación y catalogación de las revistas latinoamericanas de arquitectura, publicadas en papel entre 1874 y 2015.
Estructurado en dos secciones la autora presenta en la primera el eje central del libro en donde, hábilmente, enlaza la producción periodística y el devenir de la formación disciplinar en el continente, dedicando también allí un espacio para las publicaciones notables, las estudiantiles, las institucionales, las promovidas por mujeres para convalidar, finalmente, el vigor alcanzado para con esta fuente documental en plataformas y redes académicas.
Los textos fueron prologados por el Dr. Claudio Galeno y contienen también un capítulo a cargo del arquitecto Ramón Gutiérrez quien analiza la primera revista de arquitectura conocida hasta el momento y que fuera publicada en Buenos Aires a fines del siglo XIX.
La segunda parte, el corazón de la edición, despliega un catálogo razonado que reúne cerca de novecientos títulos, ordenados alfabéticamente por país y por nombre de las revistas; en cada una de ellas se consignan imágenes de portadas, fechas y números publicados, entre otros, además de indicarse los procesos más relevantes por los cuales atravesó cada publicación. Tal como indica su autora, este volumen llega en auxilio de la amnesia disciplinar y, ojalá, una alerta para detener la pérdida documental de la historia disciplinar latinoamericana.
ACA
Nos interesan temas relacionados con el desarrollo urbano y arquitectónico en Venezuela así como todo lo que acontece en su mundo editorial.