Testimonios

En la brecha

Marco Negrón

Este portal vio la luz a fines de 2016, un año que se abrió con enormes expectativas de cambio: en enero se había instalado la nueva Asamblea Nacional en la cual la oposición democrática por primera vez se hacía con la mayoría, logrando incluso la mayoría absoluta. Con razón Jesús Torrealba, quien la encabezaba en aquel momento, proclamaba: “¡Comenzó el cambio, Venezuela!… El país pedía un cambio y ese cambio comienza hoy”.

Lamentablemente, en otro plano de la realidad, las cosas no pintaban tan bien, al punto que la prestigiosa publicación Debates IESA abría su edición de diciembre señalando que Venezuela cerrará 2016 con el peor desempeño económico del mundo: contracción de la producción, desabastecimiento y la mayor inflación del planeta; todo esto, paradójicamente, dos años después del auge petrolero más extraordinario en magnitud y duración de la historia.”

La primera expectativa no prosperó: un TSJ en manos del Ejecutivo y del PSUV se encargó de montar una grotesca farsa jurídica, impugnando a algunos diputados para anular la mayoría absoluta de la oposición, terminar declarando “en desacato” a la Asamblea y, usurpando sus funciones, designar a los rectores del Consejo Nacional Electoral y atribuirse la potestad de aprobar el presupuesto del Gobierno, entre otras menudencias. La puntilla final fue asestada al año siguiente, con la convocatoria por decreto presidencial de una espuria Asamblea Constituyente -desconocida por 40 países y organismos supranacionales como la OEA, la UE y Mercosur-. Hasta su disolución en 2020 esta no llegó a aprobar reforma constitucional alguna -única tarea que le competía- mientras, en cambio, le arrebató a la Asamblea Nacional las funciones que constitucionalmente le correspondían. Esos polvos trajeron estos lodos, y hoy un número importante de los que la integraron están en el exilio o han ido a dar con sus huesos a la cárcel.

Por la otra parte, en el plano económico y social, los años sucesivos vieron materializarse las peores expectativas: se desató una feroz hiperinflación, la economía se redujo en un 75 por ciento, las crisis económica y política impulsaron un éxodo sin precedentes del orden de los 8 millones de habitantes; la vida cotidiana y las actividades económicas fueron brutalmente castigadas por el radical deterioro de servicios tan esenciales como agua y energía eléctrica. El país entró en una crisis humanitaria multifacética a la que era difícil verle salida.

En ese contexto, ciertamente poco propicio para la producción arquitectónica -llegó a paralizarse el 98 por ciento de la actividad de la construcción y las ciudades fueron virtualmente abandonadas, al punto que para 2025 Caracas calificaba nada menos que entre las diez peores ciudades del mundo por calidad de vida- la Fundación Arquitectura y Ciudad botó al mar este pequeño velero, que, contra toda expectativa y sin fallar una sola semana, llega hoy a su edición número 450. Y aunque los vientos han sido francamente adversos a la producción arquitectónica y urbanística, en un país además azotado por la desaparición de los medios de comunicación tradicionales, él ha cumplido un rol extraordinario para mantener viva la reflexión sobre estos temas tan importantes y la vinculación con el debate y las realizaciones que siguen ocurriendo en el resto del mundo, incluso en nuestro vecindario más inmediato.

Hace poco más de un año unas nuevas elecciones volvieron a encender la esperanza, pero fue ahogada rápidamente por una de las olas represivas más virulentas que ha conocido el país. Aun así, sin embargo, gracias a una “ayudaíta” caída del cielo, aquella llamita no llegó a extinguirse del todo, al punto que, apenas comenzando el año, la recién estrenada presidenta encargada declaró, con la solemnidad del caso, que comenzaba “un nuevo momento político” para el país. Como esta proclama se ha visto acompañada por unos primeros pero significativos cambios de rumbo, sobre todo en la esfera de las relaciones internacionales, entre contradicciones una cauta esperanza empieza a abrirse paso en un país que parecía haber tocado fondo.  

Si, como es de desear, esas expectativas llegan a prosperar, se abriría un complejo debate acerca de qué es lo que se debe atender con más urgencia en un contexto donde las urgencias son virtualmente infinitas y recuperar un nivel de vida decente requerirá de un largo y seguramente tortuoso recorrido. Por eso mismo es bueno tener presente que, por largo que él sea, el primer paso es el que marcará el camino.

Hace casi noventa años, apenas terminada por fallecimiento la dictadura de Gómez, la sociedad venezolana emprendió un extraordinario esfuerzo: sembrar el país de edificaciones escolares de singular calidad y redactar el plan regulador de una capital prácticamente congelada en el tiempo; tampoco pasó mucho tiempo para que se crearan la Comisión Nacional de Urbanismo y la Comisión Nacional de Vialidad, fundamentales para la ordenación del territorio de un país en acelerada transformación, donde la población rural se estaba mudando a las ciudades a ritmos desconocidos. Se trataba de obras y planes requeridos con urgencia, pero en los que no privó la improvisación ni el facilismo.

Hoy la sociedad venezolana es mucho más grande y compleja y se encuentra en una lamentable situación de postración económica, pero, como sobre todo lo están demostrando en estos días nuestros estudiantes, todavía tiene la fuerza para repetir la épica del posgomecismo. A este frágil velero corresponde la responsabilidad de ayudarla a marcar el rumbo.

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